398 EL SALVADOR


398 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

360 El malhumor de los apóstoles y el descanso en una gruta. El encuentro con Rosa de Jericó.

La llanura del lado oriental del Jordán, por las continuas lluvias,

parece haberse convertido en una laguna, especialmente en el lugar en que se encuentran ahora Jesús y los apóstoles.

Hace poco, han cruzado un torrente que desciende por una estrechura de las cercanas colinas,

las cuales parecen formar verdaderamente una presa ciclópica, de norte a sur, paralela al Jordán

interrumpida acá o allá por estrechos valles por los que surge el inevitable torrente.

Parece como si Dios hubiera puesto un gran festón de collados para orla del gran valle del Jordán,

por esta parte.

Diría, incluso, que son tan iguales sus salientes, formas y alturas,

que es un festón monótono.

El grupo apostólico está entre los dos últimos torrentes, que además se han desbordado

y han ocupado las zonas rayanas de sus orillas, ampliando así su lecho;

especialmente el que está al sur, imponente por la masa de agua que trae de las montañas,

que rumorea turbia, en dirección al Jordán;

cuyo rumor, a su vez, se oye fuerte;

especialmente en las zonas en que las curvas naturales, las estrechuras que continuamente presenta –

o la desembocadura de un afluente, producen una excesiva acumulación de aguas.

Jesús está dentro de este triángulo truncado, formado por tres cursos de agua crecidos;

y salir de ese pantano no es cosa fácil.

E1 humor apostólico está más turbio que el día.

Todos quieren expresar su opinión.

Todas las cosas que se dicen esconden bajo la apariencia de un consejo, una crítica.

Es la hora de los:

–           «Yo lo había dicho»,

–           «si se hubiera hecho como aconsejaba yo»…

Tan violentos para una persona que haya cometido un error…

Para alguien que ya de por sí se sienta abatido por ello.Aquí se dice:

–          «Hubiera sido mejor pasar el río a la altura de Pel.la y luego ir por la otra parte,

que es menos dificultosa».

–         « ¡Hubiera convenido tomar aquel carro!

–          Sí, hemos cumplido, ¿Pero luego?…», 

–           «¡Si nos hubiéramos quedado en los montes, no habría este barro!».

Juan dice:

–            Sois los profetas de las cosas realizadas.

¿Quién podía prever esta insistencia de la lluvia?  

Bartolomé sentencia:

–           Es su tiempo.

Era natural   

Zelote dice:

–           Los otros años no han sido así antes de la Pascua.

Cuando fui donde vosotros, el Cedrón no estaba crecido.

Y el año pasado hemos tenido incluso tiempo seco.

Vosotros que os quejáis, ¿no os acordáis de la sed que pasamos en la llanura filistea?

Con ironía, Judas agrega:

–            ¡Claro! ¡Natural!

¡Hablan los dos sabios y nos contradicen! 

Tadeo muy molesto, le responde:

–              Tú cállate, por favor.

Sabes sólo criticar.

Pero, en los momentos importantes, cuando hay que hablar con algún fariseo o similar,

te quedas callado como si tuvieras trabada la lengua.

Andrés, que normalmente es paciente pero que hoy se manifiesta muy nervioso,

en tono apremiante, agrega:

–           Sí. Tiene razón.

¿Por qué no has replicado ni una palabra a esas tres serpientes en el último pueblo?

Sabías que habíamos estado también en Yiscala y en Meirón, respetuosos y obsequiosos;

y que allí quiso ir Él, justamente Él, que honra a los grandes rabíes difuntos.

¡Pero no has hablado!

Sabes cómo exige de nosotros respeto a la Ley y a los sacerdotes.

¡Pero no has hablado!

Hablas ahora.

Ahora, porque hay alguna ironía que hacer sobre los mejores de entre nosotros…

Y críticas que hacer a las acciones del Maestro.

Pedro dice a su hermano:

–           Calla tú.

Judas está equivocado.

Él, que es amigo de muchos, demasiados, samaritanos… 

Judas respinga:

–           ¡Yo!

¿Quiénes son?

Dime sus nombres, si puedes.

–           ¡Sí, sí, amigo!

Todos los fariseos, saduceos y gente influyente de cuya amistad te jactas.

¡Se ve que te conocen!

A mí no me saludan nunca.

A ti, sí

–            ¡Estás celoso!

Bueno, yo pertenezco al Templo y tú no.

