440 MILAGROS, TRAMPAS Y DIATRIBA


  1. 440 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVAl.

Y se inclina a acariciar a unos niños que poco a poco se han ido acercando. a Él,

dejando a sus padres;

Algunas madres también se acercan,

y llevan a Jesús a los que todavía caminan inseguros o a los lactantes.

Clamando:

–               ¡Bendice a nuestras criaturas, Tú, bendito,

para que sean amantes de la Luz.

Y Jesús impone las manos bendiciendo

Ello origina todo un movimiento en la multitud.

Todos los que tienen niños quieren la misma bendición, empujan y gritan para abrirse paso.

Los apóstoles, en parte porque están nerviosos

por las habituales ruindades de los escribas y fariseos;

en parte por compasión hacia Lázaro,

en peligro de ser arrollado por la oleada de padres que conducen a los pequeñuelos

a la divina bendición, se inquietan.

Y llaman la atención a unos o a otros gritando.

Y rechazan a unos o a otros, especialmente a los niños pequeños que han llegado allí solos.

Pero Jesús, dulce, amoroso,

dice:

-¡No, no!

¡No hagáis eso!

No impidáis nunca a los niños venir a Mí, ni les impidáis a los padres traérmelos.

El Reino es precisamente de estos inocentes.

Ellos serán inocentes del gran Delito y crecerán en mi Fe.

Dejad, pues, que los consagre a ella.

Los traen a mí sus ángeles.

Jesús está ahora rodeado por un seto hecho de niños mirándolo arrobados,

un seto de caritas levantadas, de ojos inocentes, de boquitas sonrientes…

Las mujeres veladas han aprovechado el desorden para dar un rodeo por detrás de la multitud

y venir detrás de Jesús,  como incitadas por la curiosidad.

Vuelven los fariseos, escribas, etc. etc., con dos que parecen muy enfermos.

Uno, especialmente, gime en su camilla,  todo cubierto con el manto.

El otro está, al menos aparentemente, menos grave,

pero ciertamente muy enfermo porque está en los huesos y respira con dificultad. 

–              Éstos son nuestros amigos.

Cúralos. Estos están verdaderamente enfermos.

Sobre todo, éste – y señalan al que gime.

Jesús baja los ojos hacia los enfermos

luego los levanta de nuevo, hacia los judíos.

Asaetea a sus enemigos con una mirada  terrible.

Erguido detrás del seto inocente de niños, que no le llegan ni a la ingle,

parece elevarse sobre una macolla de pureza, para  ser el Vengador,

como si de esta pureza sacara la fuerza para serlo.

Abre los brazos y grita:

–           ¡Embusteros!

¡Éste no  está enfermo! Yo os lo digo.

¡Destapadlo!

Si no, realmente estará muerto dentro de un instante, por este engaño contra Dios.

El hombre salta bruscamente de su camilla,

gritando:

–                ¡No, no’.

¡No descargues tu mano sobre mí!

¡Y vosotros, malditos, quedaos con muestras monedas

Y arroja una bolsa  a los pies de los fariseos y huye a todo correr…

La gente gruñe, ríe, silba, aplaude…

El otro enfermo,

dice:

-¿Y yo, Señor?

A mí me han sacado de mi cama con la fuerza y ya desde esta mañana me molestan…

Pero no sabía que estaba en manos de tus enemigos…

–            ¡Para ti, pobre hijo, salud y bendición!

Y le impone las manos abriendo el seto vivo de los niños.

El hombre levanta por un momento la manta que estaba extendida encima de su cuerpo,

Mirando totalmente pasmado…

Luego se pone en pie.

Aparece desnudo de los muslos hacia abajo.

Y grita, grita hasta quedarse ronco:

–             ¡Mi pie! ¡Mi pie!

¿Pero Quién Eres

Quién Eres, que devuelves las cosas perdidas?

Y cae a los pies de Jesús.

Poniéndose otra vez de pie, se para de un brinco, en equilibrio inestable, encima de su camilla

y grita:

–             «¡La enfermedad me roía los huesos!

