478 El Cristianismo


478 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

406 En Joppe. Diálogo sobre el alma con algunos Gentiles.

Después que regresan a la casa y son recibidos por Pedro..

Judas coge al vuelo esta buena ocasión para terminar de recobrarse…

Y para desviar las sospechas de los demás, si es que las hubiera…

Diciendo

–           ¡Ah! ¿Sabes, Maestro?

Hoy nos ha parado un grupo de gentiles mezclados con judíos de las colonias romanas de Grecia.

Querían saber muchas cosas.

Hemos respondido como hemos podido.

Pero está claro que no los hemos convencido.

De todas formas, han sido buenos y nos han dado mucha moneda.

Aquí está, Maestro. 

Vamos a poder hacer mucho bien.

Y Judas pone en la mesa una gruesa bolsa de blanda piel,

la cual, golpeando contra aquélla, suena con sonido de plata.

Es gruesa como una cabeza de niño.  

Jesús dice:

–          De acuerdo, Judas.

Distribuirás el dinero con equidad. 

¿Qué querían saber esos gentiles?

–       Cosas sobre la vida futura..

Si el hombre tiene alma y si es inmortal.

Mencionaban los nombres de maestros suyos.

Pero nosotros…

¿Qué podíamos decir

–         Debíais haberles dicho que vinieran.

–         Se lo hemos dicho.

Quizás vienen.

Sigue la comida.

Jesús tiene cerca a Judas y le da el pan mojado,

en el jugo que hay en el plato de la carne asada.

Están comiendo pequeñas aceitunas negras, cuando se oye llamar a la puerta.

Pasado un momento, entra la mujer de la casa,

y dice:

–          Maestro, te requieren.

–         Quiénes son?

–        Hombres extranjeros.

–        ¡Imposible!

¡El Maestro está cansado!

¡Lleva todo el día andando y hablando!

¡Y además, gentiles en casa!

¡Figúrate!».

Los Doce están revolucionados como una colmena disturbada.

–         ¡Chist! ¡Paz!

No me es fatigoso escuchar a quien me busca.

Es mi descanso.

–         ¡Podría ser una trampa!

¡A esta hora!…

–        No. No lo es.

Estad tranquilos y descansad vosotros.

Yo ya he descansado mientras os esperaba.

Voy. No os pido que vengáis conmigo, a pesar de que…

A pesar de que os digo,

que precisamente a los gentiles tendréis que llevar vuestro judaísmo.

Que ya no será sino cristianismo.

Esperadme aquí».

Pedro dice:

–        ¿Vas solo?

¡Ah! ¡Eso nunca!

Y se levanta.

Jesús le ordena:

–           Quédate donde estás.

Voy solo.

Sale.

Se asoma a la puerta de la calle.

En el crepúsculo son muchos hombres los que esperan.

Y los saluda amable:

–          La paz sea con vosotros.

¡Me requeríais?

–          ¡Salve, Maestro!

Habla un anciano de grave aspecto, vestido con una túnica romana,

que sobresale bajo un pequeño manto de forma redondeada

y provista de capucha, que cubre su cabeza.

–          Hoy hemos hablado con tus discípulos.

Pero no nos han sabido decir mucho.

Quisiéramos hablar contigo

–          ¿Sois los de la generosa limosna?

Gracias por los pobres de Dios».

Jesús se vuelve a la dueña de la casa

y dice:

–         «Mujer, salgo con éstos.

Di a los míos que vengan a reunirse conmigo a la orilla,

porque, si no veo mal, éstos son comerciantes de los emporios…

–          Y navegantes, Maestro.

Bien ves.

Salen todos juntos a la calle, iluminada por un hermoso claro de luna.

Hablan caminando por un tramo cercano al puerto,  en una vía paralela a la orilla.  

Es un trayecto solitario, porque no hay viandantes…

Y todos los marineros han regresado a sus naves, cuyos faroles rojos,

se ven resplandecer como estrellas de rubí en la noche.

Esta ciudad marítima (Joppe) es bonita e importante.  

