Archivos diarios: 28/02/22

480 El Poder de la Fe


480 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

408 Multiplicación del trigo en los campos de José de Arimatea.

También aquí trabajan fervientemente los segadores

Es más – está mejor dicho – ha sido ferviente el trabajo de las segadores.

Ya son inútiles las hoces, porque no hay en pie una sola espiga en estos campos

aún más cercanos a la orilla mediterránea que los de Nicodemo.

Pero Jesús no ha ido a Arimatea,

sino a los terrenos que José posee en el llano, hacia el mar.

Y que antes de la siega, por su gran extensión,

debían ser otro pequeño mar de espigas.

Una casa baja, ancha, blanca, está ahí, en el centro de los campos desnudos.

Una casa de campo, pero bien cuidada.

Sus cuatro eras se están llenando de gran cantidad de gavillas,

puestas en haces…

(como disponen los soldados el bagaje durante los altos en el campo).

Muchos carros traen ese tesoro de los campos a las eras.

Y muchos hombres descargan y amontonan.

José va de una era a otra vigilando que todo se haga, y se haga bien.

Un campesino, desde lo alto del montón hacinado en un carro, anuncia:

–           Hemos terminado, patrón.

Todo el trigo está en tus eras.

Este es el último carro de tu último terreno.  

José dice:

–         Bien.

Descarga, luego suelta a los bueyes y llévalos a los pilones y a los establos.

Han trabajado bien y merecen descanso.

Y también todos vosotros habéis trabajado bien y merecéis descanso.

Pero la última fatiga será leve, porque para los corazones buenos

es alivio la alegría de los demás.

Ahora vamos a traer a los hijos de Dios y vamos a darles el don del Padre.

Volviéndose hacia un patriarcal campesino, que es el primero al servicio de esta propiedad de José. 

Le dice:

–           Abraham, ve a llamarlos.

Esto se infiere porque el respeto de los otros dependientes, es muy notorio,

hacia este anciano, que no trabaja pero ayuda al patrón, vigilando y aconsejando.

Y el anciano va…

Se dirige hacia una vasta y muy baja construcción,

más parecida a un cobertizo que a una casa;

provista de dos puertas gigantescas que tocan el canalón.

Al parecer es un almacén donde se guardan los carros y los otros aperos de labranza.

Entra allí…

Y luego sale seguido por un heterogéneo y mísero grupo humano de todas las edades…

Y de todas las miserias…

Hay seres macilentos, aunque sin desgracias físicas.

Tullidos, ciegos, mancos, enfermos de los ojos…

Muchas viudas rodeadas de sus huerfanitos;

También mujeres de algún enfermo… 

Tristes, apocadas, enflaquecidas por las noches en vela y los sacrificios para cuidar al enfermo.

Vienen con ese aspecto particular de los pobres, cuando van a un lugar donde recibirán una gracia:

con timidez en las miradas, esquivez propia del pobre honrado;

no sin una sonrisa que aflora encima de la tristeza imprimida por días de dolor en los rostros.

Demacrados, no sin una chispa mínima de triunfo, casi como una respuesta al destino,

que se ha cebado sobre ellos en días tristes, continuos… 

Una respuesta al destino… Porque… 

Ellos dicen:  

–           ¡Hoy es fiesta!

¡Para nosotros también hay un día de fiesta… hoy es fiesta, es alegría…!

¡Es consuelo para nosotros!

Los pequeños ponen ojos como platos al ver los montones de gavillas, más altos que la casa.

Y dicen a sus mamás mientras las señalan:

–         ¿Para nosotros?

¡Qué bonitas!

Los ancianos susurran:

–        ¡El Bendito bendiga al compasivo!

Los mendigos, tullidos, ciegos, mancos,

o enfermos de los ojos:

–         ¡Por fin tendremos pan también nosotros, sin tener que alargar siempre la mano!

Y los enfermos a sus familiares:

–         Al menos podremos medicarnos sabiendo que vosotros no sufrís por nosotros.

Nos harán bien ahora las medicinas.

Y los familiares a los enfermos:

–         Veis?

Ahora ya no diréis que ayunamos para dejaros a vosotros el pedazo de pan.

¡Alegraos, pues, ahora!…

Y las viudas a los huerfanitos:

–          Hijitos míos,… 

Habrá que bendecir mucho al Padre de los Cielos que os hace de padre…

Y al buen José, que es su administrador.

