Archivos diarios: 12/01/22

446 El Nuevo Elías


366 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

381b  Conversión de un esenio.

Se quedan con Jesús los apóstoles.

A su vez se ponen en marcha, y van hablando.

Buscan sombra caminando al lado de un pequeño bosquecillo de tamarices de desordenadas frondas.

Pero dentro hay un esenio

El que ha hablado con Jesús.

Se está quitando sus vestiduras blancas.

Pedro, que va delante de todos,

lleno de estupor al ver que el hombre se queda sólo con el calzón corto,

se echa a correr hacia el grupo,

diciendo:

–            ¡Maestro!

¡Un loco!

El que hablaba contigo, el esenio.

Se ha desnudado y llora y suspira.

No podemos ir allí.

Pero el hombre, delgado, con poblada barba,

su cuerpo completamente desnudo a excepción del calzón corto y las sandalias,

ya sale de la espesura del bosque y viene hacia Jesús llorando y golpeándose el pecho.

Se arrodilla, diciendo: 

–             Yo soy el curado milagrosamente en el corazón.

Me has curado el espíritu.

Obedezco tu palabra.

Tomo nuevo vestido de luz, dejando todo pensamiento que fuera para mí vestido de error.

Me separo para meditar sobre el Dios verdadero, para obtener vida y resurrección.

¿Es suficiente?

Dame el nuevo nombre y un lugar donde vivir de Ti y de tus palabras.

Los apóstoles comentan:

–          ¡Está loco!

–          ¡No sabemos hacerlo nosotros que oímos tantas! 

–          Y él… por un solo discurso…

Pero el hombre, que los oye,

dice:

–          ¿Queréis poner límites a Dios?

Él me ha quebrantado el corazón para darme un espíritu libre.

¡Señor!… – suplica con los brazos extendidos hacia Jesús.

Jesús dice:

–           Sí.

Llámate Elías y sé fuego.

Aquel monte está lleno de cavernas.

Ve a él.

Y cuando sientas temblar la tierra por un tremendo terremoto, sal y busca a los siervos del Señor

para unirte a ellos.

Habrás nacido de nuevo, para ser siervo tú también.

Ve.

El hombre le besa los pies, se levanta y se pone en camino

–           ¿Pero va así desnudo? – preguntan asombrados.

–           Dadle un manto, un cuchillo, yesca y eslabón.

Y un pan. Caminará hoy y mañana

Luego se retirará en Oración al lugar donde estuvimos nosotros.

El Padre se ocupará de su hijo.

Andrés y Juan se echan a correr y le dan alcance;

cuando ya está para desaparecer tras un recodo.

Vuelven diciendo:

–          Los ha tomado.

Le hemos indicado también el lugar donde estábamos.

–         ¡Qué conquista tan inesperada, Señor!

–          Dios hace germinar flores hasta en las rocas

También en los desiertos de los corazones, hace surgir espíritus de voluntad para consuelo mío.

Ahora vamos hacia Jericó.

Nos alojaremos en alguna casa del campo.

El camino, a pesar de que corte verdes campos orlados de árboles frondosos

en su linde con él, es un horno bajo el sol cenital.

De los campos – los cereales se encaminan rápidamente a su maduración – viene un calor

y olor como de horno en que la flor de la harina se transforma en pan.

La luz es deslumbradora.

Cada espiga, entre las glumas áureas y las aristas puntiagudas,

parece una pequeña lámpara de oro y los visos del sol en la paja de los tallos molestan a los ojos,

como también los reflejos del camino, cegador de tanto sol.

En vano los ojos buscan alivio en las frondas:

si se alzan buscándolo, quedan aún más a merced del sol despiadado

y han de bajarse enseguida, huyendo de esa violencia.

Y restringirse, reducirse a una abertura sutil entre las pestañas polvorientas,

entre los bordes de los párpados enrojecidos y doloridos.

El sudor forma líneas brillantes en las mejillas polvorientas.

Los pies cansados se arrastran,

levantando nuevo polvo que atormenta, atormenta, atormenta.

