475 La Batalla Espiritual


475 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

405 Discurso a la entrada de Emaús de la llanura. 

Se acercan los hombres y las otras mujeres

El jefe de la familia dice

–            Entra y repón fuerzas.

Y perdona si no te hemos hecho amo de nuestra casa nada más verte…

–            No tengo que perdonar nada.

He estado aquí, y he estado bien.

Tu respeto me da todo honor.

Teníamos comida y tu pozo es fresco, mullido el heno:

más de lo que necesita el Hijo del hombre; no soy un sátrapa sirio.

Jesús, seguido por los suyos, entra en la vasta cocina para comer,

mientras en el corral los hombres preparan sitio para los que ya están llegando,

procedentes de todos los lugares para oír al Maestro;

otros se apresuran a preparar bebidas, comida y a despellejar un corderito

para dárselo a los evangelizadores como viático.

Las mujeres traen huevos y mantequilla.

Esto provoca las protestas de Pedro que con razón, dice que no puede llevar en las alforjas

ese alimento tan fácil de derretirse con esos calores.

Pero para algo están los jarros…

Y ellas colman uno de mantequilla, lo cierran y lo meten en el pozo

para que esté más frío que nunca.

Jesús manifiesta su agradecimiento.

Quisiera limitar estos presentes.

¡Pero ya, ya!..

Palabras desperdiciadas: otros dones vienen de todas partes

y cada uno se excusa de dar poco…

Pedro susurra:

–           Se ve que aquí han estado los pastores.

Terreno bonificado… Terreno bueno.

El corral está lleno de gente,

imperturbable, a pesar de que todavía no haya refrescado el día

y aún roce el corral el último rayo de sol.

Jesús empieza a hablar:

–          ¡La paz sea con todos vosotros!

No voy a repetir,

aquí que veo que ya es conocida la doctrina del Maestro de Israel

por obra de los discípulos buenos, lo que vosotros ya sabéis.

Dejo a los discípulos buenos la gloria de haberos instruido

y la misión de seguir haciéndolo siempre,

hasta daros la perfecta seguridad de que Yo soy el Prometido por Dios

y que mi Palabra es propia de Dios.

Una mujer grita:

–         ¡Y tus milagros son propios de Dios, bendito!

Desde el centro de la aglomeración de gente.

Y muchos se vuelven a mirar en esa dirección.

La mujer levanta en los brazos a un niño lozano y sonriente,

mientras grita:

–       «Maestro, es el pequeño Juan, el que curaste en Agua Especiosa.

El niñito de las caderas rotas, que ningún médico podía curar.

Que yo te llevé con fe y Tú lo curaste, teniéndolo sentado en tus piernas».

–        Me acuerdo, mujer.

Tu fe merecía el milagro.

–        Ha aumentado, Maestro.

Toda mi parentela cree en Ti.

Y empujando al niño:

Ve, hijo, a dar las gracias al Salvador.

Dejadlo que vaya donde Él… – ruega la mujer.

La multitud se abre y deja pasar al niño, que va raudo hacia Jesús

tendiendo hacia adelante los brazos para poder abrazarlo,

lo cual sucede en medio de las aclamaciones.

Y comentarios de la gente de la ciudad o de los forasteros;

porque los de los campos ya conocen el hecho y no muestran estupor.

Jesús reanuda su discurso teniendo de la mano al niño.

–        Y aquí veis confirmada por una madre agradecida, mi Naturaleza

Y confirmado el poder que ejerce la fe en el corazón de Dios,

que no defrauda jamás las confiadas y justas peticiones de sus hijos.

Os invito a recordar a Judas Macabeo,

cuando se asomó a esta llanura,

para estudiar el formidable campamento de Gorgias,

que contaba con cinco mil infantes y mil caballeros, adiestrados a la batalla,

bien protegidos con corazas, armas y torres de guerra.

Judas miraba con sus tres mil infantes sin escudo ni espada,

Y sentía insinuarse el temor en el corazón de sus soldados.

Entonces habló, respaldado por su derecho, aprobado por Dios

por estar orientado no a abusos,

sino a la defensa de la Patria invadida y profanada.

Y dijo:

«No os asuste su número, no tengáis miedo de su ataque.

Recordad cómo nuestros padres fueron salvados en el Mar Rojo,

cuando el Faraón los seguía con un gran ejército».

Y, reanimada la fe en la potencia de Dios, que está siempre con los justos,

enseñó a los suyos los medios para obtener ayuda.

