Archivos diarios: 29/12/21

436 LOS CORREDENTORES


436 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

376 Lección sobre la obra salvífica de los santos, 

Muchos discípulos y discípulas ya se han despedido y han regresado a las casas que los hospedan,

O han tomado de nuevo el camino por el que habían venido.

En la espléndida tarde de este Abril ya avanzado, quedan en la casa de Lázaro los discípulos

en el verdadero sentido de la palabra..

Y especialmente los más consagrados a la predicación,

o sea, los pastores, Hermas y Esteban, el sacerdote Juan, Timoneo, Hermasteo, José de Emaús,

Salomón, Abel de Belén de Galilea, Samuel y Abel de Corazín, Agapo, Aser e Ismael de

Nazaret, Elías de Corazín, Felipe de Arbela, José (el barquero de Tiberíades),

Juan de Éfeso, Nicolái de Antioquía.

De las mujeres, quedan, además de las discípulas más conocidas,

Analía, Dorca, la madre de Judas, Mirta, Anastática, las hijas de Felipe

Ya no están Miriam de Jairo, ni al propio Jairo, quizás ha regresado a donde estaba hospedado.

Pasean lentamente por los patios, o también por la terraza de la casa.

Alrededor de Jesús, que está sentado junto al triclinio de Lázaro, están todas las antiguas discípulas.

Lo escuchan mientras habla con Lázaro, describiendo los pueblos que han atravesado en las

últimas semanas que han precedido al viaje pascual.

Después de la narración de lo del castillo de Cesárea de Filipo…

Lázaro comenta:

–             Has llegado justo a tiempo de salvar al pequeño. –

Señalando al lactante que duerme feliz en los brazos maternos.

Y Lázaro añade:

« ¡Es un niño muy bonito! Mujer, ¿Me lo dejas ver de cerca?

Dorca se levanta y silenciosa, pero triunfalmente, ofrece a su hijo a la admiración del enfermo.

Al mirarlo detenidamente,

Lázaro exclama:

–          ¡Un niño muy bonito!

¡Precioso! Que el Señor te lo proteja y lo haga crecer sano y santo.

Dorca dice firme:

–             Y fiel a su Salvador.

Si no fuera fiel en el futuro, lo querría muerto, ya ahora.

¡Todo menos que, después de haber sido salvado, sea ingrato con el Señor! – y vuelve a su sitio.

Mirta, madre de Abel de Belén,

dice:

–            El Señor llega siempre a tiempo de salvar.

El mío no estaba menos cerca de la muerte que el pequeñuelo de Dorca.

¡Y qué muerte!

Pero llegó Él… y salvó.

¡Qué hora tan tremenda!…

Mirta palidece todavía al recordarlo…

Lázaro acariciando la mano de Jesús,

agrega:

–               Entonces vendrás a tiempo también para mí, ¿No es verdad?

Para darme paz..

Martha pregunta:

–            ¿Pero no estás un poco mejor, hermano mío?

Ya desde ayer te veo mejorado…

-Sí. Estoy asombrado yo mismo.

Quizás Jesús…

Jesús explica:

–            No, amigo.

Es que vierto en ti mi paz.

Tu alma está saturada de esta paz, y ello atenúa el sufrimiento de los miembros.

Es decreto de Dios que sufras.

–           Y que muera.

Dilo, dilo. Bien, pues… hágase su voluntad, como Tú enseñas.

Desde este momento no volveré a pedir ni curación ni alivio.

He recibido tanto de Dios (y mira involuntariamente a María, su hermana)

Que es justo que con mi docilidad corresponda a lo mucho que he recibido…

–               Haz más, amigo mío.

Ya es mucho el que uno se resigne y sufra el dolor.

Tú, no obstante, da al dolor un valor mayor.

–               ¿Cuál, mi Señor?

–                Ofrecerlo por la redención de los hombres.

–                Yo soy también un pobre hombre, Maestro.

No puedo aspirar a ser un redentor.

–                 Lo dices tú.

Pero estás equivocado.

Dios se ha hecho Hombre para ayudar a los hombres.

Pero los hombres pueden ayudar a Dios.

Las obras de los justos serán unidas a las mías en la hora de la Redención;

de los justos muertos ya hace siglos, de los que viven y de los futuros.

