419 UNA FLOR PARA EL CIELO


419 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

368 El jueves prepascual. En Jerusalén y en el Templo.

Al parecer ya sucedió la distribución de comida a los leprosos de Hinnon y no hubo milagros,

porque Simón Pedro dice:

–         La soledad atroz no les ha dado la gracia de creer y saber dónde está la Salud.

Cuando regresan  la ciudad los recibe por la Puerta que introduce en el bullicioso y poblado barrio de Ofel.

Después de algunos metros, por la puerta entreabierta de una casa, aparece de repente,  

jubilosa, Analía, que hace un acto de veneración al Maestro,

mientras dice:

–          Tengo permiso de mi madre para estar hasta la noche contigo, Señor.

Jesús dice:

–          ¿No se sentirá molesto Samuel?

–          Ya no existe Samuel en mi vida, Señor

Y gracias sean dadas al Altísimo.

Solamente me conceda que no te deje a Ti, mi Dios, como me ha dejado a mí.

La boca juvenil sonríe heroicamente, mientras un brillo de llanto resplandece en sus ojos castos.

Jesús la mira fijamente y, por toda respuesta,

le dice:

–          Únete a las discípulas.

Y reanuda el camino.

Pero la anciana madre de Analía, más anciana por los dolores que por la edad,

se acerca a su vez, muy inclinada en un saludo devotísimo y rendido,

y dice:

–          La paz a Ti, Maestro.

¿Cuándo podría hablar contigo?

¡Estoy muy acongojada!… 

Jesús le responde:

–          Enseguida, mujer.Y volviéndose a los que están con Él,

ordena:
–          Quedaos aquí fuera.

Voy a entrar un momento en esta casa.

Y hace ademán de seguir a la mujer.

Pero Analía, desde el grupo de las mujeres, reclama su atención, con una sola palabra: «

¡Maestro!», ¡Pero cuánto hay en esa palabra!

Y junta las manos al decirla, como si suplicara…

Jesús la tranquiliza:

–          No temas.

Ten paz.

Tu causa está en mis manos.

Y también tu secreto….

Y luego raudo, entra por la puerta entreabierta.

Fuera se hacen comentarios sobre este hecho.

Y curiosidades masculinas y femeninas compiten para saber…

Saber… saber…

Dentro se escucha y se llora.

Jesús escucha.

Apoyado de espaldas contra la puerta, que ha cerrado tras sí en cuanto ha entrado,

con los brazos recogidos sobre el pecho, escucha a la madre de la muchacha,

que le habla de la volubilidad del novio, el cual habría aprovechado un pretexto,

para liberarse completamente del vínculo…

Y la madre se lamenta:

–          De forma que Analía es como una repudiada…

Y nunca más se casará,

porque ha declarado que Tú no apruebas a quien después del repudio vuelve a casarse.

Pero no es así.

¡Ella es célibe todavía!

No se vende a otro hombre, porque de ningún hombre ha sido.

Y él es culpable de crueldad. Y más.

Porque le han venido ganas de otras bodas;

pero es mi hija la que va a aparecer como culpable, y el mundo la escarnecerá.

Haz algo, Señor, porque es por Ti por quien sucede esto.

-¿Por mí, mujer? ¿En qué he pecado?

-¡No, Tú no has pecado!

Pero él dice que Analía te ama.

Y finge estar celoso.

Ayer noche ha venido.

Ella había ido a verte.

Se enfureció y juró que ya no la querría por esposa.

Analía, que llegó en ese momento, le respondió:

«Haces bien.

Lo único que siento es que vistas la verdad de mentira o de calumnia.

Sabes que a Jesús se le ama sólo con el alma.

Pero es precisamente tu alma la que se ha corrompido y deja la Luz por la carne,

mientras que yo dejo la carne por la Luz.

No podríamos ser ya un solo pensamiento, como dos esposos deben ser.

Ve, pues, y que Dios te ampare».

Ni una lágrima, ¿Comprendes? ¡Nada que tocara el corazón del hombre!

¡Mis esperanzas defraudadas!

Ella… ciertamente por superficialidad, causa su ruina.

Llámala, Señor. Habla con ella.

Doblégala a la razón.

Busca a Samuel.

Está en casa de Abraham su pariente, en la tercera casa después de la Fuente de la higuera.

¡Ayúdame!

Pero primero habla enseguida con ella…

–          Hablar, hablaré.

Pero deberías dar gracias a Dios,

que rompe un vínculo humano que está claro que no prometía mucho.

Ese hombre es voluble e injusto para con Dios y para con su novia…

–          Sí, pero es atroz que el mundo la crea culpable.

Y que te crea culpable a Ti, por el simple hecho de que sea discípula tuya.

–          El mundo acusa y luego olvida.

El Cielo, por el contrario, es eterno.

Tu hija será una flor del Cielo.

–          ¿Entonces por qué has permitido que viviera?

Habría sido una flor sin sufrir la lapidación de las calumnias.

Tú que eres Dios llámala, hazla razonar.

Y luego haz razonar a Samuel…

–           Recuerda, mujer, que ni siquiera Dios puede avasallar la voluntad y libertad del hombre.

Ellos, Samuel y tu hija, tienen derecho a seguir lo que sienten que es bueno para ellos.

Especialmente Analía tiene derecho… –           ¿Por qué?

–           Porque Dios la ama más que a Samuel.

Porque ella da a Dios más amor que Samuel.

¡Tu hija es de Dios!

–           No.

En Israel no es así.

La mujer debe casarse…

Es mía la hija…

Sus esponsales me prometían paz para el futuro…

–           Tu hija estaría en el sepulcro desde hace un año, si Yo no hubiera actuado.

