400 LA ROSA DE JERICÓ


400 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

360  El encuentro con Rosa de Jericó.

–          Os amo mucho…

Sufro mucho…

¿Por qué tantas veces no me comprendéis?

E1 bisbiseo de los dos despierta a Juan, que es el que está más cerca.

Abre sus ojos azul claro, mira a su alrededor extrañado, luego recuerda…

Enseguida se pone de pie.

Y se acerca por detrás a los dos que están hablando.

Por este motivo, oye las palabras de Jesús:

–           Para que todo el odio y las incomprensiones,

se transformaran en una insignificancia soportable;

me bastaría vuestro amor, vuestra comprensión…

Pero vosotros no me comprendéis…

Y ésta es mi primera tortura.

¡Es dura! ¡Muy dura!

Pero no tenéis culpa de ello.

Sois hombres…

Será vuestro dolor el no haberme comprendido, cuando ya no podáis repararlo…

Por eso, porque entonces expiaréis las superficialidades de ahora, las mezquindades de ahora,

las cerrazones de ahora,

Yo os perdono y digo anticipadamente:

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan».

Juan cae delante de rodillas, y abraza las rodillas de su Jesús afligido.

Y ya está para llorar, cuando susurra:

–         ¡Oh, Maestro mío!

El Zelote, que sigue teniendo en su pecho la cabeza de Jesús,

se inclina a besarlo en los cabellos,

diciendo:

–        ¡Y, a pesar de todo, te queremos mucho!

Sólo que pretenderíamos de Ti una capacidad de defenderte, de defendernos, de triunfar.

Nos deprime el verte hombre, sujeto a los hombres, a las inclemencias, a la miseria,

a la maldad, a las necesidades de la vida…

Somos unos necios.

Pero así es.

Para nosotros eres el Rey, el Triunfador, el Dios.

No logramos comprender la sublimidad de tu renuncia a tanto por amor nuestro.

Porque Tú sólo sabes amar.

Nosotros no sabemos…

Juan apoya:

–         Sí, Maestro.

Simón ha hablado bien.

No sabemos amar como ama Dios:

Tú. Y lo que es infinita bondad, infinito amor, lo interpretamos como debilidad,

y nos aprovechamos de ello…

Aumenta nuestro amor.

Aumenta tu amor, Tú que eres su fuente;

hazlo desbordarse como ahora se desbordan los ríos;

empápanos, satúranos de amor, como están los prados en todo el valle.

No son necesarios la sabiduría, el coraje, la austeridad;

para ser perfectos como Tú quieres.

Basta con tener el amor…

Señor, yo me acuso por todos: no sabemos amar.

–          Vosotros, los dos que más comprenden, os acusáis.

Sois la humildad.

Y la humildad es amor.

Pero también los otros tienen sólo una barrera para ser como vosotros.

Y Yo la abatiré.

Porque efectivamente soy Rey, Triunfador y Dios. Eternamente.

Pero ahora soy el Hombre.

Mi frente pesa ya bajo el suplicio de mi corona

Siempre ha sido una corona torturadora el ser Hombre…

Gracias, amigos.

Me habéis consolado.

Porque esto tiene de bueno el ser hombres:

tener una madre que ama y amigos sinceros.

Ahora vamos a despertar a los compañeros.

Ya no llueve.

Los mantos están secos.

Los cuerpos descansados.

Comed y nos ponemos en marcha.

Alza la voz lentamente, hasta que el «nos ponemos en marcha» es una orden firme.

Todos se levantan y manifiestan su contrariedad por haber dormido todo el tiempo,

mientras Jesús velaba.

Se arreglan un poco, comen, cogen los mantos, apagan el fuego y salen al sendero húmedo.

Empiezan a bajar hasta el camino de herradura, que tiene el suficiente desnivel

como para no ser un mar de lodo.

La luz todavía es poca, porque no hay sol ni el cielo está claro.

Suficiente, de todas formas, para ver.

