434 LA CENA PASCUAL


434 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

375 La cena ritual en casa de Lázaro y el banquete sacrílego en la casa de Samuel.

Cuando Jesús entra en el palacio, ve que está invadido por una gran cantidad de personas de servicio

que han venido de Bethania y se apresuran en los preparativos.

Lázaro, echado en un triclinio y con muchos dolores, saluda con una pálida sonrisa a su Maestro,

el cual acelera el paso hacia él y se inclina, lleno de amor, hacia el triclinio,

diciendo:

–           Has sufrido mucho con los bamboleos del carro.

¿No es verdad, amigo mío?

Lázaro responde:

–           Mucho, Maestro

Tan postrado está que con sólo evocar lo que ha sufrido, se le llenan de lágrimas los ojos.

–           ¡Por culpa mía!

¡Perdóname!

Lázaro toma una de las manos de Jesús y se la lleva a la cara,

frota contra ella la enjuta mejilla y la besa,

susurrando:

–          ¡No por culpa tuya, Señor!

Y estoy muy contento de que celebres conmigo la Pascua…

Mi última Pascua…

–           Si Dios lo quiere…

A pesar de todo, celebrarás muchas otras todavía, Lázaro.

Y tu corazón siempre estará conmigo.

–            Ha llegado mi fin. pero…

Me quieres consolar…

Pero ya es el fin. Y lo siento…

Llora.

Martha, compasiva, dice:

–           ¿Lo ves, Señor?

Lázaro no hace más que llorar. 

Dile que no lo haga.

¡Se agota!

–          La carne tiene también sus derechos.

El sufrimiento es penoso, Martha…

Y la carne llora.

Necesita este desahogo.

Pero el alma está resignada, ¿No es verdad, amigo mío?

Tu alma de justo hace complacientemente la Voluntad del Señor…

–          Sí…

Pero ahora lloro porque Tú, estando tan perseguido, no vas a poder asistirme en la muerte…

Me estremece la muerte, tengo miedo de morir…

Si estuvieras Tú, no tendría nada de esto.

Me refugiaría en tus brazos…

Y me dormiría así…

¿Cómo voy a lograr morir, sin sentir movimientos contra la obediencia a esta tremenda voluntad?

–           ¡Ánimo, hombre!

¡No pienses en estas cosas!

¿Ves? Haces llorar a tus hermanas…

El Señor te ayudará tan paternamente, que no sentirás miedo.

Son los pecadores los que tienen que tener miedo…

–           ¿Pero Tú, si puedes, vienes a mi agonía?

¡Prométemelo!

–            Te lo prometo.

Esto y más todavía.

–            Mientras preparan las cosas, cuéntame lo que has hecho esta mañana…

Y Jesús, sentado en el borde del triclinio, con una de las enflaquecidas manos de Lázaro entre las suyas,

cuenta can pelos y señales todo lo que ha sucedido, hasta que Lázaro rendido, se adormece…

Y Jesús no lo deja ni siquiera entonces;

permanece inmóvil para no disturbar ese sueño reparador.

Y hace señas de que se haga el menor ruido posible.

Tanto que Martha, después de traer a Jesús algo de comer, se retira de puntillas;

corre la tupida cortina y cierra la robusta puerta.

El ruido de la casa, toda en movimiento se atenúa así,

para transformarse en un susurro apenas sensible.

Lázaro duerme.

Jesús ora y medita.

Pasan las horas así, hasta que María de Mágdala viene a traer una lamparilla,

porque cae la tarde y ya se cierran las ventanas.

–           ¿Duerme todavía? – susurra.

–           Sí.

Está muy tranquilo. Le viene bien.

–            Hacía meses que no dormía tanto…

Creo que mucha de su agitación era el miedo a la muerte.

Contigo al lado, no hay miedo… a nada…

¡Qué fortuna para él!

–            ¿Por qué, María?

–            Porque te podrá tener a su lado cuando muera.

