464 Dios y Hombre…


464 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

396 En Yuttá, con los niños. La mano de Jesús obradora de curaciones.

La niña, no teniendo otra cosa, se agacha, hace un ramito de flores y se lo da a Jesús.

El Maestro es maestro también con estos pequeñuelos.

Y habla de las flores a los más grandes…

Mientras sigue teniendo en brazos al más pequeño.

«De las flores:

«hechas tan bonitas por el Padre celestial,

desde las más grandes a las más pequeñas;

las flores, que son a los ojos de Dios bonitas,

como los niños cuando son buenos.

Y para ser buenos hay que ser como las flores,

que no hacen el mal a nadie,

sino que al contrario, dan perfume y alegría a todos…

y hacen siempre la voluntad del Señor

naciendo donde Él quiere, floreciendo cuando Él quiere,

dejándose arrancar si le place a Él.

Habla de las palomas «tan fieles a su nido y tan limpias,

que no se posan nunca encima de las cosas feas.

Que recuerdan siempre su casa y amadas por Dios;

porque son fieles y puras.

También los hijos de Dios deben ser así: como tortolitas… 

Que aman la casa del Señor y en ella hacen su nido de amor.

Y que, para ser dignos de ella, saben conservarse puros».

Habla de los corderitos:

«tan mansos, tan pacientes, tan resignados;

que dan lana, leche, carne y se dejan inmolar para bien nuestro,

dándonos un gran ejemplo de amor y mansedumbre;

los corderitos son tan amados de Dios,

que Dios llamará «Cordero» a su Hijo.

El buen Dios ama como a hijos predilectos,

a aquellos que saben conservar su alma de cordero hasta la muerte».

Mientras Jesús habla…

Otros niños entran en el recinto y se arremolinan a su alrededor.

Y no sólo niños…

También hay adultos escuchando.

Llegan otras mamás;

que ofrecen a los más pequeños y a algunos que están enfermos,

a Jesús para que los acaricie, los suba un momento a sus piernas.

Los más grandecitos se las arreglan solos.

Pronto Jesús está rodeado de una nidada de niños.

Tiene niños delante, a los lados, detrás, entre las piernas.

No puede moverse.

Pero ríe en medio de esta barrera agitada…

Y también un poco reñidora… Porque…

Todos querrían el primer puesto… 

y los amitos de casa no tienen intención de cederlo,

cosa que da la manera a Jesús de ser maestro una vez más:

–            No hay que ser egoístas ni siquiera en el bien.

Sé que me queréis, y me alegro por ello. Yo también os quiero,

pero os querré más si ahora dejáis a los otros venir a Mí.

Un poco para cada uno. Como buenos hermanos.

Sois todos hermanos e iguales ante los ojos de Dios y ante los ojos míos.

Todos iguales.

Es más, los que son obedientes y amorosos

para con sus compañeros son los más amados por Mí y por Dios.

El enjambre, para mostrar que…

es obediente y amoroso, se aleja de golpe.

Son todos buenos (¡). Jesús ríe.

Pero luego vuelve otra vez el enjambre inocente;

vuelve a despecho de las mamás,

que no querrían tanta extralimitación impertinente.

Y a despecho sobre todo, de los discípulos.

Judas Iscariote es el más intransigente…

Juan el menos… 

(se ha sentado en la hierba y ríe él también, rodeado de niños).

Pero Judas pone ojos amenazadores y gruñe.

También Pedro se queja.

Pero los niños, apiñados en torno a Jesús, no hacen caso.

Miran desafiantes a los rezongadores y sólo el respeto a Jesús los…

contiene de hacer alguna mueca contra los dos.

Se sienten protegidos por Jesús…

que ha abierto los brazos y ha arrimado hacia Sí;

a la mayor cantidad de niños que ha podido:

un ramo de flores vivas.

Hay algunos niños que enseñan a Jesús unos juguetes… rotos.

Y Jesús, con un trocito de rama… 

pone de nuevo el eje a las ruedas de un carrito.

Y arregla (con una cuerdita y el refuerzo de un palo)…

la pierna a un caballito de madera que le enseña un niño morenito.

Hay unos pastorcitos que dejado un momento el rebaño en el camino

– ya cae la tarde -, se acercan a Jesús, que los acaricia y bendice.


Y Jesús, que no quiere que el patrón regañe a su pequeño amigo,

detiene la sangre de la corderita y la devuelve.

Entra una mamá y se abre paso.

Lleva en brazos a un niño céreo, enfermo.

Está muy enfermo.

Totalmente sin fuerzas sobre el pecho de su madre.

Jesús, que ya ha tocado a otros niños enfermizos

que le habían presentado las madres,

abre los brazos y toma en sus piernas al casi muerto.

La madre implora llorando.

Jesús la escucha y la mira.

