472 Los Detalles Divinos


472 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

403 Una lucha y victoria espiritual de Simón de Jonás

Jesús desciende por los caminos escarpados hacia el fértil valle,

dejando a tus espaldas el castillo de Béter, aún luminoso en este día que ya muere,

allá arriba, en lo alto de su collado florido… 

Dejando allá arriba el amor de las discípulas, de los niños, de los humildes

y bajando hacia los caminos que van a Jerusalén, hacia el mundo, hacia abajo…

Y no son más oscuros que las cimas sólo porque sean «valle» y por tanto, el sol, la luz,

desde hace un rato se han ido.

sino porque abajo, en el mundo, está la emboscada, el odio…

Mucho mal hay esperando al Señor…

Jesús va delante de todos:

Una forma blanca y silenciosa que incluso descendiendo por los senderos incómodos y abruptos,

El Rey de Reyes puede caminar igual sobre los Cuatro Elementos: Ël los creó....

tomados para acortar el recorrido, camina majestuosa.

En la bajada, la larga túnica, el amplio manto, rozan el suelo de la pendiente

y Jesús parece ya envuelto en regio manto que forma cola tras sus pasos.

Detrás de Él, menos majestuosos, pero igualmente silenciosos, los apóstoles…

El último es Judas, un poco distanciado, feo con su sombría rabia.

Alguna vez los más simples – Andrés, Tomás – se vuelven a mirarlo…

Y Andrés incluso le dice:

–         « ¿Por qué estás tan solo y tan atrás?

¿Te sientes mal?»

Lo cual provoca un áspero:

–          « ¡Preocúpate de ti!»

Que sorprende a Andrés, mucho má…  

considerando que la frase va acompañada de un epíteto vulgar.

Pedro es el segundo de la fila de los apóstoles, detrás de Santiago de Alfeo, que sigue

inmediatamente al Maestro

Pedro oye, en medio del gran silencio de la noche en los montes.

Y como impulsado por un resorte, se vuelve.

Está ya para volver hacia atrás impulsivamente, para ir donde Judas…

Pero se queda clavado con sus dos pies.

Piensa un momento, corre donde Jesús.

Le agarra un brazo bruscamente y lo menea inquieto,

diciendo:

–          Maestro, ¿Me aseguras que es exactamente como me has dicho la otra noche?

¿Qué sacrificios y oraciones no quedan nunca frustrados, aunque parezca que no sirvan?…

Jesús manso, triste, pálido, mira a su Simón,

que suda por el esfuerzo de no reaccionar inmediatamente al insulto.

Que está lívido, que incluso tiembla, que quizás le hace daño por lo rudamente que le tiene tomado por el brazo…

Y con una sonrisa de triste paz,

Jesús responde:

–          No quedan nunca sin premio.

Puedes estar seguro de ello.

Pedro lo deja, y ya no regresa a su sitio.

Sino que va a la pendiente del monte, se mete entre los árboles y se desahoga rompiendo arbustos

y árboles jóvenes con una violencia que estaba dirigida a otro lugar… 

Y que se descarga ahí, en los troncos.

Varios le preguntan: 

–         ¿Pero qué haces?

–          ¿Estás loco?

Pedro no responde.

Rompe, rompe, rompe.

Se deja pasar por toda la fila de los apóstoles, por Judas…

Y sigue rompiendo.

Parece como si trabajara a destajo, de tanta velocidad como imprime.

A sus pies hay un haz que sería suficiente para asar un ternero.

Se lo carga con dificultad y se pone a dar alcance a sus compañeros.

Es incomprensible cómo lo logra, tan obstaculizado como está por el manto, el peso, la alforja,

el sendero incómodo…

Pero camina muy curvado, como bajo un yugo…

Y Judas se ríe al verlo venir,

y dice:

–         ¡Pareces un esclavo!

Pedro tuerce con dificultad la cabeza desde debajo de su yugo y está para decir algo…

Pero calla….   

Aprieta los dientes y sigue adelante.

Andrés le dice: 

–           ¿Te ayudo, hermano? 

–           No.

Santiago de Zebedeo, 

observa: 

–            Pero para un cordero es demasiada leña 

Pedro no responde.

Prosigue así.

Debe estar que no puede más, pero no cede.

Por fin, cerca de una gruta que está casi al final de la bajada,

Jesús se detiene y con Él todos.  

El afligido Maestro dice:

–          Nos detendremos aquí.

Reanudaremos la marcha con las primeras luces.

Preparad la cena.

Entonces Pedro arroja al suelo su carga y se sienta encima,

sin explicar a nadie el motivo de ese gran esfuerzo suyo.

Hay leña por todas partes.

Pero, cuando unos van a un sitio y otros a otro, para tomar agua de beber,

para limpiar el suelo de la gruta o para lavar el cordero que será asado…

Y Pedro se queda sólo con su Maestro;

entonces Jesús de pie, pone la mano en la cabeza entrecana de su Simón,

y acaricia esa cabeza honesta…

Entonces Pedro aferra esa mano y la besa.