Andrés y los dos hijos de Alfeo van delante de todos.

Llegados a un punto del camino se inclinan, miran y rápidamente vuelven.

Informando:

–          ¡Hay una mujer!

–          ¡Parece muerta!

–          Tapa el sendero.

Y empieza el coro:

–          ¡Qué lata!

–         Ya empezamos mal.

–         ¿Cómo es posible?

–        ¡Ahora vamos a tener que purificarnos incluso!

Con las primeras quejas del día.

Tomás a Judas.

le dice:

–          Vamos a ver nosotros si está muerta.

Zelote se adelanta, diciendo:

–          Voy yo contigo, Tomás.

Llegan donde está la mujer, se inclinan sobre ella…

Y Tomás regresa corriendo y gritando.

Santiago de Zebedeo, dice:

–        Quizás la han asesinado.

Felipe agrega:

-O ha muerto de frío.

Pero Tomás llega hasta ellos…

Está tan desconcertado, que parece como si hubiera visto al diablo.

y grita:

–          ¡Lleva la túnica descosida de los leprosos…!

Y todos quieren saber:

–          ¿Pero está muerta?

–         ¿Qué sé yo?

He salido corriendo.

El Zelote se levanta y a buen paso, viene hacia Jesús.

Diciendo:

–         Maestro, una hermana leprosa.

No sé si está muerta.

Creo que no.

Creo que el corazón todavía late.

Varios se apartan, preguntan:

–          ¿La has tocado?!

–          Sí.

Desde que soy de Jesús, no tengo miedo de la lepra.

Y siento compasión, porque sé lo que es ser leproso.

Quizás le han dado un golpe, porque está sangrando por la cabeza.

Quizás había bajado buscando algo de comer.

Es tremendo, ¿Sabéis?,

Morirse de hambre y tener que hacer frente a los hombres, para conseguir un pan.

–        ¿Está muy maltrecha?

–        No.

Es más, no sé cómo es que está con los leprosos.

No tiene ni escamas ni llagas ni gangrenas.

Quizás es leprosa desde hace poco.

Ven, Maestro.

Te lo ruego.

¡Como la tuviste de mí, ten piedad de esta hermana leprosa!

Jesús dice:

–       Vamos.

Dadme pan, queso y ese poco de vino, que tenemos todavía.

Judas está verdaderamente aterrorizado,

y grita:

–          ¿No le irás a dar de beber de donde bebemos nosotros!

Jesús le dice:

–          No temas.

Beberá en mi mano.

Ven, Simón.

Van hacia delante, al encuentro con la desventurada..

Pero la curiosidad manda adelante también a los otros.

Sin sentir ya molestias por el agua del follaje que llueve de las ramas encima de las cabezas

cuando las mueven, ni por el musgo empapado;

suben por la ladera para ver a la mujer sin acercarse.

Y ven que Jesús se agacha, la toma por las axilas, la arrastra sentada…

Y la apoya contra una roca.

La cabeza pende como si estuviera muerta.

Jesús indica:

–          Simón, vuélvele la cabeza,

para que pueda echarle en la garganta un poco de vino.

El Zelote obedece sin miedo.

Y Jesús, manteniendo en alto el calabacino, deja caer unas gotas de vino

dentro de los labios entreabiertos y lívidos.

Y dice:

–           ¡Está helada esta infeliz!

Y empapada

Andrés lleno de compasión, dice:

–             Si no fuera leprosa, la podíamos llevar adonde hemos estado nosotros.

Judas prorrumpe:

–           ¡Sí!

¡Sólo faltaba eso!

–           ¡Pero si no está leprosa!

No tiene señales de lepra.

–           Tiene la túnica y es suficiente.

E1 vino actúa mientras tanto.

La mujer emite un suspiro cansado.

Jesús, viendo que traga, le vierte un chorro en la boca.

La mujer abre los ojos obnubilados y asustados.

