461 La Obediencia


461 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

394 Parábola de las dos voluntades y despedida de los habitantes de Keriot.
Jesús habla en el interior de la sinagoga de Keriot,

que está increíblemente abarrotada de gente.

Está respondiendo a los que le consultan aparte pidiéndole consejos íntimos.

Luego, una vez que ha satisfecho a todos, empieza a hablar en voz alta. 

–             Gentes de Keriot, oíd mi parábola de despedida.

Le vamos a dar el nombre de: «Las dos voluntades».

Un padre perfecto tenía dos hijos, amados ambos con igual amor sabio.

Orientados los dos por caminos buenos.  

Ninguna diferencia en su modo de amar o de dirigir.

Y sin embargo había entre los dos hijos una sensible diferencia.

Uno, el primogénito, era humilde, obediente:

hacía la voluntad paterna sin discutir;

siempre jovial y contento de su trabajo.

El otro, aun siendo menor, frecuentemente se mostraba disgustado

y tenía controversias con su padre y con su propio yo.

Siempre meditaba – con meditación muy humana – acerca de las órdenes y consejos que recibía.

Y en vez de llevarlos a cabo como le eran propuestos;

se permitía el modificarlos en todo o en parte, como si quien lo mandaba fuera un necio.

El mayor le decía: 

«No te comportes así. ¡Das dolor a nuestro padre!».

Pero él respondía: «Eres un necio. Ya eres grande, desarrollado, además el primogénito y ya adulto…

yo no querría quedarme en el rango en que nuestro padre te ha puesto.

Yo querría hacer más. 

Imponerme a los subalternos.

Que comprendan que soy el amo.

Pareces un subalterno tú también, con tu perpetua mansedumbre.

¿No ves que en el fondo pasas desapercibido con toda tu primogenitura?

Alguno se burla de ti incluso…».

El segundogénito, tentado, más que tentado, discípulo de Satanás,

cuyas insinuaciones ponía atentamente en práctica, tentaba al primogénito.

Pero éste, que era fiel al Señor en el respeto de la Ley, se mantenía fiel también a su padre,

al cual honraba con su conducta perfecta.

Pasaron los años.

El segundogénito, molesto por no poder reinar como soñaba,

después de haber rogado al padre varias veces:

«Dame la facultad de actuar en tu nombre, por tu honor, en vez de

confirmársela a ese necio que es más manso que una oveja»

Después de haber tratado de mover a su hermano

a hacer más de lo que el padre hubiera  dispuesto,

para imponerse a los subalternos, a los conciudadanos y vecinos, se dijo a sí mismo:

«¡Basta! ¡Aquí está en juego también nuestra reputación!

Dado que ninguno quiere actuar, voy a actuar yo».

Y se puso a hacer cosas según su propio criterio, abandonándose a la soberbia,

a la mentira y desobedeciendo sin escrúpulos.

Su padre le decía:

«Hijo mío, quédate sujeto al primogénito.

Él sabe lo que hace».

Decía: «Me dicen que has hecho esto. ¿Es verdad?».

Y el hijo menor decía, encogiéndose de hombros, respectivamente,

a una y a otra de las cosas que su padre le decía:

«¡Ya… sabe, sabe!

Es demasiado tímido, titubea demasiado.

Pierde las ocasiones de triunfo»;

«no lo he hecho».

El padre decía:

«No busques ayudas de unos u otros.

¿Quién crees que podrá ayudarte mejor que nosotros a dar lustre a nuestro nombre?

Son falsos amigos, que te azuzan para luego reírse a tus espaldas».

Y el hijo menor respondía:

«¿Estás celoso de que sea yo el que tiene iniciativa?

Por lo demás, sé que estoy haciendo bien las cosas».

Pasó más tiempo.

El primero crecía cada vez más en justicia y el otro nutría cada vez más las malas pasiones.

Al final, el padre dijo: “¡Ya se ha terminado, ¡Eh?:

o te doblegas a lo que se ha dicho o pierdes mi amor!».

