467 El Rey de reyes…


467 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

398a Los delirios de Judas Iscariote.

Jesús empieza a hablar

–         ¡Hijos de Dios, pueblo de Hebrón, escuchad!

Para que no os sintáis turbados ni caigáis en un error de juicio acerca de vuestro Salvador,   

como caísteis respecto a la pecadora, vengo a confirmaros y a fortaleceros en la fe.

Vengo a daros el viático de mi palabra;

para que permanezca luminosa en vosotros en la hora de las tinieblas,

y Satanás no os haga perder el camino del Cielo.

Pronto llegarán horas en que vuestros corazones dirán con gemido las palabras del salmo de Asaf, cantor profético…

Y diréis: «¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre?

¿Por qué tu furor se enciende contra las ovejas que pastoreas?»

Y verdaderamente podréis, en ese momento, levantar, cual derecho de protección,

La redención cumplida, y gritar:

«¡Éste es tu pueblo, Tú lo has redimido!»

para invocar protección contra los enemigos, que habrán llevado a cabo toda suerte de males

en el verdadero Santuario donde Dios está como en el Cielo, en el Cristo del Señor.

Y habiendo primero abatido al Santo, tratarán de abatir después los muros de aquél, sus fieles.

Verdaderos profanadores y perseguidores de Dios, más que Nabucodonosor y Antíoco,

más que los que habrán de venir;

levantan ya sus manos para abatirme en su soberbia sin límites,

que no quiere ser convertida, que no quiere tener fe, caridad, justicia

y que, como levadura en un montón de harina, crece y rebosa del Santuario,

transformado en ciudadela de los enemigos de Dios.

¡Hijos, escuchad!

Cuando os persigan por haberme amado, fortaleced vuestro corazón

pensando que antes que vosotros Yo fui el Perseguido.

Recordad que ya tienen en su garganta el ululato de sus gritos de triunfo,

y ya preparan sus banderas para que ondeen al viento en una hora de victoria,

y en cada una de esas banderas habrá una mentira contra Mí,

que pareceré el Vencido, el Malhechor, el Maldito.

¿Meneáis la cabeza?

¿No creéis?

Vuestro amor os es obstáculo para creer…

Gran cosa es el amor… gran fuerza… y gran peligro.

Sí, peligro.

El choque de la realidad en la hora de las tinieblas será de una violencia sobrehumana

en aquellos corazones a los que el amor, no ordenado todavía en perfección, hace ciegos.

No podéis creer que Yo, el Rey, el Poderoso,

pueda ser entregado al capricho de los que no son nada.

No lo podréis creer sobre todo entonces, y surgirá la duda:

«¿Era realmente El?

Si lo era, ¿Cómo ha podido ser derrotado?».

¡Reforzad el corazón para esa hora!

Sabed que, si «en un momento» los enemigos del Santo han cercenado las puertas,

han derruido todo; y han incendiado con fuego de odio el Santo de Dios,

si han abatido y derruido el Tabernáculo del Nombre santísimo, diciendo en su corazón:

«Hagamos cesar sobre la faz de la Tierra todas las fiestas de Dios»

(Porque es fiesta tener a Dios entre vosotros), diciendo:

«No vuelvan a verse sus enseñas, no vuelva a haber ningún profeta que nos conozca por lo que somos»

pronto, más pronto todavía, Aquel que hizo sólido el mar

y aplastó en las aguas las impuras cabezas de los cocodrilos sagrados

y de sus adoradores,

Aquel que hizo brotar fuentes y torrentes y secar ríos perennes,

Aquel de quien son el día y la noche, el verano y la primavera, la vida y la muerte, TODO,

hará resucitar, como está escrito, a su Cristo, y será Rey.

Rey para toda la eternidad.

Y los que se hayan mantenido firmes en la fe reinarán con Él en el Cielo.

Recordad esto.

Y, cuando me veáis elevado y escarnecido, no vaciléis;

y cuando seáis elevados y escarnecidos, no vaciléis.

¡Oh, Padre! ¡Padre mío!

¡Te ruego en nombre de éstos, amados por Ti y por Mí!

¡Escucha a tu Verbo, escucha al Propiciador!

No abandones en manos de las bestias a las almas de los que amándome, te glorifican,

no olvides para siempre a las almas de tus pequeñuelos; considera, Oh Dios  bueno, tu pacto,

porque los lugares oscuros de la Tierra son cubiles de iniquidad

de donde sale el terror para asustar a tus pequeñuelos.

¡Padre! ¡Oh, Padre mío!

¡No se marche confundido el humilde que espera en ti!

¡El pobre y el necesitado glorifiquen tu Nombre por la ayuda que de ti recibirán!

¡Manifiéstate, Oh Dios!

Te ruego por esa hora, por esas horas.

¡Manifiéstate, Oh Dios!

¡Por el sacrificio de Juan y la santidad de tus patriarcas y profetas!