Ve a algunos hombres.

Trata de levantarse y de huir,

mientras grita:

–          ¡Estoy contaminada!

¡Estoy contaminada!

Pero las fuerzas no le ayudan.

Se tapa el rostro con las manos,

y gime:

–        ¡No me apedreéis!

He bajado porque tengo hambre…

Hace tres días que ninguno me echa nada..

Jesús le dice con dulzura: .

–           Aquí hay pan y queso.

Come.

No tengas miedo.

Bebe un poco de vino en mi mano.

Le dice Jesús echando en el cuenco de su mano, un poco de vino y dándoselo.

La infeliz totalmente asombrada,

exclama

–            ¡Pero no tienes miedo!

Jesús responde:

–           No tengo miedo.

Y, poniéndose en pie, sonríe;

se queda, de todas formas junto a la mujer, que come con avidez el pan y el queso.

Parece una fiera hambrienta.

Jadea incluso, por el ansia de nutrirse.

Luego, sedada la animalidad de las entrañas vacías,

mira alrededor de sí…

Cuenta en voz alta:

–          Uno… dos… tres… Trece…

¿Pero entonces?…

¿Quién es el Nazareno?

¿Tú, no?

¡Sólo Tú puedes tener compasión, como has tenido de una leprosa!…

La mujer se pone de rodillas con dificultad, por la flaqueza.

–          Soy Yo, sí.

¿Qué quieres? ¿Curarte?

–           Eso también…

Pero antes debo decirte una cosa…

Yo tenía noticia de Ti.

Me habían hablado hace mucho unos que pasaron…

¿Mucho? No.

El otoño pasado.

Pero para un leproso… cada día es un año…

Hubiera deseado verte.

Pero ¿Cómo podía ir a Judea o a Galilea?

Me llaman «leprosa».

Pero lo único que tengo es una llaga en el pecho, que me la ha transmitido mi marido;

que me tomó virgen y sana…

Y él no estaba sano.

Pero es una persona importante… y puede todo.

Incluso decir que le había traicionado yendo a él ya enferma.

Para así repudiarme, para tomar a otra mujer de la que estaba prendado.

Me denunció como leprosa.

Por pretender justificarme, empezaron a pedradas conmigo.

¿Era justo, Señor?

Ayer tarde, un hombre ha pasado, de Bet Yaboc, avisando que venías.

Y exhortando a salir a tu encuentro para echarte de aquí.

Yo estaba…

Había bajado hasta las casas porque tenía hambre.

Habría hurgado incluso en los estercoleros para matar mi hambre…

Yo, que era la «señora», habría querido quitarles a los pollos un poco de su comida,

hecha con desperdicios agriados.

Llora…

Luego continúa:

–            La ansiedad por encontrarte. por Ti, para ir a decirte: «¡Huye!»;

por mí, para decirte: «¡Piedad!» me ha hecho olvidarme de que, infringiendo nuestra ley,

perros, cerdos y pollos viven junto a las casas de Israel;

pero que el leproso no puede bajar a pedir un pan.

Ni siquiera cuando es una que de leprosa sólo tiene el nombre.

Y he venido, preguntando dónde estabas.

No me vieron en ese momento, por la oscuridad,

y me dijeron: «Sube por el ribazo del río».

Pero luego me vieron y en vez de pan me dieron pedradas…

Salí corriendo, en la noche, para venir a tu encuentro, para evitar los perros.

Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo.

Caí donde me has encontrado.

Aquí. Creía que moría.

Sin embargo, te he encontrado a Ti. Señor,

No estoy leprosa.

Pero esta llaga que tengo aquí en el pecho, me impide volver con los vivos.

No pido volver a ser la Rosa de Jericó de los tiempos de mi padre;

pero por lo menos vivir con los demás hombres y seguirte a Ti.

Los que me hablaron en Octubre dijeron que tienes discípulas y que estabas con ellas…

Pero primero sálvate Tú.