Tú, ya desde ahora, agrega las tuyas.

¡Es tan hermoso unirse a la Bondad infinita,

agregar a ella aquello que podamos ofrecer de nuestra bondad limitada, y decir:

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

«Yo también contribuyo, Padre, al bien de los hermanos»

No puede haber amor más grande, hacia el Señor y hacia el prójimo,

que este de saber padecer y morir por dar gloria al Señor y salvación eterna a nuestros hermanos.

¿Salvarse uno para sí mismo? Es poco.

Es un «mínimo» de santidad.

Hermoso es salvar.

Darse para salvar.

Impulsar el amor hasta convertirnos en hoguera inmoladora para salvar.

Entonces el amor es perfecto.

Y grandísima será la santidad del generoso.

–            Qué bonito es todo esto, ¿No es verdad, hermanas mías?

Dice Lázaro con embelesada sonrisa en su rostro afilado.

Martha asiente, emocionada, con la cabeza.

María, que está sentada en un almohadón a los pies de Jesús,

en su postura habitual de humilde y ardiente adoradora,

dice:

–             ¿Cuesto yo, estos sufrimientos a mi hermano?

¡Dímelo, Señor, para que mi congoja sea completa!…

Lázaro exclama:

–             ¡No, María, no!

Yo… debía morir a causa de ello.

No te claves flechas en el corazón.

Pero Jesús, sincero hasta el extremo,

dice:

–           ¡Sí, ciertamente!

Yo he oído las oraciones de tu buen hermano y los latidos de su corazón.

Pero esto no debe producirte una angustia gravosa;

antes bien, debe darte la voluntad de ser perfecta, por lo que cuestas.

¡Y exulta!

Exulta porque Lázaro, por haberte arrebatado al demonio…

–           ¡No yo!

Tú, Maestro.

…Por haberte arrebatado al demonio, ha merecido de Dios un premio futuro,

por el que hablarán de él las gentes y los ángeles.

Y, lo mismo que para el caso de Lázaro, también de otros.

Y especialmente de otras, que han arrancado con su heroísmo la presa de las manos de Satanás.

Las mujeres preguntan curiosas:

–           ¿Quiénes son?

–            ¿Quiénes son?

Y quizás todas esperan ser ellas, una por una.

María de Judas no habla.

Pero mira, mira al Maestro…

Jesús también la mira.

Podría darle falsas esperanzas.

No lo hace.

No la mortifica, pero tampoco le infunde falsas esperanzas.

Responde a todas:

–              Lo sabréis en el Cielo.

La siempre angustiada madre de Judas,

pregunta:

–              Y sí una, a pesar de quererlo, no logra el objetivo?

¿Cuál será su destino?

–               El que merece su alma buena.

–               ¿El Cielo?

Pero, Señor, una esposa, una hermana, una madre que…

Que no lograra salvar a aquellos a quienes ama y los viera condenados,

¿Podría tener el Paraíso aun estando en el Paraíso?

¿No crees que esa mujer no tendrá jamás alegría, porque…

La carne de su carne y la sangre de su sangre habrán merecido condena eterna?

Yo creo que no podrá gozar mientras ve a su amado en atroz pena…

–            Estás en un error, María.

La visión de Dios, la posesión de Dios, son fuentes de una dicha tan infinita,

que para los bienaventurados no subsiste ninguna pena.

Diligentes y atentos para ayudar todavía a los que pueden ser salvados, no sufren por los que

están separados de Dios y, por tanto, de ellos mismos que están en Dios.

La Comunión de los santos es para los santos.

Pedro objeta:

–            Pero si siguen ayudando a los que pueden ser salvados,

es señal de que estos que reciben la ayuda no son todavía santos.

–            Pero tienen voluntad, al menos pasiva, de serlo.

Los santos en Dios ayudan incluso en las necesidades materiales, para hacer pasar a aquéllos de

una voluntad pasiva a una activa. ¿Me comprendes?

–                Sí y no.

Te pongo un ejemplo.

Si yo estuviera en el Cielo y viera, vamos a suponerlo, un movimiento apenas perceptible de

bondad en… digamos Elí el fariseo, ¿Qué haría?

–              Echarías mano de todos los medios para aumentar sus movimientos buenos.

