422 LOS BIENAMADOS


422 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

370 El jueves prepascual. En el convite de los pobres en el palacio de Cusa

Jesús entra en el vasto vestíbulo muy fastuoso, que está todo iluminado

a pesar de ser de día.

Y no son superfluas las lámparas.

Porque, si bien es cierto que es de día, no es menos cierto que afuera

hay un sol cegador, en las calles y en las fachadas blancas de cal;

mientras que aquí, en este amplio pero enorme y largo corredor vestíbulo,

que debe cortar toda la casa, desde el sólido portal hasta el jardín

cuyo verde lleno de sol aparece allá, muy lejano en el fondo.

Y parece lejano por un juego de la perspectiva,

pues haber habitualmente una semi-penumbra que para quien viene de fuera,

cegados sus ojos por el intenso sol, es sombra completa.

–            Paz a esta casa y a todos los presentes.

Se oye vibrante el cálido saludo de Jesús al adentrarse en el vestíbulo…

Por eso, Cusa se ha preocupado de que las grandes y numerosas

lamparillas de cobre repujado, fijadas a distancias constantes en ambas

paredes del vestíbulo, estén todas encendidas.

Y también la lámpara central…

(Un cuenco grande de alabastro rosa, en que están incrustados en el

róseo leve del alabastro, diaspros y otras lascas preciosas

y multicolores que, por la luz encendida dentro,

resplandecen como si fueran estrellas,

proyectando arco-iris sobre las paredes pintadas de azul oscuro,

sobre las caras, sobre el suelo de mármol veteado.

Y parece como si menudas estrellas se posaran en las paredes,

en los rostros, en el suelo;

menudas y móviles estrellitas multicolores,

porque la lámpara ondea levemente

debido a la corriente de aire que recorre el vestíbulo…

Y los tornasoles de las lascas preciosas

cambian continuamente de posición.

–           Paz a esta casa – repite Jesús.

Mientras se adentra y va bendiciendo sin cesar a los criados, que le

hacen una profunda reverencia,.

Y a los invitados, asombrados de estar allí reunidos, en contacto con el

Rabí, en un palacio principesco…

¡Los invitados!

El pensamiento de Jesús se delinea claramente.

El convite de amor querido por Él en casa de la buena discípula,

es una página del Evangelio traducida en acción.

Son mendigos, tullidos, ciegos, huérfanos, ancianos, indigentes sin hogar;

jóvenes viudas con sus pequeñuelos agarrados a los vestidos

o que maman la escasa leche de su desnutrida madre.

La riqueza de Juana ya ha proveído a sustituir los vestidos harapientos

vestidos modestos pero limpios y nuevos.

Mas si las cabelleras ordenadas, como oportuna medida de aseo…

Y si los vestidos limpios dan a estos desdichados, a quienes los criados

alinean o sujetan, para llevarlos al sitio requerido, dándoles un aspecto

ciertamente menos miserable del que tenían, cuando Juana dispuso

que fueran a recogerlos a los callejones, a los cruces, a los caminos que

conducen a Jerusalén, a aquellos lugares en que su miseria se escondía

abochornada o se exponía en busca de limosnas;

si ello es así, por el contrario,

resultan todavía visibles las penalidades en las caras,

las debilidades en los miembros,

las desventuras, las soledades en las miradas…

Jesús pasa y bendice.

Cada infeliz recibe su bendición.

Si la derecha está levantada bendiciendo, la izquierda baja a acariciar

temblorosas y canas cabezas de ancianos,

o inocentes cabecitas de niños.

Recorre así, hacia arriba y hacia abajo, el vestíbulo.

Para bendecir a todos,

incluso a los que entran mientras ya está bendiciendo…

Y todavía harapientos,

se esconden con miedo y agobio por el sufrimiento, en un rincón;

hasta que los criados, con modos corteses, los llevan a otro sitio,

para ser lavados y vestidos con ropa limpia,

como los que han llegado antes que ellos.

Pasa una joven viuda con su nidada de niños…

¡Cuánta miseria!

El más pequeño, completamente desnudo,

envuelto en el velo desgarrado de su madre…

los más grandecitos sólo con lo indispensable para salvar la decencia;

Sólo el mayor, un jovencito flaquísimo,

lleva un vestido que puede llamarse tal, pero como contrapartida va descalzo.

Jesús observa esto, llama a la mujer,

y dice:

–            ¿De dónde vienes?

–             De la llanura de Sarón, Señor.

Leví ya me ha llegado a la mayoría de edad…

He tenido que acompañarle al Templo…

yo… porque ya no tiene padre…

Y la mujer llora quedo,

ese llanto mudo de quien ha llorado demasiado.

–              ¿Cuándo se te ha muerto tu marido?

–              Ha hecho un año en Sebat.

