414 EL OPROBIO JUNTO A LA PERFECCIÓN


414 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

365 En Betania, en la casa de Lázaro, enfermo.

Jesús, con paso raudo, va hacia Betania; a un lado y otro de Él, Simón Zelote y Margziam.

Felices de ser ellos dos los preferidos para esta visita.

Margziam, ya completamente tranquilo, hace mil preguntas sobre la mujer que ha venido de Éfeso,

pregunta si Jesús sabía ese hecho, etc.

Jesús responde:

–           No lo sabía.

El tesoro de bondades de mi Madre es infinito.

Y lo hace con un silencio tan delicado que, la mayor parte de las veces, sus buenas acciones quedan secretas.

Zelote comenta:

–          Pero es un episodio muy bonito, ¿Eh?

–          Sí.

Tanto que quiero contárselo a Juan de Endor

Maestro, ¿Crees que vamos a encontrar sus cartas en Bethania?

–          Estoy casi seguro.

–          Debería estar también la mujer curada de la lepra – observa el Zelote.

–          Sí.

Ha observado con fidelidad los preceptos.

Pero ya debe haberse cumplido el tiempo de la purificación.

Bethania aparece en su llanura elevada.

Pasan por delante de la casa en que en otros tiempos había pavos reales, flamencos y grullas.

Ahora está abandonada y cerrada.

Simón lo observa.

Pero su observación se ve interrumpida por el jovial saludo de Maximino,

que improvisamente sale por el cancel,

diciendo:

–          ¡Maestro santo!

¡Qué felicidad en medio de tanto dolor!

–          Paz a ti.

¿Por qué, dolor?

-Porque Lázaro tiene dolores desgarradores a causa de sus piernas ulceradas.

Y no sabemos qué hacer para aliviar ese dolor.

Pero viéndote a Ti estará mejor, al menos de espíritu.

Entran en el jardín.

Y mientras Maximino se adelanta veloz, ellos siguen a paso lento hacia la casa.

Corre afuera María de Magdala con su grito adorador:

–          ¡Rabbuní!

La sigue, más sosegada, Marta.

Ambas están pálidas como quien ha sufrido y velado.

–          Levantaos.

Vamos inmediatamente donde está Lázaro.

Martha suplica:

–          ¡Maestro, Maestro que todo lo puedes, cúrame a mi hermano!

María insta:

–          ¡Sí, Maestro bueno!

¡Sufre por encima de sus fuerzas!

Se está consumiendo. Gime.

Y, claro, morirá si sigue así.

¡Ten piedad de él, Señor!

Jesús dice:

–          Tengo toda la piedad.

Pero no es para él hora de milagro.

Debe ser fuerte, y vosotras con él.

Ayudadle a hacer la Voluntad del Señor.

Martha llorando, pregunta gimiendo

–          ¿Quieres decir que deberá morir? 

Y María, nadando sus ojos en el llanto y la pasión en la voz,

la dúplice pasión por Jesús y por su hermano:

–          ¡Oh, Maestro, pero de esta forma me impides seguirte y servirte!

¡E impides a mi hermano gozar de mi resurrección!

¿Es que no quieres en casa de Lázaro el júbilo por una resurrección?

Jesús la mira con una sonrisa buena y perspicaz,

y dice:

–          ¿Por una?

¿Sólo una?

¡Pero entonces me creéis muy poca cosa, si creéis que puedo una cosa sola!

Sed buenas y fuertes. Vamos.

Y no lloréis de esa forma.

Lo abatiríais con dolorosas conjeturas.

Y, Él el primero, se encamina hacia donde está Lázaro;

el cual, sin duda para que sea más fácil asistirle, ha sido acomodado en una sala que está junto a la biblioteca,

en frente de la sala mayor, dedicada a convites.

Maximino señala la puerta, pero deja a Jesús que entre solo.

–          ¡Paz a ti, Lázaro, amigo mío!

