458 El Premio de la Fe


458 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

390 Curación del leproso Eliseo de Engadí

Deben haber adelantado la hora de salida, quizás por consejo de los propios habitantes de Engadí,

porque es totalmente de noche y la Luna, que se prepara al plenilunio, ilumina con vivísima luz la ciudad

Las callecitas son cintas de plata entre los cubos de las casas y las tapias de los jardines,

que parecen transformar la cal en mármol escultóreo…

Por el efecto del mágico rayo lunar.

Las palmeras y los otros árboles, envueltos en la fosforescencia de la luna,

adquieren un aspecto fantasmal.

Las fuentes, los regatillos de agua, son, respectivamente, pequeñas cascadas y collares de diamantes.

Y en las frondas los ruiseñores desgranan collares de notas de oro,

uniendo sus prodigios a las voces de las aguas que, en la noche,

parecen sonar cada vez más nítidas.

La ciudad duerme.

Pero algunas personas están con Jesús, que se marcha:

son los hombres de las casas que lo habían hospedado a Él y también a los apóstoles.

Algunos otros vecinos se han añadido.

El arquisinagogo camina al lado de Jesús.

¡No quiere renunciar a acompañarlo, ni siquiera cuando Jesús se lo ruega….

Antes de adentrarse en la abierta campiña!

Y marchan, en dirección al camino que conduce a Masada:

No el camino bajo, el que bordea el Mar Muerto y que lo catalogan como insalubre y peligroso por la noche,

sino el camino del interior, hendido en la ladera montana,

casi en las cimas de los collados que bordean el lago.

¡Es espléndido el oasis en la noche de luna!

Da la impresión de caminar por un país de ensueño.

Luego el oasis, el verdadero oasis, termina.

Y se hacen más raras las palmeras.

Entonces empieza el terreno de monte propiamente dicho,

con sus árboles agrestes, sus prados y sus laderas escindidas por cavernas,

como casi todos los montes palestinos.

Pero aquí las cavernas son más abundantes.

Y sus bocas extrañas:

unas longitudinales, otras planas, unas derechas, otras oblicuas,

unas redondas, a mitad de la ladera,

otras reducidas a una fisura,

presentan espantosos aspectos bajo el claro de luna.

Con tono autoritario, uno de Engadí, dice al arquisinagogo:

–           Abraham, el camino está más abajo.

¿Por qué subes de nuevo?

¡Alargas el camino y tomas un sendero impracticable! –

El ancianito responde:

–            Porque tengo que enseñarle al Mesías una cosa.

Y pedirle que sume una cosa más a los grandes favores que ya ha

hecho para nosotros.

Pero, si estáis cansados, volved a casa o esperadme aquí.

Iré yo solo.

Responde el viejo arquisinagogo, que va renqueando y jadeando,

por el sendero difícil y empinado.

–            ¡No! Vamos contigo.

Pero nos da pena tu fatiga.

Tu corazón trabaja demasiado…

–           No es el sendero… Es otra cosa.

Es una espada que me da vueltas dentro del corazón…

Es una esperanza que lo hincha.

Venid, hijos míos.

Y sabréis cuánto dolor

¡Cuánto dolor había en el corazón del que consolaba todos vuestros dolores!

Cuánta…

No desesperación, eso no, pero sí…

Aceptación de que no había que hacerse ya ilusiones de volver a ser feliz

había en el que siempre os decía que esperaseis en el Señor, que todo lo puede…

Os he enseñado a creer en el Mesías…

¿Os acordáis de la seguridad con que hablaba de Él,

cuando podía hacerlo ya sin perjudicarlo?

Vosotros decíais: «¡Pero la matanza de Herodes?».

¡Sí! ¡Era una espina muy grande en el corazón!

Pero me agarraba con todo mi ser a la esperanza…

Decía: «Si Dios a tres que no eran ni siquiera de Israel les mandó la estrella

para invitarlos a adorar al Niño Mesías.