Hacía dos lunas que estaba encinta…

Y se traga los sollozos para no causar turbación,

curvándose toda hacia el pequeñuelo.

–            ¿El niño tiene entonces ocho meses?

–             Sí, Señor.

–            ¿Qué hacía tu marido?

La mujer susurra tan bajo, que Jesús no entiende.

Se inclina para oír, diciendo:

–              Repite sin temor.

–              Mí marido trabajaba como herrador en una forja…

Pero se enfermó mucho…

Porque tenía heridas que supuraban.

Y termina en voz bajísima:

–          Era un soldado de Roma.

–          Pero ¿Tú eres de Israel?

–          Sí, Señor.

No me arrojes de tu Presencia como impura,

como hicieron mis hermanos cuando fui a implorar piedad,

después de la muerte de Cornelio…

–            ¡No tengas esos miedos!

¿Qué haces ahora como trabajo?

–            Soy criada, si me aceptan;

espigadora, batanera, bato el cáñamo… hago de todo…

Para el pan de éstos.

Leví ahora va a ponerse a trabajar en el campo…

Si lo aceptan, porque…

Es bastardo de raza.

–            ¡Confía en el Señor!

–             Si no hubiera confiado, me habría matado con todos ellos, Señor.

Va una criada, para llevarla al aseo…

Jesús dice:

–            Ve, mujer.

Nos veremos aún.

Juana, entretanto, se ha acercado y está arrodillada,

a la espera de que el Maestro la vea.

Él, efectivamente, se vuelve y la ve.

La saluda:

–                Paz a ti, Juana.

Me has obedecido a la perfección.

–              Obedecerte es mi alegría.

Pero no he sido la única que te ha procurado «la corte» como Tú querías.

Cusa me ha ayudado en todos los modos,}.

Y Marta y María también.

Y Elisa…

Quién mandando a sus criados por lo necesario;

y a ayudar a los siervos míos a reunir a los invitados;

quién ayudando a las siervas y a los siervos de los baños,

a limpiar a los «bienamados»,

como Tú los llamas.

Ahora, con tu permiso, voy a dar a todos un poco de comida,

para que no desfallezcan mientras esperan las viandas.

–             Sí, sí, como quieras.

¿Dónde están las discípulas?

–             En la terraza superior;

donde he dispuesto que se preparen las mesas.

¿He pensado bien?

–            Sí, Juana.

Arriba estarán tranquilos… 

Y también nosotros.

–             Sí, yo también he pensado lo mismo.

Y es que, además, en ninguna sala habría podido preparar para tantos…

Y no quería hacer separaciones para no crear celos y dolor.

¡Las personas desagraciadas tienen una sensibilidad, muy particular… 

Es más una hiper sensibilidad al dolor, tan aguda!…

Son todo una llaga…   

Y basta una mirada para hacerlos sufrir.

–             Sí, Juana.

Tienes alma compasiva y comprendes.

Que Dios te recompense tu piedad

¿Hay muchas discípulas?

–              ¡Todas las que están en Jerusalén!…

Pero… Señor…

yo quizás he pecado…

Querría decirte una cosa en secreto.

–             Llévame a un lugar solitario.

Van los dos solos a una habitación.

Por los juguetes que hay diseminados por todas partes, se intuye que

es el lugar de juegos de María y Matías.

Jesús pregunta:

–           Entonces, Juana?

Juana dice afligida:

–           Mí Señor, sin duda he sido imprudente…

Pero el gesto me ha venido tan espontáneo, tan impetuoso…

Cusa me ha regañado.

Pero la verdad es que ya…

Ha venido al Templo un esclavo de Plautina con una tablilla.

Ella y sus compañeras preguntaban si era posible verte.

He respondido:

«Sí, por la tarde en mi casa».

Y vendrán…

¿He hecho mal?

¡No por ti!…

Por los demás, por las que son enteramente Israel…

Y no amor como Tú.

Si he faltado, repararé como convenga…

Pero es que deseo tanto que el Mundo, el Mundo Entero, te ame, que…

Que no me he detenido a pensar que en el mundo,

sólo Tú eres Perfección…

Y demasiados pocos tratan de parecerse a Ti.

–               Has hecho bien.

Hoy os predico a todos vosotros con las obras.

Y en el futuro, una de las cosas que habrán de hacer los que crean en Mí,

será el que entre los creyentes en Jesús Salvador haya gentiles.

¿Dónde están los niños?

–              Por todas partes, Señor… 

Sonríe Juana, ya tranquilizada.

Y termina:

«La fiesta los exalta y corren de un lado para otro,

como pajarillos felices».

Jesús la deja.

Vuelve al vestíbulo.

Hace un gesto a los hombres que estaban con Él…

Y se encamina hacia el jardín, para luego subir a la amplia terraza.

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