–          ¡Oh, Maestro santo!

La paz a ti.

Para mí, en mis miembros, la paz ya no existe.

Y siento abatido mi espíritu.

¡Sufro mucho, Señor! Pronuncia para mí la amada orden: «Lázaro, sal afuera»,

y me pondré en pie, curado, para servirte…

–          Te daré esa orden, Lázaro.

Pero no ahora – responde Jesús abrazándolo.

Lázaro está muy delgado, amarillento, visiblemente muy enfermo y muy debilitado.

Y tiene hundidos los ojos.

Llora como un niño al enseñar sus piernas hinchadas, azuladas;

con llagas varicosas, abiertas en varios puntos.

Quizás espera que Jesús, al mostrarle ese destrozo, se conmueva y haga un milagro.

Pero Jesús se limita a colocar de nuevo, con delicadeza, sobre las llagas;

las vendas untadas de bálsamo.

–          ¿Has venido para quedarte? – pregunta Lázaro, no sin desilusión.

–          No.

Pero vendré a menudo.

–           ¿Cómo?

¿Tampoco vas a celebrar este año la Pascua conmigo?

He dicho que me trajeran aquí por ese motivo.

Me habías prometido, cuando los Tabernáculos, que ibas a estar mucho conmigo, después de las Encenias…

–          Y estaré.

Pero no ahora.

¿Te molesto si me siento aquí en la orilla de tu cama?

–          ¡No, no!

Todo lo contrario.

La frescura de tu mano parece como si mitigara el ardor de mi fiebre.

¿Por qué no te quedas, Señor?

–          Porque como a ti te atormentan las llagas, a mí los enemigos.

A pesar de que Betania esté considerada dentro de los límites para la Cena, y para todos;

para Mí, celebrar aquí la Pascua se consideraría pecado.

De lo que Yo hago, para el Sanedrín y los fariseos, todo son camellos y vigas…

–          ¡Ah! ¡Los fariseos!

¡Es verdad! 

Pero entonces en una casa mía…

¡Esto al menos!

–          Eso sí.

Pero lo diré en el último momento.

Por prudencia.

–           ¡Ah, sí, no te fíes!

Te ha ido bien con Juan, ¡Eh!,

¿Sabes? Ayer ha venido Tolmái con otros y me ha traído cartas para Ti.

Las tienen mis hermanas.

¿Pero dónde se han quedado Marta y María?

¿No se preocupan de recibirte con honor?

Lázaro está inquieto, como muchos enfermos.

–          Tranquilo.

Están afuera, con Simón y Margziam.

He venido con ellos.

Y no necesito nada.

Ahora los llamo.

Y así es; llama a los que prudentemente se habían quedado afuera.

Marta sale y vuelve con dos rollos y se los entrega a Jesús.

María, entretanto, refiere que el siervo de Nicodemo ha dicho que precede a su señor,

que viene con José de Arimatea.

«que ha llegado ayer en nombre tuyo» dice.

–          ¡Ah! ¡Sí!

¿Sabes quién es?

Martha explica:

–          Nos lo ha dicho.

Es hija de un rico de Jericó que hace años fue a Siria, de joven.

La llamó Anastásica, en recuerdo de la flor del desierto.

Pero no ha querido revelar el nombre de su marido.

–           No es necesario.

La ha repudiado.

Por tanto, ella es únicamente «la discípula».

¿Dónde está?

–          Duerme.

Está cansada.

Ha vivido muy mal estos días y estas noches.

Si quieres la llamo.

–           No. Deja que duerma.

Me ocuparé mañana.

Lázaro mira admirado a Margziam, el cual está en ascuas;

y es que quisiera saber lo que dicen los rollos.

Jesús lo comprende y los abre.

Lázaro dice:

–          ¿Cómo? ¿Él lo sabe?

–          Sí.