–              ¿Y si no sirviera para nada?

¿Después?

–                Después, una vez condenado, te desinteresarías de él.

–                Y si, como sucede ahora, mereciera completamente la condenación, pero lo estimase –

cosa que no sucederá jamás –

¿Qué debería hacer?

–                En primer lugar has de saber que corres peligro de condenarte, si dices que jamás lo estimarás;

en segundo lugar, has de saber que si estuvieras en el Cielo, formando unidad con la Caridad,

pedirías por él, por su salvación, hasta el momento de su juicio.

Habrá espíritus que serán salvados en el último momento, después de toda una vida de oración por ellos.

Entra un criado diciendo:

–            Ha venido Mannahém.

Quiere ver al Maestro.

Quiere ver al Maestro.

Lázaro dice:

–            Que venga.

Sin duda querrá hablar de cosas serias.

Las mujeres discretas, se retiran; los discípulos las siguen.

Pero Jesús llama a Isaac, al sacerdote Juan, a Esteban a Hermas y a los pastores Matías y José.

Y explica:

–             Conviene que lo oigáis también vosotros, que sois discípulos.

Entra Mannahém y se inclina.

Jesús lo saluda:

–            La paz a ti.

–            La paz a ti, Maestro.

El sol se está poniendo.

Para Ti el primer paso después del sábado, mi Señor.

–           ¿Has tenido una buena Pascua?

–            ¿Buena?

¡Nada bueno puede suceder donde están Herodes y Herodías!

Espero haber comido por última vez el cordero con ellos.

¡A costa de la vida, no prolongo mi permanencia con ellos!

Judas dice:

–           Creo que cometes un error.

Puedes servir al Maestro quedándote.

Mannahém concede:

–            Eso es verdad.

Y es lo que hasta ahora me ha retenido.

Pero, ¡Qué náusea!

Podría substituirme Cusa…

Bartolomé le hace una observación:

–            Cusa no es Mannahém.

Cusa es… Sí.

Se mueve entre dos aguas.

No denunciaría jamás a su señor.

Tú eres más franco.

–           Eso es verdad.

Y es verdad lo que dices. Cusa es el cortesano.

Es sensible al hechizo de la realeza… ¿Realeza?

¿Qué estoy diciendo?

¡Del fango regio!

Pero se ve rey estando con el rey…

Le acongoja la pérdida de la privanza del rey.

La otra noche parecía un lebrel apaleado, cuando casi arrastrándose, se presentó ante Herodes,

que lo había llamado tras haber escuchado las quejas de Salomé,

a la que Tú habías arrojado de tu Presencia.

Cusa estaba en un momento muy escabroso.

El deseo de salvarse, a toda costa, incluso quizás acusándote a Ti, criticándote,

estaba escrito en su cara.

Pero Herodes…

Quería sólo reírse a espaldas de la muchacha,

de la cual ya ha llegado un momento que siente náuseas,

como también de la madre de ella.

Y se reía como un desquiciado oyendo tus palabras dichas por Cusa.

Repetía: «Demasiado, demasiado dulces todavía, para esa joven…

Y dijo una palabra tan indecente que no te la digo.

Y agregó:

Habría debido pisotear sus entrañas insaciables…

¡Pero se habría contaminado!» y reía.

Luego, poniéndose serio, dijo:

«Pero… la afrenta, merecida por esa hembra, no se puede permitir para la corona.

Yo soy magnánimo (está obsesionado con que lo es.

Y dado que nadie se lo dice, pues se lo dice él a sí mismo.

Y perdono al Rabí, incluso considerando que ha dicho a Salomé la verdad.

Pero quiero que venga a la Corte para perdonarlo del todo.

Quiero verlo, oírlo y hacerle obrar milagros.

Que venga y yo me haré protector suyo».

Esto decía la otra noche.

Y Cusa no sabía qué responder.

No quería decirle que no al monarca.

Por otra parte, no podía decirle que sí.

Porque Tú, ciertamente, no puedes condescender con los caprichos de Herodes.

Hoy me ha dicho a mí: «Tú que vas donde Él…

Hazle saber mi voluntad».

La hago saber.  Pero… ya sé la respuesta.

De todas formas dímela, para poder transmitirla.

–           ¡No!

