424 SACRIFICIO Y GLORIA


424 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

370b El jueves prepascual. En el convite de los pobres en el palacio de Cusa.

María está al lado de su Hijo.

Bajo la luz dorada que se filtra a través del gran toldo,

extendido sobre buena parte de la terraza…

Y que se hace luz delicadamente esmeraldina,

en los lugares en que, para llegar a las caras, debe filtrarse

a través de un enredo de jazmines y rosales dispuestos como pérgola,

Ella parece todavía más joven y esbelta:

una hermana de las más jóvenes discípulas, apenas un poco mayor y hermosa,

hermosa como la más espléndida de las rosas florecidas en el jardín pénsil,

en los vastos macetones que lo rodean

para contener rosas, jazmines, muguetes, lirios y otras plantas finas.

Llega Felipe que se consume por el deseo de saber,

preguntando:

–           Madre, mi mujer ha dicho una serie de cosas que…

¿Qué ha pasado para que mi mujer se pueda considerar mutilada y

coronada al mismo tiempo?

María sonríe dulcemente mientras lo mira..

Y Ella que es tan poco dada a confidencias, le toma la mano,

y le dice:

–             ¿Serías capaz de dar a mi Jesús lo que más amas?

La verdad es que deberías…

Porque Él te da a ti el Cielo y el camino para ir.

–           Por supuesto, Madre, que sabría…

Especialmente si lo que le diera tuviera el poder de hacerlo feliz…

–           Lo tiene. Felipe…

También tu otra hija se consagra al Señor.

Nos lo ha dicho hace poco a mí y a su madre, en presencia de muchas discípulas…

–             ¿Tú? ¿Tú? – pregunta Felipe turbado…

Señalando con el índice a la gentil muchacha, que se arrima a María

casi buscando protección.

El apóstol encaja con dificultad este segundo golpe,

que le priva para siempre de la esperanza de unos nietos.

Se seca el sudor repentino que le ha producido la noticia…

Vuelve su mirada hacia las caras que tiene alrededor.

Lucha…

Sufre.

La hija gime:

–               Padre…

Tu perdón… y tu bendición…

Y cae a sus pies. 

Felipe le acaricia mecánicamente los cabellos castaños,

despeja su garganta del nudo que la comprime,…

Y finalmente habla:

–              Se perdona a los hijos que pecan…

Tú no pecas consagrándote al Maestro… y… y…

Y tu pobre padre sólo puede decirte… decirte: «¡Bendita seas!”…

¡Ah! ¡Hija! ¡Hija mía!…

¡Cuán suave y tremenda es la voluntad de Dios!

Y se inclina, la levanta, la abraza, la besa en la frente y en el pelo, llorando…

Y luego, teniéndola todavía entre sus brazos, va hacia Jesús,

y le dice:

Mira, yo la he engendrado, pero Tú eres su Dios…

Tu derecho es mayor que el mío…

Gracias… gracias, Señor, por la… por la alegría que…

No puede continuar.

Cae de rodillas a los pies de Jesús…

Y se agacha para besarle los pies gimiendo:

« ¡Nunca más, nunca más tendré nietos!…

¡Mí sueño!…

¡La sonrisa de mí ancianidad!…

Perdona este llanto, Señor…

Soy un pobre hombre…».

–             Levántate, amigo mío.

Y alégrate de ofrecer las primicias a los jardines angélicos.

Ven. Ven aquí, entre Mí y mi Madre.

Oigamos de Ella cómo ha sucedido la cosa,

porque te aseguro que por mi parte no tengo ni culpa ni mérito.

María explica:

–               Poco sé yo también.

Estábamos hablando las mujeres entre nosotras y como sucede a menudo,

me preguntaban acerca de mi voto virginal…

Y también sobre cómo serán las vírgenes del futuro…

Y sobre qué oficios y glorias preveía para ellas.

Yo respondía como sé…

Para el futuro preveía para ellas vida de oración,

de consuelo de los sufrimientos que el mundo dará a mi Jesús.

Decía.

«Serán las vírgenes las que sostendrán a los apóstoles,

las que lavarán este mundo ensuciado…

Y lo vestirán con su pureza y con ella lo perfumarán;

serán los ángeles que cantarán las alabanzas, para cubrir las blasfemias.

Y Jesús se sentirá feliz.

Cuando Dios te quiere, te busca, te sigue, te persigue y te consigue

Y otorgará gracias al Mundo y misericordia a estas corderas,

diseminadas en medio de lobos…» y otras cosas decía.

Ha sido entonces cuando la hija de Jairo me ha dicho:

«Dame un nombre Madre; para mi futuro de virgen,

porque no puedo conceder el que un hombre goce;

el cuerpo que fue reanimado por Jesús.