Él y los otros, excepto NatHanael, Felipe, Tomás y Judas…

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal…

Lázaro interviene bruscamente:

–           ¡Has hecho bien en no revelárselo a él! –

Tengo muchas sospechas…

–          No soy imprudente, amigo – le interrumpe Jesús.

Lee los rollos y luego refiere las noticias principales:

O sea, que los dos se han aclimatado, que la escuela prospera…

Y que, si no fuera por el declinar de Juan, todo iría bien.

Pero no puede decir nada más, porque se anuncia la llegada de Nicodemo y José.

Que entran diciendo:

–          ¡Dios te salve, Maestro, esta mañana y siempre!

–          Gracias, José.

¿Y tú, Nicodemo, no estabas?

–          No.

Pero, sabiendo que habías llegado…

he pensado en venir a casa de Lázaro, casi seguro de que te encontraría.

Y José se ha unido a mí.

Hablan alrededor de la cama de Lázaro de los hechos de la mañana.

Y él se interesa tanto, que parece aliviado de su sufrimiento.

José de Arimatea dice:

–          ¿Y Gamaliel, Señor?

¿Oíste?

–          Oí.

Nicodemo dice:

–          Yo, sin embargo, digo: ¿Y Judas de Keriot, Señor?

Después de tu partida, me lo encontré vociferando como un demonio,

en medio de un grupo de alumnos de los rabíes.

Te acusaba y defendía al mismo tiempo.

Estoy seguro de que estaba convencido de actuar bien.

Ellos querían encontrarte culpas, ciertamente estimulados por sus maestros.

Él rebatía las acusaciones con pasión enardecida.

Decía: «Sólo una culpa tiene mi Maestro: hacer resaltar demasiado poco su poder.

Deja pasar el momento oportuno.

Cansa a los buenos con su excesiva mansedumbre.

¡Rey es, debe actuar como rey! Vosotros lo tratáis como a un siervo, porque es manso.

Y El, por ser sólo manso, se destruye.

Para vosotros, que sois viles y crueles,

no hay otra cosa aparte del azote de un poder absoluto y violento.

¡Ah, si pudiera hacer de El un violento Saúl!”

Jesús menea la cabeza sin decir nada.

Nicodemo observa:

–          De todas formas, a su manera, te ama.

Lázaro exclama: 

–          ¡Qué hombre más desconcertante!  

Zelote confirma:

–          Sí.

Bien has dicho.

Yo no lo entiendo…

Y hace dos años que estoy con él.

María de Magdala se alza, con majestuosidad de reina,…

Y con su espléndida voz proclama:

–          Yo lo he entendido más que todos:

Es el oprobio al lado la Perfección.

Y no hay nada más que decir.

Y sale para alguna gestión, llevándose consigo a Margziam.

Lázaro dice: 

–          Quizás María tiene razón.

José apoya:

–          También lo creo yo.

–          ¿Y Tú, Maestro, qué dices?

–          Digo que Judas es «el hombre».

Como lo es Gamaliel.

El hombre limitado junto a Dios infinito.

El hombre está tan restringido en su pensamiento, mientras no lo airean sobrenaturalmente,

que puede acoger una sola idea, incrustarla dentro de sí, o incrustarse en ella,

y quedarse así. Incluso contra la evidencia.

Terco. Obstinado. Incluso por fidelidad hacia la cosa que más le ha impresionado.

En el fondo, Gamaliel tiene una fe, como pocos en Israel,

en el Mesías que vislumbró y reconoció en un niño.

Y es fiel a las palabras de aquel niño…

Y lo mismo Judas.

Saturado de la idea mesiánica como la mayor parte de Israel la cultiva,

confirmado en ella por mi primera manifestación a él,

ve, quiere ver, en el Cristo el rey.

El rey temporal y poderoso…

MAITREYA

Y es fiel a este concepto suyo.

¡Cuántos, incluso en el futuro, se malograrán por una concepción de fe equivocada, terca contra toda razón!