Pero yo…

–           ¿Por qué tú no?

–            Porque Tú quieres morir… y pronto.

Y yo, ¿Quién sabe cuándo moriré?

¡Haz que muera antes de Ti, Maestro!

–           No.

Debes servirme mucho tiempo, todavía.

–           ¡Entonces tengo razón al hablar de la fortuna de Lázaro!

–           Todos los amados tendrán su misma fortuna…

Y más que él.

–            ¿Quiénes son?

¿Las personas puras, verdad?

–             Los que saben amar totalmente.

Por ejemplo tú, María.

–             ¡Oh, Maestro mío!

María se deja caer al suelo, encima de la estera multicolor que cubre el piso de esta habitación.

Y ahí permanece en adoración a su Jesús.

Martha, buscándola, introduce la cabeza.

Y le dice:

–            ¡Ven, oye!

Tenemos que decorar la sala roja para la cena del Señor.

Jesús objeta:

–             No, Martha.

Dejad esa sala para los más humildes, para los campesinos de Jocanán, por ejemplo.

–             ¿Pero por qué, Maestro’?

–              Porque cada pobre es otro Jesús y Yo estoy en ellos.

Honrad siempre al pobre al que ninguno ama, si queréis ser perfectas.

Para Mí preparad en el atrio.

Teniendo abiertas las puertas de las muchas habitaciones que dan a él, todos me verán por igual.

Y Yo veré a todos.

Martha, no demasiado satisfecha,

objeta:

–           ¡Pero Tú en un vestíbulo!…

¡No es digno para Ti! …

–           Ve, ve.

Haz lo que te digo.

Es dignísimo hacer lo que el Maestro aconseja.

Martha y María salen sin hacer ruido

y Jesús se queda, paciente, velando al amigo que descansa.

Las cenas están en pleno desarrollo:

Con una poca, justa distribución de los invitados, según el punto de vista humano;

pero con una visión superior,

tendente a dar honor y amor a aquellos que el mundo normalmente no considera.

Así, en la espléndida, regia sala roja, cuya bóveda apoya en dos columnas de pórfido rojo,

entre las cuales ha sido colocada la larga mesa, están sentados los campesinos de Jocanán,

junto con Margziam e Isaac, más otros discípulos, hasta completar el número adecuado.

En la sala en que tuvo lugar la cena de la noche precedente, hay otros discípulos de entre los más humildes.

En la sala blanca – un sueño de candor – están las discípulas vírgenes,.

Y con ellas, que son sólo cuatro, están las hermanas de Lázaro, Anastática y otras jóvenes;

pero la reina de la fiesta es María, la Virgen por excelencia.

En la habitación de al lado, que es una biblioteca – porque está recubierta de altas arcas oscuras

que contienen rollos, o los contenían – están las viudas y las mujeres casadas;

presiden el grupo Elisa de Betsur y María de Alfeo.

Y así sucesivamente.

Pero lo más impresionante, es ver a Jesús en el atrio marmóreo.

Es verdad que el gusto señorial de las dos hermanas de Lázaro,

ha hecho del cuadrado vestíbulo un verdadero salón luminoso, floreteado, más espléndido que una sala.

¡Pero sigue siendo un vestíbulo!

Jesús está con los doce; a su lado, Lázaro y con Lázaro Maximino.

Prosiguen las cenas según el rito…

Jesús rebosa de alegría por estar en el centro de todos sus discípulos fieles.

Terminada la cena, bebido el último cáliz, cantado el último salmo,

todos los que estaban en las distintas salas afluyen al atrio;

pero no caben, dada la presencia de la mesa, que ocupa no poco espacio.

Lázaro sugiere:

–          Vamos a la sala roja, Maestro.

Corremos la mesa contra la pared y nos ponemos todos alrededor de Ti.

Y hace una señal a los criados, para que así lo hagan.