La mantiene contra su cara, vuelve a besarla y la acaricia..

Una gota desciende a la mano blanca, una gota que no es sudor del rudo y honesto apóstol,

sino que es su llanto silencioso de amor y aflicción,

de victoria después del esfuerzo.

Jesús se inclina, lo besa,

y le dice:

–           ¡Gracias, Simón!

Pedro la verdad, no es un hombre guapo;

pero sucede que cuando echa hacia atrás la cabeza para mirar a su Jesús, que lo ha besado…

Y le ha dado las gracias porque ha comprendido;

sólo Él ha comprendido.

Entonces la veneración y la alegría lo hacen verse guapo…

Cuando todos se reúnen para disfrutar la cena, todo transcurre con la normalidad de siempre.

Y luego se retiran al lugar que han acondicionado para descansar…

Al amanecer del día siguiente…

Jesús sale de la gruta y mira…

Luego se lava en el torrente, se asea, se viste de nuevo, echa una ojeada dentro de la gruta…

No llama…

Sube al monte y va a orar encima de un pico que sobresale,

ya tan elevado que concede un vasto radio de visibilidad sobre el oriente todo róseo de la aurora.

Y sobre el occidente aún penetrado de añil.

Ora… ora ardientemente, de rodillas, apoyados los codos en la tierra, casi postrado…

Y ora así hasta que desde abajo suben las voces de los Doce, que se han despertado.

Y lo llaman.

Jesús se levanta.

Responde:

–           ¡Voy!

Y el eco del angosto valle repite varias veces el eco de la voz perfecta.

El valle parece propagar a la llanura, que se vislumbra al oeste,

la promesa del Señor: «Voy», para que exulte anticipadamente.

Jesús se encamina con un suspiro…

Y una frase que compendian su larga oración,

y la explican:

–          Y Tú, Padre, confórtame…

Baja a buen paso y al llegar abajo,

con una sonrisa dulcísima a sus apóstoles y con las palabras habituales,

saluda diciendo:

–          La paz sea con vosotros en este nuevo día.

Todos los apóstoles responden:  

–          También a ti, Maestro.

Todos. ‘

También Judas que, no sé sabe si es porque el silencio mantenido por Jesús, que no le ha reprendido.

Y que lo trata como a los demás, lo ha tranquilizado…. 

O si es porque durante la noche ha meditado un plan en favor propio, está menos torvo y menos apartado.

Es más, es precisamente él el que por todos,

hace la pregunta:

–           ¿Vamos a Jerusalén?

Y agrega señalando: 

Si vamos, hay que recorrer un poco de camino hacia atrás y tomar aquel puente;

al otro lado hay un camino que va recto a Jerusalén.

Jesús responde: 

–            No.

Vamos a Emaús de la llanura.

-¿Pero por qué?

¿Y Pentecostés

–          Hay tiempo.

Quiero ir a ver a Nicodemo y a José, por las llanuras hacia el mar…

–          ¿Pero para qué?

–          Porque no he estado todavía allí y ese pueblo me espera…

Y porque así lo han deseado los buenos discípulos.

Tendremos tiempo para todo.

–           ¿Te dijo eso Juana?

¿Para eso te llamó?

–           No había necesidad de ello.

Me lo dijeron directamente a Mí en los días de la Pascua.

Y Yo cumplo.

–           Yo no iría…

Quizás estarán ya en Jerusalén…

La fiesta está cercana…

Y además…

Podrías encontrar enemigos, y…

–            En todas partes encuentro enemigos.

Y los tengo siempre cerca…

Jesús lanza una mirada que es una saeta al apóstol de su dolor…

Judas no dice nada más.

¡Demasiado peligroso es seguir adentrándose!

Lo percibe y calla.

Vuelven Juan y Andrés con unas frutas de pequeño tamaño,

que parecen de la familia de la frambuesa.

O fresas grandes, pero son más oscuras, casi como moras no maduras;

se las ofrecen al Maestro,

diciendo:

–        Te gustan

Las vimos ayer al anochecer y hemos subido a tomarlas para Ti.

Cómelas, Maestro.

Son buenas.

Jesús acaricia a los dos buenos y jóvenes apóstoles,

que le ofrecen sus frutos en una ancha hoja lavada en el torrente.

Y que más que los frutos, le ofrecen su amor;

escoge las frutitas mejores y da un poco de ellas a todos, que las comen con el pan.

Andrés dice disculpándose: 

–           Hemos buscado leche para Ti.

Pero todavía no hay ningún pastor…  

–            No importa.

Vamos a ponernos en marcha para estar en Emaús antes del calor intenso.

