436 LOS CORREDENTORES


436 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

376 Lección sobre la obra salvífica de los santos, 

Muchos discípulos y discípulas ya se han despedido y han regresado a las casas que los hospedan,

O han tomado de nuevo el camino por el que habían venido.

En la espléndida tarde de este Abril ya avanzado, quedan en la casa de Lázaro los discípulos

en el verdadero sentido de la palabra..

Y especialmente los más consagrados a la predicación,

o sea, los pastores, Hermas y Esteban, el sacerdote Juan, Timoneo, Hermasteo, José de Emaús,

Salomón, Abel de Belén de Galilea, Samuel y Abel de Corazín, Agapo, Aser e Ismael de

Nazaret, Elías de Corazín, Felipe de Arbela, José (el barquero de Tiberíades),

Juan de Éfeso, Nicolái de Antioquía.

De las mujeres, quedan, además de las discípulas más conocidas,

Analía, Dorca, la madre de Judas, Mirta, Anastática, las hijas de Felipe

Ya no están Miriam de Jairo, ni al propio Jairo, quizás ha regresado a donde estaba hospedado.

Pasean lentamente por los patios, o también por la terraza de la casa.

Alrededor de Jesús, que está sentado junto al triclinio de Lázaro, están todas las antiguas discípulas.

Lo escuchan mientras habla con Lázaro, describiendo los pueblos que han atravesado en las

últimas semanas que han precedido al viaje pascual.

Después de la narración de lo del castillo de Cesárea de Filipo…

Lázaro comenta:

–             Has llegado justo a tiempo de salvar al pequeño. –

Señalando al lactante que duerme feliz en los brazos maternos.

Y Lázaro añade:

« ¡Es un niño muy bonito! Mujer, ¿Me lo dejas ver de cerca?

Dorca se levanta y silenciosa, pero triunfalmente, ofrece a su hijo a la admiración del enfermo.

Al mirarlo detenidamente,

Lázaro exclama:

–          ¡Un niño muy bonito!

¡Precioso! Que el Señor te lo proteja y lo haga crecer sano y santo.

Dorca dice firme:

–             Y fiel a su Salvador.

Si no fuera fiel en el futuro, lo querría muerto, ya ahora.

¡Todo menos que, después de haber sido salvado, sea ingrato con el Señor! – y vuelve a su sitio.

Mirta, madre de Abel de Belén,

dice:

–            El Señor llega siempre a tiempo de salvar.

El mío no estaba menos cerca de la muerte que el pequeñuelo de Dorca.

¡Y qué muerte!

Pero llegó Él… y salvó.

¡Qué hora tan tremenda!…

Mirta palidece todavía al recordarlo…

Lázaro acariciando la mano de Jesús,

agrega:

–               Entonces vendrás a tiempo también para mí, ¿No es verdad?

Para darme paz..

Martha pregunta:

–            ¿Pero no estás un poco mejor, hermano mío?

Ya desde ayer te veo mejorado…

-Sí. Estoy asombrado yo mismo.

Quizás Jesús…

Jesús explica:

–            No, amigo.

Es que vierto en ti mi paz.

Tu alma está saturada de esta paz, y ello atenúa el sufrimiento de los miembros.

Es decreto de Dios que sufras.

–           Y que muera.

Dilo, dilo. Bien, pues… hágase su voluntad, como Tú enseñas.

Desde este momento no volveré a pedir ni curación ni alivio.

He recibido tanto de Dios (y mira involuntariamente a María, su hermana)

Que es justo que con mi docilidad corresponda a lo mucho que he recibido…

–               Haz más, amigo mío.

Ya es mucho el que uno se resigne y sufra el dolor.

Tú, no obstante, da al dolor un valor mayor.

–               ¿Cuál, mi Señor?

–                Ofrecerlo por la redención de los hombres.

–                Yo soy también un pobre hombre, Maestro.

No puedo aspirar a ser un redentor.

–                 Lo dices tú.

Pero estás equivocado.

Dios se ha hecho Hombre para ayudar a los hombres.

Pero los hombres pueden ayudar a Dios.

Las obras de los justos serán unidas a las mías en la hora de la Redención;

de los justos muertos ya hace siglos, de los que viven y de los futuros.

Tú, ya desde ahora, agrega las tuyas.

