411 PARÁBOLA DE LOS HIJOS


411 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

364 Parábola del hijo verdadero y los hijos bastardos.

Durante la pausa que sigue a la Oración del Señor, recogido ahora dentro de Sí,

solemnemente austero;

se oye a José de Arimatea decir:

–            ¿Y entonces, Gamaliel?

¿No te parece todavía palabra del Señor?

Gamaliel responde:

–           José, se me dijo:

«Estas piedras se estremecerán con el sonido de mis palabras»

Esteban, impetuosamente, grita:

–          ¡Cumple el prodigio, Señor!

¡Da la orden, y se desarticularán!

¡Gran don sería que se derrumbase el edificio;

pero se elevaran en los corazones las murallas de tu Fe!

¡Házselo a mi maestro!.

Un grupo rabioso de rabíes con sus alumnos,

le gritan

–              ¡Blasfemo!

Gamaliel grita a su vez:

¡No!

Mi discípulo habla con palabra inspirada.

Pero nosotros no somos capaces de aceptarla, porque el Ángel de Dios todavía no nos ha

purificado del pasado con el tizón tomado del Altar de Dios…

Y, quizás, ni aunque el grito de su Voz – y señala a Jesús – desencajara los quicios de estas

puertas, sabríamos creer…

Se recoge un extremo del amplio manto blanquísimo y con él se cubre la cabeza,

ocultándose casi el rostro; luego se marcha.

Jesús lo mira mientras se va…

Luego continúa hablando.

Ahora responde a algunos que murmuran entre sí, que se muestran

y que hacen más visible su escándalo descargándolo sobre Judas de Keriot,

con una rociada de protestas que el apóstol encaja sin reaccionar,

encogiéndose de hombros y poniendo una cara que de satisfecha no tiene nada.

Jesús dice:

–           En verdad, en verdad os digo que los que parecen ilegítimos son hijos verdaderos.

Y que los que son hijos verdaderos se hacen ilegítimos.

Escuchad todos una parábola.

Hubo una vez un hombre que, debido a algunas ocupaciones, tuvo que ausentarse durante largo

tiempo de casa, dejando en ella a algunos hijos que todavía eran poco más que unos niños.

Desde el lugar en que se hallaba, escribía cartas a sus hijos mayores para mantener siempre en

ellos el respeto hacia el padre lejano y para recordarles sus enseñanzas.

El último, nacido después de su partida, se estaba criando todavía con una mujer que vivía lejos

de allí, de la región de la esposa, que no era de su raza

Y la esposa murió, siendo pequeño y viviendo lejos de casa todavía este hijo.

Los hermanos dijeron:

«Dejémoslo allí, donde está, con los parientes de nuestra madre.

Quizás nuestro padre se olvida de él.

Saldremos ganando porque tendremos que repartir con uno menos,

cuando nuestro padre muera».

Y así lo hicieron.

De esta forma, el niño lejano creció con los parientes maternos,

ignorando las enseñanzas de su padre;

ignorando que tenía un padre y unos hermanos.

O, peor, conociendo la amargura de esta reflexión:

«Todos ellos me han desechado como si fuera ilegítimo»,

Y tanto se sentía repudiado por su padre, que llegó incluso a creer que ello fuera verdad.

Siendo ya un hombre y habiéndose puesto a trabajar;

porque amargado como estaba por los pensamientos mencionados,

aborrecía también a la familia de su madre, a quien consideraba culpable de adulterio…

Quiso el azar que este joven fuera a la ciudad donde estaba su padre.

Y entró en contacto con él, aunque no sabía quién era.

Y tuvo la ocasión de oírlo hablar.

El hombre era un sabio.

No teniendo la satisfacción de los hijos, que estaban lejos.

A esas alturas, ellos  ya vivían por su cuenta y mantenían con su padre lejano,

sólo unas relaciones convencionales…

Bueno, para recordarle que eran «sus» hijos y que como consecuencia, se acordara de ellos en el

testamento

se ocupaba mucho en dar rectos consejos a los jóvenes a quienes tenía ocasión de conocer

en esa tierra en que estaba.

El joven se sintió atraído por esa rectitud, que era paterna hacia muchos jóvenes;

no sólo se acercó a él, sino que atesoró todas sus palabras.

Y vino a hacer bueno su agriado ánimo.

El hombre enfermó.

Tuvo que decidir regresar a su patria.

El joven le dijo:

«Señor, eres la única persona que me ha hablado con justicia y me ha elevado el corazón.

Deja que te siga como siervo.

No quiero volver a caer en el mal de antes».

«Ven conmigo.

Y regresaron juntos a la casa paterna.

Ni el padre ni los hermanos ni el propio joven, intuyeron que el Señor hubiera congregado de

nuevo a los de una única sangre bajo un único techo.

Mas el padre hubo de llorar mucho por sus hijos conocidos,

porque los encontró olvidados de sus enseñanzas, codiciosos, duros de corazón,

con muchas idolatrías en sus corazones en vez de creyentes en Dios:

la soberbia, la avaricia y la lujuria eran sus dioses.

Y no querían oír hablar de nada que no fuera ganancia humana.

El extranjero, sin embargo, cada vez se acercaba más a Dios; se hacía cada vez más justo,

bueno, amoroso, obediente.

