428 EL ÁGUILA DE ROMA


428 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

371 El jueves prepascual. Por la noche en el palacio de Lázaro.

¡Ciertamente no brillan por su heroísmo los que siguen a Jesús!

La noticia que ha traído Judas,

es semejante a la aparición de un gavilán en una era llena de pollitos;

o de un lobo en el ribazo, cercano a m rebaño.

Terror, o por lo menos agitación, se ven en al menos,

nueve décimos de los rostros presentes…

Y especialmente de los rostros masculinos.

Muchos tienen ya la impresión del filo de la espada

o del azote contra la epidermis,

y a decir poco piensan que tendrán que experimentar las mazmorras de

las cárceles en espera de juicio.

Las mujeres están menos agitadas.

Más que agitadas, están preocupadas por los hijos o los maridos…

Y aconsejan a unos o a otros, que desaparezcan en pequeños grupos

diseminándose por los campos.

María de Mágdala arremete contra esta ola de miedo exagerado,

diciendo:

–               ¡Cuántas gacelas hay en Israel!

¿No os da vergüenza temblar de ese modo?

Os he dicho que en mi residencia estaréis más seguros que en una fortaleza.

Así que venid.

Os aseguro, y empeño mi palabra, que no os sucederá nada de nada.

Si, además de los que ya ha designado Jesús,

hay otros que piensan que estarán seguros en mi casa, que vengan.

Hay camas o divanes para una centuria.

¡Vamos, decidid, en vez de acoquinaros!

Lo único que ruego a Juana,

es que ordene a sus criados seguirnos con provisiones.

Porque en nuestra casa no hay comida para tantos y ya es de noche.

Una buena comida, es la mejor medicina para dar nuevas fuerzas a los pusilánimes.

Y no sólo está majestuosa con su túnica blanca,

sino que tiene también una buena dosis de ironía en sus espléndidos ojos,

mientras mira, desde su alta estatura, a este rebaño aterrorizado,

que se apiña en el vestíbulo de Juana. 

Juana dice:

–           Me encargo enseguida.

Podéis marcharos, que Jonathán os seguirá con los criados…

Y yo iré con él, os lo aseguro,

Tan sin miedo que voy a llevar conmigo a los niños.  

Se retira a dar las indicaciones oportunas,

mientras los de vanguardia del aterrado ejército, 

asoman cautos la cabeza por el portal…

Y viendo que no hay nada temible, se aventuran a salir a la calle

y a encaminarse seguidos por los otros.

El grupo virginal va en el centro, inmediatamente después de Jesús,

que está en las primeras filas.

Detrás… ¡Oh, detrás de las vírgenes las mujeres…!

Y luego los más… vacilantes en el coraje,

cubiertas sus espaldas por María de Lázaro, que se ha unido a las romanas,

decididas a no separarse de Jesús tan pronto!

Pero luego María de Lázaro rauda, va adelante a decir algo a su hermana.

Y las siete romanas se quedan con Sara y Marcela, que se mantienen

también en la retaguardia por orden de María, quien intenta que pasen

aún más desapercibidas las siete romanas.

En esto, llega a paso rápido Juana, trayendo de la mano a los niños;

detrás de ella, Jonathán con los criados cargados de bolsas y cestas.

Estos se ponen en la cola de la pequeña multitud,

que a decir verdad, pasa desapercibida de todos,

porque en las calles pululan grupos dirigidos a las casas o a los campamentos.

Y la penumbra hace menos reconocibles las caras.

Ahora María de Mágdala, junto con Juana, Anastática y Elisa, va en primera fila,

guiando hacia su residencia, por callejuelas secundarias, a sus huéspedes.

Jonathán camina casi a la altura de las romanas y les dirige la palabra

como si fueran siervas de las discípulas más ricas.

Entonces aprovecha Claudia,

para decirle:

–           Hombre…

Te ruego que vayas a llamar al discípulo que ha traído la noticia.

Dile que venga aquí.

Pero dilo sin llamar la atención. ¡Ve!

El vestido es humilde, pero el modo es involuntariamente majestuoso,

como de persona habituada a mandar.

