405 LA ESCOLTA REAL


405 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

362 El encuentro con la Madre y las discípulas.

Jesús dice a Juan:

–           Sí, perteneces a la bienaventurada infancia.

¡Y bendito seas por ello!

Siguen andando todavía un rato;

luego Pedro, que mira hacia atrás por el camino de caravanas en que ya se encuentran,

exclama:

–          ¡Misericordiosa Providencia!

¡Aquél es el carro de las mujeres!

Todos se vuelven.

Es realmente el pesado carro de Juana.

Viene tirado por dos robustos caballos al trote.

Se detienen para esperarlo.

La cubierta de cuero, enteramente echada, impide ver a las personas que vienen dentro del carro.

Pero Jesús hace un gesto de que se detenga…

Y el conductor reacciona con una exclamación de alegría,

cuando ve a Jesús erguido y con el brazo levantado al borde del camino.

Mientras el hombre detiene a los dos caballos que venían resoplando,

se asoma por la apertura del tendal el rostro flaco de Isaac,

que grita alborozado:

–          ¡El Maestro!

¡Madre, alégrate!

¡Está aquí!

Voces de mujeres y confuso rumor de pisadas se producen en el interior del carro;

pero antes de que una sola de las mujeres baje;

ya han saltado al suelo Mannahém, Margziam e Isaac.

Y corren para venerar al Maestro.

Que los saluda diciendo:

–        ¿Todavía aquí, Mannahém

El príncipe herodiano, arrodillado y besando la orla del manto de Jesús;

muy ceremonioso y adorando a su Señor, como si estuviera dentro del Lugar donde los sacerdotes

ofrendan ante el Santo de los santos;

lleno de reverencia,

responde:

–         Fiel a la consigna.

Y ahora más que nunca, porque las mujeres tenían miedo…

Pero… Te hemos obedecido porque se debe obedecer, aunque – créelo – no había nada preocupante.

Sé con certeza que Pilatos ha llamado al orden a los turbulentos,

diciendo que quienquiera que provoque sediciones en estos días de fiesta, será castigado duramente.

Creo que no es ajena a esta protección de Pilatos su mujer…

Y sobre todo, las damas amigas de su mujer.

En la Corte se sabe todo y nada.

Pero se sabe lo suficiente…

Y Mannahém se aparta para ceder el sitio a María la Madre santísima,

que ha bajado del carro y ha recorrido los pocos metros de camino, toda trémula y emocionada…

Madre e Hijo se encuentran, se besan…

Mientras TODAS las discípulas, veneran reverentes al Maestro.

Pero no están ni María de Mágdala, ni Martha de Lázaro.

María Madre, en los brazos de su Hijo, con la cara contra el pecho de Jesús,

susurra:

–         ¡Cuánta congoja desde aquella noche!

¡Hijo, cómo te odian todos!

Y unas lágrimas descienden siguiendo las líneas rojas;

que son señal en su rostro de muchas otras vertidas esos días.

Aún así, sonriendo con amor, en medio de su sufrimiento corredentor…

Y de sus lágrimas maternales y dolorosas,

sonriendo valerosamente gime:

–        Pero ya ves que el Padre provee.

Jesús con ¡Admiración y mucha Ternura!

sonriendo valiente,

exclama:

–        ¡Así que no llores!

Yo desafío con coraje a todo el Odio del Mundo.

Pero una sola lágrima tuya me abate….

¡Ánimo, Madre santa!

Y teniéndola arrimada contra Sí con un brazo,

se vuelve hacia las discípulas para saludarlas…

Y dedica palabras especiales a Juana;

que ha querido regresar para acompañar a María.

Juana exclama muy amorosa:

–         ¡Maestro, no es ningún esfuerzo estar con tu Madre!

María está retenida en Bethania, por los sufrimientos de su hermano, Lázaro.

He venido yo.

He dejado los niños con la mujer del guardián del palacio.

Es una mujer buena y maternal.

Y está también con ellos, Cusa…

¡Fíjate Tú si le va a faltar algo a nuestro querido Matías, predilecto de mi marido!

Pero también Cusa me dijo que partir era inútil.

La medida de contención impuesta por el Procónsul, le ha roto las uñas también a Herodías.

Y además él, el Tetrarca, tiembla de miedo…

Y no tiene más que un pensamiento:

Vigilar para que Herodías no lo destruya ante los ojos de Roma.

La muerte de Juan ha echado abajo muchas cosas que estaban a favor de Herodías.

Y Herodes siente también, y muy bien…

Que el pueblo está rebelado contra él, por la muerte de Juan.

La raposa intuye que el peor castigo sería perder la odiosa y humillante protección de Roma.

El pueblo arremetería contra él inmediatamente.

Por tanto, no dudes que no hará nada por propia iniciativa.

Jesús exclama ordenando:

–         ¡Entonces volvemos a Jerusalén!

Y mirando a los apóstoles,

agrega:

–           Podéis caminar tranquilos respecto a vuestra incolumidad.

Vamos.

Que las mujeres monten de nuevo en el carro…

Y con ellas Mateo y quien esté cansado.

Descansaremos en Betel.

Vamos.

Las mujeres obedecen.

Suben con ellas Mateo y Bartolomé.

Los otros prefieren seguir al carro a pie, junto con Mannahém,

que toma de la rienda a su  preciosa cabalgadura y acaricia a su caballo llamándolo por sus nombre….

Luego se va con Isaac y Margziam.

Marchando juntos alrededor de Jesús.

Y Mannahém cuenta cómo ha hecho las averiguaciones para saber lo que había de verdad,

en la bravata del herodiano que había extendido un velo de dolor

sobre el grupo tranquilo reunido en Bethania en casa de Lázaro.

–     Que está sufriendo mucho- finaliza.

Jesús pregunta:

–         ¿Ha ido una mujer a Bethania?

–          No, Señor.

Pero nosotros hace tres días que salimos de allí.

¿Quién es?

–           Una discípula.

Se la daré a Elisa, porque es joven, está sola y no tiene medios.

–         Elisa está en el palacio de Juana.

Quería venir

Pero está muy constipada.

Ardía en deseos de verte.

Decía: «¿Pero no comprendéis que mi paz está en verlo?»

–         Voy a darle también una alegría con esta joven.

¿Y tú Margziam, no hablas?

El jovencito responde:

–          Escucho, Maestro.

Isaac dice:

–        El muchacho escucha y escribe.

De uno u otro requiere que le repitamos tus palabras…

Y escribe, escribe.

¿Pero las habremos dicho bien?

Jesús, acariciando el cachete morenito de Margziam.

Responde con dulzura:

–         Las miraré Yo y añadiré lo que falte en el trabajo de mi discípulo.

Y mirándolo, pregunta:

–         ¿Y el anciano padre?

¿Lo has visto?

Margzian responde

–          ¡Sí!

No me reconocía.

Lloró de alegría.

Pero lo veremos en el Templo porque Ismael los envía.

Es más, les ha dado más días este año.

Tiene miedo de Ti.

Pedro exclama riendo:

–         ¡Claro, mira tú éste!

¡Después de la bromita que le sucedió a Cananías en Sebat!

Jesús dice:

—         Pero el miedo a Dios no construye;

al contrario, destruye.

No es amistad.

Es sólo una espera que a menudo se transforma en Odio.

Pero cada uno da lo que puede…

Y prosiguen el camino conversando, hasta que se pierden de vista…

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