Un «no» que parece un rayo.

Tomás pregunta:

–             ¿No te crearás un enemigo demasiado fuerte?

–             Y un verdugo también.

Pero no puedo responder sino: «no».

–              Nos perseguirá…

Encogiéndose de hombros.

Mannahém dice:

–             Dentro de tres días ya no se acordará.

Y añade:

«Le han prometido unas mimas… Llegan mañana…

¡Se olvidará de todo!…

435 UN BANQUETE SACRÍLEGO


435 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

375a La cena ritual en casa de Lázaro y el banquete sacrílego en la casa de Samuel.

Alguien golpea vigorosamente el portón.

Los golpes retumban fuertes.

Nace la alarma entre los presente

Que preguntan:

–           ¿Quién es?

–           ¿Quién está por la calle la noche de Pascua?

–          ¿Soldados?

–          ¿Fariseos?

–          ¿Soldados de Herodes?

Pero, mientras la agitación se extiende, aparece Leví, el guardián del palacio,

diciendo:

–           Perdona, Rabí.

Hay un hombre que pregunta por Ti. 

Está en la entrada.

Parece muy afligido.

Es una persona anciana; del pueblo llano, me parece.

Pregunta por Ti. Y con urgencia.

Pedro dice:

–           ¡Vamos!

¡No es ésta la noche más adecuada para milagros!

Que vuelva mañana…

Jesús se pone de pie,

respondiendo:

–            No.

Todas las noches son tiempo de milagros y de misericordia.

Y desciende de su sitial para ir hacia el atrio.

Pedro dice:

–            ¿Vas solo?

¡Voy yo también!

–             No.

Quédate donde estás.

Sale al lado de Leví.

En el fondo, junto al pesado portón, en el atrio semioscuro,

porque han sido apagadas las lámparas

que antes lo iluminaban, hay un anciano.

Está muy nervioso.

Jesús se acerca a él.

El hombre dice:

–           Detente, Maestro.

Quizás he tocado un muerto y no quiero contaminarte.

Soy el pariente de Samuel, el prometido de Analía.

Estábamos consumiendo la cena y Samuel bebía, bebía, bebía… contra lo que es lícito.

Pero es que ese joven, desde hace un tiempo, me parece un desquiciado.

¡Es el remordimiento, Señor!

Medio borracho y bebiendo más, decía:

«Así no me acordaré de que le he dicho que lo odio.

Porque yo, sabedlo, he maldecido al Rabí».

Y me parecía Caín, porque repetía: «Mi iniquidad es demasiado grande.

¡No merezco perdón!

¡Tengo que beber! Beber para no recordar.

Porque está escrito que quien maldice a su Dios, llevará consigo su pecado y es reo de muerte».

Deliraba ya así, cuando ha entrado en la casa un pariente de la madre de Analía,

para preguntar el porqué del repudio.

Samuel, medio borracho, ha reaccionado con malas palabras.

El hombre, por su parte, lo ha amenazado con llevarlo al magistrado por el perjuicio

que causa al honor de la familia.

Samuel ha sido el primero en darle una bofetada.

Se han enzarzado…

Yo soy viejo, como también es vieja mi hermana, y viejos son el criado y la criada.

¿Qué podíamos hacer nosotros cuatro?

¿Y qué podían hacer las dos niñas, hermanas de Samuel?

¡Podíamos gritar!

¡Podíamos tratar de separarlos!

Nada más…

Y Samuel ha cogido el hacha con que habíamos preparado la leña para el cordero

y le ha dado con ella en la cabeza…

No le ha abierto la cabeza porque ha golpeado con el reverso, no con al tajo.

Pero el otro ha empezado a tambalearse, borbotando, y se ha caído…

Hemos dejado de gritar… para… para que no viniera gente…

Nos hemos atrincherado en casa… Aterrorizados…

Esperábamos que el hombre volviera en sí, echándole agua en la cabeza.

Pero sigue borbotando, borbotando.

Se va a morir, está claro.

En algunos momentos parece ya muerto.

Yo, en uno de estos momentos, me he marchado para venir a llamarte.

Mañana… quizás antes, los parientes buscarán al hombre.

En nuestra casa, porque sabían que había venido.