¡Por mi sacrificio, Padre, defiende a este rebaño tuyo y mío!

¡Dale luz en las tinieblas, fe y fortaleza contra los seductores!

¡Date Tú mismo a ellos, Padre!

¡Danos a Nosotros mismos a ellos, ahora, mañana y siempre, hasta la entrada en tu Reino!

Nosotros en su corazón hasta la hora en que donde Nosotros estemos estén ellos también,

por los siglos de los siglos.

Y así sea.

Y Jesús, en ausencia de milagros que cumplir,

pasa por entre las filas de la gente, casi extática.

Y bendice, uno a uno, a los que lo escuchaban.

Y reanuda el camino, bajo el sol ya alto

pero soportable por los frondosos árboles y el aire montano. 

Detrás, en grupo, van hablando los apóstoles.

Hablan sin parar diciendo… 

Bartolomé:

–          ¡Qué palabras!

¡Son estremecedoras! 

Andrés suspira:

–         ¡Pero qué tristes son!

¡Provocan llanto! 

Judas exclama:

–          ¡Hombre, es su despedida!

Tengo razón yo.

Se está encaminando directamente al trono…

Pedro observa:

–         Trono?  ¡Mmm!

¡Me parece que hablan de persecuciones y no de honores! 

–         ¿Pero qué dices, hombre?

¡El tiempo de las persecuciones se ha terminado

¡Ah, soy feliz! – grita Judas de Keriot

Juan:  

–         ¡Suerte la tuya!

Yo querría estar todavía en los días en que no nos conocían, hace dos años…

O en Agua Especiosa…

Estoy angustiado por los días futuros… .

–          Porque eres un corazón de cervatillo…

¡Pero yo! Veo ya en el futuro…

¡Cortejos!… ¡Cantores!… ¡Pueblo postrado!…

¡Honores de otras naciones!…

¡Oh, es la hora!

Verdaderamente vendrán los camellos de Madián y las turbas de todas partes…

Y no serán los tres pobres Magos…

sino una multitud…

Israel grande como Roma… Más que Roma…

Superadas las glorias de los Macabeos, de Salomón…

Todas las glorias…

Él, el Rey de los reyes… y nosotros sus amigos…

¡Oh, Dios Altísimo,

¿Quién me dará fuerza para esa hora?!…

¡Si viviera mi padre todavía!…

Judas está exaltado.

Resplandece evocando el futuro que sueña vivir…

Jesús está muy adelante.

Pero se detiene el futuro rey según Judas y sediento,

con el cuenco de las dos manos toma agua de un arroyo y bebe…

Como un pajarillo de bosque o un cordero que pace

luego se vuelve y dice:

–          Aquí hay frutos silvestres.

Vamos a recoger algunos para nuestra hambre…

Simón Zelote, pregunta:

–       ¿Tienes hambre, Maestro? 

Jesús confiesa humildemente:

–        Sí…

Pedro exclama:

–        ¡Hombre claro!

¡Ayer noche has dado todo a aquel pobrecillo!

Felipe pregunta: .

–         ¿Pero y por qué no has querido detenerte en Hebrón? 

–          Porque Dios me llama a otra parte.

Vosotros no sabéis.

Los apóstoles se encogen de hombros…

Y se ponen a recoger los pequeños frutos, todavía acerbos,

de árboles silvestres esparcidos por las prominencias montanas.

Parecen pequeñas manzanas silvestres.

Y el Rey de los reyes se nutre de ellas, junto con sus compañeros,

que ponen caras de disgusto por la aspereza del fruto silvestre y acerbo.

Jesús, absorto, come y sonríe.

Pedro exclama:

–        Me das casi rabia! 

–        ¿Por qué?

–         Porque podías estar bien y hacer felices a los de Hebrón.

Y sin embargo, te estropeas el estómago y los dientes

con este veneno más amargo y ácido que la cañarroya.

–         ¡Os tengo a vosotros, que me queréis!

Cuando sea elevado y tenga sed y hambre, pensaré con añoranza en esta hora,

en este alimento, en vosotros, que ahora estáis conmigo y que entonces…

Judas lo interrumpe:

–         ¡Pero Tú en esa hora no tendrás ni sed ni hambre!

¡Un rey tiene de todo!

¡Y nosotros estaremos todavía más cerca de ti! 

—       Lo dices tú.

Bartolomé pregunta:

–          ¿Y crees que no será así, Maestro? 

–           No, Bartolomé.

Te vi debajo de la higuera, sus frutos eran tan acerbos que a quien los

hubiera agarrado se le habrían abrasado la lengua y la garganta…

Y, sin embargo, los frutos acerbos de la higuera o de estos árboles son,

respecto a lo que será para Mí mi elevación,

más dulces que un panal de miel…

Vamos…

E inicia de nuevo la marcha, delante de todos,

meditabundo, mientras los Doce detrás, bisbisean, bisbisean.

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