Ahora no os oiremos llorar por hambre, hijos nuestros que tenéis sólo a vuestras madres para ayudaros…

A vuestras pobres mamás, que de rico tienen sólo el corazón…

Un coro y un espectáculo que alegran, pero también hacen venir lágrimas a los ojos…

Y José, teniendo ya delante a estos infelices, se pone a recorrer las filas;

a llamar a uno por uno, preguntando cuántos son en su familia;

desde cuánto tiempo hace que están viudas;

Desde cuándo están en enfermos, etc… y toma nota.

Y para cada caso ordena a los campesinos que están a su servicio:

–           Da diez.

Da treinta..

Después de escuchar a un anciano semiciego que se le ha acercado con diecisiete nietecitos;

todos por debajo de los doce años;

hijos de dos hijos suyos, muertos uno en la siega del año anterior y la otra de parto…

Ordena:

–         Da sesenta.

El anciano le dice:

–        El marido ha encontrado consuelo…

Y se ha casado otra vez, pasado un año.

Me ha remitido los cinco hijos, diciendo que se preocuparía de ellos.

Sin embargo, ¡Jamás un sólo denario!…

Ahora se me ha muerto también mi mujer estoy solo… con éstos…

–         Da sesenta al anciano padre.

Tú padre espera, que después te voy a dar vestidos para los pequeños. 

El campesino observa:

–          Que, si se va a dar sesenta gavillas por cada caso, no va a alcanzar el trigo para todos…

José le responde:

–        ¿Dónde está tu fe?

Si acumulo y distribuyo las gavillas,

¿Lo hago por mí? No.

Es para los más amados hijos del Señor.

El Señor mismo proveerá a que baste para todos.   

–        Sí, patrón.

Pero el número es número…

–          Y la fe es fe.

Y yo, para mostrarte que la fe puede todo… 

Quien ha recibido diez que reciba otras diez, quien veinte otras veinte…

Y al anciano dadle ciento veinte.

¡Hacedlo! ¡Hacedlo!

Los siervos se encogen de hombros y cumplen la orden.

Y continúa la distribución, en medio del gozoso asombro de los beneficiados;

que ven que les dan una medida que supera todas sus más descabelladas esperanzas.

José sonríe por ello.

Y acaricia a los pequeñuelos, que ponen todo su ahínco en ayudar a sus mamás.

O ayuda a los tullidos, que hacen su pequeño montón;

ayuda a los ancianos demasiado caducos como para hacerlo;

a las mujeres demasiado macilentas;

Y ordena apartar a dos enfermos para darles otras ayudas,

como ha hecho con el anciano de los diecisiete nietos

Los montones, más altos que la casa, ahora son muy bajos, casi al nivel del suelo.

Pero todos han recibido su parte…

Y en medida abundante.

José pregunta:

-¿Cuántas gavillas quedan todavía?

Los siervos cuentan y responden:

–         Ciento doce, patrón. 

–         Bien.

Tomaréis…

José recorre la lista de los nombres que ha apuntado,

y dice:

–         Tomaréis cincuenta.

Las guardaréis para simiente, porque es semilla santa

Que se dé el resto, una a cada uno, a cada cabeza de familia aquí presente. 

Son exactamente sesenta y dos cabezas de familia.

Los campesinos obedecen.

Meten bajo un pórtico las cincuenta gavillas…

Y distribuyen el resto.

Ahora las eras ya no  tienen los voluminosos montones dorados.

Pero, en el suelo, hay sesenta y dos pequeños montones de distinto volumen.

Y sus propietarios solícitos, los atan y los cargan en rudimentarias carretillas…

O en precarios jumentos a los que han ido a desatar de un vallado que está detrás de la casa.

El anciano Abraham, que ha hablado aparte con los principales campesinos al servicio de José,

se acerca con éstos al patrón,

y éste les pregunta:

–            ¿Entonces?

¿Habéis visto?

¡Ha habido para todos!

¡Y ha sobrado! 

Abraham dice:

–           ¡Pero patrón, aquí hay un misterio!

Nuestros campos no pueden haber dado el número de gavillas que has distribuido.

Yo he nacido aquí y tengo setenta y ocho años.

Siego desde hace sesenta y seis.

Y sé. Mi hijo tenía razón.

