416 EL PRODIGIO DESCONOCIDO


  1. 416 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

366 Las cartas de Antioquía.

El Zelote, después de un silencio más bien largo, está ya para hablar cuando, casi corriendo,

vienen hacia ellos los apóstoles y discípulos que han encontrado a Margziam,

en las primeras subidas del Getsemaní.

Simón guarda silencio.

Jesús responde a los saludos de todos, para caminar luego al lado de Pedro en dirección al olivar y a la casa.

Pedro informa que estaban alerta desde el alba;

que Elisa está todavía enferma en casa de Juana;

que la noche anterior habían venido unos fariseos;

que… que… que…

Un haz muy enmarañado de noticias,

de las cuales al final, surge la pregunta:

«¿Y Lázaro?»,

Pregunta a la que Jesús responde exhaustivamente.

Pedro, muy curioso, no sabe contenerse y pregunta:

–          ¿Y… nada, Señor? Ninguna… noticia…».

Jesús responde:

–            Sí.

A su tiempo las sabrás.

¿Dónde están Margziam y la mujer?

¿Ya en la casa?

–            ¡No, no!

La mujer no se ha atrevido a seguir adelante.

Está sentada en el borde de la acequia y te espera.

Margziam… Margziam…

Se me ha desaparecido.

Habrá ido corriendo a la casa.

–           Vamos a acelerar el paso.

Pero, a pesar de acelerar, no llegan a la casa antes de que María con su cuñada, Salomé, Porfiria y las mujeres

de Bartolomé y Felipe hayan salido ya, venerantes.

Jesús las saluda de lejos, pero se dirige hacia el lugar en que humilde, está Anastática;

la toma de la mano y la conduce hacia su Madre y las mujeres,

diciéndole.

–          Mira, ésta es la flor de esta Pascua, Madre.

Aunque sea sólo una este año, que te signifique delicadeza, puesto que te la traigo Yo.

La mujer se ha arrodillado.

María se agacha y la levanta,

mientras dice:

–          Las hijas están en el corazón de sus madres, no a sus pies.

Ven, hija.

Conozcamos nuestras caras como ya se conocen nuestros espíritus.

Aquí están las hermanas.

Vendrán otras.

Que sea una dulce familia, toda ella santidad para la gloria de Dios y amor entre sus miembros.

Las discípulas se dan recíprocamente el beso de amor.

Y recíproca y profundamente se miran.

Entran y suben a la terraza de la casa, circundada del glauco de centenares de olivos.

Los grupos se separan:

Jesús con los hombres;

las mujeres, aparte, en torno a la recién llegada.

Regresa Susana, que había ido a la ciudad con su marido.

Viene Juana con los niños.

Aparece Analía con su cara de ángel.

Jairo, mezclado con los discípulos que venían presurosos hacia Jesús, regresa con su hija,

la cual va al grupo de las mujeres y se pone junto a María, que la acaricia.

Paz y amor hay en esta reunión de personas.

Luego el sol declina

Y Jesús, antes de saludar a los que regresan a sus propias casas o a las casas en que se alojan,

reúne a todos en oración y los bendice.

Luego los saluda.

Se queda solamente con los que prefieren estar estrechos en la casa del Getsemaní

o pernoctar debajo de los olivos antes que marcharse.

Así pues, se quedan María, María de Alfeo, Salomé, Anastática, Porfiria y otras mujeres;

Y Jesús, Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo, Santiago y Juan de Zebedeo,

Simón Zelote, Mateo, Margziam y otros hombres.

Pronto consumen la cena.

Después, Jesús invita a su Madre y a María de Alfeo a ir con Él

y con los discípulos por el olivar silencioso.

Quizás las otras tres mujeres irían también de buena gana.

Pero Jesús no las llama; es más, dice a Salomé y a Porfiria:

–           Hablad santas palabras con la nueva hermana y luego acostaos.

No nos esperéis.

La paz sea con vosotros.

Y las tres se resignan a su destino.

Pedro está un poco enfurruñado…

Y calla mientras todos hablan yendo en grupo, precisamente hacia el futuro peñasco de la agonía.

Se sientan en el ribazo.

Tienen frente a ellos a Jerusalén, la cual, tras el ajetreo de la jornada, se aquieta.

Jesús ordena:

–           Enciende unas ramas, Pedro.

¿Para qué?

–           Quiero leeros lo que escriben Juan y Síntica.