Jonathán abre mucho sus ojos tratando de ver, a través del velo bajado,

quién le habla así.

Pero no logra ver sino el centelleo de dos ojos imperiosos.

Debe intuir que no es una sierva la mujer que le habla.

Y antes de obedecer, hace una reverencia.

Llega hasta donde está Judas de Keriot,

que va hablando animadamente con Esteban y Timoneo,…

Y le tira de la túnica.  

Judas pregunta: 

–            ¿Qué quieres?

Jonathán dice:

–          Tengo que decirte una cosa.

–           Dila.

–           No.

Ven atrás conmigo.

Te requieren, creo que para una limosna…

La disculpa es buena y es aceptada con tranquilidad por los compañeros de Judas.

Y con entusiasmo por él, de forma que ligero, se retrasa junto con Jonathán.

Cuando llegan a la última fila.

El ex-pastor administrador de Cusa. 

anuncia: 

–           Mujer, aquí tienes al hombre que querías – dice Jonatán a Claudia.  

Ella, permaneciendo velada,

responde: 

–           Te quedo agradecida por este servicio.   

Y luego, dirigiéndose a Judas,

agrega:

–           «Ten a bien quedarte un momento a escucharme».

Judas, que oye un modo de hablar muy refinado…

Y ve dos ojos espléndidos a través del velo sutil,…

Sintiéndose quizás próximo a una gran aventura, acepta sin poner dificultad.

El grupo de las romanas se separa.

Se quedan con Claudia, Plautina y Valeria;

las otras siguen adelante.

Claudia mira alrededor, ve que la callecita en que se han detenido está solitaria.

Y con su bellísima mano, aparta el velo y descubre la cara.

Judas la reconoce y se queda pasmado…

Pasado el momento de estupor…

Se inclina para saludar con una mezcla de gestos judíos y palabra

romana:

–            ¡Dómina!

–            Sí. Yo.

Yérguete y escucha.

Tú amas al Nazareno.

Te preocupas por su bien.

Eso es correcto.

Es una persona virtuosa y se le debe defender.

Nosotros lo veneramos como grande y justo.

Los judíos no lo veneran.

Lo odian. Lo sé.

Escucha y comprende bien, recuerda bien y aplica bien.

Quiero protegerlo.

No como la lujuriosa de hace poco, sino con honestidad y virtud.

Cuando tu amor y sagacidad te hagan comprender que se trama contra Él,

ven o envía a alguien.

Claudia tiene todo el poder sobre Poncio.

Claudia obtendrá protección para el Justo. ¿Entiendes?

–            Perfectamente, Dómina.

Que nuestro Dios te proteja.

Iré si puedo, yo personalmente.

Pero ¿Cómo puedo pasar a ti?

–              Pregunta siempre por Albula Domitila.

Es una segunda yo misma… 

Y ninguno se sorprende si habla con los judíos,

siendo ella la que se ocupa de mi prodigalidad.

Te creerán un cliente.

Quizás te humilla…

–            No, Dómina.

Servir al Maestro y obtener tu protección es un honor.

–            Sí. Os protegeré.

Soy mujer. Pero soy de los Claudios.

Tengo más poder que todos los grandes de Israel, porque detrás de mí está Roma.

Entretanto, ten.

Para los pobres del Cristo.

Es nuestro óbolo.

Pero… Quisiera permanecer entre los discípulos esta noche.

Procúrame este honor y Claudia te protegerá.

En una persona como el Iscariote,

las palabras de la patricia obran prodigiosamente.

¡Sube al séptimo cielo!…

Osa incluso preguntar:

–              ¿Pero verdaderamente le vas a ayudar?

–              Sí.

Su Reino merece ser fundado, porque es reino de virtud.

Bienvenido sea en oposición a las ruines corrientes,

que cubren los reinos actuales y me dan asco.

Roma es grande, pero el Rabí es mucho más grande que Roma.

Nosotros tenemos las águilas en nuestras enseñas y la soberbia sigla.

Pero en las suyas estarán los Genios y su santo Nombre.

Grandes serán, verdaderamente grandes, Roma y la Tierra,

cuando pongan ese Nombre en sus enseñas

y esté su Signo en los lábaros y en los templos, en los arcos y columnas.