¿Pero qué creéis, que es fácil seguir la verdad y la Justicia en todas las cosas?

¿Qué creéis, que es fácil salvarse sólo porque se sea un Gamaliel y un Judas apóstol?

No. En verdad, en verdad os digo que es más fácil que se salve un niño, un fiel común,

que uno elevado a especial cargo y a especial misión.

Generalmente entra, en los llamados a extraordinaria suerte, la soberbia de su vocación,

y esta soberbia abre las puertas a Satanás, expulsando a Dios.

Las caídas de las estrellas son más fáciles que las de las piedras.

El Maldito trata de apagar los astros y se insinúa, se insinúa tortuoso

para hacer de palanca contra los elegidos y poder volcarlos.

Si miles de hombres caen en los errores comunes,

su caída no arrastra nada más que a ellos mismos.

Pero si cae uno de los elegidos para una extraordinaria suerte,

y viene a ser instrumento de Satanás en vez de serlo de Dios,

su voz en vez de «mi» Voz,

su discípulo en vez de «mi» discípulo, entonces la ruina es mucho mayor

y puede dar origen incluso a profundas herejías que dañan a un número sin número de espíritus.

El bien que Yo doy a una persona producirá mucho bien si cae en un terreno humilde

y que sabe permanecer humilde;

pero, si cae en un terreno soberbio o que se hace soberbio por el don recibido,

entonces de bien se transforma en mal.

A Gamaliel le fue concedida una de las primeras epifanías del Cristo.

Debía ser su precoz llamada a Cristo;

sin embargo, es la razón de su sordera a mi Voz que lo llama.

A Judas le ha sido concedido ser apóstol: uno de los Doce Apóstoles

entre los millares de hombres de Israel.

Debía ser esto su santificación.

Pero, ¿Qué será?…

Amigos míos, el hombre es el eterno Adán…

Adán tenía todo.

Todo menos una cosa.

Quiso ésa.

¡Y si el hombre se queda en Adán!

¡Ah, pero muy a menudo se transforma en Lucifer!

Tiene todo menos la divinidad.

Quiere la divinidad.

Quiere lo sobrenatural para causar asombro, para ser aclamado, temido, conocido, celebrado…

Y, para conseguir algo de eso que sólo Dios puede gratuitamente dar,

se agarra fuertemente a Satanás,

que es el Simio de Dios y da sucedáneos de dones sobrenaturales.

¡Qué horrenda suerte la de estos que se han transformado en demonios!

Os dejo, amigos.

Me retiro bastante.

Tengo necesidad de recogerme en Dios…

Jesús, muy turbado, sale..

Los que se quedan (Lázaro, José, Nicodemo y el Zelote) se miran.

José pregunta en voz baja a Lázaro:

–           ¿Has visto cómo se ha turbado?

Lázaro responde:

–          Sí, lo he visto.

Parecía como si estuviera viendo un espectáculo horrendo.

Nicodemo pregunta:

—         ¿Qué tendrá en el corazón?

José responde:

–          Sólo Él y el Eterno lo saben.

¿Tú no sabes nada, Simón?

–          No.

Lo cierto es que hace meses que está muy angustiado.

–          ¡Dios lo proteja!

Pero lo cierto es que el odio aumenta.

–          Sí, José.

El odio aumenta…

Creo que pronto el Odio va a vencer al Amor.

–          ¡No digas eso, Simón!

¡Si debe suceder así, no volveré a pedir la curación!

Mejor morir que asistir al más horrendo de los errores».

–          De los sacrilegios, debes decir, Lázaro…

.Y… Israel es capaz de esto.

Está maduro para repetir el gesto de Lucifer,

declarando la guerra al Señor bendito – suspira Nicodemo.

Un silencio penoso se forma, cual mordaza que estrangula todas las gargantas…

Declina la tarde en la habitación,

en que cuatro hombres honestos piensan en los futuros delincuentes.

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