¡Sin un misterio, no habríamos podido dar tanto!…

–         Pero que lo hemos dado es una realidad, Abraham.

Tú estabas a mi lado.

Los campesinos han entregado las gavillas.

No hay ningún sortilegio.

No es irrealidad.

Las gavillas se pueden contar todavía.

Están todavía allí,

aunque sea divididas en muchas partes.

–          Sí, patrón.

Pero… No es posible que los campos hayan dado tantas gavillas.

–          ¿Y la fe, hijos míos?

¿Y la fe? ¿Dónde metéis la fe?

¿Podía desacreditar el Señor a su siervo, que prometía en su Nombre y con santo fin?

–           ¿Entonces tú has hecho un milagro?

Dicen los campesinos, ya dispuestos a los gritos de hosanna.

–           No soy hombre de milagros.

Soy un pobre hombre.

Lo ha hecho el Señor.

Ha leído en mi corazón y ha visto en él dos deseos

el primero, llevaros a la misma fe;

el segundo, dar mucho, mucho, mucho a estos hermanos míos infelices.

Dios ha asentido a mis deseos…

Y ha actuado. ¡Bendito sea!

Dice José inclinándose reverentemente como si estuviera delante de un altar.  

Jesús, que hasta ese momento ha estado oculto detrás de la esquina de una pequeña casa que es –

un horno o almazara, rodeada por un seto.

Ahora aparece abiertamente en la era donde está José,

diciendo.

–           Y su siervo con Él. 

–           ¡Maestro mío y Señor mío!!

Exclama José, cayendo de rodillas para venerar a Jesús.

–         La paz a ti.

He venido para bendecirte en nombre del Padre.

Para premiar tu caridad y tu fe.

Soy huésped tuyo esta noche.

¿Me aceptas?

–          ¡Oh, Maestro!

¿Y lo preguntas? La única cosa…

La única cosa es que aquí no voy a poder darte honor…

Estoy con mis domésticos-campesinos…

En mi casa del campo…

No tengo vajilla fina ni maestros de mesa ni criados capacitados…

No tengo ni manjares ni vinos selectos…

No tengo amigos…

Será una hospitalidad muy pobre…

Pero bueno, serás comprensivo…

¿Por qué, Señor, no me has avisado?

Habría dispuesto lo necesario…

Pero anteayer Hermas, con los suyos, estuvo aquí…

Es más, he aprovechado sus servicios para avisar a éstos, a quienes quería dar, devolver,

lo que es de Dios…

¡Pero Hermas no me dijo nada!

¡Si lo hubiera sabido!…

Permíteme, Maestro, que dé indicaciones, que trate de remediar…

¿Por qué sonríes así?

Pregunta finalmente José, que está todo agitado por la improvisa alegría…

Y por la situación que juzga… desastrosa.

Jesús dice:

–            Sonrío por tus inútiles penas.

José, ¿Qué buscas?

¿Lo que tienes?

–            ¿Qué tengo?

No tengo nada.

–           ¡Cuán hombre eres todavía!

¿Por qué no eres ya el José espiritual de hace un rato… cuando hablabas como persona sabia

y prometías, seguro, por la fe y para dar la fe?

–           ¡Oh! ¿Has estado oyendo?

–           He oído y he visto, José.

Aquel seto de laureles es muy útil para ver, que lo que he sembrado no ha muerto en ti.

Y por esto te dije que te creas inútiles penas.

¿Qué no tienes maestros de mesa ni servidores capacitados?

Pero si donde se ejercita la caridad esta Dios… y donde está Dios están sus ángeles.

¿Y qué maestros de casa quieres tener más capacitados que ellos?

¿Qué no tienes ni manjares ni vinos selectos?

¿Y qué manjar quieres ofrecerme… y qué bebida, más selectos que el amor que has tenido

hacia éstos y tienes hacia Mí?

¿Qué no tienes amigos para darme honor? ¿Y éstos?

¿A qué amigos ama el Maestro de nombre Jesús más que a los pobres y a los infelices?

¡Ánimo, hombre, José!

Ni siquiera convirtiéndose Herodes y abriéndome sus salas para recibirme y darme honor, en un palacio purificado…

Y teniendo con él los jefes de todas las castas para darme honor,

Yo tendría una corte más selecta que ésta.

Y quiero dirigirles unas palabras y ofrecerles un don.

¿Me permites?

–           ¡Pero Maestro, si todo lo que Tú quieres lo quiero yo!

