413 LA CARIDAD DE LA MADRE


413 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

365  Un nuevo discípulo, hermano de leche de Jesús. 

Su voz, de todas formas, ha llamado la atención de los que están en la casa del Getsemaní.

Y a la puerta de la cocina se asoma Jonás, luego la Madre de Jesús;

detrás las discípulas: María de Cleofás, María Salomé y Porfiria.

Ven a Jesús y se encaminan hacia Él.

Jesús saluda:

–          ¡La paz a todos vosotros!

¡Aquí me tienes, Mamá!

María pregunta:

–          ¿Sólo?

¿Por qué?

–          Me he adelantado.

He dejado a los demás en el Templo…

Pero estaba con Margziam…

Porfiria un poco inquieta,

pregunta:

–          ¿Y dónde está ahora mi hijo, que no lo veo?

–          Ha subido allá arriba…

Pero ahora vendrá.

¿Tenéis comida para todos?

Dentro de poco vendrán los demás.

No, Señor.

Habías dicho que ibas a Bethania…

–          Sí, claro…

Pero he pensado que convenía hacer esto.

Id sin demora por todo lo necesario.

Y volved sin demora.

Yo me quedo con mi Madre.

Las discípulas obedecen sin replicar.

Se quedan solos Jesús y María.

Y pasean lentamente bajo los enmarañados ramajes de los árboles, a través de cuyas copas

se filtran agujas solares que ponen circulitos de oro en la hierbecilla verde y florida.

Jesús dice:

–          Después de comer iré a Betania con Simón.

María pregunta:

–          ¿Simón de Jonás?

–          No.

Con Simón Zelote.

Y llevaré conmigo a Margziam…

Jesús calla pensativo.

María lo observa.

Luego pregunta:

–          ¿Te causa sinsabores Margziam?

–          ¡No, Mamá, todo lo contrario!

¿Por qué piensas eso?

–          ¿Por qué estás pensativo?…

¿Por qué lo llamabas con autoridad?

¿Por qué te ha dejado?

¿Por qué se ha separado de ti como vergonzoso?

¡No ha venido siquiera a saludar a su madre ni a mí!

–          El niño ha huido por una pregunta que le he hecho.

–          ¡Oh!…

El estupor de María es profundísimo.

Guarda silencio por un momento y luego susurra, como hablando para sí:

–          Los dos en el Paraíso Terrenal huyeron, después del pecado, al oír la voz de Dios…

Pero, Hijo mío, hay que tener compasión del niño.

Empieza a ser hombre… y quizás…

Hijo mío, Satanás muerde a todos los hombres…

Es una María toda compasiva y suplicante…

Jesús la mira y le dice:

–          ¡Cuán madre eres!

¡Cuánto eres «la Madre»!

Pero no pienses que el niño ha pecado.

Debes pensar que sufre por la quemadura de una revelación.

Es muy puro. Es muy bueno…

Lo llevaré conmigo, hoy.

Para que comprenda, sin palabras, que lo comprendo.

Cualquier palabra sobraría…

Y no encontraría ninguna para disculpar al profanador de un inocente.

Es un Jesús severo en estas últimas palabras.

–          ¡Hijo!

¿En esto estamos?

No te pido nombres.

Pero si uno de entre nosotros ha sido capaz de turbar al niño, sólo puede haber sido uno…

La posesión demoníaca perfecta, causada por la impenitencia y el egoísmo desenfrenado; provocan la ceguera moral, emocional y espiritual que Satanás necesita, para hacer capaces a sus instrumentos de cometer los más atroces crímenes....

¡Hay que ver qué diablo!

–           Vamos a buscar a Margziam, Mamá.

Ante ti no huirá.

Van y lo descubren detrás de una mata de espino albar.

Mientras se acerca a él y lo abraza…

María le pregunta:

–          ¿Estabas cogiendo flores para mí, hijo mío?

Margziam con lágrimas en la cara todavía.,

responde:

–          No.

Pero te echaba de menos.

–          Y yo he venido.

¡Ánimo, sin demora!

¡Que hoy tienes que ir con mi Jesús a Betania!

Y debes estar arreglado como conviene.

La cara de Margziam, ya olvidado de su turbación de antes, se ilumina,

y dice:

–          ¿Yo solo con El?

–          Y con Simón Zelote.

Margziam, muy niño todavía, da un salto de alegría, sale inmediatamente de su escondite

y va a caer en el pecho de Jesús…

Está confuso.

Pero Jesús sonríe y le instiga diciendo:

–          Corre a ver si ya llegó tu padre.

Margziam se echa a correr.

Y Jesús observa:

–          Es un niño todavía, a pesar de ser ya juicioso de pensamiento.

Turbar su corazón es un gran delito.

Pero pondré una solución…

Y mientras tanto camina con María hacia la casa.

Pero antes de llegar ya ven a Margziam galopando tras ellos.

–          Maestro… Madre…

Hay personas…

Personas de las que estaban en el Templo…

Los prosélitos… Hay una mujer…

Una mujer que quiere verte, Madre…

Dice que te conoció en Belén…

Se llama Noemí.

María exclama:

–          ¡Conocí a muchas entonces!

Pero vamos…

Llegan a la pequeña explanada donde está la casa.

Un grupo de personas espera.

En cuanto ven a Jesús se postran.

Pero, enseguida, una mujer se levanta y corre a arrojarse a los pies de María mientras la saluda con su nombre.

–          ¿Quién eres?