Y has de saber, tú que estás enfadado;

que éste es el motivo por el que no he dejado venir a las tres mujeres.

–            ¡Pero si mi mujer estaba aquella noche!…

–            Pero excluir de las antiguas discípulas sólo a Salomé habría sido feo…

Además esto te dará la manera de desahogar tu lengua,

contando a tu prudente esposa lo que ahora vas a oír.

Pedro, alborozado por el elogio dado a Porfiria y por la concesión de poderla poner al corriente del secreto,

pierde de golpe su gesto de enfado..

Y se dedica a encender una alegre hoguera de la que se elevan llamas derechas,

quietas en el ambiente calmo.

Jesús saca de su cinturón las dos cartas.

Las abre.

Lee en medio del círculo atento de once rostros:

«A Jesús de Nazaret, honor y bendición.

A María de Nazaret, bendición y paz.

A los hermanos santos, paz y salud.

Al bien amado Margziam, paz y caricias.

Lágrimas y sonrisas hay en mi corazón y en mi rostro mientras me siento a escribir esta carta para todos vosotros.

Recuerdos, nostalgias, esperanzas y paz del deber cumplido hay en mí.

Tengo ante mí todo el pasado que considero de valor, es decir, el que empezó hace doce meses;

y un salmo de agradecimiento a Dios,

demasiado compasivo con el culpable, brota de mi corazón.

¡Bendito seas, y contigo la Santa que te ha dado al mundo,

y la otra madre que recuerdo como la compasión encarnada;

y contigo Pedro, Juan, Simón, Santiago y Judas y el otro Santiago, y Andrés y Mateo…

¡Y, en fin, el amadísimo Margziam, a quien pongo en mi pecho para bendecirlo!

¡Benditos por todo lo que me habéis dado desde el momento en que os conocí

hasta el momento en que os dejé,

ciertamente no por voluntad mía!

Os he sido arrebatado. ¡Que Dios los perdone!

¡Que Dios los perdone!

Y que aumente en mí la capacidad de perdonar por mi parte.

Por ahora, con su ayuda, junto con Él lo puedo hacer.

Pero solo no puedo; no, todavía no podría, porque demasiado quema la herida que me han hecho

arrancándome de mi verdadera Vida, de Ti, Santísimo.

Demasiado quema todavía,

a pesar de que tus consuelos sean una lluvia continua y balsámica que desciende sobre mí…»

Jesús pasa muchas líneas sin leerlas.

Y reanuda: «»Mi vida…»».

Pero Pedro, que para ayudar al Maestro a ver ha cogido una rama encendida y la mantiene alzada,

estando junto al Maestro y alargando el cuello para ver el escrito,

dice:

–             ¡No, no, no es así!

¿Por qué no lees, Maestro?

¡Hay otras cosas entre medias!

Soy animal, pero no tanto como para no saber leer despacio.

Yo leo: «Tus promesas han superado mis esperanzas…»

Jesús sonriendo, dice:

–              Eres terrible, ¿Eh?

¡Peor que un muchacho!

–             ¡Hombre, claro!

¡Ya me estoy haciendo viejo!

Por eso tengo más malicia que un muchacho.

–            Deberías tener también más prudencia.

–            Es buena para los enemigos.

Aquí estamos entre amigos.

Aquí Juan dice una serie de cosas bonitas de Ti.

Quiero saberlas.

Para saber cómo tendría que hacer yo, cuando me expidieras a otro lugar como una mercancía.

¡Vamos Señor, lee todo!

Madre, dile tú también que no es justo darnos las noticias triadas como si fueran pececillos.

¡Saca! ¡Saca todo!

Algas, barro, peces pequeños y peces excelentes. ¡Todo!

¡Ayudadme vosotros!

Parecéis un conjunto de estatuas.

¡Es que me sacáis de quicio!

¡Y además se ríen!

Ante la agitación de Pedro, que salta acá y allá como un potro encabritado,

sacudiendo su rama

sin preocuparse de las chispas que le llueven encima, es difícil no reírse.

Jesús tiene que ceder para calmarlo y poder seguir leyendo:

«Tus promesas han superado mis esperanzas en ellas.

Maestro santo, cuando, aquella triste mañana de invierno, me prometiste que vendrías a consolar a tu

discípulo triste, no comprendí el verdadero valor de tu promesa.

El dolor y la relatividad del hombre oprimían las facultades del espíritu, de forma que éste era tardo en

entender el alcance de tu promesa.

