409 LAS HORAS PASCUALES


409 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

364 En el Templo.

Jesús ha dejado Rama y ya está a la vista Jerusalén.

Mientras camina – como el año pasado – va cantando los salmos prescritos

Muchos, en la vía llena de gente, se vuelven para mirar al grupo apostólico que pasa.

Quién saluda con reverencia; quién se limita a lanzar una ojeada curiosa

(éstas son por lo general las mujeres, sonriendo respetuosamente.

Quién se limita a observar;

quién dibuja en sus labios una sonrisita irónica y desdeñosa;

quién, pasa altivo y con evidente malevolencia.

Jesús va tranquilo, vestido con una túnica limpia y fresca de lino.

También Él, como todos se ha cambiado, para entrar con orden y con elegancia,

en la ciudad santa.

Y Margziam este año está a la altura de las circunstancias con su ropa nueva.

Camina al lado de Jesús, cantando a pleno pulmón,

con esa voz suya que la verdad es que es un poquillo áspera porque no es todavía viril.

Pero su tono imperfecto se pierde en el coro lleno, de las voces de sus compañeros,

emergiendo sólo, límpido como tintín de plata, en los agudos que emite todavía con voz blanca y segura.

Está feliz Margziam…

En un intervalo de los cantos, en que ya está a la vista la Puerta de Damasco,

porque van a entrar  por allí para ir inmediatamente al Templo.

Mientras esperan a que pase una pomposa caravana que ocupa toda la vía

y crea obstrucciones, haciendo que los prudentes  se detengan en los márgenes,

Margziam pregunta:

—            Señor mío,

¿No vas a decir otra parábola bonita para tu hijo lejano?

Querría unirla a los otros escritos que tengo; porque está claro que en Bethania

Y me consume el deseo de darle una alegría,

según le prometí y su corazón y el mío queremos…

Jesús responde:

–            Sí, hijo mío.

Te daré la parábola.

–            Pero una que lo consuele,

que le diga que sigue siendo tu amado…

–          Así lo diré.

Y será para mí alegría, porque será decir una verdad.

–         ¿Cuándo la vas a decir, Señor?

–         Inmediatamente.

Vamos a ir enseguida al Templo, como es deber,…

Y allí hablaré antes de que se me impida hacerlo.

–          ¿Y vas a hablar para él?

–          Sí, hijo mío.

–          ¡Gracias, Señor!

Debe ser muy doloroso el estar separado así…

Margzian lo ha dicho con voz trémula, con un brillo de llanto en sus ojos negros.

Jesús le pone la mano encima del cabello

Y así reemprender la marcha.

Y es que los Doce se habían detenido a oír lo que decían algunos,

no se sabe si son creyentes en el Maestro o deseosos de conocerlo;

que a su vez se habían detenido por la misma causa que había detenido a Jesús y a los suyos.

Con el paso de la caravana…

Los apóstoles dicen;

–          Ya vamos, Maestro.

Estábamos escuchando a éstos.

Algunos de ellos son prosélitos que vienen de lejos

y preguntaban que dónde podrían acercarse a conocerte…. – dice Pedro acercándose

Jesús pregunta:

–         ¿Por qué motivo lo desean?

Y Pedro, ya al lado de Jesús, que está reanudando la marcha,

Le dice:

–          Porque quieren oír tu palabra,…

Y para ser curados de algunas enfermedades.

¿Ves ese carro cubierto, después de ellos?

Dentro hay prosélitos de la Diáspora que han venido por mar o con un largo viaje,

movidos a realizarlo además de por el respeto a la Ley por la fe en Ti.

Los hay de Éfeso, Perge e Iconio…

Y hay uno, pobre, de Filadelfia, al que han acogido en el carro por piedad los otros;

que son mercantes ricos por lo general, pensando propiciarse al Señor.

–            Margziam, ve a decirles que me sigan al Templo.

Tendrán lo uno y lo otro:

salud del alma, con la palabra y salud para los cuerpos si saben tener Fe.

El jovencito va ligero.

Pero de los Doce se eleva un coro de desaprobación por «la imprudencia» de Jesús,

que quiere mostrarse públicamente en el Templo…

–          Vamos a propósito, para que vean que no tengo miedo.

Para que vean que ninguna amenaza me puede hacer desobedecer al precepto.

¿Pero es que no habéis entendido todavía su juego?