Jesús consuela a sus cansados apóstoles.

Aunque Él también suda, se ha puesto sobre la cabeza el manto, para defenderse del sol,

y aconseja a los demás que hagan lo mismo.

Ellos obedecen sin decir nada.

Están demasiado cansados para encontrar la fuerza necesaria,

para una de sus habituales manifestaciones de descontento.

Van como borrachos…

Jesús los alienta:

–            ¡Ánimo!

Que allá entre los campos hay una casa…

Pedro rezonga bajo el manto:

–            Si es como las otras…

Lo único será el desconsuelo de recorrer mucho camino sin sentido por esas tierras abrasadoras.

Y los otros lo confirman con un « ¡mmm!» desconsolado.

–           Voy Yo.

Quedaos aquí, debajo de esta poca sombra.

–          No. No.

Vamos también nosotros.

Aquí no falta el agua.

Al menos tendrán un pozo…

Y bebemos para apagar el fuego que tenemos dentro.

–            Beber tan sudorosos os haría daño.

–            Moriremos..,

Pero en todo caso, será mejor que lo que tenemos ahora…

Jesús no rebate.

Suspira y se pone a caminar delante del grupo,

por un senderillo que hay entre los campos de cereales.

Los campos no llegan hasta la casa, sino sólo hasta los límites de un huerto maravilloso,

lleno de sombra, donde la luz y el calor están mitigados.

Ya que forma un cinturón óptimo y reconfortador en torno a la casa.

Y los apóstoles, con un «¡ah!» de alivio, se lanzan adentro.

Jesús sigue caminando, sin tener en cuenta sus peticiones de quedarse allí un buen rato.

Zurear de palomas, chirrío de garruchas, serenas voces de mujer vienen de la casa.

Y se esparcen en el silencio soleado del campo.

Jesús aparece en una placita que circunda a la casa, como una acera ancha y limpia

sobre la que una pérgola de uva extiende un bordado de frondas y sombra protectora.

Dos pozos, uno en el lado derecho, otro en el lado izquierdo de la casa, sombreados por la vid.

Arriates junto a las paredes de la casa.

Cortinas ligeras, de rayas oscuras, ondean en las puertas abiertas.

Voces de mujeres y rumor de movimiento de loza salen de una habitación.

Jesús se dirige a ella.

Y a su paso, una docena de palomas que estaban picoteando unos granos de cereales,

levantan el vuelo con fuerte aleteo.

El ruido atrae la atención de quien está en la habitación.

Y mientras Jesús aparta la cortina con la mano por la parte derecha,

al mismo tiempo una criada la aparta por la izquierda…

y se queda asombrada ante el Desconocido.

Que la saluda diciendo:

–           ¡Paz a esta casa!

¿Podéis darme refrigerio, como peregrino?

Desde la puerta de esta habitación, que es una cocina grande donde las domésticas están

lavando la loza usada para la comida del mediodía.

La mujer responde:

–           La ama no te cerrará su casa.

Voy a avisarle.

–            Pero traigo conmigo a otros doce.

Y si pudiera darme refrigerio sólo a Mí preferiría quedarme sin él.

–            Vamos a decírselo a la ama sin duda…

Una voz de mujer interrumpe diciendo:

–             ¡Maestro y Señor!

¿Tú aquí? ¿En mi casa?

¿Qué gracia especial es ésta?

Nique, se acerca rápidamente y se arrodilla a besar los pies de Jesús.

Las criadas parecen estatuas.

La que estaba lavando los platos se ha quedado con el trapo en la derecha

y un plato que gotea en la izquierda enrojecida por el agua hirviendo.

Otra, que estaba sacando brillo a los cuchillos, en un rincón, sentada en el suelo sobre los talones,

se yergue sobre sus rodillas para ver mejor.

Y se le caen los cuchillos al suelo con estrépito.

Una tercera, que estaba vaciando de ceniza los fogones, levanta la cara cenizosa

y se queda así, por encima del nivel del hogar, con la boca abierta.

