399 SUEÑO REVELADOR


399 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

360 El descanso en una gruta. 

Los apóstoles sienten la necesidad de olvidarse del barro, la lluvia y todas las otras miserias,

para consolarlo.

Lo circundan y dicen:

–        ¡No te aflijas!

–         No tenemos necesidad de bandidos.

Y ése lo es.

Porque sólo una persona mala puede creer que son verdaderas las calumnias que se dicen de Ti.

Y tener miedo de ti.

–         De todas formas, ¡Qué imprudencia, Maestro!

¿Y si te hubiera agredido?

¿Por qué decir que eras Tú Jesús de Nazaret

Jesús dice:

–         Porque es la verdad…

Vamos hacia las colinas, como ha aconsejado.

Perderemos un día, pero vosotros saldréis del pantano.

–        También Tú – objetan.

–        ¡Para mí no cuenta!

El pantano que me cansa es el de las almas muertas.

Y dos lágrimas gotean de sus ojos, deslizándose por sus pálidas mejillas…

–         No llores, Maestro.

Nosotros nos quejamos, pero te queremos.

¡Si encontramos a los que te difaman!…

Nos vengaremos.

–          Vosotros perdonaréis como perdono Yo.

Pero dejadme llorar.

¡Al fin y al cabo, soy el Hombre!

Y que me traicionen, que renieguen de Mí, que me abandonen, me causa dolor.

–         Míranos a nosotros…

A nosotros.

Pocos pero buenos.

Ninguno de nosotros te traicionará ni te abandonará.

Créelo, Maestro.

Judas exclama:

–         ¡Ciertas cosas no hay ni que decirlas!

¡Pensar que podamos cometer una traición, es una ofensa a nuestra alma!

Judas habla su hipocrespia o su burla????.

Me lo había preguntado tantas veces sin obtener respuesta; hasta que un nuevo acontecimiento, 

sucedido este fin de semana, me despejó el misterio…

Habla su hipocresía, para NO ser descubierto, pero tampoco puede evitar su Burla;

porque ES el Verdugo del Hijo de Dios, hecho Hombre…

Pero Jesús está afligido.

Guarda silencio.

Y lentas lágrimas ruedan por las pálidas mejillas de un rostro cansado y enflaquecido.

Se acercan a los montes.

Los apóstoles preguntan:

–        ¿Vamos a subir allá arriba…?

¿O sólo vamos a bordear las bases de los montes?

.         Hay pueblos a mitad de la ladera.

–        Mira.

De esta parte del río y de la otra.

Jesús dice:

–       Está cayendo la tarde.

Vamos a tratar de llegar a un pueblo.

Que sea uno u otro es lo mismo.

Tadeo, que tiene muy buenos ojos, escruta las laderas.

Se acerca a Jesús.

Dice:

–        En caso de necesidad, hay grietas en el monte.

¿Las ves allí?

Nos podemos refugiar en ellas.

Siempre será mejor que el barro.

Andrés queriendo consolar, dice

–        Encendemos fuego.

Judas pregunta:

–        ¿Con la leña húmeda?

Ninguno le responde.

Pedro susurra:

–        Bendigo al Eterno, porque no están con nosotros ni las mujeres ni Margziam.

Pasan el puente – verdaderamente prehistórico -, que está justo en los lindes del valle.

Toman el lado meridional de éste, por un camino de herradura que lleva a un pueblo.

Las sombras descienden rápidamente;

tanto, que deciden refugiarse en una amplia gruta para huir de un chaparrón violento.

Quizás es una gruta que sirve de refugio a los pastores,

porque hay paja, suciedad y un tosco hogar.

Señalando los ramajes sucios y desmenuzados que hay por el suelo, desperdigados;

junto con los helechos secos y ramas de enebro o de otra planta similar,

Tomás dice:

–          Como cama no sirve.

Pero para hacer fuego…

Y los arrima al hogar ayudándose con un palo.

Los amontona.

Prende fuego.

Humo y hedor, junto a olor de resina y enebro, se alzan del fuego.

Y no obstante, se agradece ese calor;

todos hacen un semicírculo, y comen pan y queso a la luz móvil de las llamas.

Mateo, que está ronco y resfriado. dice:

–        De todas formas se habría podido intentar en el pueblo.

Pedro dice:

–        ¡Sí, ya!

¿Para repetir la historia de hace tres noches?

De aquí no nos echa nadie.

Estamos sentados en aquella leña y hacemos fuego hasta que podamos.

Ahora que se ve,

¿Hay leña en cantidad, eh?

¡Mira, mira, también paja!…

Es un redil.

Para verano, o para cuando trashuman.

¿Y por aquí? ¿A dónde se va?

Coge una rama encendida, Andrés, que quiero ver – ordena Pedro;

mientras se mueve buscando hacer algún descubrimiento.

Andrés obedece.

Se meten por una estrecha hendidura que hay en una pared de la gruta.

Los otros le gritan:

–         ¡Tened cuidado, no vaya a haber algún animal peligroso!

Tadeo dice:

–         O leprosos.

Al cabo de poco, llega la voz de Pedro.

–         ¡Venid! ¡Venid!

Aquí se está mejor.

Está limpio y seco.

Y hay bancos de madera y leña para el fuego.

¡Es un palacio para nosotros!

Traed ramas encendidas, que hacemos fuego inmediatamente.

Debe ser, sí, un refugio de pastores:

ésta es la gruta donde duermen los que están de descanso,

mientras que en la otra velan los que, por turno, vigilan el rebaño.