¡No mueras, Tú que eres bueno!

–            No moriré hasta que no llegue mi hora.

Ve allí, a aquella peña.

Hay una gruta segura.

Descansa.

Luego ve al sacerdote.

–           ¿Para qué, Señor?

La mujer tiembla de ansiedad.

Jesús sonríe:

–         Vuelve a ser la Rosa de Jericó que florece en el desierto,

y que siempre está viva aunque parezca muerta.

Tu fe te ha curado.

La mujer alza ligeramente la parte de vestido que cubre el pecho, mira…

Y grita:

–         ¡Ya no hay nada!

¡Oh, Señor, mi Dios!

Y cae rostro en tierra… adorando a Jesús.

Jesús dice a los apóstoles:

–          Dadle pan y otras cosas de comer.

Y tú, Mateo, dale un par de sandalias tuyas.

Yo doy un manto.

Para que pueda ir, después de reponer fuerzas, al sacerdote

Dale también el óbolo, Judas.

Para los gastos de purificación.

La esperaremos en Getsemaní para dársela a Elisa, que me pidió una hija.

Ella dice:

–            No, Señor.

No descanso.

Me pongo en marcha ya. Enseguida.

Enseguida.

–           Baja, entonces al río, lávate, ponte encima el manto..

Zelote dice: .

–           Señor, se lo doy yo a la hermana leprosa.

Deja que lo haga.

Yo la guío adonde Elisa.

Me curo otra vez viéndome a mí en ella, así, dichosa…

Sea como quieres.

Dale todo lo necesario.

Mujer, escucha bien.

Irás a purificarte.

Luego irás a Betania y preguntarás por Lázaro.

Le dices que te dé hospedaje hasta que llegue Yo.

Ve en paz.

–           ¡Señor!

¿Cuándo voy a poder besarte los pies?

–          Pronto.

Ve.

Pero has de saber que sólo el pecado me produce horror.

Y perdona a tu marido, porque por medio suyo me has encontrado a Mí.

–          Es verdad.

Lo perdono.

Me voy…

¡Oh, Señor!

No te detengas aquí que te odian.

Piensa que he caminado exhausta, durante una noche, para venir a decírtelo.

Y que si en vez de encontrarte a Ti hubiera encontrado a otros,

me podían haber matado a pedradas como a una serpiente.

–            Lo recordaré.

Vete, mujer.

Quema la túnica.

Acompáñala, Simón.

Nosotros os seguiremos.

En el puente os alcanzaremos.

Se separan.

Judas protesta:

–            Pero ahora tenemos que purificarnos.

Todos estamos contaminados.

–            No era lepra, Judas de Simón.

Yo te lo digo.

¿Y la impureza máxima, que es el pecado?…

–           Bueno pues, de todas formas me voy a purificar.

No quiero cargar con impurezas.

Pedro exclama:

–           ¡Que cándida azucena!

¡No se siente impuro el Señor…!

¡Y te vas a sentir tú impuro!

–             ¿Y por una que El dice que no está leprosa?

Pero, ¿Qué tenía, Maestro?

¿Has visto la llaga?

–              Sí.

Era un fruto de la lujuria masculina.

Pero no era lepra.

Y si el hombre hubiera sido honesto no la habría repudiado,

porque estaba más enfermo que ella.

Pero todo les sirve a los lujuriosos para saciar su hambre.

Tú, Judas, si quieres, vete también.

Nos encontraremos en el Getsemaní. 

¡Y purifícate! ¡Purifícate!

Pero la primera purificación es la sinceridad.

Tú eres hipócrita. No lo olvides.

Vete, vete, si quieres.

–          ¡No, no, que me quedo!

Si Tú lo dices, creo.

No estoy, por tanto, contaminado y me quedo contigo.

Tú quieres decir que soy lujurioso y que aprovechaba la ocasión para…

Te demuestro que mi amor eres Tú.

Y caminan raudos cuesta abajo.

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