457 Los Reyes Fugitivos


457 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y guarda silencio, llorando,

con toda la fe concentrada en sus ojos nublados por los años.

La gente explica

–            Se le ha muerto su hija y le ha dejado nietos de corta edad.

Su mujer se ha quedado ciega y alelada por las muchas penas.

Y de su único hijo varón no se sabe nada.

Desapareció, sin más, de la noche a la mañana…

Jesús pone la mano encima del hombro del anciano,

y le dice:

–          Los sufrimientos de los justos pasan veloces como las golondrinas,

respecto a la duración del premio eterno.

Pero devolveremos a tu Sara los ojos que tenía y la mente de sus veinte años,

para que dé consuelo a tu vejez.

Un lugareño dice:

–           Se llama Paloma…

Jesús responde:

–            Para él es su princesa.

Mas ahora escuchad la parábola que os propongo…

Ansioso el viejo arquisinagogo.,

pregunta:

–           ¿No vas a liberar antes de las tinieblas,

los ojos y la mente de mi mujer para que pueda también ella saborear la Sabiduría?

–           ¿Eres capaz de creer que Dios lo puede todo.?

¿Y que su poder va desde un mundo al otro?

–          ¡Sí, Señor!

Recuerdo un atardecer de hace muchos años.

Entonces yo era feliz.

Pero era creyente aun viviendo en la alegría.

¡Porque es así!

El hombre mientras es feliz puede a lo mejor olvidarse de Dios.

Yo creía en Dios incluso en aquel tiempo de alegría; cuando mi mujer era joven y estaba sana.

Y crecía mi Elisa ya novia, una jovencita bonita como una palmera.

Y Eliseo la igualaba en hermosura y la superaba en fuerza, como es natural en el hombre…

Yo había ido con el niño a las fuentes que están rayanas con las viñas de la dote de Paloma.

Había dejado a mi mujer y a mi hija en los telares, donde se tejía el ajuar nupcial…

Pero quizás te estoy aburriendo.

El mísero sueña la pasada alegría recordando… pero a los demás no les interesa…

–            ¡Habla, habla!

–           Había ido con el niño…

Las fuentes…

Si has venido por el camino de occidente, sabes dónde están…

Las fuentes estaban en el límite del lugar bendito y mirando se veía, en el fondo, el desierto,.

Y el camino blanquecino por las piedras romanas (entonces todavía bien visibles en las arenas de Judá)…

Después… se borró también aquella señal.

Al fin y al cabo, no importa que una señal se pierda en las arenas.

Lo que sí es una mala cosa es que se haya borrado la señal de Dios, enviada para señalarte,

en los espíritus de Israel. ¡En demasiados espíritus!

Mi hijo dijo: «¡Padre! ¡Mira!

Una gran caravana con caballos, camellos, pajes y señores en dirección a Engadí.

Quizás vienen a las fuentes antes de que anochezca…».

Levanté los ojos de los sarmientos que estaba trabajando, mis ojos cansados después de mucha

vendimia, y vi…

Sí, los hombres venían precisamente a las fuentes.

Y bajaron y me vieron.

Y preguntaron si podían acampar en ese lugar durante una noche.

«Engadí tiene casas hospitalarias y está cerca» respondí.

«No. Estamos alerta para estar preparados para huir, porque nos busca Herodes.

Los que estén de guardia desde aquí verán todos los caminos

y será fácil escaparnos de quien nos busca».

«¿Qué pecado habéis cometido?» pregunté asombrado.

Y ya dispuesto a indicarles las cavernas de nuestros montes,

como es nuestra sagrada costumbre hacia los perseguidos.

Añadí: «Sois extranjeros, y de lugares distintos…

No sé cómo habréis podido pecar contra Herodes…».

«Hemos adorado al Mesías que ha nacido en Belén de Judá.

Nos había guiado a Él la estrella del Señor.

Herodes lo busca.

Y por eso nos busca también a nosotros, para que le indiquemos dónde se encuentra.

Y lo busca para darle muerte.

Nosotros quizás muramos en los desiertos o a causa del camino largo y desconocido,

¡Pero no denunciaremos al Santo que ha bajado del Cielo!».

¡El Mesías!

¡El sueño de todo verdadero israelita!

¡Mi sueño! ¡Y estaba en el mundo!

¡Y en Belén de Judá, según lo predicho!…

Pedí, abrazando contra mi pecho a mi hijo, todas las noticias que pudieran darme…

Y decía: «¡Escucha, Eliseo!

¡Recuerda! ¡Tú lo verás sin duda!».

Yo tenía ya cincuenta años y no esperaba verlo…

Ni esperaba vivir tanto como para verlo ya adulto…

Eliseo… ya no lo puede adorar…

El anciano llora nuevamente.

Pero recobra ánimos.

Dice:

–           Los tres Sabios hablaron con paciente dulzura

y te describieron como eras en tu santidad niña.

Y a tu Madre, y a tu padre…

Habría transcurrido con ellos la noche…

Pero Eliseo se adormecía en mi pecho.

Saludé a los tres Sabios con la promesa de guardar silencio,

para no permitir posibles delaciones contra ellos.

Pero a Paloma, en la habitación nupcial, le conté todo…

Y esto fue el sol en las desventuras que habían de ocurrirnos después.

Luego se tuvo noticia de la matanza…

Y durante años no supe si te habías salvado.

Ahora lo sé.