Y lo encontrarán muerto…

Y matarán a Samuel, según la Ley… ¡Señor!

¡Señor! La deshonra ya ha caído sobre nosotros…

¡Pero esto no!

¡Por mi hermana piedad, Señor!

El te ha maldecido… pero su madre te ama…

¿Qué debemos hacer?

–           Espérame aquí.

Voy Yo.

Y Jesús vuelve a la sala y desde la puerta,

dice:

–            Judas de Keriot, ven conmigo.

–           ¿A dónde, Señor? – dice Judas obedeciendo inmediatamente.

–           Lo sabrás.

Vosotros todos seguid aquí con paz y amor.

Volvemos pronto.

Salen de la sala, del vestíbulo, de la casa.

Pronto recorren las calles, desiertas y oscuras

Llegan a la casa fatal.

Judas pregunta:

–            ¿La casa de Samuel?

¿Por qué?…

–              Silencio, Judas.

Te he tomado conmigo, porque tengo confianza en tu buen sentido.

El viejo se ha dado a reconocer.

Entran.

Suben al comedor, hasta donde han arrastrado al hombre agredido.

–            ¿Un muerto?

¡Pero Maestro! ¡Nos contaminamos!

Jesús dice:

–             No está muerto.

¿No ves que respira?

¿No oyes los estertores?

Ahora lo voy a curar…

–            ¡Pero tiene un golpe en la cabeza!

¡Aquí ha habido un delito!

¿Quién ha sido?… ¡Y en el día del cordero!

Judas está horrorizado.

Señalando a Samuel,

que está en el suelo en un rincón, hecho un ovillo, mas agonizante que el propio moribundo…

Jesús dice:

–            Ha sido él.

– dice Jesús señalando a Samuel, que está en el suelo, en un rincón, hecho un ovillo,

más agonizante que el propio moribundo,  con estertores de terror como el otro de agonía,

cubierta su cabeza con el extremo del manto, para no ver y no ser visto, mirado por todos con horror,

por todos menos por la madre, que al horror por el homicida une la angustia por el hijo culpable

y condenado ya de antemano por la férrea ley de Israel.

Jesús dice a Judas:

–              ¿Ves a dónde conduce un primer pecado?

¡A esto. Judas! 

Empezó siendo perjuro contra la mujer, luego contra Dios;

enseguida se ha hecho calumniador, embustero, blasfemo,

luego se ha dado al vino y ahora es un homicida.

Así se cae en el poder de Satanás. Judas.

Tenlo siempre presente…

Jesús se muestra terrible mientras señala a Samuel con su brazo extendido.

Pero luego mira a la madre que, agarrada a una contraventana,

apenas si se tiene en pie, temblorosa (parece ya cercana a la muerte),

y con tristeza dice:

–           ¡Y así, Judas, se mata, sin más arma que la del delito del hijo, a las pobres madres!…

De ella siento compasión.

¡Yo siento compasión por las madres!

Yo, el Hijo que no verá compasión hacia su Madre…

Jesús llora…

Judas lo mira estupefacto…

Jesús se inclina hacia el moribundo y le pone una mano en la cabeza. Ora.

El hombre abre los ojos.

Parece como un poco ebrio. Atónito…

Pero pronto vuelve en sí.

Hincando los puños contra el suelo, se sienta.

Mira a Jesús.

Pregunta:

–            ¿Quién eres?

–            Jesús de Nazaret.

–            ¡El Santo!

¿Por qué aquí junto a mí?

¿Dónde estoy?

¿Dónde está mi hermana y su hija?

¿Qué ha sucedido?

Trata de recordar.

–            Hombre, tú me llamas santo.

¿Me crees santo entonces?

–            Sí, Señor.

Tú eres el Mesías del Señor.

–           ¿Entonces mi palabra es sagrada para ti?

–            Sí, Señor.

–             Entonces…

Jesús se yergue, está majestuoso

– …entonces Yo, como Maestro y Mesías, te ordeno que perdones.

Has venido aquí y has sido insultado…

–            ¡Ah! ¡Samuel! ¡Sí!…

¡El hacha! Lo denun…» dice mientras se levanta.

–             No. Perdona en nombre de Dios.

Te he curado para esto.

Nutres afecto por la madre de Analía porque ha sufrido;

pues esta de Samuel sufriría más todavía.