Jesús dice:

–         ¡Aquí estoy.

Nos han rechazado en muchas casas.

Estamos cansados y sedientos.

–          ¡Oh! ¡Ven!

¡Ven! No aquí.

A las salas de septentrión, que son frescas y umbrosas.

Y vosotras preparad agua para los cuerpos y bebidas aromáticas.

Y tú, niña, corre a despertar al administrador;

que te ayude para las primeras cosas de comer, en espera del banquete…

–           ¡No, Nique!

No soy el invitado mundano.

Soy tu Maestro perseguido.

Te pido alojamiento y amor más que comida.

Pido piedad. Más para mis amigos que para mí mismo…

–            Sí, Señor.

Pero ¿Cuándo habéis comido por última vez?

–            Ellos no lo sé.

Yo ayer, al rayar el día, con ellos.

–            ¿Lo ves?…

No voy a derrochar.

Pero, como una madre o hermana, voy a darles a todos lo necesario.

Y a Ti, como sierva y discípula, honor y ayuda.

¿Dónde están los hermanos?

–             En el huerto.

Pero quizás ya vienen.

Oigo voces.

Nique corre fuera y los ve.

Los llama y luego los conduce, junto con Jesús, a un fresco vestíbulo, donde ya hay barreños con  toallas.

Y pueden refrescarse la cara, brazos y pies, del abundante polvo y del sudor.

–             Por favor, quitaos esa ropa tan sudada; dádselo todo inmediatamente a las criadas.

Es un gran descanso tener los vestidos limpios y las sandalias frescas.

Y luego venid a esa sala.

Os espero allí.

Y Nique se marcha, cerrando la puerta…

Pedro entrando en 1a sala donde Nique los espera, atenta y respetuosa,

suspira diciendo:

–       …¡Ah!

¡Pues se está bien en esta sombra y así bien refrescados!

–           Mi alegría por poderos aliviar es más grande que tu propio alivio,

apóstol de mi Señor.

–            ¡Mmm! Apóstol…

Ya… bueno…

Mira, Nique, vamos a hacer una cosa simple, ¿Eh?

Tú sin mostrar que eres rica y culta, yo sin mostrar que soy apóstol; así…

Como buenos hermanos, que tienen necesidad el uno del otro para el alma y el cuerpo.

Me da demasiado… miedo pensar que soy «apóstol».

–           ¿Miedo a qué? – pregunta sorprendida la mujer, y sonríe.

–          De… ser demasiado…

Demasiado voluminoso respecto a la arcilla que soy.

Y de que vaya a romperme por el peso…

Miedo a… hacerme un engreído por la soberbia…

Miedo de que… con la idea de que soy el apóstol, los otros… quiero decir, los discípulos…

Y las almas buenas, se mantengan distantes de mí y callen aunque me equivoque…

Y yo esto no lo quiero, porque entre los discípulos, incluso entre los que creen, así,

llanamente y sin más, hay muchos que son mejores que yo, unos en una cosa, otros en otra;

y yo quiero hacer como…  

Como esa abeja que ha entrado y se ha chupado un poco de esto un poco de lo otro,

de las cestas de fruta que has mandado traer para nosotros.

Y ahora, para completar, añade los jugos de esas flores:

Y luego irá afuera a chupar tréboles y flores de lis, manzanillas y convólvulos.

Toma de todos.

Y yo necesito hacer como ella…

–            ¡Tú libas la más hermosa flor: el Maestro!

–            Sí, Nique.

Pero de Él aprendo a hacerme hijo de Dios;

de los hombres aprenderé a hacerme hombre.

–            Lo eres.

–           No, mujer.

Soy poco menos que un animal.

Y no sé verdaderamente cómo es que me soporta el Maestro…

Jesús dice:

–            Te soporto porque sabes lo que eres.

Y por eso puedes ser trabajado como la pasta.

Pero si hicieras resistencia y fueras terco, soberbio sobre todo,

te alejaría de mí como a un demonio.