¡El médico me había arrancado los dedos, me había quemado la carne,

me había sajado hasta el hueso de la rodilla! ¡Mirad!

¡Mirad las señales!

¡Y me moría de todas formas!

Y ahora… ¡Todo curado!

¡Mi pie! ¡Mi pie recompuesto!…

¡Y ya no tengo dolor!

Siento fuerza y bienestar…

¡El pecho libre…! ¡El corazón sano!…

¡Madre! ¡Madre!

¡Voy a llevarte la alegría!

Hace ademán de echarse a correr.

Pero el agradecimiento lo detiene.

Vuelve de nuevo donde Jesús…

Y besa continuamente los benditos pies hasta que Jesús no le dice,

acariciándole en el pelo:

–               Ve.

Ve donde tu madre y sé bueno.

Luego mira a sus chasqueados enemigos…

Y dice con voz de trueno:

–            ¿Y ahora?

¿Qué debería hacer con vosotros?

¿Qué debería hacer, digo a todos los presentes, después de este juicio de Dios?

La muchedumbre grita:

–            ¡A la lapidación los ofensores de Dios!

–            ¡A muerte!

–           ¡Basta ya de insidiar al Santo!

–           ¡Malditos seáis!

Y agarran terruños,  ramas, cantos, ya dispuestos a empezar a apedrear.

Los detiene Jesús.

–             Esta es la palabra de la multitud, ésta es su respuesta.

La mía es distinta.

Digo: ¡Marchaos!

No me ensucio descargando mi mano sobre vosotros.

El Altísimo, que es mi defensa contra los impíos, se encargará de vosotros.

Los culpables, en vez de callarse, a pesar de tener miedo de la multitud,

tienen el descaro de ofender al Maestro.

Y echando baba de ira, gritan:

–              ¡Nosotros somos judíos y poderosos!

¡Te ordenamos que te vayas!

¡Te prohibimos enseñar!

Te expulsamos de aquí.

¡Vete! ¡Vete!

¡Basta ya de ti!

Tenemos el poder en nuestras manos y hacemos uso de él.

Y cada vez más lo haremos, maldito, usurpador…

Quieren todavía decir más cosas, en medio de un tumulto de gritos, llantos, silbidos,

cuando la más alta de las mujeres veladas, que ha avanzado con movimiento rápido e imperioso

hasta colocarse entre Jesús y sus enemigos, descubre su rostro.

Y, con mirada y voz aún más imperiosos, cae su frase cortante;

más zaheridora que un látigo para los galeotes y que una segur para el cuello:

            ¿Quién olvida que es esclavo de Roma?

Es Claudia.

Vuelve a bajar el velo.

Se inclina levemente ante el Maestro.

Regresa a su sitio.

Pero ha sido suficiente.

Los fariseos se calman de golpe.

Uno solo, en nombre de todos,

y con un servilismo arrastrado,

dice:

–               ¡Dómina, perdona!

Pero es que Él turba el antiguo espíritu de Israel.

Tú, que eres poderosa, deberías impedirlo; haz  que lo impida el justo y valeroso Procónsul.

¡A él vida y larga salud!

–               No son cosas nuestras.

Basta con que no altere el orden de Roma.

¡Y no lo hace! – responde desdeñosa la patricia.

Luego da una seca orden a sus compañeras y se aleja, yendo hacia una espesura de árboles

que hay en el fondo del sendero.

Y tras los árboles desaparece de la escena, para volver a aparecer montada en el carro

chasqueante, cubierto, cuyas cortinas han sido echadas por orden de ella.

Pero volviendo al ataque los judíos, fariseos, escribas y otros compañeros.  

Preguntan_

–               ¿Estás contento de habernos expuesto al insulto?

La muchedumbre grita indignada.

José, Nicodemo y todos los que han dado muestras de amistad

– y con éstos, sin unirse a ellos pero con palabras iguales, está el hijo de Gamaliel

sienten la necesidad de intervenir reprochándoles su exceso.

