448 Misericordia vs Tentación


448 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.

Las orillas del Jordán en las inmediaciones del vado, en estos días de regreso de las caravanas

hacia las diversas comarcas de residencia,

asemejan en todo a un campamento nómada.

Hay, tiendas esparcidas por todas partes, a lo largo de los bosques que forman una orla verde

en los lados del río,

incluso simplemente mantas extendidas de un tronco a otro,

apoyadas en palos hincados en el suelo,  atadas a la alta silla de un camello, sujetas de alguna manera,

lo suficiente  como para poderse meter debajo y ampararse de la lluvia en estos lugares que

están por debajo del nivel del mar.

Cuando Jesús llega a las orillas con los suyos, al norte del vado,

los campamentos se están despertando lentamente.

Jesús salió de la casa de Nique con los primeros albores, porque todavía no es plena aurora.

Ya el  aspecto del lugar es bello, fresco, sereno.

Los más diligentes empiezan a salir de las tiendas y a bajar al río para lavarse,

despertados por los gritos estridentes de caballos, asnos y camellos.

Y por los cantos de centenares de pájaros y otras aves que están entre el follaje de los sauces, d

e los cañaverales o de los altos árboles que forman galerías verdes sobre las márgenes floridas.

Algún lloro de niño y voces dulces de madres hablando a sus hijos.

La vida vuelve en todas sus manifestaciones, a cada minuto.

De la cercana Jericó vienen vendedores de todas las especies, nuevos peregrinos, guardias y

soldados con la misión de vigilar y mantener el orden,

en estos días en que gente de todas las regiones se encuentran y no se ahorran insultos

ni reproches.

Y en los cuales también son frecuentes los robos de ladrones que se mezclan con apariencia de

peregrinos entre el gentío.

Tampoco faltan las mujeres públicas que tratan de hacer «su» peregrinaje pascual sacando a los

peregrinos más ricos y lujuriosos dinero y regalos como pago a una hora de placer,

en la cual míseramente quedan anuladas todas las purificaciones pascuales…

Las mujeres honestas que están entre los peregrinos junto con sus maridos o sus hijos ya adultos

chillan como urracas inquietas, para llamar a sus hombres que están embobados observando a las meretrices).

Éstas ríen con desfachatez y responden ásperamente a los… apelativos que las honestas les propinan.

Los hombres, especialmente los soldados, ríen, y no rehúsan bromear con las mujeres públicas.

Algún israelita, verdaderamente rígido de moral o sólo hipócritamente, se aleja desdeñado.

y otros… anticipan el alfabeto de los sordomudos,

porque con gestos se entienden maravillosamente con las mundanas.

Jesús no sigue el camino recto que le llevaría al centro del campamento,

sino que baja al guijarral del río, se descalza y camina por donde el agua ya lame la hierba.

Los apóstoles lo siguen.

Los más ancianos, los más intransigentes, dicen con enfado:

–             ¡Y pensar que aquí el Bautista predicó penitencia!

–            ¡Ya! ¡Claro!

¡Este lugar ahora está más degradado que un pórtico de termas romanas!

–            ¡Y los que se llaman santos no se desdeñan de buscar aquí su pasatiempo!

–            ¿Ves también tú?

–            También tengo ojos en la cara.

¡Veo! ¡Veo!…

En la cola de la pequeña tropa, que lleva a la cabeza a Jesús,

entre Andrés, Juan, Judas y Santiago de Alfeo, van los más jóvenes o los menos severos,

o sea: Judas de Keriot, que ríe y mira muy atentamente lo que sucede en los grupos acampados

y no se desdeña de contemplar a las guapas descaradas que han venido en busca de clientes;

Tomás, que se ríe con ganas al ver las iras de las honestas;

los desdenes de los fariseos;

Mateo, que, habiendo sido un pecador,

no puede hablar severamente contra el vicio y los viciosos,

se limita a suspirar y a menear la cabeza.

Santiago de Zebedeo, que observa sin interés ni críticas, con indiferencia.

El rostro de Jesús está serio, marmóreo, como esculpido en una piedra.

Y se pone cada vez más serio cuanto más llegan a Él, desde lo alto del ribazo,

frases admiradoras,

o conversaciones desvergonzadas entre un hombre poco honesto y una mujer de placer.

Mira siempre hacia adelante, fijamente.

No quiere ver.

Y su intención es muy clara por todo su aspecto.

Pero un joven, muy ricamente vestido, que con otros de su edad está hablando con dos mujeres

mundanas, dice fuerte

a una de ellas:

–            ¡Vamos!

Que nos queremos reír un poco.

¡Ofrécete! ¡Consuélalo!

Está triste porque es pobre y no puede comprarse hembras.

A Jesús le afluye por un momento el color rojo a su cara de marfil,

que luego palidece de nuevo; pero no vuelve la mirada:

la alteración del color es la única señal de que ha oído.

La desvergonzada, toda ella un traqueteo de adornos entre un liviano ondear de vestidos,

con un grito zalamero, salta al guijarral desde la parte baja del ribazo

y encuentra la forma al hacerlo, de mostrar furtivamente muchas secretas bellezas.

Cae justo a los pies de Jesús.

Y toda ella un trino de risas en su bonita boca-

Y una invitación de ojos y de formas,

grita:

–            ¡Oh, el más hermoso de los nacidos de mujer!

¡Por un beso de tu boca, soy toda tuya gratis!

Juan, Andrés, Judas y Santiago de Alfeo se han quedado inmóviles de escandalizado estupor.

Y no saben hacer ningún gesto.

¡Pero Pedro!

Da un salto de pantera y desde su grupo, se abalanza sobre la malaventurada,

que está de rodillas medio echada para atrás;

la zarandea, la levanta, la arroja contra el ribazo con un epíteto tremendo

y arremete contra ella para darle el resto.

Jesús dice:

–            ¡Simón!

Un grito en que hay más que en un discurso.

Y Simón vuelve, rojo de ira, donde su Señor.

–            ¿Por qué no me dejas castigarla?

–             Simón, no se castiga un vestido manchado.

Se le lava.

Esa mujer tiene por vestido su carne manchada, y su alma está profanada.

Debemos orar para limpiarla en el alma y en la carne.

Y lo dice dulcemente, en voz baja, pero no tan baja que no lo pueda oír la mujer.

Y reanudando la marcha, vuelve – ahora sí que la vuelve – un instante,

la mirada de sus dulces ojosa la desventurada.

¡Una mirada, una sola!

¡Un instante, uno solo!

¡Pero hay en ella toda la potencia del misericordioso amor!

Y la mujer agacha la cabeza y sube el velo, se envuelve en él…

Jesús prosigue su camino.

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