Entran unas criadas con tazas de leche fría y ánforas porosas con los líquidos muy frescos.

Nique dice:

–            Por favor, tomad este refresco.

Después podréis descansar hasta la noche.

La casa tiene habitaciones y camas.

Y, si no las tuviera, dejaría las mías para que descansarais vosotros.

Maestro, me retiro para las labores de la casa.

Sabéis todos dónde encontrarme a mí y a las criadas.

–            Ve.

Y no estés preocupada por nosotros.

Nique sale.

445 Un Debate Filosófico


445 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

381a Hipocresía de los fariseos y conversión de un esenio.

Jesús continúa con su enseñanza:

«Ningún siervo puede servir a dos señores.

Porque será de uno de los dos u odiará a uno de los dos.

Los dos señores que el hombre puede elegir son Dios o la Ganancia,

Pero, si quiere ser del primero no puede ponerse los distintivos, seguir las voces,

usar los medios del segundo».

Una voz se alza del grupo de los esenios,

diciendo:

–            El hombre no es libre para elegir.

Está obligado a seguir un destino.

Y no se diga que éste está distribuido sin sabiduría.

Es lo contrario:

la Mente perfecta ha establecido, como propio designio perfecto,

el número de los que serán dignos de los Cielos.

Los otros inútilmente se esfuerzan en serlo. Así es.

No puede ser de otra forma.

De la misma manera que uno, saliendo de casa,

puede encontrar la muerte a causa de una piedra desprendida de la cornisa,

y otro, en el corazón de una batalla, se puede salvar hasta de la más pequeña herida,

igualmente e1 que quiere salvarse, pero no está escrito que se haya de salvar,

lo único que hará será pecar incluso sin saberlo, porque su condenación está ya designada.

Jesús responde:

–           No, hombre.

No es así.

Y cambia de idea.

Pensando así haces una grave injuria al Señor.

–             ¿Por qué?

Demuéstramelo y me enmendaré.

–             Porque tú, diciendo esto, admites mentalmente que Dios es injusto hacia sus criaturas.

Él las ha creado de igual modo y con un mismo amor.

Él es un Padre. Perfecto en su paternidad, como en todas las cosas.

¿Cómo puede entonces hacer distinciones y maldecir a un hombre,

cuando es concebido y es un inocente embrión,

maldecirlo desde cuando es incapaz de pecar?

–          Para resarcirse de la ofensa recibida del hombre.

–          No. ¡Dios no se resarce así!

No se conformaría con un mísero sacrificio como éste, de un injusto y forzado sacrificio.

La culpa contra Dios sólo la puede quitar el Dios hecho Hombre.

Él será el Expiador.

No éste o aquel hombre.

¡Ojalá hubiera sido posible que Yo tuviera que quitar sólo 1a culpa original!

¡Que la Tierra no hubiera tenido ningún Caín, ningún Lámek, ningún pervertido sodomita,

ningún homicida, ladrón, fornicador, adúltero, blasfemo,

ninguno sin amor a sus padres, ningún perjuro.

Y así sucesivamente!

Mas, de cada uno de estos pecados el pecador y no Dios, es culpable y autor.

Dios ha dejado libertad a sus hijos de elegir el Bien o el Mal.

Un escriba grita:

–          ¡No hizo bien!

¡Nos ha tentado sobremodo!.

Sabiendo que éramos débiles, ignorantes, gente corrompida, nos puso en la tentación.

Ello es o imprudencia o maldad.

Tú que eres justo deberás convenir en que digo una verdad.

–           Dices una mentira para tentarme.

Dios había dado a Adán y Eva todos los consejos.

¿Y de qué sirvió?

–           Hizo mal también entonces.

No debía haber puesto el árbol, la tentación, en el Jardín.

–          ¿Y entonces dónde está el mérito del hombre?

–           Hubiera prescindido del mérito.

Hubiera vivido sin mérito propio, sólo por mérito de Dios.

El esenio grita de nuevo:

–           Te quieren tentar, Maestro.