Y el rebelde fue a decírselo a sus falsos amigos. 

Y ellos le mal aconsejaron:

«¡Y te preocupas por esto! ¡No, hombre, no!

Hay una manera de poner al padre en la imposibilidad de preferir un hijo al otro.

Ponlo en nuestras manos y nosotros lo resolvemos.

Tú no tendrás culpa material y florecerán con nuevo vigor las riquezas,

porque, una vez quitado de en medio el demasiado bueno,

podrás darles gran esplendor.

¿No sabes que es mejor una acción fuerte, aunque produzca dolor,

que no la inercia, que produce daño a los bienes?» respondieron.

Y el segundogénito, ya saturado de malevolencia, prestó su adhesión al indigno complot.

Ahora decidme vosotros:

¿Se puede acusar al padre de haber dado dos sistemas de educación a los dos hijos?

¿Se le puede llamar cómplice? No.

¿Y cómo es que, mientras que un hijo es santo, el otro es malo?

¿Acaso el hombre recibe, con anterioridad, la voluntad en dos modos?

No. La voluntad es dada de una sola manera.

Pero el hombre, en su propio interés, la cambia

: el que es bueno hace buena su voluntad; el malo, mala.

Os exhorto a vosotros de Keriot

y esta exhortación a que sigáis caminos de sabiduría será la última,

a seguir únicamente la buena voluntad.

Casi al final de mi ministerio, os repito las palabras que fueron cantadas cuando nací:

«Paz hay para los hombres de buena voluntad».

¡Paz! O sea, éxito: 

Victoria en la Tierra y en el Cielo,

porque Dios está con quien tiene la buena voluntad de obedecerlo.

Dios no mira tanto a las obras altisonantes que el hombre hace por propia iniciativa,

cuanto a la humilde obediencia, diligente, fiel, a las obras que Él propone.

Os recuerdo dos episodios de la historia de Israel.

Dos demostraciones de que Dios no está, donde el hombre quiere

actuar por su propia cuenta, pisoteando la orden recibida.

Veamos los Macabeos.

Está escrito en ellos que, mientras Judas Macabeo con Jonatán iba a combatir a Galaad,…

Y Simón iba a liberar a los otros de Galilea…

Les había sido ordenado a José de Zacarías y a Azarías, jefes del pueblo,

que permanecieran en Judea para defenderla.

Y Judas les dijo: «Cuidad de este puebl

y no entabléis batalla con las naciones hasta nuestro regreso».

Pero José y Azarías, oyendo las grandes victorias de los Macabeos,

quisieron actuar también.

Y dijeron: «Vamos a hacer célebre también nuestro nombre

y vamos a combatir contra las naciones de los alrededores».

Y fueron vencidos y castigados.

Y «grande fue la huida del pueblo,

porque no habían hecho caso a Judas y a sus hermanos,

creyendo que obraban como héroes».

La soberbia y la desobediencia.

¿Y qué se lee en los Reyes?

Se lee que Saúl fue corregido una vez y luego otra…

Y la segunda fue corregido tan fuertemente, por haber desobedecido,

que se eligió en su lugar a David.

¡Por haber desobedecido! ¡Recordad!

¡Recordad! «¿Acaso quiere el Señor holocaustos o víctimas

y no más bien que se obedezca la voz del Señor?

La obediencia vale más que los sacrificios

el hacer caso, más que ofrecer la grasa de los carneros;

porque la rebelión es como un reato de magia,

el no querer someterse es como un delito de idolatría.

Pues bien, como has rechazado la palabra del Señor,

el Señor te ha rechazado a ti para no dejarte seguir siendo rey».

¡Recordad!

¡Recordad! Cuando Samuel, obediente,

llenó su cuerno de aceite y fue a ver a Jesé Betlemita,

porque allí el Señor se había procurado otro rey,

habiendo entrado Jesé con sus hijos al banquete, después del sacrificio,

le fueron presentados a Samuel estos hijos.