Ahora Jesús, sentado en el centro, entre dos columnas de preciado valor, bajo la lámpara rutilante,

elevado encima de un pedestal hecho con dos triclinios usados para la cena, parece

verdaderamente un rey sentado en el trono en medio de sus cortesanos.

La túnica de lino que se ha puesto antes de la cena,

resplandece como si estuviera confeccionada con hilos preciosos,

Y parece aún más blanca, en el contraste con el rojo mate de las paredes y el rojo brillante de las columnas.

Y su rostro es verdaderamente divino y regio, mientras habla o escucha a los que tiene alrededor.

Los más humildes – a quienes ha querido tener muy cerca -,

sintiéndose amados por los demás fraternalmente,

hablan con seguridad, manifestando sus esperanzas y congojas con sencillez y fe.

¡Pero el más feliz entre tantas personas felices es el abuelo de Margziam!

No se separa ni un instante de su nieto, goza mirándolo y escuchándolo…

De vez en cuando, dado que está sentado junto a Margziam, que está de pie,

reclina su cabeza cana en el pecho de su nieto…

Y éste la acaricia.

Jesús ve este gesto varias veces…

Y pregunta al anciano:

–             ¿Padre, tu corazón se siente feliz?

–              Muy feliz, mi Señor!

Ni siquiera me parece verdad.

Sólo quisiera una cosa…

–            ¿Cuál?

–             Morir, si fuera posible, en esta paz.

Pronto por lo menos.

Porque el máximo bien, ya lo he recibido.

Más no puede tener una criatura sobre la faz de la tierra…

Irme… no sufrir más… Marcharme…

Como has dicho justamente en el Templo, Señor.

«Quien ofrece sacrificios con los bienes de los pobres,

es como quien degüella a un hijo ante los ojos de su padre.”

Lo único que retiene a Yocanán para emular a Doras es el miedo a Ti.

Está empezando a pasársele el recuerdo de lo que le sucedió al otro.

Sus campos prosperan y él los fertiliza con nuestro sudor.

¿No es el sudor, acaso, un bien de los pobres,

su propio yo que se exprime en trabajos superiores a sus fuerzas?

No nos pega, nos da lo que hace falta para mantenernos fuertes para el trabajo.

Pero, ¿No nos explota más que a los bueyes?

Decidlo vosotros, compañeros míos…

Los labriegos de Yocanán – los viejos y los nuevos – asienten.

Pedro pregunta:

–            ¡Mmm!

Creo que…

Sí, que tus palabras le hacen ser más vampiro que nunca;

Y a costa de éstos…

¿Por qué las dijiste, Maestro?

Jesús responde:

–            Porque se las merecía.

¿No es verdad, vosotros de los campos?

Miqueas afirma:

–             ¡Sí!

Los primeros meses… fue bien.

Pero ahora… peor que antes.

El sacerdote Juan sentencia:

–             El cubo del pozo por su propio peso desciende.

Hermas añade:

–            Sí.

Y el lobo pronto se cansa de aparecer como cordero.

Las mujeres hablan bajo entre sí, compasivas.

Jesús, dilatados sus ojos por la compasión, mira a los pobres labriegos,

afligido de verse impotente para quitarles este peso.

Lázaro dice:

–               Había ofrecido sumas locas para conseguir esos campos y dar a éstos la paz.

Pero no he logrado hacerme con ellos.

Doras me odia.

Es semejante en todo a su padre.

Saulo, otro de Yocanán.

exclama:

–              Bueno… pues moriremos así.

Este es nuestro destino.

¡Pero bienvenido será el descanso en el seno de Abraham! –

Y el abuelo de Margziam exclama:

–           ¡En el seno de Dios, hijo!

En el seno de Dios.

La Redención se cumplirá, los Cielos se abrirán…

Y vosotros iréis al Cielo y…

Lo interrumpe alguien que golpea vigorosamente el portón.

Los golpes retumban fuertes.

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