Deja a esas serpientes.

Escúchanos a nosotros, que vivimos en continencia y meditación  –

–          Sí, vivís así.

Pero malamente. ¿Por qué no vivir así santamente?

El esenio no responde a este cuestionamiento,

sino que pregunta:

–          De la misma forma que me has dado una razón convincente sobre el libre arbitrio.

Y la voy a meditar sin animosidad, esperando poder aceptarla, dime ahora:

¿Crees realmente en una resurrección de la carne y en una vida de los espíritus,

completados por ella?

–           ¿Tú crees que Dios va poner fin así, sin más, a la vida del hombre?

–            Pero el alma…

Dado que el premio la hace dichosa, ¿Para qué sirve hacer resucitar la materia?

¿Va a aumentar eso el gozo de los santos?

–            Nada aumentará el gozo que un santo tendrá cuando posea a Dios.

O sea, sólo una cosa lo aumentará en el último Día:

el saber que el pecado ya no existe.  

¿Y no te parece justo que, de la misma forma que durante este día

carne y alma estuvieron unidas en la lucha por poseer el Cielo,

en el Día eterno carne y alma estén unidas para gozar del premio?

¿No estás convencido de esto?

¿Y entonces por qué vives en continencia y meditación?

–          Para… para ser más plenamente hombre,

señor por encima de los otros animales, que obedecen a los instintos sin freno;

y para ser superior a la mayor parte de los hombres, que están embadurnados de animalidad,

a pesar de ostentar filacterias, fimbrias, fórmulas y amplias vestiduras.

Y se llaman «los apartados».

–           ¡Anatema!

Los fariseos, recibido de lleno el flechazo, que hace murmurar aprobadora a la multitud,

se retuercen y gritan gesticulando como endemoniados.

–           ¡Nos está insultando, Maestro!

–           Tú conoces nuestra santidad.

–            ¡Defiéndenos!

Jesús responde:

–             También él conoce vuestra hipocresía.

Las vestiduras no corresponden a la santidad.

Mereced las alabanzas y entonces podré hablar.

Pero a ti, esenio, te respondo que te sacrificas por demasiado poco.

¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por cuánto?

Por una alabanza humana.

Por un cuerpo mortal.

Por un tiempo rápido como vuelo de halcón.

Eleva tu sacrificio.

Cree en el Dios verdadero, en la bienaventurada resurrección, en la voluntad libre del hombre.

Vive como asceta.

Pero por estas razones sobrenaturales.

Y con la carne resucitada gozarás de la eterna alegría.

–           ¡Es tarde! ¡Soy viejo

Quizás he malgastado mi vida estando en una secta de error…

¡Ya nada!…

–           No.

¡Nunca es demasiado tarde para quien quiere el bien!

Oíd, vosotros pecadores, vosotros que estáis en errores;

vosotros, cualquiera que sea vuestro pasado.

Arrepentíos. Venid a la Misericordia.

Os abre los brazos. Os indica el camino.

Yo soy fuente pura, fuente vital.

Alejad de vosotros las cosas que os han descarriado hasta este momento.

Venid desnudos al lavacro.

Revestíos de luz.

Renaced.

¿Habéis robado como salteadores de caminos,

o elegante y astutamente en las transacciones y administraciones? Venid.

¿Habéis tenido vicios o pasiones impuras? Venid.

¿Habéis sido opresores? Venid.

Venid. Arrepentíos. Venid al amor y a la paz.

Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros.

Consolad este amor acongojado por vuestra resistencia;

por vuestro miedo, por vuestra vacilación.

Os lo ruego en nombre del Padre mío y vuestro.

Venid a la Vida y a la Verdad, y tendréis la vida eterna.

Un hombre de la muchedumbre grita:

–          ¡Yo soy rico y pecador!

¿Qué debo hacer para ir?

–          Renuncia a todo por amor a Dios y por amor a tu alma.

Los fariseos murmuran y satirizan a Jesús como:

«vendedor de cosas ilusorias y de herejías»

Como «pecador que pasa por santo»

Y le advierten que los herejes son siempre herejes.