Muy visibles con el claro de luna son las suaves olas,

que van a morir con resaca, en los escollos del rompeolas de un vasto puerto lleno de naves.  

Jesús está en el centro del grupo.

A su lado, el anciano que habló primero.

Un anciano de buena presencia y afilado perfil latino.

Al otro lado va otro también entrado en años, de rostro netamente hebreo.

Y luego alrededor, dos o tres delgados y aceitunados, de ojos penetrantes y un poco irónicos.

Y otros más robustos de distintas edades.

Jesús pregunta: 

–         ¿Venís de lejos?

Son unas diez personas.

Que explican:

–           Somos de las colonias romanas de Grecia y Asia.

Parte judíos, parte gentiles…

No nos atrevíamos a venir por este motivo…

Pero nos han asegurado que no desprecias a los gentiles… como hacen 1os otros…

Los judíos observantes quería decir, los de Israel.

Porque en otros lugares también los judíos son… menos intransigentes

Tanto que yo romano, tengo por esposa a una judía de Licaonia

y éste, hebreo de Éfeso, tiene por esposa a una romana.

–         No desprecio a nadie…

Pero hay que comprender a quienes todavía no saben pensar que, siendo Uno el Creador,

todos los hombres son de una única sangre.

–         Sabemos que eres grande entre los filósofos.

Y cuanto dices lo confirma.

Grande y bueno.

–          Bueno es quien hace el bien.

No quien habla bien.

–          Tú hablas bien y obras el bien.

Por tanto eres bueno

–          ¿Qué queríais saber por Mí?

–          Hoy – y perdona, Maestro, si te cansamos con nuestras curiosidades,

pero son curiosidades buenas, porque buscan con amor la Verdad… 

Hoy queríamos saber por los tuyos, la verdad acerca de una doctrina

que fue ya señalada por filósofos antiguos de Grecia… 

Y que Tú – eso nos dicen – vuelves a predicar más grande y hermosa.

Eunica, mi mujer, habló con judíos que te escucharon y me repitió aquellas palabras.

Es que Eunica, es griega, es culta y conoce las palabras de los sabios de su patria.

Encontró puntos comunes entre tus palabras y las de un gran filósofo griego.

Y también a Éfeso llegaron esas palabras tuyas.

Conque, habiendo venido a este puerto;

quién por comercio, quién por rito;

nos hemos encontrado de nuevo los amigos y hemos hablado.

Los negocios no distraen de pensar también en otras cosas más elevadas.

Llenados los almacenes y las bodegas, tenemos tiempo de resolver esta duda.

Tú dices que el alma es eterna.

Sócrates dice que es inmortal.

¿Conoces las palabras del maestro griego?

–          No. No he estudiado en las escuelas de Roma ni de Atenas.

Pero, de todas formas, habla.

Te entiendo igualmente.

No ignoro el pensamiento del filósofo griego.

–           Sócrates, contrariamente a lo que creemos nosotros los de Roma,…

Y también a lo que creen vuestros saduceos;

admite y sostiene que el hombre tiene un alma

Y que ésta es inmortal.

Dice que, siendo inmortal, la muerte no es más que una liberación para el alma…

Y paso de ella de una cárcel a un lugar libre, donde se reúne con aquellos a quienes amó. 

Y allí conoce a los sabios de cuyo ingenio oyó hablar…

A los grandes, a los héroes, a los poetas.

Y no encuentra ya injusticias ni dolor, sino felicidad eterna, en una morada de paz…

Abierta a las almas inmortales que vivieron con justicia. 

¿Tú que opinas de esto Maestro?

–        En verdad te digo que el maestro griego,

a pesar de estar en el error de una religión no verdadera,

estaba en la verdad llamando inmortal al alma.

Buscador de lo Verdadero y cultor de la Virtud, sentía en el fondo de su espíritu,

susurrar la voz del Dios desconocido, del verdadero Dios, del Dios único:

el altísimo Padre de quien Yo vengo para llevar a los hombres a la Verdad.