Primero Eliab, hermoso de cara, edad y estatura.

Pero el Señor dijo a Samuel:

«No te fijes en  su cara ni en su gran estatura,

porque Yo lo he descartado.

No juzgo según los criterios humanos.

Porque el hombre mira las cosas que ven sus ojos, pero el Señor ve el corazón».

Y Samuel no quiso tomar como rey a Eliab.

Le fue presentado a Abinadab, pero Samuel dijo:

«El Señor no ha elegido tampoco a éste».

Y Jesé le presentó a Sammá.

Pero Samuel dijo: «Tampoco éste es el elegido del Señor».

Y así fue con los siete hijos de Jesé presentes en el banquete.

Pero Samuel dijo: «¿Todos tus hijos están aquí?».

«No» respondió Jesé.

«Queda uno, todavía niño, que está apacentando las ovejas.”

«Dile que venga,

porque no nos sentaremos a la mesa hasta cuando él haya llegado.”

Y vino David, rubio y hermoso, un niño.

Y el Señor dijo: «Úngelo. Es él el rey».

Porque, sabedlo siempre, Dios elige a quien quiere…

Y depone a quien, habiendo degradado su voluntad

con soberbia y desobediencia, desmerece.

No volveré a vuestra ciudad.

El Maestro está para cumplir su ministerio.

Después será más que Maestro.

Preparad vuestro corazón para aquella hora;

porque habéis de tener presente que, de la misma forma que mi nacimiento

fue salud para los que tuvieron buena voluntad,

así mi elevación significará salud para los que me hayan seguido

como Maestro en mi doctrina con buena voluntad.

Y para los que en ella me sigan después, incluso después de mi elevación.

¡Adiós, hombres, mujeres, niños de keriot!

¡Adiós! ¡Mirémonos bien a los ojos!

Hagamos que los corazones, el mío y los vuestros,

se fundan en un abrazo de amor y de despedida.

Y que el amor permanezca siempre vivo, incluso cuando Yo ya no esté,

no vuelva a estar nunca más, entre vosotros…

Aquí, la primera vez que vine, un justo expiró en el beso de su  Salvador,

en una visión de gloria…

Aquí, esta vez, la última que vengo,

os bendigo con el amor…¡Adiós!…

Que el Señor os dé fe, esperanza y caridad en medida perfecta.

Os dé amor, amor, amor.

Por El, por Mí, por los buenos, por los desdichados, por los culpables,

por los que llevan el peso de una culpa no propia… 

Acordaos. Sed buenos.

No seáis injustos.

Recordad que Yo he perdonado siempre no sólo a los culpables,

sino que he envuelto de amor a todo Israel.

Todo Israel, que está compuesto de buenos y no buenos,

de la misma forma que en una familia están los buenos y los no buenos.

Y sería una injusticia decir que toda una familia es mala,

porque lo fuera uno de sus miembros.

Yo me marcho…

Si todavía alguno de vosotros tiene que hablar conmigo,

que venga esta noche a la casa de labranza de María de Simón. 

Jesús levanta la mano y bendice.

Luego sale raudo por la puertecita secundaria, seguido de los suyos.

La gente susurra:

–          ¡No vuelve!

–          ¿Qué ha querido decir?

–          En la despedida tenía lágrimas…

–           ¿Habéis oído?

¡Ha hablado de su elevación!

–           ¡Entonces verdaderamente tiene razón Judas!

Está claro que después como rey, ya no estará entre nosotros como ahora…

–           Pero yo he hablado con sus hermanos.

Dicen que no será rey como nosotros pensamos,

sino Rey de redención como dicen los profetas.

O sea, que será el Mesías.

–          ¡Sí, claro, el Rey Mesías!

–         ¡Que no, hombre! El Rey Redentor. El varón de dolores.

–         Sí.

–         No…

Jesús entretanto, camina ligero hacia los campos.

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