Todas estas amenazas, todos estos consejos, amigables sólo en apariencia;

tienen la pretensión de hacerme pecar,

para poder disponer de un elemento verdadero de acusación.

No seáis cobardes.

Tened fe. No es mi Hora.

Judas dice:

–             ¿Pero por qué no vas antes a tranquilizar a tu Madre?

Te espera…

–            No.

Primero voy al Templo que, hasta el momento señalado por el Eterno para la nueva época,

es la Casa de Dios.

Mi Madre esperándome, sufrirá menos de lo que sufriría, sabiendo que estoy predicando en el Templo.

De esta forma, honraré al Padre y a la Madre,;

dándole al Primero la Primicia de mis Horas Pascuales,

y a la segunda la tranquilidad.

Vamos.

No temáis.

Por lo demás, quien tenga miedo que vaya al Getsemaní, a incubar su miedo entre las mujeres.

Los apóstoles, con la pulla de esta última observación, no hablan más.

Se ponen de nuevo en fila, de tres en tres.

Sólo en la fila donde está Jesús, la primera, son cuatro;

hasta que llega Margziam y la hace de cinco…

(tanto que Judas Tadeo y el Zelote se ponen detrás de Jesús, dejándolo así en el centro entre Pedro y Margziam).

En la Puerta de Damasco ven a Mannahém.  

El cual después de los saludos,

dice:
–        Señor, he pensado que era mejor que me vieran…

Para disolver toda posible duda sobre la situación.

Te aseguro que, aparte de la malevolencia de los fariseos y escribas,

no hay nada que sea peligroso para Ti

Puedes ir seguro.

Jesús responde:

–        Lo sabía, Mannahém.

De todas formas, te lo agradezco.

Ven conmigo al Templo, si no te es molestia…

–          ¿Molestia?

¡Por Ti desafiaría al mundo entero!

¡Afrontaría cualquier fatiga!

Judas de Keriot barbota algunas palabras.

Mannahém se vuelve ofendido.

Dice con voz segura:

–        No, hombre.

No son «palabras».

Le ruego al Maestro que compruebe mi sinceridad.

Jesús dice:

–         No hace falta, Manahén.

Vamos.Siguen adelante entre el atasco de gente.

Llegados a una casa amiga, se liberan de los talegos Santiago, Juan y Andrés

los depositan por todos en un atrio largo y oscuro…

Y luego dan alcance a sus compañeros.

Entran en el recinto del Templo pasando cerca de la torre Antonia.

Los soldados romanos miran, pero no se mueven

Se susurran algunas cosas.

Jesús los observa, para ver si hay alguno que conozca.

Pero no ve ni a Quintiliano ni al soldado Alejandro.

Ya están en el Templo.

En medio del hormigueo de gente poco sagrado, de los primeros patios;

donde hay mercaderes y cambistas.

Jesús mira y se estremece

Se pone pálido.

Su andar severo es tan solemne, que parece aumentar más todavía de estatura.

El drama más tremendo de Jesús como Hombre,

es el tener que soportar en la posesión demoníaca perfecta de Judas de Keriot,

la cercanía de su más acérrimo Enemigo…

Porque Satanás manifiesta su presencia sin que nadie más lo perciba…

Judas lo tienta:

–        ¿Por qué no repites aquel gesto santo?

Ya ves… lo han olvidado…

De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios.

¿No te duele?

¿No te lanzas a defender?

Este rostro moreno y bello, pero irónico y falso…

A pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así, toma un aspecto incluso zorruno

mientras, un poco agachado, como por reverencial respeto

dice estas palabras a Jesús, escrutándolo de abajo arriba.

–         No es la Hora.

Pero todo eso será purificado.

¡Y para siempre!.. – dice secamente Jesús.

Judas sonríe ligeramente,

y comenta:

–          ¡El «para siempre» de los hombres!

¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!…

Jesús no le responde;

pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas,

envuelto en su lujosa vestidura ceremonial. 

Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles

bajo cuyos pórticos se agolpa la gente.

Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo, han seguido todo este tiempo a Jesús.

Han traído con ellos a sus enfermos y ahora los están colocando a la sombra,

debajo de los pórticos, cerca del Maestro.

Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio.

Todas veladas.

Pero una está ya sentada, por estar enferma…

Y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos.

Más gente se agolpa alrededor de Jesús.

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