Dijo:

“Alcemos, pues, la voz al Cielo y el Señor tendrá piedad de nosotros,

recordándose de la alianza que hizo con nuestros padres.

hoy destruirá delante de nosotros a este ejército,

y todas las gentes sabrán que hay un Salvador que libera a Israel».

(I Macabeos 4, 1-25. (versículos 6-11 y 14-25).

Bien.

Yo os señalo dos puntos capitales para tener a Dios con nosotros,

como ayuda en las empresas justas.

La primera cosa: para tenerlo como aliado:

tener el corazón justo que tenían nuestros padres.

Recordad la santidad, la prontitud de los patriarcas en obedecer al Señor,

tanto si la cosa solicitada era de poco valor,

como si era de valor sumo

Recordad con qué fidelidad permanecieron fieles al Señor.

Mucho nos quejamos en Israel de no tener ya al Señor con nosotros,

mientras que en el pasado era benigno.

¿Pero sigue teniendo Israel el corazón de sus padres?

¿Quién rompió y rompe continuamente la alianza con el Padre?

Segunda cosa capital para tener a Dios con nosotros:

la humildad.

Judas Macabeo era un gran israelita y un gran soldado.

Pero no dice:

«Yo hoy destruiré a este ejército y las gentes sabrán que soy el salvador de Israel».

No.

Dice:

«Y el Señor destruirá a este ejército delante de nosotros

que somos incapaces de hacerlo porque somos débiles».

Porque Dios es Padre y tiene cuidado de sus pequeñuelos.-

para que no mueran, manda a sus poderosas formaciones

para combatir a los enemigos de sus hijos con armas sobrehumanas.

Cuando Dios está con nosotros,

¿Quién podrá vencernos?

Decid siempre esto ahora y en un futuro,

cuando pretendan derrotaros,

y no ya en una cosa relativa como es una batalla nacional,

sino en una cosa mucho más vasta en el tiempo y en las consecuencias,

como es en el caso de vuestra alma.

No dejéis que se apoderen de vosotros el temor ni 1a soberbia

Ambos son dañinos.

Dios estará con vosotros si sois perseguidos a causa de mi Nombre,

y os dará fuerza en las persecuciones

Dios estará con vosotros si sois humildes,

si reconocéis que vosotros, por vosotros mismos,

no sois capaces de nada,

pero que todo lo podéis si estáis unidos al Padre.

Judas no se pavonea ornándose con el título de Salvador de Israel,

sino que da ese título al Dios eterno.

Efectivamente, vanos son los afanes de los hombres, si Dios no acompaña sus esfuerzos.

Mientras que sin afanarse vence quien confía en el Señor,

que sabe cuándo es justo premiar con victorias

y cuándo es justo castigar con derrotas

Necio el hombre que quiere juzgara Dios, aconsejarle o criticarle.

¿Os imagináis a una hormiga.

que observando la obra de un cortador de mármol, dijera:

«No sabes hacerlo.

Yo lo haría mejor y antes que tú»?

La misma imagen de sí, da el hombre que quiere ser maestro de Dios.

Y a la imagen ridícula añade la de un ser ingrato y arrogante

que se ha olvidado de lo que es: criatura.

Y de lo que es Dios: Creador.

Ahora bien, si Dios ha creado un ser tan bien creado que puede creerse

capaz de dar consejos al mismo Dios,

¿Cuál será la perfección del Autor de todas las criaturas?

Debería bastar este pensamiento para mantener baja la soberbia,

para destruir este malo y satánico árbol,

este parásito que, una vez que se insinúa en un intelecto, lo invade;

y suplanta, ahoga, mata todo árbol bueno,

toda virtud que hace grande al hombre en la Tierra,

verdaderamente grande, no por censo ni por coronas,

sino por justicia y sabiduría sobrenaturales.

bienaventurado en el Cielo para toda la eternidad.
Observemos otro consejo que nos dan el gran Judas Macabeo

y los acontecimientos de ese día en esta llanura.

Habiéndose encendido la batalla, las tropas de Judas,

con las cuales estaba Dios,

vencieron y desbarataron a los enemigos,

a una parte poniéndolos en fuga.

hasta Jéceron, Azoto, Idumea y Yamnia, dice la historia,

a otra parte traspasándolos con la espada y dejando muertos en los campos a más de tres mil.

