456 FE y Sufrimiento


456 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.

Jesús, hacia la hora de la puesta del sol,

un ocaso de fuego que enrojece las casas blanquísimas de Engadí y da

visos de madreperla negra al Mar Muerto,

se encamina hacia la plaza principal.

Está con Él el joven que lo ha hospedado y que ahora lo guía por las vueltas

y revueltas de la ciudad, de arquitectura verdaderamente oriental.

Para defenderse del sol que es muy fuerte en estos lugares tan abiertos, situados cara a la

superficie densa del Mar Salado, del cual parece que en los meses de verano provienen masas de

aire abrasador;

en estos lugares tan aislados en medio del desierto yermo, sobre el que el sol incide despiadado y

pone el suelo incandescente, para defenderse del sol los habitantes de Engadí han construido

calles estrechas, que parecen aún más estrechas a causa de los canalones y los aleros de las casas,

que sobresalen mucho,

de forma que si se eleva la mirada se ve aparecer arriba

sólo una cintita de cielo de un azul violento,

Las casas son altas, casi todas de dos pisos, coronadas por una terraza hasta la que han trepado,

extendiéndose a pesar de la altura, las vides para dar sombra y deleite de racimos, que cumplida

su maduración bajo el sol soberano, entre la reverberación de las tapias y del suelo de la terraza –

son dulces como moscatel.

Y las vides se hacen la competencia unas a otras en refrescar a los hombres y a las enormes

bandadas  de pájaros que, desde el gorrión a la paloma, hacen sus nidos en Engadí,

con sus palmeras nacidas por todas partes y que agitan sus ramas; con sus árboles frutales de

magnífica opulencia, que se levantan en los patios, en los huertos comprendidos entre las casas,

y se asoman a las callejuelas.

Y rebosan, colgantes, por las tapias blancas, con sus ramas ya cargadas de fruta que madura bajo

el sol festivo y sobrepasan los abundantes arcos, que en ciertos lugares forman verdaderas

galerías, interrumpidas acá o allá por exigencias arquitectónicas.

Y se elevan hacia el cielo azul, un cielo tan uniforme, de un color tan pastoso, que da la impresión

de que, si fuera posible tocarlo, sería como tocar tupido terciopelo liso y suave, teñido por un

sabio artífice con tintura perfecta, más cargada de turquesa, menos cargada de zafiro,

bellísima e inolvidable.

Y agua…

¡Cuántos manantiales y fuentes gorgotean en los patios y jardines de las casas,

entre el verdor de mil plantas!

Pasando por las callejuelas aún desiertas,

porque los habitantes están trabajando o en sus casas y se oye su gorgoteo.

Y el caer de las gotas y el frufrú de las frondas, como notas de arpa,

arrebatadas por una arpista escondida.

Y aumentan su hechizo los arcos arquitectónicos y los continuos rincones de las calles,

recogiendo esas voces de aguas, amplificándolas, aumentando su número con los ecos,

haciendo de ellas todo un arpegiar de acordes.

Y palmeras, palmeras, palmeras.

Dondequiera que haya una placita, que puede ser no más grande que una habitación normal,

allí se ven lanzarse hacia el cielo sus esbeltos, altísimos tallos.

Y allá arriba apenas oscila la copa de hojas susurrantes, abrazadas en forma de pincel

en la cúspide del tallo;

mientras la sombra, que a mediodía cae perpendicular sobre las minúsculas plazas

cubriéndolas enteras,

ahora se refleja  caprichosamente en los muretes de las terrazas más altas.

Pero la ciudad está limpia respecto a las otras ciudades palestinas.

Quizás las casas tan pegadas unas a otras

o el hecho de que todas tengan patios y jardines cultivados, ha sido lo que ha contribuido a

enseñar a los habitantes a no arrojar basura a las calles, sino a reunirla, junto con las suciedades

animales, en estercoleros ya dispuestos para ello.Y así abonar los árboles y parterres…

O quizás es un caso muy raro de orden.

Las callecitas están limpias, secas por el sol.

Y no se encuentran esas poco graciosas exposiciones de desechos de verduras, sandalias rotas,

trapos sucios, excrementos y cosas semejantes,

que se ven en  la propia Jerusalén, en cuanto una calle es un poco periférica.

Pero está llegando el primer labriego.

Vuelve de su trabajo a lomos de un borrico gris.

Como defensa contra las moscas, el hombre ha puesto toda una gualdrapa de ramas de jazmín a

su borrico, que va trotando alegremente, meneando las orejas y los cascabeles en medio de la

ondeante y perfumada cubierta de ramas.

El hombre mira y saluda.

El joven dice:

–          Ven a la plaza grande, para oír al Rabí que está en mi casa»

También un rebaño de ovejas. Invade la calle, encanalándose en ella proveniente de una placita

allende la cual se ve la campiña como fondo.

Van encajonadas unas con otras, metiendo las pequeñas pezuñas en los mismos sitios que las otras;

todas con la cabeza agachada, como si fueran cabezas demasiado pesadas para el cuello delgado

en relación al cuerpo obeso;

trotando con su paso extraño y sus cuerpos regordetes que parecen fardos apoyados en cuatro estacas…

Jesús, Juan y Pedro, hacen lo mismo que el hombre que está con ellos y se pegan contra la pared

caliente de una casa para dejarlas pasar.