Y que eso son los esenios.

Dicen que las conversiones repentinas no son sino exaltaciones momentáneas

y que el impuro seguirá siéndolo siempre, el ladrón ladrón, el homicida homicida,

para terminar diciendo que sólo ellos, que viven en santidad perfecta,

tienen el derecho al Cielo y a la predicación.

–            Era un día feliz.

Una siembra de santidad caía en los corazones.

Mi amor, nutrido por el beso de Dios, daba a las semillas vida.

El Hijo del hombre se sentía feliz de santificar…

Vosotros me amargáis el día.

Pero no importa.

Yo os digo – y si no soy dulce la culpa es vuestra -, Yo os digo que sois de esos que se muestran justos,…

O tratan de hacerlo, a los ojos de los hombres, pero que no lo son.

Dios conoce vuestros corazones.

Lo que es grande a los ojos de los hombres es abominable ante la inmensidad y perfección de Dios.

Vosotros citáis la Ley antigua.

¿Por qué, entonces, no la vivís?

Modificáis para ventaja vuestra la Ley,

cargándola con pesos que os producen una ventaja.

¿Por qué, entonces, no dejáis que Yo la modifique en favor de estos pequeños,

quitándole todas las fórmulas y sutilezas cargosas, inútiles,

de los preceptos que habéis establecido vosotros,

tales y tantos que la Ley esencial desaparece bajo ellos y muere ahogada?

Yo siento compasión de estas turbas, de estas almas que buscan respiro en la Religión

y encuentran un nudo corredizo;

que buscan el amor y encuentran el terror… 

No. ¡Venid, pequeños de Israel!

¡La Ley es amor! ¡Dios es amor!

Esto digo a los que vosotros atemorizáis

La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado,

sin lograr mantener distanciado el pecado, a pesar de los gritos de su profetismo angustioso,

llegan hasta Juan.

De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor.

Y digo a los humildes:

«Entrad en él. Es para vosotros».

Y todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar.

Pero, para los que no quieren inclinar la cabeza, golpearse el pecho, decir: «He pecado»,

no habrá Reino.

Está escrito:

«Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz».

Esta tierra vio el prodigio de Eliseo, que hizo dulces las aguas amargas echando en ellas la sal.

¿Y Yo no echo la sal de la Sabiduría en vuestros corazones

¿Y entonces por qué sois inferiores al agua y no cambiáis vuestro espíritu?

Añadid a vuestras fórmulas mi sal y tendrán un nuevo sabor,

porque volverán a dar a la Ley la primitiva fuerza.

En vosotros, los más necesitados, antes que en ningún otro. ¿Decís que cambio la Ley?

No. No mintáis.

Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado.

Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra.

Y antes desaparecerán el cielo y la tierra, que uno solo de sus elementos constitutivos

o de sus consejos.

Y si la cambiáis, por satisfacer vuestro gusto, y entráis en sutilezas,

buscando escapatorias a vuestras culpas, sabed que ello no es beneficioso.

¡No es beneficioso, Samuel!

¡No es beneficioso, Isaías.

Permanentemente está escrito: «No cometas adulterio»

Y Yo completo: «Quien despide a su esposa para tomar otra es adúltero.

Y quien se casa con una mujer repudiada por su marido es adúltero,

porque sólo la muerte puede dividir lo que Dios ha unido».

Pero las palabras duras son para los pecadores impenitentes.

Los que han pecado pero se afligen desconsoladamente por haberlo hecho,

sepan, crean que Dios es Bondad.

Y se acerquen a Aquel que absuelve, perdona y admite a la Vida.

Salid de aquí con esta certeza.

Esparcidla en los corazones.

Predicad la misericordia que os da la paz bendiciéndoos en el nombre del Señor.

La gente empieza a marcharse del lugar, lentamente.

Muy despacio porque el sendero es estrecho y porque Jesús los atrae,

pero tienen que hacerlo y dejan el lugar….