Ordena.

–            Diles que se reúnan.

Que se reúnan también los campesinos.

Para nosotros siempre habrá un pan…

Mejor es que ahora escuchen mi palabra en vez de correr para acá o allá, afanándose en pobres cuidados.

La gente se apiña con diligencia, asombrada…

Jesús habla:

–          Aquí habéis visto que la fe puede multiplicar el trigo,

cuando este deseo viene de un deseo de amor.

Pero no limitéis vuestra fe a las necesidades materiales.

Dios creó el primer grano de trigo y desde entonces el trigo produce espigas para el pan de los hombres.

Pero Dios creó también el Paraíso, que espera a sus ciudadanos.

Ha sido creado para los que viven en la Ley y permanecen fieles a pesar de las pruebas dolorosas de la vida.

Tened fe y lograréis conservaros santos con la ayuda del Señor,

de la misma forma que José ha logrado asignar el doble de trigo para haceros felices doblemente

y confirmar en la fe a sus campesinos.

En verdad, en verdad os digo que si el hombre tuviera fe en el Señor,

y esa fe fuera por un justo motivo, ni siquiera las montañas, hincadas en el suelo con sus entrañas

rocosas, podrían resistir.

Y ante la orden de quien tiene fe en el Señor cambiarían de sitio.

¿Tenéis vosotros fe en Dios? – pregunta dirigiéndose a todos.

–             ¡Sí, Señor!

–             ¿Quién es Dios para vosotros?

–             El Padre santísimo, como enseñan los discípulos del Cristo.

–             ¿Y el Cristo quién es para vosotros

Varias voces contestan en coro:

–            El Salvador.

–            El Maestro.

–            ¡El Santo!

–           ¿Sólo esto?

–            El Hijo de Dios.

Pero no se debe decir, porque los fariseos nos persiguen si lo decimos.

–           ¿Pero vosotros creéis que lo es?

–           Sí, Señor.

–           Pues bien, creced en vuestra fe.

Aunque calléis vosotros, las piedras, las plantas, las estrellas, el suelo, todas las cosas,

proclamarán que el Cristo es el verdadero Redentor y Rey

Lo proclamarán en la hora de su  elevación, cuando lo envuelva la púrpura santísima

y tenga la corona de Redención.

Bienaventurados los que sepan creer esto ya desde ahora.

Y que más aún lo crean entonces…

Y tengan fe en Cristo.

Y por tanto, vida eterna.

¿Tenéis vosotros esta fe inquebrantable en Cristo?

–           Sí, Señor.

Enséñanos dónde está Él… y nosotros le pediremos que aumente nuestra fe

para ser bienaventurados de esa forma.

Y la última parte de esta súplica la dicen no sólo los pobres, sino también los campesinos,

los apóstoles y José.

—            Sí tenéis fe como un grano de mostaza… 

Y la tenéis – perla preciosa – en el corazón, sin dejar que os la arrebate ninguna cosa humana,

o sobrehumana pero mala;

podréis todos decir incluso a ese robusto moral que da sombra al pozo de José

“Arráncate de ahí y trasplántate a las olas del mar».

–              ¿Pero Cristo dónde está?

Lo esperamos para ser curados.  

Los discípulos no nos han curado, pero nos han dicho: «Él puede hacerlo».

Quisiéramos curarnos para trabajar. – dicen unos hombres enfermos o impedidos.

Mientras hace una señal a José de que no diga que Cristo es Él. 

Jesús dice:

–             Y creéis que Cristo lo puede? 

–             Lo creemos.

–             Es el Hijo de Dios.

–             Lo puede todo.

–             Sí. Lo puede todo…

¡Y lo quiere todo!

Grita Jesús extendiendo con imperio el brazo derecho y bajándolo como para jurar. 

Y termina con un grito potente:

« ¡Y así sea, para gloria de Dios!».

Y hace ademán de volverse hacia la casa.

Pero los curados, unos veinte, gritan… 

Se acercan y lo encierran en un laberinto de manos extendidas para tocar, bendecir,

buscar sus manos, sus vestidos, para besar, acariciar.

Lo aíslan de José, de todos…

Y Jesús sonríe, acaricia, bendice…

Se libera lentamente y todavía seguido, desaparece entrando en la casa;

mientras los gritos de hosanna suben al cielo,

que se pone violáceo con el principio del crepúsculo.