Luego mira a la pobre criaturita flaca y pálida.

La acaricia y la besa.

La acuna un poco porque llora.

El niño o niña, no se distingue lo que es,

porque tiene el pelo largo hasta las orejas.

Abre los ojos y mira a Jesús con una triste sonrisa.

Jesús le habla en voz baja, susurrando al oído infantil. 

El enfermito sonríe otra vez.

Jesús se lo devuelve a su mamá, que está llorando.

Y la mira fijamente con sus ojos dominadores,

diciendo:

–          Mujer, ten fe.

Mañana por la mañana, tu niño jugará junto con éstos.

Ve en paz.

Y traza una señal de bendición en la carita de cera.

Aquí tengo la impresión de acercarme a mi Jesús

y decirle:

–         Maestro,

¿Qué hay en tu mano que todo se arregla,

se cura o cambia de aspecto, cuando la tocas?

Una pregunta muy tonta, verdaderamente.

Pero a ella mi Jesús responde con divina bondad,

diciéndome:

–          Nada, hija.

Aparte del fluido de mi inmenso amor.

Mira mi mano, obsérvala….

Y me ofrece la derecha.

La tomo con veneración, con la punta de los dedos…

por la punta de los dedos.

No me atrevo a más, mientras el corazón me late muy fuerte.

No he tocado nunca a Jesús.

El me ha tocado, pero yo no me había atrevido nunca.

Ahora lo toco.

Siento el leve calor de sus dedos.

Siento su epidermis lisa, las uñas muy largas,

(no salientes, sino largas de forma, en la última falange).

Veo los largos dedos delgados, la palma marcadamente cóncava;

noto que el metacarpo es mucho más corto que los dedos;

observo, en donde empieza la muñeca, el recamo de las venas.

Jesús me deja su mano benignamente.

Ahora se ha puesto de pie y yo estoy de rodillas.

Por eso no veo su cara, pero siento que sonríe… 

porque su voz porta la sonrisa:

–          Como puedes ver, alma amada, no hay nada.

Mis años de trabajo, me han proporcionado la habilidad de arreglar

los juguetes de los niños.

Y uso esta habilidad mía, porque sirve también para atraer hacia Mí,

a las criaturas que prefiero: los niños.

Mi HUMANIDAD, que se acuerda de haber sido obrera, obra en esto.

Mi DIVINIDAD, obra en esto otro de curar a los niños enfermos,

de la misma forma que curo los juguetes enfermos y los corderitos.

No tengo nada aparte de mi amor y mi poder de Dios.

Y no lo derramo sobre nadie con tanta alegría…

como sobre estos inocentes,

que os doy como modelo para entrar en el reino de los Cielos.

En su compañía, Yo descanso.

Son sencillos y francos.

Y Yo, que soy el Traicionado y siento horror de quien traiciona,

hallo paz junto a estos que no saben traicionar.

Y Yo, que seré Aquel de quien tantos desconfiarán…

hallo alegría junto a estos que no saben desconfiar.

Y Yo, que seré abandonado por quienes, con reflexión de adulto…   

piensen en ponerse a salvo en horas de borrasca,

hallo consuelo junto a estos que creen en Mí sin pensar,

si su fe puede acarrearles un bien o un mal;

creen porque me aman.

Sé tú también una niña.

Como una de éstas y tuyo será el reino de los Cielos,

que se abre con el empuje impaciente de Jesús,

que arde en deseos de tener a su lado a aquellos a quienes,

más ha amado porque lo han amado más.

Puedes ir en paz ahora.

Te acaricio como a uno de estos pequeñuelos para hacerte feliz.

Ve en paz.  

Estas reflexiones de el alma-víctima y corredentora,

que fue Maria Valtorta,

Jesús quiere que las incluya para las almas que todavía no usan los carismas,

y en fe también se sientan consolado@s…

cuando atraviesen circunstancias similares…

Dice María Valtorta: 

La visión ha venido mientras, con el sinsabor de una respuesta desconsiderada,

– que no es la primera de hoy – lloraba desconsolada.

Desolada, llena de nostalgia y sinsabor por las cosas que constato…

del corazón de otros…

«Soy Hija de Dios, CRUCIFICADA EN SU AMOR. Y guerrera del Dios Altísimo, para ARREBATARLE LAS ALMAS A SATANÁS...

La visión me ha tranquilizado desde que empezó.

Y luego me ha dado alegría. 

Cuando después he podido experimentar… 

 la alegría de sentir los dedos de Jesús,

he sentido la dulzura del éxtasis sobrepujando todas las amarguras.

Miro mi mano, que escribe y conserva la sensación,

de haber tocado la mano de Jesús…

Y me parece santa como una cosa que ha tocado una reliquia.

¡Bendito sea mi Jesús!

28. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
29. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; = y hallaréis descanso para vuestras almas. =
30. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

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