El hombre tiene un alma.

Una.

Verdadera. Eterna.

Señora.

Merecedora de premio o castigo.

Toda suya. Creada por Dios.

Destinada, en el Pensamiento creador, a volver a Dios.

Vosotros gentiles, demasiado os dedicáis al culto de la carne.

Admirable obra, en verdad, que lleva la señal del Pulgar eterno.

Demasiado admiráis la mente, joya encerrada en el cofre de vuestra cabeza,

desde donde emana sus sublimes rayos.

Grande, supremo don de Dios Creador, que os ha hecho según su Pensamiento como formas…

O sea, obra perfecta de órganos y miembros.

Y os ha dado su semejanza con el Pensamiento y con el Espíritu.

Pero la perfección de la semejanza está en el espíritu.

Porque Dios no tiene miembros ni calígine de carne,

como tampoco tiene sentidos ni fómite de lujuria;

sino que es Espíritu purísimo, eterno, perfecto, inmutable.

Incansable en el obrar.

Y se renueva continuamente en sus obras,

adecuadas paternalmente al camino ascendente de su criatura.

El espíritu, creado por una misma Fuente de potencia y bondad, para cada hombre,

no conoce inicial variación de perfección;

pero conoce muchas variaciones a partir de su infusión en la carne.

Uno solo es el Espíritu increado y perfectísimo, que siempre ha permanecido así. 

Tres han sido los espíritus creados perfectos y..

–           Uno eres Tú, Maestro. 

–           No Yo.

En mi Carne Yo tengo el Espíritu divino, no creado,

sino generado por el Padre por exuberancia de amor.

Y tengo alma, el alma que me ha creado el Padre, siendo Yo ahora, el Hombre;

alma perfecta como conviene al Hombre Dios.

Hablo de otros espíritus.

(Habla aquí como Dios-Verbo “por quien todas las cosas fueron hechas, incluso su alma de Hombre.

Si hablara como Hombre, diría que Dios, o sea también Él,

creó «el único espíritu perfectísimo» para unirlo a su Carne de Verbo encarnado

en que todos las perfecciones convergen…   

Y habla con gentiles por tanto, de forma adecuada a su ignorancia pagana)

–         ¿Cuáles, pues?

–          Los dos progenitores de quienes viene la raza… 

Creados perfectos y posteriormente caídos, voluntariamente, en imperfección.

El tercero, creado para delicia de Dios y del Universo,

es demasiado superior a la posibilidad de pensamiento y de fe del mundo de ahora como para que os lo señale.

Los espíritus, decía, creados por una misma Fuente con igual medida de perfección,

sufren luego, por su mérito y voluntad, una dúplice metamorfosis.

–          ¿Entonces admites segundas vidas?

–           No hay más que una vida.

En ella el alma, que ha recibido la semejanza inicial con Dios,

pasa, por la justicia fielmente practicada en todas las cosas, a una más perfecta semejanza,

a una, diría, segunda creación de sí misma

por lo que pasa a una doble semejanza con su Creador,

haciéndose capaz de pasar a poseer la santidad, que es perfección de justicia

y semejanza de hijo con el Padre.

Ésta se da en los bienaventurados.

O sea, en aquellos que vuestro Sócrates dice que habitan en el Hades,

mientras que Yo os digo que, cuando la Sabiduría haya dicho sus palabras

y las haya firmado con la sangre,

éstos serán llamados los bienaventurados del Paraíso, del Reino, es decir, de Dios.

–           ¿Y dónde están ahora éstos?

–           Esperando. 

—         ¿A qué?

–           Al Sacrificio.

Al Perdón.

A la Liberación.

–           Se dice que será el Mesías el Redentor.

Y que ése eres Tú… ¿Es verdad?

–           Es verdad.

Soy Yo, el que os habla.

–           ¿Entonces deberás morir?

¿Por qué, Maestro?

El mundo tiene mucha necesidad de Luz… 

¿Y Tú quieres dejarlo?