Y los guió con ella a la casa pobre ignorada por los rabíes de Israel,

los príncipes de los sacerdotes y escribas;

Si con un sueño les advirtió que no volvieran donde Herodes,

para salvar al Niño,

¿No va a haber avisado, con más poder aún, a su padre y a su Madre,

de que huyan para poner a salvo la esperanza de Dios y del hombre?».

Y la fe en que se había salvado crecía, inútilmente acosada por la duda humana

y por las palabras de otros…

Y cuando… y cuando el mayor dolor de un padre se apoderó de mí…

cuando tuve que conducir a un sepulcro a un vivo… y decirle… y decirle…

«Estáte aquí mientras dure tu vida…

Y piensa que si el deseo de las caricias maternas

u otro motivo te impulsaran hacia las casas,

Yo tendría que maldecirte, tendría que ser el primero en golpearte

y relegarte al lugar donde ni siquiera ya mi desolado amor podría darte auxilio»,

cuando tuve que hacer esto…

Me aferré aún más a la fe en Dios, Salvador de su Salvador;.

Y también cuando tuve que decirme a mí mismo y a mi hijo… a mi hijo leproso…

¿Os dais cuenta?, leproso… decir…

«¡Inclinemos nuestra cabeza ante la voluntad del Señor y creamos en su Mesías!

Yo, Abraham y tú, Isaac, inmolado por 1a enfermedad, no por el fuego,

Ofrezcamos el dolor para obtener el milagro…».

Y cada mes, en cada neomenia…

Al venir aquí a escondidas, cargado de alimentos… de vestidos… de amor…

Que debía depositar lejos de mi hijo…

Porque tenía que volver donde vosotros… hijos míos…

Y donde mi esposa ciega, la esposa que había perdido la razón,

cegada y alelada por el tremendo dolor…

Volver a mi casa que ya no tenía hijos…

Que ya no tenía la paz de un recíproco consciente amor…

a mi sinagoga y hablaros de Dios… de sus grandezas…

De sus bellezas esparcidas por la Creación..

Y tenía ante mis ojos la figura corroída de mi hijo…

Y ni siquiera podía defenderlo cuando llegaban a mis oídos

murmuraciones contra él,

en que se decía que era un ingrato, un malhechor escapado de casa…

Y todos los meses, al hacer este peregrinaje de padre a la tumba de mi hijo vivo,

le decía, para sostener su corazón, le repetía:

«El Mesías está entre nosotros.

Vendrá. Te curará…».

El año pasado, en Pascua en Jerusalén, mientras te buscaba,

durante el breve tiempo que estaba lejos de mi mujer ciega, me dijeron:

«Es verdad que está entre nosotros.

Ayer ha estado aquí.

Incluso ha curado a unos leprosos.

Va por toda Palestina curando, consolando, adoctrinando».

¡Oh! ¡Regresé tan veloz, que parecía un joven yendo a su boda!

Ni siquiera me detuve en Engadí,

sino que vine aquí y llamé a mi niño, a mi hijo varón,

al fruto mío que se muere,

y le dije: «¡Vendrá!».

«Señor… Has beneficiado en todo a nuestra ciudad.

Te marchas sin dejar ni siquiera a uno enfermo…

Has bendecido incluso nuestras plantas y nuestros animales…

¿No vas a querer?…

Me has curado a mi mujer…

¿No vas a tener piedad del fruto de sus entrañas?…

¡Un hijo a la madre!

¡Devuelve un hijo a la madre,

Tú que eres el Hijo perfecto de la Madre de todas las gracias!

¡En nombre de tu Madre, ten piedad de mí, de nosotros!

Lloran todos junto con el anciano,

que ha hablado al mismo tiempo con fuerza y con angustia…

Y Jesús lo recibe entre sus brazos mientras él solloza,

y le dice:

–          ¡No llores más!

Vamos a donde tu Eliseo.

Tu fe, tu justicia, tu esperanza, merecen esto y más todavía.

¡No llores, padre!

Bien, no nos demoremos más en liberar del horror a una criatura.