479 Una Orden Santa


479 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

407 En los campos de Nicodemo. La parábola de los dos hijos.

Jesús llega durante una fresca aurora

Es hermosa esta fértil campiña del buen Nicodemo bajo las primeras luces del sol.

Hermosa a pesar de que muchas parcelas ya hayan sido segadas y

muestren el aspecto cansado de los campos, tras la muerte de las mieses,

que, en parvas de oro…

O todavía extendidas en el suelo como cadáveres,

esperan a que las lleven a las eras.

Y con ellas mueren los lises estrellados y zafíreos, las violáceas becerras,

las menudas corolas de las escabiosas, el lábil cáliz de las campanillas,

los nimbos radiados de las camomilas y margaritas;

las violentas amapolas y las cien otras flores que, en forma de estrellas,

de panojas, de ramos o de nimbos radiados, reían antes donde ahora hay…

amarillez de rastrojos.

Pero, para consuelo del dolor de la tierra despojada de sus mieses,

están las frondas de los árboles frutales,

cada vez más alegres por los frutos que ya crecen, se pincelan con distintas tonalidades:

Y que en esta hora, tienen el brillo de un polvo diamantino,

por las gotitas de rocío todavía no evaporadas por el sol.

Los campesinos están ya trabajando, contentos de acercarse ya al final

del fatigoso trabajo de la siega;.

Y cantan mientras siegan, ríen alegres, desafiándose  entre ellos a quién,

es más rápido y experto en manejar la hoz o apretar las gavillas..

.

Filas y filas de bien nutridos campesinos, contentos de trabajar para su buen señor.

Y en las lindes de los campos o detrás de los atadores, hay muchos niños,

viudas, ancianos, que esperan para espigar…

Y esperan sin ansia porque saben que habrá para todos, como siempre,

«por orden de Nicodemo»

como explica una viuda a Jesús, que le ha preguntado. 

Agregando:

–        Vigila para que a sabiendas, se dejen muchas espigas fuera de las gavillas, para nosotros.

Y no satisfecho todavía de tanta caridad,

después de tomar el justo fruto en proporción a lo sembrado;

distribuye el resto entre nosotros.

¡Y no es que espere a hacerlo en el año sabático!

(El año sabático era el último año de una serie de siete y en él debía cesar,

por ejemplo un estado de esclavitud… o el pago de una deuda.

Respecto a la tierra, cesaba el trabajo del hombre.

Y los productos crecidos espontáneamente estaban reservados para los pobres

y para los animales, como se prescribe en Éxodo 23, 10-11 y en Levítico 25, 3 – 7.

La institución del año sabático está en relación con la del sábado,

es decir, del reposo del séptimo día…

Prescrito en Éxodo 20, 8-11; 23, 12; 31, 12-17, Levítico 23, 3; 25, 1-2)

Esto de favorecer al pobre con sus cereales lo hace siempre.

Y lo mismo hace con las aceitunas y la vid.

Por eso Dios lo bendice con cosechas milagrosas.

Las bendiciones de los pobres son como rocío para las semillas y las flores.

Y hacen que cada semilla dé varias espigas y que no caiga una flor sin cuajar en fruto.

Y este año nos ha dicho que todo es nuestro, porque es un año de gracia.

No sé a qué gracia se refiere.

A no ser que sea porque decimos nosotros los pobrecillos

y dicen sus felices dependientes;

que es discípulo en secreto del que dice ser el Cristo,

que predica el amor a los pobres para mostrar amor a Dios…

Quizás lo conoces, si eres amigo de Nicodemo…

Porque los amigos normalmente tienen los mismos afectos…

José de Arimatea, por ejemplo, es muy amigo de Nicodemo.

Y también de él se dice que es amigo del Rabí…

¿Oh, qué he dicho?

¡Que Dios me perdone!

¡He perjudicado a dos hombres buenos de la llanura!…

La mujer está consternada.

Jesús sonríe y pregunta:

–          ¿Por qué, mujer?

–         Porque… Dime:

¿Eres verdadero amigo de Nicodemo y de José?

¿O eres uno del Sanedrín, uno de los falsos amigos que harían daño a dos

hombres buenos, si tuvieran la certeza de que son amigos del Galileo?

–          Tranquilízate.

Soy verdadero amigo de estos dos hombres buenos.