No me acuerdo de quién eres.

Levántate.

La mujer se levanta;

pero, cuando está para hablar, llegan jadeantes, los apóstoles.

Diciendo confusamente:

–          ¡Pero Señor!

–          ¿Por qué?

–          Hemos corrido como locos por Jerusalén.

–          Pensábamos que habías ido a casa de Juana o de Analía…

–          ¿Por qué no has esperado?

Jesús dice:

–          Ahora estamos juntos.

Es inútil explicar el porqué.

Dejad que esta mujer hable tranquila.

Todos se apiñan para escuchar.

La mujer dice:

–         Tú no te acuerdas de mí, María de Belén.

Pero yo recuerdo desde hace treinta y un años tu nombre…

Y tu rostro como nombre y rostro de piedad.

Había venido yo también de lejos, de Perge, por el Edicto.

Estaba embarazada.

Pero esperaba regresar a tiempo.

Mi marido enfermó por el camino y en Belén se debilitó hasta el extremo de que murió.

Yo había dado a luz veinte días antes de que muriera.

Mis gritos perforaron el cielo y me secaron la leche y la hicieron veneno.

Me cubrí de pústulas, y de pústulas se cubrió mi hijo…

Nos arrojaron a una gruta a morir…

Pues bien… tú, sólo tú, viniste, cautelosa, cada poco tiempo durante toda la luna,

a traerme comida y a curar mis llagas.

Y llorabas conmigo y dabas leche a mi criatura, que si vive es sólo por ti…

Corriste el riesgo de que te lapidaran, porque me llamaban «la leprosa»…

¡Oh, mi estrella delicada!

Esto no lo he olvidado.

Una vez curada, me marché.

En Éfeso tuve noticias de la matanza.

¡Te busqué mucho! ¡Mucho! ¡Mucho!

No podía pensar que te hubieran matado con tu Hijo en aquella noche tremenda.

Pero jamás te encontré.

El verano pasado, uno de Éfeso oyó a tu Hijo, supo quién era, lo siguió durante un tiempo,

fue, acompañado de otros, a los Tabernáculos…

Y, cuando volvió, contó.

He venido para verte, ¡Oh Santa!, antes de morir.

Para bendecirte tantas veces cuantas fueron las gotas de leche que diste a mi Juan,

en detrimento incluso de tu Hijo bendito…

La mujer llora, en una posición reverencial,

un poco inclinada, agarrando con sus manos los brazos de María…

–          La leche no se niega nunca, hermana. Y…

–           ¡Oh, no! ¡No hermana tuya!

Tú, Madre del Salvador.

Yo era una pobre mujer sola, lejos de su casa;

viuda, con un hijo de pecho y con el pecho agotado como torrente en verano…

Sin ti me habría muerto.

Me diste todo…

Y si pude volver donde mis hermanos, mercaderes de Éfeso, fue por ti.

–           Éramos dos madres, dos pobres madres, con dos hijos, por el mundo.

Tú tenías el dolor de haberte quedado viuda, yo el de tener que ser traspasada en mi Hijo,

como decía en el Templo el anciano Simeón.

No hice otra cosa sino cumplir con mi deber de hermana dándote lo que tú ya no tenías.

¿Y tu hijo vive?

–          Está ahí.

Tu Hijo santo me lo ha curado esta mañana. ¡Bendito sea!

Y la mujer se postra ante el Salvador,

gritando:

–          ¡Ven, Juan, a dar gracias al Señor!

Se aproxima, dejando a sus compañeros, un hombre de la edad de Jesús,

fuerte, de rostro no hermoso pero leal;

hermosos tiene la expresión de sus ojos profundos.

Jesús pregunta:

–          La paz a ti, hermano de Belén.

¿De qué te he curado?

–          De la ceguera, Señor.

Un ojo perdido, el otro próximo a perderse.

Era arquisinagogo, pero ya no podía leer los sagrados rollos.

–          Ahora los leerás con mayor fe.

–          No, Señor.

Ahora te leeré a Ti.

Quiero quedarme como discípulo.

Y sin pretender derechos por las gotas de leche extraídas del pecho en que Tú te nutrías.

Nada son los días de una luna para crear un vínculo

todo, la piedad de tu Madre entonces y la tuya de esta mañana.

Jesús se vuelve hacia la mujer:

–          ¿Y tú que opinas?

–          Que mi hijo te pertenece doblemente.

Acéptalo, Señor.

Y se cumplirá el sueño de la pobre Noemí.

–          De acuerdo.

Serás de Cristo.

Volviéndose hacia los apóstoles.

agrega:

A vosotros: recibid a este compañero en nombre del Señor

Los prosélitos están exaltados de emoción.

Los hombres querrían quedarse también inmediatamente. Todos.

Pero Jesús dice con firmeza:

–           No.

Vosotros seguid siendo lo que sois

Volved a vuestras casas, conservad la fe y esperad la hora de la llamada.

El Señor esté siempre con vosotros.

Podéis marcharos.

–          ¿Podremos encontrarte todavía aquí? -preguntan.

–          No.

Como un pájaro que vuela de rama en rama, me moveré continuamente.

No me encontraréis aquí.

No tengo ni itinerario ni morada.

Pero, si es justo, nos veremos y me escucharéis.

Marchaos.

Que se quede la mujer con el nuevo discípulo.

Y entra en casa, seguido por las mujeres y los apóstoles,

que comentan con emoción el episodio ignorado hasta ese momento

y la caridad profunda de María.

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