–           Por gracia de Dios soy un pescador. Sí, y me glorío de ello.

–           Un pescador tan necio, que no ha sabido ni siquiera prever este tiempo.

–          ¿No?

Ya lo dije: «Luna de Nisán mojada, agua a cantaradas» – sentencia Pedro.

–          ¡Ah! ¡Aquí te quería ver!

¿Y tú qué opinas, Judas de Alfeo?

¿Y tú, Andrés?

¡También Pedro, el Jefe, critica al Maestro!

–            Yo no critico absolutamente a ninguno. Estoy diciendo un proverbio.

–           Que, para quien lo oye, significa crítica y reproche

Tomás dice:

–            Sí… pero todo esto no sirve para secar la tierra, me parece.

Ya estamos aquí, y aquí debemos estar

Vamos a reservar el aliento para desencajar los pies de este pantano…   

¿Y Jesús?

Jesús guarda silencio.

Va un poco adelantado, chapoteando en el lodo,

o buscando pedazos de tierra herbosa no sumergidos.

Pero también basta con pisarlos para que salpiquen agua hasta la mitad de las espinillas,

como si el pie hubiera pisado una bolsa, en vez de un trozo de tierra con hierba.

Guarda silencio;

los deja hablar, descontentos, enteramente hombres,

nada más que hombres a quienes la mínima molestia vuelve irascibles e injustos.

Ya está cerca el río más meridional.

Jesús, viendo pasar a lo largo del ribazo inundado a un hombre a lomos de un mulo,

pregunta:

–          ¿Dónde está el puente?

–          Arriba.

Yo también paso por él.

El otro, hacia abajo, el romano, está ya sumergido.

Otro coro de quejas.Pero se apresuran a seguir al hombre, que habla con Jesús.

–          De todas formas, te conviene subir hacia las colinas.

«Vuelve al llano cuando encuentres el tercer río después del Yaloc.

Tendrás ya cerca el vado.

Pero apresúrate.

No te detengas.

Porque el río crece cada hora que pasa.

¡Qué estación más horrible!

Primero el hielo, luego el agua.

Y fuerte como ahora.

Un castigo de Dios.

¡Pero es justo!

Cuando no se apedrea a los blasfemos de la Ley, Dios castiga.

¡Y tenemos blasfemos de ésos!

¿Tú eres galileo, no es verdad?

Entonces conocerás a ese de Nazaret del que todos los buenos se separan,

porque provoca todos los males.

¡Atrae las potencias destructoras con su palabra!

¡Los castigos!

Hay que oír lo que cuentan de Él los que lo seguían.

Tienen razón los fariseos en perseguirlo.

¡Qué gran ladrón será!

Debe dar miedo como Belcebú.

Me vinieron ganas de ir a escucharlo, porque antes me habían hablado muy bien de Él.

Pero… eran discursos de los de su banda.

Todos gente sin escrúpulos como Él.

Los buenos lo abandonan.

Y hacen bien.

Yo, por mi parte, ya no trataré de verlo otra vez.

Y si me coincide en mi camino, lo apedreo, como se debe hacer contra los blasfemos.

Jesús responde serenamente:

–         Apedréame entonces.

Soy Yo Jesús de Nazaret.

No huyo ni te maldigo.

He venido para redimir al mundo derramando mi Sangre.

Aquí me tienes.

Sacrifícame, pero hazte justo.

Jesús dice esto abriendo un poco los brazos, hacia abajo;

lo dice lentamente, mansamente, con tristeza.

Pero, si hubiera maldecido al hombre, no le habría impresionado más.

Éste tira tan bruscamente de las riendas,

que el mulo pega una reparada que por poco si no se cae por el ribazo al río hinchado.

Jesús echa mano al bocado y sujeta al animal, a tiempo de salvar hombre y mulo.

El hombre no hace sino repetir:

–          ¡Tú! ¡Tú!… 

Y viendo el acto que lo ha salvado,

grita:
–          ¡Pero si te he dicho que te apedrearía!..

¿No comprendes?

–          Y Yo te digo que te perdono y que sufriré también por ti para redimirte.

Esto es el Salvador.

El hombre lo mira todavía; luego da un golpe de talón en el costado del mulo y se marcha veloz…

Huye…

Jesús agacha la cabeza…

Los apóstoles sienten la necesidad de olvidarse del barro, la lluvia y todas las otras miserias,

para consolarlo.

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