412 EL PROFANADOR


  1. 412 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

365 Judas Iscariote insidia la inocencia de Margziam. 

Jesús entra en la verde quietud del Huerto de los Olivos.

Margziam sigue a su lado.

Iban  hablando de Pedro.

Y el jovencito sonríe al pensar en la afanosa carrera que va a tener que hacer Pedro para alcanzarlos.

Diciendo:

–           ¡Maestro, quién sabe lo que dirá!

Y si hubieras seguido hasta Bethania sin pararte aquí, se sentiría verdaderamente desconsolado.

También sonríe Jesús, mirando al jovencito,

y responde:

–         Sí.

Me va a sepultar a lamentos.

De todas formas, le servirá para otra vez.

Así estará más atento.

Yo hablaba y él se distraía charlando con unos o con otros…

–       Es que le preguntaban, Señor – dice Margziam para disculparlo, sin reírse ya.

Se hace un gesto delicado de que se responderá después, cuando calle la Palabra del Señor.

Y Jesús dice:

–        Acuérdate de esto para tu vida futura.

Para cuando seas sacerdote.

Exige el máximo respeto en las horas y lugares de instrucción.

–           Pero entonces será el pobre Margziam, Señor, el que hable…

–           No importa.

Es Dios el que habla por los labios de sus siervos, en las horas de su ministerio.

Y como tal debe ser escuchado con silencio y respeto.

Margziam hace una leve mueca significativa, como comentario de un razonamiento suyo interior.

Jesús, que lo observa,

dice:

–          ¿No estás convencido?

¿Por qué esa expresión?

Habla, hijo, sin temor.

–          Señor mío…

Me preguntaba si Dios está también en los labios y en el corazón de sus sacerdotes de ahora… y…

Con terror me decía si serían iguales los futuros…

Y concluía diciendo que…

Muchos sacerdotes hacen quedar mal al Señor…

He pecado, sin duda…

Pero son tan malos y antipáticos, tan secos… que…

–          No juzgues.

Pero recuerda esta impresión de disgusto.

Tenla presente en el futuro.

Y, con todas tus fuerzas, preocúpate de no ser como estos que te desagradan.

Y que tampoco lo sean los que dependan de ti.

Haz servir para el bien incluso el mal que ves.

Toda acción y toda cognición deben ser transformadas en bien,

pasando por un juicio y una voluntad rectos.

–          ¡Señor, antes de entrar en la casa, que ya se ve, respóndeme a otra cosa!

Tú no niegas que el actual sacerdocio sea defectuoso.

Me dices a mí que no juzgue.

Pero Tú juzgas. Y puedes hacerlo.

Y juzgas con justicia.

Escucha, Señor, mi pensamiento.

Cuando los actuales sacerdotes hablan de Dios y de la religión, siendo la mayoría de ellos como son…

Y me refiero ahora a los peores…

¿Deben ser escuchados como verdad?

–          Siempre, hijo mío.

Por respeto a su misión.

Cuando realizan actos de su ministerio, no son el hombre Anás, el hombre Sadoq…

Son «el sacerdote».

Separa siempre del ministerio la pobre humanidad.

–          Pero si realizan mal también su ministerio…

–          Dios suplirá.

¡Y, además!…

¡Escúchame, Margziam!

No hay ningún hombre completamente bueno ni completamente malo.

Y ninguno es tan completamente bueno,

que tenga derecho a juzgar a los hermanos como completamente malos.

Tenemos que tener presentes nuestros defectos,

contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar.

Entonces tendríamos una medida justa de juicio caritativo.

Yo todavía no he encontrado un hombre completamente malo.

–          ¿Ni siquiera Doras, Señor?

–           Ni siquiera él, porque es marido honesto y padre amoroso.

–          ¿Ni siquiera el padre de Doras? 

–          También él era marido honesto y padre amoroso.

–          Pero nada más que eso, ¿Eh?

–          Sólo eso.

Pero en eso no era malo.

Por tanto, no era completamente malo.

–          ¿Y tampoco Judas es malo?

–          No.

–          Pero no es bueno.

–          No es totalmente bueno, como no es totalmente malo.

¿No estás convencido de lo que digo?

–          Estoy convencido de que Tú eres totalmente bueno.

Y que estás absolutamente exento de maldad.

Tanto, que no encuentras nunca una acusación para ninguno.

Esto sí.

–           ¡Oh, hijo mío!

¡Si pronunciara la primera sílaba de una palabra de acusación. 

todos vosotros arremeteríais como fieras contra el acusado!…

Yo, actuando así, evito que os manchéis con pecado de juicio.

Entiéndeme, Margziam.

No es que Yo no vea el mal donde lo hay.

No es que no vea la mezcla de mal y bien que hay en algunos.

No es que no comprenda cuándo un alma sube o baja del nivel en que la puse.

No es nada de esto, hijo mío.

Es prudencia, para evitar las anti-caridades entre vosotros.

Y actuaré siempre así.

También en los siglos venideros, cuando tenga que pronunciarme sobre una criatura.

¿No sabes, hijo, que a veces vale más una palabra de alabanza, de ánimo, que mil reprensiones?

¿No sabes que de cien casos pésimos, señalados como relativamente buenos,

al menos la mitad vienen a ser realmente buenos al no faltarles, después de mi benévola palabra,

la ayuda de los buenos, que, en caso distinto, huirían del individuo señalado como pésimo?

Hay que sostener a las almas, no hundirlas.

Pero si Yo no soy el primero en sostener, en celar las partes feas,

en solicitar para ellas vuestra benevolencia y ayuda;

jamás os entregaríais a ellas con activa misericordia.

Recuérdalo, Margziam…

–           Sí, Señor… (un fuerte suspiro).

Lo recordaré… (otro fuerte suspiro)…

Pero es muy difícil ante ciertas evidencias…

Jesús lo mira fijamente.

Pero del jovencito no ve sino la parte alta de la frente, porque baja mucho la cara.

–          Margziam, levanta la cara. Mírame.

Y respóndeme.

¿Qué evidencia es esa que es difícil pasar por alto?

Margziam se azora…

Se pone rojo bajo el color morenito de la piel…

Responde:

–          Pues… son muchas, Señor…

Jesús insta:

–          ¿Por qué has nombrado a Judas?

Porque es una «evidencia».

Quizás la que te es más difícil superar…

¿Qué te ha hecho Judas?

¿En qué te ha escandalizado?

Y Jesús pone las manos encima de los hombros del muchacho,

que ahora está tan colorado que es todo púrpura oscura.

Margziam lo mira, con los ojos brillantes, por las lágrimas que asoman…

Luego se suelta…

Y se marcha gritando:

–          ¡Judas es un profanador!…

Pero no puedo hablar… ¡Respétame, Señor!…

Y se introduce en el bosque, llorando…

En vano llamado por Jesús,

que pone un gesto de desconsolado dolor.

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