–          ¿Tú, griego, me preguntas esto?

¿Tú, en quien las palabras de Sócrates tienen trono?

–          Maestro, Sócrates era un justo.

Tú eres santo

–          Mira  cuánta necesidad de santidad tiene la Tierra.

Aumentará potenciada diez mil veces por cada dolor, cada herida,

cada gota de mi Sangre.

–          ¡Por Júpiter!

Jamás hubo un estoico mayor que Tú,

que no te limitas a predicar el desprecio de la vida,

sino que te apresuras a desecharla.

–           No desprecio la vida.

La amo como la cosa más útil para comprar la salvación del mundo.

–           ¡Pero eres joven, Maestro, para morir!

–           Tu filósofo dice que los dioses aman lo santo…

Y tú me has llamado santo.

Si soy santo, debo tener sed de volver a la Santidad de la cual he venido.

Nunca tan joven pues, como para no tener esta sed.

Dice también Sócrates que quien es santo anhela hacer cosas gratas a los dioses.

¿Qué cosa más grata que restituir al abrazo del Padre a los hijos que la

culpa ha alejado y dar al hombre la paz con Dios, fuente de todo bien?

–          Dices que no conoces las palabras socráticas.

¿Cómo es que sabes entonces estas que dices?

–          Yo sé todo.

El pensamiento de los hombres – cuanto es pensamiento bueno – no es sino el reflejo de un pensamiento mío.

Cuanto no es bueno no es mío;

de todas formas, lo he leído en las épocas históricas y he sabido, sé y sabré,

cuando fue, es y será dicho. 

Yo sé.

–           Señor, ven a Roma, faro del mundo.

Aquí estás rodeado de odio, allí te rodeará la veneración.

–           Al hombre.

No al Maestro de lo sobrenatural.

Yo he venido para lo sobrenatural, que debo ofrecer a los hijos del pueblo de Dios,

a pesar de que sean los más duros con el Verbo.

–          ¿Roma y Atenas no te tendrán, entonces?

–           Me tendrán.

No temáis. Me tendrán.

Los que quieran tenerme me tendrán.

–           Pero si te matan…

–           El espíritu es inmortal.

El de cada uno de los hombres.

¿No lo va a ser el mío, Espíritu del Hijo de Dios?

Iré con mi Espíritu operante… Iré…

Veo las muchedumbres infinitas y las casas elevadas en honor de mi Nombre…

Están en todos los lugares…

Hablaré en las catedrales y en los corazones…

No conocerá pausa mi evangelización…

El Evangelio recorrerá la Tierra…

Los buenos, todos a Mí… y…

Paso a la cabeza de mi ejército de santos.

Y lo llevo al Cielo.

Venid a la Verdad…

–           ¡Oh! ¡Señor!

Tenemos el alma envuelta en fórmulas y en errores…

¿Cómo lograremos abrir sus puertas?

–           Yo abriré las puertas del Infierno.

Abriré las puertas de vuestro Hades y de mi Limbo.

¿No voy a poder abrir las vuestras?

Decid «Quiero» y, como cierre hecho con alas de mariposa, caerán pulverizadas al paso de mi Rayo.

–          ¿Quién vendrá en tu Nombre?

–           ¿Veis a aquel hombre que viene hacia aquí…

junto con otro poco más que adolescente?

Ellos irán a Roma y al mundo.

Y con ellos muchos otros.

Tan diligentes, como ahora, por el amor a Mí que los impulsa

y que no los deja hallar descanso sino a mi lado, irán.

por el amor de los redimidos por mi Sacrificio, a buscaros, a reuniros, a conduciros a la Luz.

¡Pedro! ¡Juan! Venid.

He terminado, creo.

Ahora estoy con vosotros.

¿Tenéis algo más que decirme?

–          Sí, Maestro.

Que nos vamos y llevamos con nosotros tus palabras.

–          Germinen en vosotros con raíces eternas. Id.

La paz sea con vosotros.

–           Salve a ti, Maestro.

Y todo termina así…  

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