¡Es tan hermoso unirse a la Bondad infinita,

agregar a ella aquello que podamos ofrecer de nuestra bondad limitada, y decir:

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

«Yo también contribuyo, Padre, al bien de los hermanos»

No puede haber amor más grande, hacia el Señor y hacia el prójimo,

que este de saber padecer y morir por dar gloria al Señor y salvación eterna a nuestros hermanos.

¿Salvarse uno para sí mismo? Es poco.

Es un «mínimo» de santidad.

Hermoso es salvar.

Darse para salvar.

Impulsar el amor hasta convertirnos en hoguera inmoladora para salvar.

Entonces el amor es perfecto.

Y grandísima será la santidad del generoso.

–            Qué bonito es todo esto, ¿No es verdad, hermanas mías?

Dice Lázaro con embelesada sonrisa en su rostro afilado.

Martha asiente, emocionada, con la cabeza.

María, que está sentada en un almohadón a los pies de Jesús,

en su postura habitual de humilde y ardiente adoradora,

dice:

–             ¿Cuesto yo, estos sufrimientos a mi hermano?

¡Dímelo, Señor, para que mi congoja sea completa!…

Lázaro exclama:

–             ¡No, María, no!

Yo… debía morir a causa de ello.

No te claves flechas en el corazón.

Pero Jesús, sincero hasta el extremo,

dice:

–           ¡Sí, ciertamente!

Yo he oído las oraciones de tu buen hermano y los latidos de su corazón.

Pero esto no debe producirte una angustia gravosa;

antes bien, debe darte la voluntad de ser perfecta, por lo que cuestas.

¡Y exulta!

Exulta porque Lázaro, por haberte arrebatado al demonio…

–           ¡No yo!

Tú, Maestro.

…Por haberte arrebatado al demonio, ha merecido de Dios un premio futuro,

por el que hablarán de él las gentes y los ángeles.

Y, lo mismo que para el caso de Lázaro, también de otros.

Y especialmente de otras, que han arrancado con su heroísmo la presa de las manos de Satanás.

Las mujeres preguntan curiosas:

–           ¿Quiénes son?

–            ¿Quiénes son?

Y quizás todas esperan ser ellas, una por una.

María de Judas no habla.

Pero mira, mira al Maestro…

Jesús también la mira.

Podría darle falsas esperanzas.

No lo hace.

No la mortifica, pero tampoco le infunde falsas esperanzas.

Responde a todas:

–              Lo sabréis en el Cielo.

La siempre angustiada madre de Judas,

pregunta:

–              Y sí una, a pesar de quererlo, no logra el objetivo?

¿Cuál será su destino?

–               El que merece su alma buena.

–               ¿El Cielo?

Pero, Señor, una esposa, una hermana, una madre que…

Que no lograra salvar a aquellos a quienes ama y los viera condenados,

¿Podría tener el Paraíso aun estando en el Paraíso?

¿No crees que esa mujer no tendrá jamás alegría, porque…

La carne de su carne y la sangre de su sangre habrán merecido condena eterna?

Yo creo que no podrá gozar mientras ve a su amado en atroz pena…

–            Estás en un error, María.

La visión de Dios, la posesión de Dios, son fuentes de una dicha tan infinita,

que para los bienaventurados no subsiste ninguna pena.

Diligentes y atentos para ayudar todavía a los que pueden ser salvados, no sufren por los que

están separados de Dios y, por tanto, de ellos mismos que están en Dios.

La Comunión de los santos es para los santos.

Pedro objeta:

–            Pero si siguen ayudando a los que pueden ser salvados,

es señal de que estos que reciben la ayuda no son todavía santos.

–            Pero tienen voluntad, al menos pasiva, de serlo.

Los santos en Dios ayudan incluso en las necesidades materiales, para hacer pasar a aquéllos de

una voluntad pasiva a una activa. ¿Me comprendes?

–                Sí y no.

Te pongo un ejemplo.

Si yo estuviera en el Cielo y viera, vamos a suponerlo, un movimiento apenas perceptible de

bondad en… digamos Elí el fariseo, ¿Qué haría?

–              Echarías mano de todos los medios para aumentar sus movimientos buenos.

–              ¿Y si no sirviera para nada?

¿Después?

–                Después, una vez condenado, te desinteresarías de él.

–                Y si, como sucede ahora, mereciera completamente la condenación, pero lo estimase –

cosa que no sucederá jamás –

¿Qué debería hacer?