¡Bendito seas, espiritual visitador de mis noches, que no son por eso desolación ni dolor, como pensaba,

sino una espera de Ti.

¡Oh, gozoso encuentro contigo!

La noche…

Horror de los enfermos, de los desterrados, de los que están solos, de los culpables;

para mí, que soy verdaderamente Félix haciendo tu Voluntad y sirviéndote,

se ha convertido en “la espera de las vírgenes prudentes a que llegue el esposo”.

E incluso más tiene mi pobre alma: la beatitud de ser la esposa que espera a su Amor,

que viene a la estancia nupcial

para darle todas las veces la alegría del primer encuentro y el éxtasis fortalecedor de la Fusión.

¡Oh, Señor y Maestro mío, mientras te bendigo por lo mucho que me das,

te ruego que recuerdes las otras dos promesas que me hiciste.

La más importante, para este hombre débil en demasía que soy yo, es no mantenerme en vida para la

hora de tu dolor

Conoces mi debilidad.

No permitas que aquel que por tu amor se ha despojado del odio, haya de volver a vestir, por el odio

hacia los hombres tus verdugos, el uniforme híspido e hiriente del odio.

La segunda es para tu pobre discípulo, igualmente débil en demasía e incompleto en la perfección:

ven a mi lado, como dijiste, a la hora de mi muerte.

Ahora que sé que para Ti no existen distancias,…

Y que ni mares ni monte ni ríos ni voluntad de hombre te impiden dar a quien te ama el consuelo de tu

sensible Presencia, no dudo poder tenerte cuando expire.

¡Ven, Señor Jesús!

Y ven pronto a introducirme en la paz.

Y ahora que he hablado del espíritu, te daré noticias de mi trabajo.

Tengo muchos discípulos, de todas las razas y países.

Para no herir la sensibilidad de unos u otros y dada la ausencia de pedagogo aquí,

he dividido los días, de forma que alterno un día a los paganos, uno a los fieles,  con mucho provecho.

Doy lo que gano a los pobres, así los atraigo hacia el Señor.

He vuelto a tomar mi viejo nombre; no por apego, sino por prudencia.

En las horas en que soy del mundo soy “Félix”.

En las horas en que soy sólo de Jesús, soy “Juan”: la gracia de Dios.

He explicado a Felipe que el verdadero nombre era Félix

que me llamaban Juan sólo para distinguirme entre los hermanos.

Y la cosa no ha creado ningún estupor, dada la facilidad con que cambiamos de nombre

o llamamos por sobrenombres.

Espero hacer aquí mucho trabajo, para preparar el camino a los hermanos santos.

Si tuviera más fuerzas, querría adentrarme en la campiña para dar a conocer tu Nombre.

Quizás pueda al principio del verano o con el frescor del otoño.

Basta que pueda y lo haré.

El aire puro de Antigonio, estos jardines tan serenos y hermosos, las flores, los niños, las gallinitas,

el afecto de los jardineros, y sobre todo, el grande, sabio, filial afecto de Síntica me hacen mucho bien.

Yo diría que he mejorado.

No piensa lo mismo Síntica…

Bueno, esta opinión suya se manifiesta solamente por los solícitos y continuos cuidados que me dispensa:

mi comida, mi descanso, que no coja frío…

Pero me siento mejor.

Jesús con el amor de fusión, nos une a Él para participarnos la Vida y y al hacernos corredentores nos comunica su Semejanza y nuestra alma se recrea…

¿Esta sensación no viene, quizás, del deber heroicamente cumplido?

Eso dice Síntica.

Querría saber si está acertada.

Porque el deber es cosa moral, mientras que la enfermedad es cosa carnal.

Y querría saber también si Tú vienes realmente o sólo te me apareces a los sentidos espirituales,

aunque de forma tan perfecta que no me dejas distinguir dónde termina la realidad material de tu Presencia.

Maestro amado y bendito, tu Juan se arrodilla pidiéndote tu bendición.

A la Madre, a María, a los hermanos santos, paz y bendición.

A Margziam un beso para que se acuerde de enviar las santas palabras, pan para los que estamos en

tierras lejanas trabajando en la viña del Señor».

-Esta es la carta de Juan… ¿Qué opináis?

Se cruzan diversas impresiones..

Pero la más fuerte de todas es la que se refiere a la Presencia de Jesús.

Le abruman a preguntas…

Sobre cómo puede ser, sobre si puede ser, si Síntica ve, etc. etc.

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