Los hermanos lo odiaban porque el padre quería a ese extranjero.

Él perdonaba y amaba, porque había comprendido que en el amor estaba la paz.

El padre, un día,

disgustado con la conducta de sus hijos, dijo:

«Vosotros os habéis desinteresado de los parientes de vuestra madre.

Y hasta de vuestro hermano.

Me recordáis la conducta de los hijos de Jacob hacia su hermano José.

Quiero ir a esas tierras para tener noticias de él.

Quizás lo encuentro para consuelo mío».

Y se despidió, tanto de los hijos conocidos como del joven desconocido;

dando a este último una reserva de dinero para que pudiera volver al lugar de donde había

venido y montar allí un pequeño comercio.

Llegado a la región de su difunta esposa, los familiares de ella le contaron,

que el hijo abandonado había pasado a llamarse Manasés, de Moisés que se llamaba,

porque realmente con su nacimiento había hecho olvidar al padre que era justo,

pues lo había abandonado.

«¡No me ofendáis!

Me habían referido que se había perdido el rastro del niño.

Y no esperaba siquiera encontrar aquí a ninguno de vosotros

Pero habladme de él. ¿Cómo es?

¿Ha crecido robusto?

¿Se parece a mi amada esposa que se consumió dándomelo?

¿Es bueno? ¿Me ama?».

«Robusto, es robusto.

Y guapo como su madre, aparte de tener los ojos de un color negro intenso.

De su madre tiene<hasta la mancha de forma de algarroba en la cadera.

Y de ti ese estorbo ligero de la pronunciación.

Cuando se hizo hombre, se<marchó, amargado por su sino,

con dudas sobre la honestidad de su madre…

Y sintiendo rencor hacia ti.

Habría sido bueno, si no<hubiera tenido este rencor en el alma.

Se marchó más allá de los montes y de los ríos.

Llegó a Trapecius para…»

«¿Decís Trapecius? ¿En Sinopio?

Seguid, seguid, que yo estaba allí.

Y vi a un joven con este ligero estorbo en la<pronunciación, solo y triste.

Y muy bueno por debajo de su costra de dureza

¿Es él? ¡Hablad!».

«Quizás es. Búscalo.

En la cadera derecha tiene la algarroba saliente y oscura como la tenía tu mujer».

El hombre se marchó a toda velocidad, con la esperanza de encontrar todavía al extranjero

en su casa.

Había partido ya<para regresar a la colonia de Sinopio.

El hombre fue detrás… Lo encontró.

Le hizo acercarse para descubrirle la cadera.

Lo<reconoció.

Cayó de rodillas alabando a Dios por haberle devuelto el hijo.

Y más bueno que los otros, que cada vez se hacían más<animales,

mientras que éste, en estos meses que habían pasado, se había hecho cada vez más santo.

Y dijo al hijo bueno:

«Recibirás la parte de tus hermanos.

Porque, sin ser amado por nadie, te has hecho más justo que todos los demás»

¿No era, acaso, justicia?

Lo era.

En verdad os digo que son verdaderos hijos del Bien aquellos que, rechazados por el<mundo

y despreciados, odiados, vilipendiados, abandonados como ilegítimos,

considerados oprobio y muerte,

saben superar a<los hijos crecidos en la casa pero rebeldes a las leyes de ésta.

No es el hecho de ser de Israel lo que da derecho al Cielo;

ni asegura el destino el ser fariseos, escribas o doctores.

La cosa es tener buena voluntad y acercarse generosamente a la Doctrina de amor,

hacerse nuevos en ella, hacerse por ella hijos de Dios en espíritu y verdad.

Sabed todos los que me escucháis que muchos, que se creen seguros en Israel,

serán sustituidos por los que para ellos son publicanos, meretrices, gentiles, paganos y galeotes.

El Reino de los Cielos es de quien sabe renovarse acogiendo la Verdad y<el Amor.

Jesús se vuelve hacia el grupo de los enfermos prosélitos.

Preguntando con voz fuerte:

–           ¿Sabéis creer en cuanto he dicho?

Y un coro le responde:

—          ¡Sí! ¡Señor!

–           ¿Queréis acoger la Verdad y el Amor?

–           ¡Sí! ¡Señor!

–           ¿Os quedaríais satisfechos aunque no os diera más que Verdad y Amor?

–            Señor, Tú sabes qué es lo que necesitamos más.

Danos, sobre todo, tu paz y la vida eterna.

Jesús levanta los brazos, con su majestuoso poder,

exclamando su sentencia:

–                ¡Levantaos e id a alabar al Señor!

Estáis curados en el Nombre santo de Dios.  

Y rápido, se dirige hacia la primera puerta que encuentra..

Y se mezcla con la muchedumbre que satura Jerusalén,

antes de quela emoción y el estupor que hay en el Patio de los Pagano,

s puedan transformarse en aclamadora búsqueda de Él…

Los apóstoles desorientados, lo pierden de vista.

Sólo Margziam, que no ha dejado nunca de tenerle cogido un extremo<del manto,

corre a su lado, feliz,

y dice:

–           ¡Gracias, gracias, gracias, Maestro!

¡Por Juan, gracias!

He escrito todo mientras hablabas.

Sólo me queda añadir el milagro.

¡Qué bonito! ¡Justo para él!

¡Se pondrá muy contento!

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