Y van caminando…

Llos que tienen más apetito siguen comiendo, mientras avanzan por el fresco valle,

que se va haciendo cada vez más ancho y termina por desembocar en una fértil llanura,

en que ya bulle el trabajo de los segadores.

Bartolomé observa: 

–            No sabía que Nicodemo tuviera casas en Emaús. 

Jesús explica:    

–            No en, sino después de Emaús.

Tierras que ha heredado de parientes… 

Tadeo exclama: 

–           ¡Qué bonita campiña! 

Efectivamente, es un mar de espigas de oro,

en que están intercalados huertos de ensueño

y viñas que ya prometen una gloria de racimos.

Estando bien regada por los cercanos montes que vierten en ella innumerables torrentes

en los meses más necesitados de irrigación.

Y ciertamente dotada de venas de agua subterránea,

que lo convierten es un verdadero edén agrícola. 

Pedro dice:

–            ¡Mmm! Está más bonita que el año pasado.

Al menos hay agua y fruta…

Zelote responde: 

–             La de Sarón está más bonita incluso. 

–           ¿Pero no es ya ésta?

–           No.

Viene después de ésta.

Pero en ésta ya se presiente la Llanura de Sarón…

Los dos apóstoles se ponen a hablar entre sí, alejándose un poco.

Señalando la bonita campiña, Santiago de Zebedeo

pregunta: 

–           ¿Esto es de fariseos, no? 

Recordando los bienes paternos de Judea, de los cuales fueron expulsados,

perdiendo mucho bienestar… 

Tadeo le responde: 

–           De judíos, sin duda.

Han escogido los mejores lugares usurpándoselos, con mil maniobras, 

a los primeros propietarios. 

Judas dice con sarcasmo:

–           Si han sido escogidos, es porque vosotros galileos, sois menos santos, inferiores…

Santiago de Alfeo, previniendo la respuesta punzante de su fogoso hermano.

Y señalando al Señor, que está hablando con Mateo y Felipe.

Responde con serenidad:

–           Te ruego que recuerdes que Alfeo y José eran de la estirpe de David.

Tanto que el edicto les hizo ir a apuntarse a Belén de Judá.

Y Él nació allí por esto.  

Bondadoso y justo,

Tomás, agrega.

–          ¡Ah! ¡Bueno!

Yo lo que pienso es que buenos y malos hay en todas partes.

En nuestras compraventas hemos tenido contacto con personas de todas las razas.

Y os aseguro que en todas he encontrado honestos y deshonestos.

Además…

¿Por qué enorgullecerse de ser judíos?

¿Acaso lo hemos querido nosotros?

Pedro dice: 

–          ¡Mmm!

¡Sí tenía yo mucho conocimiento, cuando estaba en el seno de mi madre;

de lo que era ser judío o galileo!

Estaba allí… y estaba conforme.

Luego, cuando nací, estuve entre  pañales, muy calentito;

sin preguntarme si el aire que respiraba era judío o galileo…

Lo único que conocía era el pezón materno…

Y como yo, todos nosotros.

Ahora, ¿Por qué tomarse tan a pecho el que uno haya nacido más arriba y el otro más abajo?

¿No somos igualmente de Israel? 

Juan responde: 

–         Tienes razón, Tomás.   

«Y además ahora somos de una única estirpe, la de Jesús».

Dulce y firme, Santiago de Alfeo, 

concluye diciendo: 

–          Sí, el cual y creo que así lo quiso el Altísimo,

para enseñarnos que las divisiones atentan contra el amor al prójimo y que ha sido enviado a

recoger a todos como la amorosa clueca de que hablan los libros santos…

Es de estirpe judía, pero fue concebido en Galilea y ha vivido allí, después de nacer en Belén.

Como si quisiera decirnos, con la voz de los hechos, que es el Redentor de todo Israel,

del septentrión al mediodía.

Por el simple hecho de que le llamen «el Galileo» ya no se debería sentir desprecio por los galileos. 

Jesús, que parecía distraído hablando, unos metros más adelante, con Mateo y Felipe,

se vuelve y dice:

–           Bien has hablado, Santiago de Alfeo.

Comprendes la Verdad, las verdades y la justicia de cada acto de Dios.

Porque Dios, recordad esto todos y siempre

no hace nunca nada sin una finalidad.

Como tampoco deja sin premio nada de lo que hacen los que tienen recto corazón.

¡Bienaventurados los que saben ver las razones de Dios en las cosas que suceden,

incluso en las más insignificantes.

¡Y las respuestas de Dios a los sacrificios de los hombres!

Pedro se vuelve y hace ademán de hablar.

Luego cierra de nuevo la boca y se limita a sonreír a su Maestro,

que ahora, siendo el lugar por donde van una ancha vía de primer orden entre campos de oro,

se une al grupo de sus apóstoles.

Prosiguen hacia Emaús, que está ya cercana:

Una aglomeración de un blanco cegador en medio del oro de los cereales maduros

y el verde de los óptimos huertos.

 

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