Es una excavación en el monte, mucho más pequeña, quizás hecha por el hombre.

O por lo menos ampliada y reforzada con palos, colocados para sujetar la bóveda.

Una campana de chimenea primitiva se pliega en forma de gancho hacia la primera gruta,

para aspirar el humo que, si no, no tendría salida.

Contra las paredes, toscos bancos y paja;

en éstas hay clavados unos ganchos para colgar lámparas, indumentos o bolsas.

Pedro exclama:

–          ¡Está magnífico, hombre!

¡Venga, vamos a hacer un buen fuego!

Estaremos calientes y se secarán los mantos.

Fuera los cintos; vamos a usarlos como cuerdas para tender los mantos.

Luego se pone a colocar los bancos y la paja,

añadiendo:

–         Y ahora, un poco cada uno<,

dormimos y nos turnamos en mantener vivo el fuego.

Para ver y estar calientes. 

¡Qué gracia de Dios!

Judas barbota algo entre dientes.

Pedro se vuelve resentido:

–         Respecto a la gruta de Belén, donde nació el Señor, esto es un palacio;

si Él nació allí, podremos estar una noche nosotros aquí.

Juan, internándose en un místico recuerdo suyo,

dice:

–          También es más bonita que las grutas de Arbela.

Allí lo único hermoso que había era nuestro corazón, que era mejor que ahora.

En tono severo mirando a Judas Iscariote como diciéndole «ya está bien, ¿No?».

Simón Zelote agrega:

–          También es mucho mejor que la que hospedó al Maestro,

para prepararse a la predicación .

Jesús, por último, abre su boca,

para decir:

–            Y es, sin comparación, más caliente y cómoda que en la que hice penitencia por ti,

Judas de Simón, el pasado Tébet.

Judas exclama:

–          ¡Penitencia por mí!

¿Por qué?

¡No hacía falta!

–           ¡Verdaderamente deberíamos tú y Yo pasar la vida en penitencia,

para liberarte de todo lo que te grava!

Y no sería suficiente todavía.

La sentencia, muy decidida aunque haya sido dada con serenidad,

cae como un rayo en el grupo atónito…

Judas baja la cara y se retira a un rincón.

No tiene la audacia de reaccionar.

Jesús pasado un rato,

ordena:

–          Yo me quedo despierto.

Me encargo del fuego.

Dormid vosotros.

Y poco después, a los chasquidos de la leña se une la respiración pesada de los doce,

cansados, echados entre paja encima de los toscos bancos.

Y Jesús, sí la paja se cae y los deja descubiertos,

se levanta y vuelve a extenderla encima de los durmientes, amoroso como una madre.

Y llora incluso mientras contempla los rostros herméticos de algunos en el sueño;

plácidos, o contrariados.

Mira a Judas Iscariote, que parece sonreír maliciosamente incluso en el sueño,

torvo, con los puños cerrados…

Mira a Juan, que duerme con una mano debajo de la cara,

oculto el rostro por sus rubios cabellos, róseo, sereno como un niño en la cuna.

Mira el rostro honesto de Pedro y el grave de Nathanael,

el picado de viruelas del Zelote, el rostro aristocrático de su primo Judas Tadeo.

Y se detiene largamente a mirar a Santiago de Alfeo, que es un José de Nazaret muy joven.

¡Le recuerda tanto a su santo custodio y protector!

Sonríe al oír los monólogos de Tomás y Andrés, que parecen hablar al Maestro.

Tapa muy bien a Mateo, que respira con dificultad, cogiendo más paja para que esté caliente;

paja que extiende encima de sus pies después de haberla calentado al fuego.

Sonríe al oír a Santiago proclamar: «Creed en el Maestro y tendréis la Vida»…

Y continuar predicando a personajes de sueño.

Y se inclina a recoger una bolsa donde Felipe conserva entrañables recuerdos,

y se la coloca despacio debajo de la cabeza.

En los intervalos medita y ora…

El primero en despertarse es el Zelote.

Ve a Jesús todavía junto al fuego encendido en la gruta ya bien caliente.

Y por el montón de la leña, reducido a una miseria, comprende que han pasado muchas horas.

Baja de su yacija y se acerca de puntillas a Jesús.

Le pregunta:

–          ¿Maestro, no vienes a dormir?

Velo yo.

–          Ya amanece, Simón.

Hace poco he ido allí y he visto que el cielo se está aclarando.

—        Pero, ¿Por qué no nos has llamado?

¡Tú también estás cansado!

–         Simón, tenía mucha necesidad de pensar… y de orar.

Y le apoya la cabeza sobre el pecho.

El Zelote en pie, junto a Él sentado, lo acaricia;

y suspira profunda y largamente.

Pregunta:

–          ¿Pensar en qué, Maestro?

Tú no tienes necesidad de pensar.

Tú sabes todo.

Jesús le confía:

–           Pensar no en lo que debo decir, sino en lo que debo hacer.

Estoy desarmado frente al mundo astuto, porque no tengo ni la malicia del mundo,

ni la astucia de Satanás.

El mundo me vence…

Y estoy muy cansado…

Zelote añade:

–         Y apenado.

Y nosotros contribuimos a ello, Maestro bueno inmerecido por nuestra parte.

Perdóname a mí y a mis compañeros.

Lo digo por todos.

–          Os amo mucho…

Sufro mucho…

¿Por qué tantas veces no me comprendéis?

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