Algunos dicen:

–         La Luna se oculta.

El sendero es difícil.

¿No podríamos esperar a la aurora?

Jesús ordena:

–          No.

Abundan en torno a nosotros los árboles de resina.

Coged unas ramas, encendedlas

Y vamos.

Suben todavía por un sendero estrecho y penoso;

parece el lecho desecado de alguna agua aluvial.

Las antorchas crepitan humosas y rojizas,

esparciendo un fuerte olor de resinas por el aire.

Una caverna, estrecha de abertura, casi escondida tras una frondosa espesura,

nacida a los lados de un manantial,

se muestra allende un estrecho rellano dividido en medio por una hendidura

en la que aquél vierte su agua.

El anciano en voz baja, señalando hacia la gruta,

dice:

–          Allí está Eliseo, desde hace años…

En espera de la muerte o de la gracia de Dios…

Jesús le dice:

–         Llama a tu hijo.

Consuélalo. Que no tenga miedo, sino fe.

Y Abraham llama fuerte:

–       ¡Eliseo!

¡Eliseo! ¡Hijo mío!

Y repite el grito temblando de miedo por el silencio que sólo le responde.

Algunos dicen:

–         ¿Habrá muerto?

–         ¡No!

¡Muerto ahora, no!

¡Al final de la tortura!

¡Sin ninguna alegría, no!

¡Oh, mi hijo! – gime el padre…

–         No llores.

Llama otra vez.

–       ¡Eliseo!

¡Eliseo! ¿Por qué no respondes al…?

La voz, primero lejana, se ha acercado.

–          ¡Padre!

¡Padre mío!

¿Cómo es que vienes fuera del tiempo normal?

¿Es que ha muerto mi madre y me lo vienes a…

Y un espectro separa las ramas que ocultan la abertura…

Un horrendo espectro, un esqueleto, semidesnudo, corroído…

El cual, al ver a tanta gente con antorchas y palos, quién sabe qué se imaginará…

Y retrocede…

gritando:

«Padre, ¿Por qué me has traicionado?

No he salido nunca de aquí…

¡¿Por qué me traes a mis apedreadores?!

La voz se aleja, mientras de la aparición no queda como recuerdo,

sino el ondear de las ramas.

Jesús insta:

–         ¡Confórtalo!

¡Dile que está aquí el Salvador!

Pero el hombre ya no tiene fuerzas…

Llora desolado…

Es Jesús el que habla, con voz poderosa

diciendo:

–        Hijo de Abraham y del Padre de los Cielos, escucha.

Se cumple lo que tu justo padre te profetizaba.

Aquí está el Salvador…

Y con Él tus amigos de Engadí y los apóstoles del Mesías,

que han venido a gozar de tu resurrección.

¡Ven sin miedo!

Acércate hasta la quebraja.

Yo también me acerco.

Te tocaré y quedarás limpio.

¡Ven sin miedo al Señor, que te ama!

Las ramas vuelven a separarse y el leproso mira adelante lleno de miedo.

Mira a Jesús, forma blanca que camina sobre la hierba del rellano

y que se detiene en el límite de la quebraja…

Mira a los otros…

Especialmente a su anciano padre, que como hechizado,

sigue a Jesús con los brazos extendidos y los ojos fijos en el rostro de su hijo leproso.

Se acerca, ya más tranquilo; cojea mucho, por las llagas de los pies…

Extiende los brazos con sus manos corroídas…

Se pone frente a Jesús…

Lo mira…

Y Jesús alarga sus bellísimas manos, elevando los ojos al cielo, recoge,

parece recoger en Sí, toda la luz de las infinitas estrellas,

E irradiar su esplendor purísimo sobre las carnes maculadas, pútridas, desprendidas,

que las antorchas, agitadas para que den más luz,

hacen aparecer aún más terribles a la luz roja de las ramas encendidas.

Jesús se inclina hacia la quebraja y toca con el extremo de sus dedos,

el extremo de los dedos leprosos,

y dice:
–         ¡Quiero!