Pero sólo yo, porque Elisa ha muerto,

Eliseo no está y Paloma no puede entender la feliz noticia…

Pero la fe en el poder de Dios, que ya era viva, se hizo perfecta desde aquel lejano atardecer

en que tres hombres, de distinta raza, testimoniaron la potencia de Dios con su unión,

por la voz de los astros y de las almas, en el camino de Dios, para adorar a su Verbo.

–         Y tu fe será premiada.

Ahora escuchad

¿Qué es la fe?

Semejante a una dura semilla de palma, algunas veces es minúscula,

formada por una breve frase: «Dios existe»,

nutrida con una sola aserción: «Yo lo he visto».

Como fue la de Abraham en Mí por las palabras de los tres Sabios de Oriente.

Como fue la de nuestro pueblo, desde los más lejanos patriarcas, transmitida de uno a otro,

desde Adán a los descendientes,

desde Adán, pecador, pero que fue creído cuando dijo:

«Dios existe y nosotros existimos porque Él nos ha  creado. Y yo lo he conocido».

Como fue – cada vez más revelada y por tanto cada vez más perfecta – la que vino después

y es para nosotros herencia, refulgente de manifestaciones divinas,

de apariciones angélicas, de luces del Espíritu.

En todo caso, minúsculas semillas respecto al Infinito.

Minúsculas semillas.

Pero, echando raíces, hendiendo la dura corteza de la animalidad con sus dudas y tendencias,

triunfando sobre las hierbas nocivas de las pasiones, de los pecados,

sobre el moho de los desalientos, sobre las carcomas de los vicios,

triunfando sobre todo, se levanta en los corazones, crece, se eleva impetuosa hacia el Sol,

hacia el cielo.

Y sube, sube… hasta que se libera de la restricción de la carne y se funde con Dios,

en su conocimiento perfecto, en su completa posesión, más allá de la vida y la muerte,

en la verdadera Vida.

Quien posee la Fe posee el camino de la Vida.

El que sabe creer no yerra.

Ve, reconoce, sirve al Señor y tiene la salvación eterna.

Para él es vital el Decálogo.

Y cada Mandamiento que contiene es una gema con la que adorna su futura corona.

Para él es salud la promesa del Redentor.

¿Ha muerto ya el creyente que creía antes de que Yo viniera a la Tierra?

No importa.

Su Fe lo equipara a aquellos que ahora se acercan a Mí con amor y Fe.

Los justos ya fallecidos exultarán pronto, porque su fe está para recibir el premio.

Yo iré, después de cumplir la voluntad de mi Padre y diré: «¡Venid!»,

Y todos los que murieron en la Fe subirán conmigo al Reino del Señor.

Imitad en la fe a las palmeras de vuestra tierra, nacidas de una pequeña semilla,

pero con este gran deseo de crecer.

Y de crecer tan derechas,

olvidadas del suelo y enamoradas del sol, de los astros, del cielo.

Tened fe en Mí.

Sabed creer lo que demasiados pocos en Israel creen.

Y Yo os prometo que poseeréis el Reino celeste, por el perdón del pecado de origen

y por la justa recompensa a todos los que practican mi doctrina,

que es la dulcísima perfección del perfecto Decálogo de Dios.

Voy a quedarme aquí con vosotros hoy y mañana, que es sábado sacro.

Y partiré al alba del día después del sábado.

¡El que esté afligido que venga a Mí!

¡El que dude que venga a Mí!

¡E1 que quiera la Vida venga a Mí!

Sin temor, porque Yo soy la Misericordia y el Amor.

Y Jesús hace un amplio gesto de bendición para despedir a los que lo están escuchando,

de forma que puedan ir a cenar y a descansar.

Y hace ademán de moverse,

cuando he aquí que una ancianita, hasta ahora ocultada por la esquina

de una callejuela, hiende la multitud que aún quiere estar con el Maestro.

Y entre el asombrado clamor de la misma muchedumbre,

va a arrodillarse a los pies de Jesús

gritando:

–           ¡Bendito seas!

¡Y el Altísimo que te ha enviado!

¡Y las entrañas que te engendraron, que son más que de mujer,

si han podido llevarte a Ti!

Un grito de hombre se funde con el suyo:

–           ¡Paloma!

¡Paloma! ¡Ves!

¡Comprendes!

¡Hablas con sabiduría reconociendo al Señor!

¡Oh! ¡Dios! ¡Dios de mis padres!

¡Dios de Abraham, Isaac y Jacob!

¡Dios de los profetas! ¡Dios de Juan, el Profeta!

¡Dios! ¡Dios mío! ¡Hijo del Padre! ¡Rey como el Padre!

¡Salvador en obediencia al Padre!

¡Dios como el Padre y Dios mío, Dios de tu siervo!

¡Bendito seas y amado, seguido, adorado eternamente!

Y el anciano jefe de la sinagoga cae de rodillas al lado de su ancianita.

Y abrazándola con el brazo izquierdo, apretándola contra su corazón, se inclina

y la mueve a inclinarse para besar los pies del Salvador,

mientras un clamor exultante de toda la gente hace vibrar los troncos, de tan intenso como es.

Y hace que se asusten las palomas,

las cuales, ya posadas en sus nidos,

ahora alzan de nuevo su vuelo

Y rolan por Engadí como para difundir por todos los rincones de la ciudad buena,

la nueva de que el Salvador está en ella.

El Señor es mi Luz y mi Salvación…

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