–                En primer lugar has de saber que corres peligro de condenarte, si dices que jamás lo estimarás;

en segundo lugar, has de saber que si estuvieras en el Cielo, formando unidad con la Caridad,

pedirías por él, por su salvación, hasta el momento de su juicio.

Habrá espíritus que serán salvados en el último momento, después de toda una vida de oración por ellos.

Entra un criado diciendo:

–            Ha venido Mannahém.

Quiere ver al Maestro.

Quiere ver al Maestro.

Lázaro dice:

–            Que venga.

Sin duda querrá hablar de cosas serias.

Las mujeres discretas, se retiran; los discípulos las siguen.

Pero Jesús llama a Isaac, al sacerdote Juan, a Esteban a Hermas y a los pastores Matías y José.

Y explica:

–             Conviene que lo oigáis también vosotros, que sois discípulos.

Entra Mannahém y se inclina.

Jesús lo saluda:

–            La paz a ti.

–            La paz a ti, Maestro.

El sol se está poniendo.

Para Ti el primer paso después del sábado, mi Señor.

–           ¿Has tenido una buena Pascua?

–            ¿Buena?

¡Nada bueno puede suceder donde están Herodes y Herodías!

Espero haber comido por última vez el cordero con ellos.

¡A costa de la vida, no prolongo mi permanencia con ellos!

Judas dice:

–           Creo que cometes un error.

Puedes servir al Maestro quedándote.

Mannahém concede:

–            Eso es verdad.

Y es lo que hasta ahora me ha retenido.

Pero, ¡Qué náusea!

Podría substituirme Cusa…

Bartolomé le hace una observación:

–            Cusa no es Mannahém.

Cusa es… Sí.

Se mueve entre dos aguas.

No denunciaría jamás a su señor.

Tú eres más franco.

–           Eso es verdad.

Y es verdad lo que dices. Cusa es el cortesano.

Es sensible al hechizo de la realeza… ¿Realeza?

¿Qué estoy diciendo?

¡Del fango regio!

Pero se ve rey estando con el rey…

Le acongoja la pérdida de la privanza del rey.

La otra noche parecía un lebrel apaleado, cuando casi arrastrándose, se presentó ante Herodes,

que lo había llamado tras haber escuchado las quejas de Salomé,

a la que Tú habías arrojado de tu Presencia.

Cusa estaba en un momento muy escabroso.

El deseo de salvarse, a toda costa, incluso quizás acusándote a Ti, criticándote,

estaba escrito en su cara.

Pero Herodes…

Quería sólo reírse a espaldas de la muchacha,

de la cual ya ha llegado un momento que siente náuseas,

como también de la madre de ella.

Y se reía como un desquiciado oyendo tus palabras dichas por Cusa.

Repetía: «Demasiado, demasiado dulces todavía, para esa joven…

Y dijo una palabra tan indecente que no te la digo.

Y agregó:

Habría debido pisotear sus entrañas insaciables…

¡Pero se habría contaminado!» y reía.

Luego, poniéndose serio, dijo:

«Pero… la afrenta, merecida por esa hembra, no se puede permitir para la corona.

Yo soy magnánimo (está obsesionado con que lo es.

Y dado que nadie se lo dice, pues se lo dice él a sí mismo.

Y perdono al Rabí, incluso considerando que ha dicho a Salomé la verdad.

Pero quiero que venga a la Corte para perdonarlo del todo.

Quiero verlo, oírlo y hacerle obrar milagros.

Que venga y yo me haré protector suyo».

Esto decía la otra noche.

Y Cusa no sabía qué responder.

No quería decirle que no al monarca.

Por otra parte, no podía decirle que sí.

Porque Tú, ciertamente, no puedes condescender con los caprichos de Herodes.

Hoy me ha dicho a mí: «Tú que vas donde Él…

Hazle saber mi voluntad».

La hago saber.  Pero… ya sé la respuesta.

De todas formas dímela, para poder transmitirla.

–           ¡No!

Un «no» que parece un rayo.

Tomás pregunta:

–             ¿No te crearás un enemigo demasiado fuerte?

–             Y un verdugo también.

Pero no puedo responder sino: «no».

–              Nos perseguirá…

Encogiéndose de hombros.

Mannahém dice:

–             Dentro de tres días ya no se acordará.

Y añade:

«Le han prometido unas mimas… Llegan mañana…

¡Se olvidará de todo!…

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