Y lo dice con una sonrisa de belleza indescriptible.

Repite:

–          ¡Quiero! – otras dos veces.

Ora y manda con esa palabra…

Luego se separa, retrocede un paso, abre los brazos en cruz,

y dice:

–          Purifícate.

Y luego predica al Señor porque a Él perteneces.

Recuerda que Dios te ha amado para que fueras un buen israelita y un hijo bueno.

Ten una esposa e hijos.

Y edúcalos para el Señor.

Tu amarguísimo dolor ha quedado anulado.

¡Bendice a Dios y vive gozoso!

Luego se vuelve y dice:

–           ¡Vosotros, los de las antorchas!

Acercaos y ved lo que puede el Señor para los que lo merecen.

Baja los brazos…

Que, abiertos y cubiertos con el manto, obstaculizaban la visión del leproso…

Y se separa.

El primer grito es el del anciano, arrodillado detrás de Jesús:

–         ¡Hijo! ¡Hijo!

¡Hijo, como eras a tus veinte años!

¡Guapo como entonces!

¡Sano como entonces!

¡Hermoso, Oh, más hermoso que entonces!…

¡Oh, una tabla, una rama, algo para pasar adonde estás!

Y hace ademán de lanzarse.

Pero Jesús le retiene:

–         ¡No!

Tu alegría no te haga violar la Ley.

Antes debe purificarse.

¡Míralo! Bésalo con los ojos y el corazón.

Sé fuerte ahora como lo has sido durante tantos años.

Y sé feliz…

Efectivamente éste es un milagro completo.

No es sólo curación, sino restauración de lo que la enfermedad había destruido,

Y el hombre, de unos cuarenta años,

está intacto como si no hubiera tenido nunca nada;

sólo sigue muy delgado:

una delgadez que le da un aspecto ascético,

de una belleza no común y sobrenatural.

Y él agita los brazos, se arrodilla, bendice…

No sabe qué hacer para decirle a Jesús que le da las gracias.

En fin, ve unas flores entre la hierba, las arranca, las besa

y las arroja al otro lado de la grieta,

a los pies del Salvador.

–           ¡Vamos!

Vosotros de Engadí quedaos con vuestro arquisinagogo.

Nosotros proseguimos hacia Masada.

–          Pero no sabéis… No veis…

–         Sé, sé el camino. ¡Sé todo!

Y conozco los caminos de la Tierra y los de los corazones

por los que pasan Dios y el Enemigo de Dios.

Y veo quién acepta a éste o a Aquél.

¡Quedaos!

¡Quedaos con mi paz!

Además, pronto se hará de día y con ramas encendidas iluminaremos hasta el alba.

Abraham, ven a que te dé el beso de despedida.

El Señor esté siempre contigo, como lo ha estado hasta ahora.

Con los tuyos y con tu ciudad buena.

–           ¿No vas a volver a ella, Señor?

¿Para ver mi casa feliz?

–          No.

Mi camino está ya cercano a su meta.

Pero en el Cielo estarás conmigo, y los tuyos contigo.

Amadme y educad a los pequeños en la fe de Cristo…

Adiós a todos.

Paz y bendición a todos los presentes y a sus familias.

Paz a ti, Eliseo.

Sé perfecto por agradecimiento al Señor.

Venid vosotros, apóstoles míos…

Y se pone a la cabeza del pequeño cortejo, que lleva en alto ramas encendidas.

Caminando, tuerce tras un peñasco saledizo.

Y desaparece con su vestidura blanca;

luego desaparecen uno a uno, los apóstoles;

se aleja el rumor de sus pasos; …

Se desvanece la rojura de las ramas encendidas…

Se quedan en el rellano padre e hijo,

sentados en los márgenes de la grieta, en mutua contemplación…

Y, detrás, en grupo, con bisbiseos de admiración, los de Engadí…

Esperan al alba para volver al pueblo,

con la noticia de la prodigiosa curación.

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