Un hombre y un pastorcillo siguen al rebaño.

Miran y saludan.

El joven dice:

–          Meted las ovejas en el aprisco y venid a la plaza grande con vuestros parientes.

Tenemos con nosotros al Rabí de Galilea.

Nos habla.

Y también la primera mujer que sale, rodeada de una nidada de hijos, para ir a algún lado.

El joven dice:

–         Ven con Juan y los hijos a oír al Rabí que llaman Mesías.

Las casas se van abriendo al caer de la tarde.

Y permiten ver fondos verdes de jardines, los serenos patios en que las palomas comen su última comida.

El joven introduce la cabeza en cada una de las puertas abiertas y grita:

–          ¡Venid a oír al Rabí, el Señor!

Finalmente aparecen en la única calle recta en esta ciudad, que no se ha construido como habría querido,

sino como han querido las palmeras o los robustos árboles de pistachos, sin duda centenarios.

Y respetados como a ciudadanos ilustres por los vecinos, que a ellos deben el no morir de  insolación.

Y se ve, en el fondo, una plaza en que hacen de columnas los troncos de numerosas palmas:

parece una de esas salas hipóstilas de templos y palacios antiquísimos,

hechas de un amplio espacio colmado de columnas,

colocadas a distancias constantes para formar una selva de piedra que sujete el techo.

Aquí las palmeras hacen de columnas.

Y siendo muchas y muy juntas, forman, con las hojas que se besan,

un techo de esmeralda para la blanca plaza;

en medio de la cual hay una alta y cuadrada fuente colmada de aguas cristalinas que brotan de

una columnita situada en el centro de la taza, que caen en pilas más bajas,

donde pueden beber los animales.

En este momento las palomas, domésticas, pacíficas, la han tomado al asalto y beben moviéndose

a ritmo de minué con sus patitas rosas en el borde más alto.

O se salpican las plumas, que brillan aumentando sus tornasoles

por las gotas de agua suspendidas un instante de las barbas de las plumas.

Por la tarde hay mucha gente.

También están los ocho apóstoles que habían ido a distintos sitios en busca de alojamiento.

Y cada uno ha juntado a sus fieles,

deseosos de oír a Aquel que han indicado como el Mesías prometido.

Los apóstoles, provenientes de todas las partes, acuden presurosos hacia el Maestro.

Y como las cometas, arrastran tras sí a los grupitos de sus conquistas.

Jesús levanta la mano para bendecir a los discípulos y a los de Engadí.

Judas Tadeo habla por todos:

–          Maestro y Señor:

Hemos hecho lo que nos dijiste

Éstos saben que hoy la Gracia de Dios está en medio de ellos.

Pero desean también la Palabra.

Muchos te conocen de oídas.

Algunos porque te han visto en Jerusalén.

Todos, especialmente las mujeres, querían verte.

Y el primero de todos el jefe de la sinagoga.

Aquí está.

Ven, Abraham.

El hombre, muy anciano (mucho), se acerca.

Está emocionado.

Querría hablar, pero con la emoción que tiene,

ya no encuentra ninguna palabra de las que se había preparado.

Se inclina para arrodillarse apoyándose en su bastón;

pero Jesús se lo impide y lo primero que hace es abrazarlo,

luego dice:

–            ¡Paz al anciano y justo siervo de Dios

Y el otro, cada vez más emocionado,

sólo sabe responder:

–          ¡Alabado sea Dios!

¡Mis ojos han visto al Prometido!

¿Qué más podría pedir a Dios?

Y levantando los brazos, con postura hierática, entona el salmo de David (el 40°):

«»Esperé ansiosamente al Señor y Él se inclinó hacia mí»».

Pero no lo dice entero.

Recita los puntos más adecuados al acontecimiento:

«»Escuchó mi grito y me sacó del abismo de la miseria y del fango del pantano…

Puso en mi boca un canto nuevo.

Dichoso el hombre que ha puesto su esperanza en el Señor.

Muchas cosas maravillosas has hecho, ¡Oh Señor Dios mío!

Ninguno es comparable a Ti en tus designios.

Quisiera enunciarlos, manifestarlos, mas su número excede toda cuenta.

No has querido sacrificio ni oblación, pero has abierto mis oídos..

(se emociona cada vez más).

Está escrito que debo hacer tu voluntad…

Tu ley está en el centro de mi corazón.

He anunciado tu justicia en la gran asamblea.

No, Tú sabes, Señor, que no he tenido mis labios cerrados.

No he escondido tu justicia dentro de mí,

he proclamado tu verdad y la salvación que de Ti viene…

Pero Tú, Señor, no alejes de mí tu compasión…

Desgracias sin fin…

(y ahora ya llora abiertamente.

Diciendo las palabras con voz aún más vieja y temblorosa a causa del llanto)

Me han envuelto…

Soy un mendigo, un necesitado, pero el Señor me cuida.

Tú eres mi auxilio, mi protector, ¡Oh Dios mío, no tardes!…».

-Éste es el salmo, mi Señor, y añado cosas mías:

Dime: «Ven» y te responderé lo que dice el salmo: «¡Sí, voy!»».

Y guarda silencio, llorando

con toda la fe concentrada en sus ojos nublados por los años.

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