Pero Judas dice a sus soldados ebrios de victoria:

«No os detengáis a recoger botín, porque la guerra no ha terminado

y Gorgias con su ejército está en la montaña cerca de nosotros.

Tenemos que seguir combatiendo contra nuestros enemigos

y vencerlos completamente;

después, tranquilamente, recogeremos el botín».

Y así hicieron

Obtuvieron segura victoria, rico botín y liberación.

Y al regreso, cantaban bendiciones a Dios porque

«es bueno, porque su misericordia es eterna».

También el hombre, todo hombre, es como los campos

que están alrededor de la ciudad santa de los judíos.

Rodeado de enemigos externos e internos, todos crueles,

todos anhelosos de presentar batalla a la ciudad santa del individuo humano

-su espíritu -,

y presentarla además al improviso, para tomarla por sorpresa

con mil astucias, y destruirla.

Las pasiones, cultivadas e incitadas por Satanás,

y no vigiladas por el hombre con toda su voluntad para tenerlas sujetas,

peligrosas si no logra domarlas,

pero inocuas si están vigiladas como un ladrón encadenado,

y el mundo, que desde fuera conjura con ellas con sus seducciones

de carnalidad, de riquezas, de orgullo,

bien asemejan a los poderosos ejércitos de Gorgias,

revestidos de coraza, dotados de torres de guerra, de arqueros buenos

flechadores, de caballeros veloces,

siempre preparados para empezar el ataque a las órdenes del Mal.

¿Pero qué puede el Mal si Dios está con el hombre que quiere ser justo?

El hombre sufrirá, será herido, pero salvará su libertad y su vida.

Conocerá la victoria después de la buena batalla, que no se produce sólo una vez,

sino que se  renueva siempre mientras dura la vida,

o hasta que el hombre se despoja tanto de su humanidad

y se convierte en espíritu más que carne,

espíritu fundido con Dios,

que las flechas, los ataques,

los fuegos de guerra no pueden ya dañarlo en lo profundo

y caen, tras haberlo agredido superficialmente,

como puede hacer una gota en la superficie de un duro y resplandeciente jaspe.

No os detengáis a recoger botín,

no os distraigáis hasta llegar a la puerta de la vida,

no de esta vida de la Tierra, sino de la verdadera Vida de los Cielos.

Entonces, victoriosos, recoged vuestro botín y entrad,

adentraos, gloriosos, hasta la presencia del Rey de los reyes,

y decid:

«He vencido.

Aquí está mi botín.

Lo he recogido con tu ayuda y con mi buena voluntad,

te bendigo, Señor, porque eres bueno y tu misericordia es eterna».

Esto se refiere a la vida en general, para todos

Pero para vosotros que en mí creéis, se esconde,al acecho, otra batalla.

Más batallas.

Las batallas contra la duda, contra las palabras que os dirán, contra las persecuciones.

Dentro de poco seré elevado al lugar para el que he venido del Cielo.

Este lugar os va a producir miedo, os va a parecer un mentís contra mis palabras.

No. Mirad el hecho con ojo espiritual,

y veréis que lo que va a suceder será la confirmación de lo que Soy realmente:

no el pobre rey de un pobre reino, sino el Rey anunciado por los profetas,

a los pies de cuyo trono único, inmortal, vendrán, como ríos al océano,

todas las gentes de la Tierra.

Y dirán: «Te adoramos, oh Rey de los reyes y Juez eterno,

porque por tu santo Sacrificio has redimido al mundo».

Resistid a la duda. Yo no miento.

Yo soy Aquel de quien hablan los profetas.

Como la madre de Juan hace un rato, alzad el recuerdo de lo que os he hecho,

y decid: «Estas obras son propias de Dios.

Nos las ha dejado como recuerdo, como confirmación, como ayuda para creer,

y creer además en esta hora precisamente».

Luchad y venceréis contra la duda que sofoca la respiración de las almas.

Luchad contra las palabras que os van a decir.

Recordad a los profetas y mis obras.

A las palabras enemigas responded con los profetas y con los milagros que me habéis visto hacer.

No tengáis miedo.

Y no seáis ingratos por miedo, callando lo que Yo he hecho para vosotros.

Luchad contra las persecuciones;

mas no luchéis persiguiendo a quien os persiga,

sino ofreciendo el heroísmo de vuestra confesión a quien pretenda

persuadiros, con amenazas de muerte, a que reneguéis de Mí.

Luchad siempre contra los enemigos.

Todos.