De Él es este cuerpo mío,

hasta que no sea la carne del sepulcro y el alma del Cielo»

Y Analía dijo:

«Yo también he sentido que debo hacer lo mismo.

Y hoy estoy más alegre que las golondrinas,

porque se han roto todas las ataduras».

Y ha sido también entonces cuando tu hija, Felipe, ha dicho:

«Yo también seré como vosotras.

¡Virgen para toda la eternidad!».

Su madre se acercó entonces y le hizo considerar que así no se podía

tomar una decisión tan importante.

Pero ella no cambió de parecer.

Y a quien le preguntaba si era un pensamiento ya viejo decía «no»,

Y a quien le preguntaba cómo le había venido decía:

«No lo sé.

Como una flecha de luz, me ha abierto en dos el corazón

y he comprendido con qué amor amo a Jesús».

La mujer de Felipe dice a su marido:

–              ¿Has oído?

–               Sí, mujer, la carne gime…

Y debería cantar, porque es su glorificación.

Nuestra carne pesada ha engendrado a dos ángeles.

No llores, mujer.

Tú has dicho antes que Él te ha coronado…

Una reina no llora cuando recibe la corona…

Pero llora también Felipe,

«y otros muchos lloran, hombres y mujeres,

ahora que todos están recogidos aquí arriba.

María de Simón llora a lágrima viva en un rincón…

María de Mágdala llora en otro, manoseando el lino de su túnica y

arrancando mecánicamente los hilos del ribete que la adorna.

Anastática llora, mientras trata de esconder con la mano su cara llorosa.

Jesús pregunta a todas:

–               ¿Por qué lloráis?

Ninguno responde.

Jesús llama a Anastática y le pregunta de nuevo,

y ella dice

–               Porque Señor;…

Por un goce nauseabundo de una sola noche, he perdido el ser una virgen tuya.

–               Todos los estados son buenos, si en ellos se sirve al Señor.

En la Iglesia futura harán falta vírgenes y matronas.

Todas útiles para el triunfo del Reino de Dios en el mundo

y para el trabajo de los hermanos sacerdotes.

Jesús la llama:

–          Elisa de Betsur, ven aquí.

Consuela a esta casi niña…

Y pone con sus propias manos a Anastática entre los brazos de Elisa.

Las observa mientras Elisa la acaricia…

Y la otra se abandona en esos brazos de madre,

y luego pregunta:

–           Elisa, ¿Conoces su historia?

–           Sí, Señor.

Y me da mucha pena de esta pobre paloma sin nido.

–          Elisa, ¿Amas a esta hermana?

–         ¿Amarla? Mucho.

Pero no como hermana.

Ella podría ser hija mía.

Y ahora que la tengo entre mis brazos,

me parece volver a ser la madre feliz del tiempo pasado.

¿A quién vas a confiar esta dulce gacela?

–            A ti, Elisa.

–           ¿A mí?

La mujer desata el círculo de sus brazos para mirar incrédula, al Señor…

–            A ti. ¿No la quieres?

–           ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor! ¡Señor!…

Elisa de rodillas, se arrastra hasta Jesús…

Y no sabe qué decir, ni cómo, ni qué hacer;

para expresar su alegría.

Jesús dice:

–            Levántate.

Sé para ella una madre santa.

Y que ella sea para ti una hija santa,.

Y caminad las dos por el camino del Señor.

María de Lázaro,

¿Por qué lloras, tú que estabas hace poco tan alegre?

¿Dónde están esas diez flores que me querías traer?…

Magdalena responde:

–          Duermen satisfechos en la limpieza, Maestro…

Y yo lloro porque ya jamás tendré esa limpieza de las vírgenes,.

Y mi alma siempre llorará, nunca satisfecha, porque…

Porque pequé…

–             Mi perdón y tu llanto te hacen más limpia que esas flores.

Ven aquí. No llores más.

Deja el llanto para quien tenga algo de qué avergonzarse.

¡Ánimo! Ve por tus flores;

id también vosotras, esposas y vírgenes.

Id a decir a los invitados de Dios que suban.

Hay que despedirlos antes de que cierren las Puertas,

porque muchos de ellos viven diseminados por los campos.

Obedecen.

En la terraza se quedan solamente:

Jesús, donde estaba, acariciando a María y a Matías;

Elisa y Anastática que, un poco más allá están cogidas de la mano,

mirándose a los ojos, con una sonrisa embebida en un llanto dichoso;

María de Simón, hacia la cual se inclina piadosamente María Stma.;

y Juana, que está en la puerta de la habitación y mira titubeante, un

poco hacia dentro un poco hacia fuera hacia Jesús.

Los apóstoles y discípulos han bajado, junto con las mujeres,

para ayudar a los criados a traer a los tullidos, ciegos, cojos, lisiados, ancianos,

por la larga escalera.

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