La discusión pasa de ser de los enemigos contra Jesús,

a ser de los dos grupos opuestos,

de forma que dejan fuera de la disputa al más relacionado con ella.

Y Jesús guarda silencio, con los brazos cruzados, escuchando.

Parece emanar una fuerza poderosa, para contener a la multitud.

Y especialmente a los apóstoles, que de la ira que sienten ven todo rojo.

Varios judíos exaltados gritan:

–               ¡Tenemos que defendernos y defender!

–              ¡Ya está bien de ver a las turbas siguiéndole hechizadas!

–               ¡Nosotros somos los poderosos!

–               ¡Sólo nosotros!

Un escriba y varios sacerdotes, vociferan:

–               Sólo a nosotros se nos tiene que escuchar y seguir

–              ¡Que se marche de aquí!

–               ¡Jerusalén es nuestra! – se desgañita un sacerdote, rojo como un pavo.

Y los amigos fieles, responden:

–               ¡Sois pérfidos!

–               ¡Estáis más que ciegos!

–               ¡Las turbas os abandonan porque os lo merecéis!

–               ¡Sed santos, si queréis ser amados!

–             ¡No se conserva el poder cometiendo vejaciones!

–              ¡El poder se funda en la estima del pueblo hacia quien le gobierna! –

Gritan a su vez los del partido opuesto y muchos de la multitud.

Jesús ordena imperioso:

–             ¡Silencio!

Y, cuando se hace el silencio,

dice:

–              La tiranía y las imposiciones no pueden modificar los sentimientos íntimos,

ni las consecuencias del bien recibido.

Recojo lo que he dado: amor.

Vosotros, persiguiéndome, lo único que hacéis es aumentar este amor

que quiere compensarme de vuestro desamor.

¿No sabéis, con toda vuestra sabiduría,

que perseguir una doctrina no sirve sino para aumentar su poder,

especialmente cuando corresponde en los hechos a lo que se enseña?

Oíd una profecía mía, vosotros de Israel.

Cuanto más persigáis al Rabí de Galilea y a sus seguidores,

tratando con esa tiranía de anular su doctrina, que es divina,

más próspera y extendida por el mundo haréis a esta doctrina.

Cada una de las gotas de los mártires que hagáis, esperando triunfar y reinar

con vuestros preceptos y leyes corrompidos e hipócritas, que ya no responden a la Ley de Dios,

y cada lágrima de los santos vilipendiados, será semilla de futuros creyentes.

Y seréis vencidos cuando creáis que habréis triunfado.

Marchaos.

Yo también me marcho.

Los que me aman que me busquen en los confines de Judea y en Transjordania.   

O que me esperen allí, porque veloz  como relámpago que corre de oriente a occidente,

será el paso del Hijo del hombre hasta que suba al altar y al trono,

como Pontífice y Rey nuevo.

Y en ellos permanezca, bien firme ante la presencia del mundo, de la creación y de los Cielos,

en una de sus muchas epifanías, que solamente saben comprender los buenos.

Los fariseos hostiles y sus compañeros se han marchado.

Se quedan los otros.

El hijo de Gamaliel lucha dentro de sí por acercarse a Jesús.

Y, al final, se marcha sin decir nada…

Eleazar pregunta:

–             Maestro, no nos odiarás por ser de sus mismas castas, ¿No?

–              Nunca pronuncio un anatema contra el individuo,

por el hecho de que la clase sea rea.

No temas – responde Jesús.

Joaquín susurra:

–             Ahora nos van a odiar…

Juan, el miembro del Sanedrín,

exclama:

–            ¡Honor para nosotros, si nos odian!

Jesús dice:

–            Fortalezca Dios a los que vacilan y bendiga a los fuertes.

Yo os bendigo a todos en Nombre del Señor

Y abiertos los brazos, da la bendición mosaica a todos los presentes.

Luego se despide de Lázaro y de las hermanas de éste, de Maximino, de las discípulas.

Y empieza su marcha…

Las verdes campiñas paralelas al camino que va a Jericó,

lo reciben con su verdor que enrojece ahora por un fastuoso  ocaso.

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