Contra vuestra humanidad, vuestros miedos, los compromisos
indignos,

los pactos interesados, las presiones, las amenazas, las torturas, la muerte.
¡La muerte

No soy el jefe de un pueblo que dice a su pueblo:

«Sufre por mí mientras yo gozo». No.

Yo soy el primero en sufrir, para daros ejemplo.

No soy un caudillo de ejércitos que dice a los ejércitos:

«Combatid para defenderme.

Morid para darme la vida». No

Yo soy el primero que combate.

Seré el primero en morir, para enseñaros a morir.

De la misma forma que siempre he hecho lo que he dicho que se haga,

y predicando la pobreza he sido pobre;

la continencia, casto; la templanza, temperante; la justicia, justo;

el perdón, he perdonado, y perdonaré… y,

de la misma forma que he hecho todo esto, haré también la última cosa

Os voy a enseñar cómo se redime.

Os lo voy a enseñar no con palabras, sino con los hechos.

Os voy a enseñar a obedecer

obedeciendo a la más dura de las obediencias, la de mi muerte…

Os voy a enseñar a perdonar,

perdonando en medio de los últimos tormentos,

como perdoné en la paja de mi cuna, a la Humanidad que me había arrancado de los Cielos.

Perdonaré como he perdonado siempre. A todos.

Por cuenta mía, a todos.

A los pequeños enemigos, a los neutrales, indiferentes, volubles,

y a los grandes enemigos, que no sólo me causan el dolor de ser

apáticos ante mi poder y mi deseo de salvarlos,

sino que me dan, y darán, el inmenso dolor de ser los deicidas.

Perdonaré.

Y, puesto que a los deicidas impenitentes no podré darles absolución,

seguiré orando, con mis últimos tormentos, al Padre por ellos…

Para que los perdone…

«PADRE PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN…»

Pues estarán ebrios de un satánico licor…

Perdonaré…

Y vosotros perdonad en mi Nombre. Y amad.

Amad como amo Yo, como os amo y os amaré, eternamente. Adiós.

Cae la tarde.

Vamos a orar juntos.

Luego que cada una vuelva a su casa con la palabra del Señor en su corazón

y en vuestros corazones haga espiga ya granada para vuestras hambres futuras,

cuando deseéis oír todavía al Amigo, al Maestro, al Salvador vuestro,

y sólo lanzando el espíritu a los Cielos

podáis encontrar a Aquel que os ha amado más que a sí Mismo.

Padre nuestro que estás en el Cielo..

Y Jesús, con los brazos abiertos, alta y cándida cruz contra el fondo del

oscuro muro de la fachada septentrional, dice lentamente el Pater…

Luego bendice con la bendición mosaica.

Besa a los niños. Los bendice una vez más.

Se despide y va hacia el norte,

bordeando los muros de Emaús sin entrar en la ciudad.

Los tonos violáceos del crepúsculo,

absorben lentamente la dulce figura del Maestro

que va cada vez más hacia su destino…

En el corral semi-oscuro hay un silencio de paz dolorosa…

Casi de espera.

Luego el llanta del pequeño Miguel,

un llanto semejante al de un corderito que se encuentra solo,

rompe el hechizo.

Y muchos ojos se humedecen de lágrimas y muchos labios repiten las

inocentes palabras del pequeño:

–           ¡Oh! ¿Por qué te has marchado?

¡Vuelve! ¡Vuelve!…

¡Hazle volver, Señor!

Y una vez que Jesús desaparece del todo, el desolado reconocimiento del hecho cumplido

« ¡Ya no está Jesús!»,

Que inútilmente trata de aliviar la madre del pequeño Miguel;

el cual llora como si hubiera perdido más que a la madre.

Y desde los brazos de ella,

tiene ojos solamente para el punto donde ha desaparecido Jesús.

Extiende los brazos,

y llama:

–         ¡Jesús! ¡Jesús!

Jesús espera a estar bastante lejos.

Luego dice:

–         Vamos a ir a Joppe.

Los discípulos han trabajado mucho en esa ciudad,

que ahora espera la palabra del Señor.

No hay mucho entusiasmo por este plan, que alarga más el camino,

pero Simón Zelote puntualiza que desde Joppe,

hasta las propiedades de Nicodemo y José se llega pronto.

Y por buenos camino

Juan está contento de ir hacia el mar…

Y los otros, movidos por estas consideraciones,

terminan por ir con más voluntad, por el camino que se dirige al mar

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