¿Quién Soy Yo para ti?

–          El Maestro y Dios.

–          Y como Dios y Maestro digo que el Altísimo tiene más derecho que nadie sobre sus hijos…

Y que mucho va a cambiar en la Religión,

Y de ahora en adelante podrán las vírgenes ser vírgenes eternamente por amor a Dios.

No llores, madre.

Deja tu casa y ven con nosotros, hoy. ¡Ven!

Ahí afuera está mi Madre y otras madres heroicas que han dado sus hijos al Señor.

Únete a ellas…

–           Habla con Analía…

¡Inténtalo, Señor! – gime la mujer entre sollozos.

–        De acuerdo.

Haré como quieres – dice Jesús.

Y, abierta la puerta, llama: «Madre, ven con Analía».

Las dos requeridas van presurosas.

Entran.

–           Muchacha, tu madre quiere que te diga que lo pienses más.

Quiere que hable con Samuel

¿Qué debo hacer?

¿Qué respuesta me das?

–           Habla con Samuel si quieres.

Es más, te suplico que lo hagas.

Pero sólo porque querría que se hiciera justo oyéndote.

Respecto a mí, ya sabes;

te ruego que le des a mi madre la respuesta más verdadera.

–          ¿Has oído, mujer?

–          ¿Cuál es la respuesta? – pregunta con voz quebrada la anciana,

la cual al principio de las palabras de su hija creyó que ésta se hubiera vuelto atrás…

Y luego ha comprendido que no es así.

–          La respuesta es que desde hace un año tu hija es de Dios.

Y el voto es perenne mientras dura la vida.

–          ¡Pobre de mí!

¿Qué madre hay más infeliz que yo?

María suelta la mano de la joven para abrazar a la mujer,

y decirle dulcemente:

–            No peques con tu pensamiento y con tu lengua.

Dar a Dios un hijo no es una desdicha;

antes al contrario, es una gran gloria.

Un día me dijiste que tu dolor era el haber tenido sólo una hija,

porque querrías haber tenido el varón consagrado al Señor.

Tú tienes no un varón sino un ángel…

Un ángel que precederá al Salvador en su triunfo.

¿Y te vas a considerar infeliz?

Mi madre, habiéndome concebido en tarda edad, espontáneamente me consagró al Señor

desde el primer latido mío que oyó en su seno.

Y me tuvo sólo tres años.

Y yo tampoco la tuve, sino en mi corazón.

Pues bien, su paz al morir fue el haberme dado a Dios…

¡Ánimo, ven al Templo a cantar las alabanzas a Aquel que tanto te ama,

que ha elegido a tu hija como esposa!

Ten una verdadera sabiduría en tu corazón.

Verdadera sabiduría es no poner límites a la propia generosidad hacia el Señor.

La mujer ha dejado de llorar.

Escucha…

Luego se decide.

Toma el manto y se envuelve en él.

Y al pasar por delante de la hija suspira:

–          Primero la enfermedad, luego el Señor…

¡Se ve que no debía tenerte!…

–           No, mamá. No digas eso.

Nunca me has tenido tanto como ahora.

Tú y Dios.

Dios y tú.

Sólo vosotros, hasta la muerte…

Y la abraza dulcemente y le pide: «¡Una bendición, madre! Una bendición…

Pero Dios me quería así…».

Se besan llorando.

Luego salen, precedidas por Jesús y María.

Y cierran la casa.

Luego se ponen detrás del grupo de las discípulas…

Santiago de Zebedeo pregunta:

–          ¿Por qué entramos por aquí, Señor?

¿No era mejor entrar por la otra parte?

Jesús responde:

–          Porque, pasando por aquí…

Pasamos por delante de la Antonia.

Tomás advierte:

–         Y esperas…

¡Ten cuidado, Maestro!…

El Sanedrín te espía.

Bartolomé pregunta:

–          ¿Cómo lo sabes?

–          Basta reflexionar en el interés de los fariseos para comprender.

¡Me decís que con mil disculpas vienen continuamente a observar lo que hacemos!…

¿Con qué finalidad, si no es buscando de qué acusar al Maestro?

–          Tienes razón.

Entonces es mejor no pasar por delante de la Antonia, Maestro.

Si los romanos no te ven, pues mejor.

Jesús dice:

–         Y en esta razón está contenido más el asco por ellos que la solicitud por Mí,

¿No es verdad, Bartolomé?

¡Qué sabio serías si quitaras de tu corazón estas miserias!

Y Jesús sigue de todas formas por su camino sin escuchar a nadie.

Para ir a la Antonia tienen que pasar por el Sixto, donde están el palacio de Juana y el de

Herodes,

poco separados el uno del otro.

Jonathán está en la puerta del palacio de Cusa.

En cuanto ve a Jesús, da la voz a los de la casa.

Sale inmediatamente Cusa y hace una reverencia.

Le sigue Juana, ya preparada para unirse al grupo de las discípulas.

Cusa habla:

–          He oído que hoy estarás donde Juana.

Concede a tu siervo tenerte como invitado en un banquete.

–          Sí.

Con tal de que me concedas que haga de él un banquete de caridad para los pobres y los infelices.

–        Como te parezca, Señor.

Ordena y haré lo que Tú quieras.

–          Gracias.

La paz sea contigo, Cusa.

Juana pregunta:

–          ¿Tienes órdenes para Jonathán?

Está a tu disposición.

–          Las daré cuando vuelva del Templo.

Vamos, porque nos esperan.

Pasan poco después junto al bonito y cruel palacio de Herodes,

que está cerrado como si estuviese deshabitado.

Pasan junto a la fortaleza Antonia.

Los soldados observan el pequeño cortejo del Nazareno.

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