Judas está maravillado, ensoñador, extático.

Sopesa en forma mecánica la pesada bolsa que le han dado.

Y dice con la cabeza «sí», «sí», «sí», a todo… 

Claudia finaliza diciendo:

–            Bien, ahora vamos a alcanzarlos.

¿Somos aliados, no es verdad?

Aliados para proteger a tu Maestro y al Rey de los corazones honestos.

Se cubre con el velo y ágil, va presurosa, casi corriendo…

A alcanzar al grupo que se ha adelantado, seguida por las otras

y por Judas que jadea, no tanto por el ritmo veloz,

cuanto por lo que ha oído.

La residencia de Lázaro está engullendo las últimas parejas de discípulos

cuando llegan a ella.

Entran rápidamente…

Y el portón se cierra con fragor de cerrojos que el guardián echa.

Una solitaria lámpara, que lleva la mujer del guardián,

a duras penas da claridad al cuadrado vestíbulo, todo blanco, de la residencia de Lázaro.

Se comprende que la casa no está habitada,

a pesar de que esté bien guardada y mantenida en orden.

María y Marta guían a los huéspedes a un vasto salón,

reservado para banquetes, de fastuosas paredes cubiertas de preciosos

tapices tejidos que dejan ver sus arabescos a medida que van siendo

encendidas las lámparas y puestas las luces encima de los aparadores… 

O de los baúles preciosos colocados junto a las paredes alrededor de la sala,

en las mesas arrimadas a un lado, listas para ser usadas, pero desde hace tiempo ineficientes.

María ordena que las lleven al centro de la sala

y las preparen con las cosas para la cena,

con los alimentos que los criados de Juana están extrayendo de las bolsas y cestas,

poniéndolas encima de los aparadores.

Judas toma aparte a Pedro y le dice algo al oído.

Pedro que pone los ojos como platos,

y sacude una mano como si se hubiera quemado los dedos,

mientras exclama:

–              ¡Rayos y ciclones!

¿Pero qué dices?

—             Sí. Mira.

¡Y fíjate!

¡No hay que tener ya miedo, no estar ya tan angustiados!

–               ¡Es maravilloso!

¡Maravilloso!

¿Pero qué ha dicho?

¿Qué nos protege?

¿Ha dicho eso? ¡Que Dios la bendiga!

¿Pero cuál es?

–             Aquella vestida de color tórtola silvestre…

Alta, esbelta.

Nos está mirando…

Pedro mira a la alta mujer de cara armónica y seria,

de ojos dulces pero imperiosos.

–             ¿Y… cómo has conseguido hablar con ella?

No has tenido dificultad…

–              No, no, en absoluto.

–             ¡Pero tú aborrecías todo contacto con ellos!

Como yo, como todos…

–            Sí, pero lo he superado por amor al Maestro.

Como también he superado el deseo de truncar las relaciones

con mis antiguos compañeros del Templo…

¡Todo por el Maestro!

Todos vosotros y mi madre también, creéis que soy ambiguo 

Tú., recientemente, me has echado en cara las amistades que tengo.

Pero si no las mantuviera, no sin fuerte dolor, no sabría muchas cosas.

No debemos ponernos vendas en los ojos y cera en los oídos,

por miedo a que el mundo entre en nosotros por los ojos y los oídos.

Cuando uno está en una empresa como la nuestra,

es necesario vigilar con ojos y oídos más que libres.

Vigilar por Él, por su bien, por su misión, por la fundación de este reino bendito…

Muchos de los apóstoles y algún discípulo se han acercado

y están escuchando, asintiendo con la cabeza;

porque, efectivamente, no se puede decir que Judas hable mal.

Pedro, honesto y humilde, lo reconoce,

diciendo:

–            ¡Tienes toda la razón

Perdona mis recriminaciones.

Tú vales más que yo, eres hábil.

Vamos a decírselo al Maestro, a su Madre, a la tuya.

Estaba muy angustiada.

–             Porque malas lenguas han murmurado…

Pero por ahora calla.

Después, más tarde. ¿Ves?

Se están sentando a la mesa

y el Maestro nos hace señales de que vayamos…

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