Perdona.

El hombre se muestra muy elusivo.

Mira con claro rencor al que lo ha herido.

Mira a la madre angustiada.

Mira a Jesús, que lo domina…

No se sabe decidir.

Jesús le abre los brazos y lo arrima contra su pecho,

diciendo:

–           ¡Por amor a Mí!

El hombre rompe a llorar…

¡Estar entre los brazos del Mesías, sentir su aliento en los cabellos y un beso que desciende

al lugar donde estaba el golpe!…

Llora, llora…

Jesús dice:

–            ¿Sí, no es verdad?

¿Perdonas por amor a Mí?

¡Dichosos los misericordiosos!

Llora, llora en mi corazón. ¡Salga con el llanto todo rencor!

¡Completamente nuevo! ¡Completamente puro!

¡Así! ¡Manso, manso como debe ser un hijo de Dios!…

El hombre levanta la cara y dice entre lágrimas:

–             Sí. Sí.

¡Tu amor es muy dulce!

¡Tiene razón Analía! Ahora la comprendo…

¡Mujer! ¡No llores más!

El pasado es pasado.

Nadie sabrá nada por boca mía.

Goza de tu hijo, si es que puede darte alegría.

Adiós, mujer.

Regreso a mi casa – y hace ademán de salir.

Jesús le dice:

–            Voy contigo, hombre.

Adiós, madre.

Adiós, Abraham. Adiós, niñas.

No dice una sola palabra a Samuel,

el cual a su vez, no encuentra ninguna palabra.

La madre le quita de la cabeza bruscamente el manto.

Y como reacción al momento pasado, se abalanza hacia el hijo:

–              ¡Da gracias al Salvador, alma dura!

¡Dale gracias, hombre indigno, que no eres otra cosa!…

–            Déjalo, déjalo, mujer.

Su palabra no tendría valor.

El vino lo tiene alelado y su alma está cerrada.

Ora por él… Adiós.

Baja las escaleras, alcanza en la calle a Judas y al otro,

se libera del anciano Abraham, que quiere besarle las manos.

Y se pone a andar raudo bajo los primeros rayos de la Luna.

–               ¿Estás lejos? – pregunta al hombre.

–              Al pie del Moria.

–              Entonces tenemos que separarnos.

–              Señor, me has conservado para los hijos, para mi mujer, para mi vida.

¿Qué debo hacer por Ti?

–              Ser bueno, perdonar y callar.

Jamás, por ningún motivo, debes decir ni una palabra de cuanto ha sucedido.

¿Lo prometes?

–              ¡Lo juro por el sagrado Templo!

A pesar de que me duela el no poder decir que me has salvado…

–              Sé un hombre justo y Yo salvaré tu alma.

Y esto sí que lo podrás decir.

Adiós, hombre. La paz sea contigo.

El hombre se arrodilla, saluda, se separan.

Cuando se quedan solos,

Judas exclama:

–             ¡Qué cosas!

¡Qué cosas!

–              Sí.

Horrendas. Judas, tú tampoco debes hablar.

–              No, Señor.

Pero, ¿Por qué has querido que viniera yo contigo?

–              ¿No estás contento de mi confianza?

–              ¡Mucho! Pero…

–              Pues porque quería que meditaras sobre esto:

A dónde puede conducir la mentira, la avidez de dinero, la crápula y las prácticas inertes de una

religión que ha dejado de sentirse y de practicarse, espiritualmente.

¿Qué era el banquete simbólico para Samuel? ¡Nada!

Crápula. Un sacrilegio.

Y en él se ha hecho homicida.

Muchos en el futuro serán como él…

Y con el sabor del Cordero en la lengua – y no del cordero nacido de oveja, sino del Cordero divino – irán al delito.

¿Y por qué sucede eso? ¿Cómo sucede?

¿No te lo preguntas?

Pues te lo digo igualmente:

Porque habrán preparado esa hora con muchos hechos precedentes cometidos,

primero por desatenciones, por obstinación después.

Recuerda esto, Judas.

–              Sí, Maestro.

¿Y qué vamos a decir a los demás?

–            Que había uno muy grave.

Es verdad.

Tuercen rápidamente por una calle, regresando a la casa de Lázaro...