Pero tú sabes muchas cosas, mujer…

¿Cómo las sabes?

–         ¡Todos las sabemos!

Arriba con odio, abajo con amor

Porque, aunque no conozcamos al Cristo, lo amamos;

nosotros, el desecho de todos, amados sólo por Él, que enseña a amarnos.

Y tememos por Él…

¡Son tan pérfidos los judíos, los fariseos, los escribas y los sacerdotes!…

¡Oh, te estoy escandalizando!… Perdona.

Es lengua de mujer y no sabe callar…

Pero es porque todo el dolor nos viene de ellos;

de los poderosos que nos aplastan sin piedad y nos obligan a ayunos no prescritos por la Ley,

sino impuestos por la necesidad de encontrar denarios para pagar todos los diezmos…

Que ellos, los ricos, han cargado sobre los pobres…

Y es porque toda la esperanza está en el reino de este Rabí que, si es tan bueno;

ahora que lo persiguen, ¿Cómo será cuando pueda ser rey!

–         Su Reino no es de este mundo, mujer.

No tendrá palacios ni soldados.

No impondrá leyes humanas.

No distribuirá  denarios, pero enseñará a los mejores a hacerlo.

Y los pobres encontrarán no dos, diez o cien amigos entre los ricos,

sino que todos los que creen en el Maestro unirán sus bienes,

para ayudar a los hermanos sin bienes.

Porque de ahora en adelante no se llamará «prójimo» al propio semejante,

sino «hermano», en nombre del Señor.

-¡Oh!…

La mujer está admirada, soñando ya esta era del amor.

Acaricia a sus niños, sonríe;

luego levanta la cabeza y dice:

–          ¿Entonces me aseguras que no he perjudicado a Nicodemo… hablando contigo?

Me ha venido espontáneo…

¡Son tan dulces tus ojos!…

¡Es tan sereno tu aspecto!…

No sé…

Me siento segura como si estuviera al lado de un ángel de Dios…

Por eso he hablado…

–       No has perjudicado.

Puedes estar segura.

Es más, has dicho de mi amigo una gran alabanza,

por la que Yo lo alabaré y lo apreciaré más todavía…

¿Eres de estos lugares

–       ¡No, no, Señor!

De entre Lida y Bet-Dagón.

¡Pero, cuando hay posibilidad de alivio, uno corre, Señor;

aunque sea largo el camino!

Más largos son los meses de invierno y hambre…

–         Y más larga que la vida es la eternidad.

Habría que tener para el alma la diligencia que se tiene para la carne: 

Y correr a donde hay palabras de vida…

–           Yo lo hago con los discípulos del Rabí Jesús, el bueno;

el único bueno de entre los demasiados rabíes que tenemos.

Jesús, sonriendo,

le dice

–         Haces bien, mujer

Y haciendo una señal a Andrés y a Santiago de Zebedeo, que están con Él,

mientras que los otros han ido hacia la casa de Nicodemo;

de que dejen de hacer un verdadero jeribeque para dar a entender a la mujer;

que el Rabí Jesús es el que le está hablando.  

Ella continúa:

–         Claro que hago bien.

No quiero tener el pecado de no haberlo amado y no haber creído en Él…

Dicen que es el Cristo…

Yo no lo conozco.

Pero quiero creer.

Porque pienso que buena les va a caer a los que no quieren aceptarlo como tal.

Jesús la pone a prueba

–         ¿Y si sus discípulos estuvieran en un error? 

–         No puede ser, Señor.

Son demasiado buenos, humildes y pobres,

como para pensar que sigan a uno no santo.

Y además…

He hablado con gente curada por Él.

¡No cometas el pecado de no creer, Señor!

Te condenarías el alma…

En fin…, yo creo que, aun en el caso de que todos estuviéramos en error

y Él no fuera el Rey prometido, seguro que es santo y amigo de Dios,

si dice esas palabras, cura almas y cuerpos…

Estimar a los buenos siempre beneficia.

–          Has hablado bien.

Persevera en tu fe…

Ahí está Nicodemo…

–          Sí.

Con algunos discípulos del Rabí.

Es que están evangelizando por los campos a los segadores.

También ayer comimos su pan.

Nicodemo entretanto, sin haber visto al Maestro, se acerca;

vestido con una sucinta túnica.

Y ordena a los campesinos que no recojan ni siquiera una espiga de las que han segado. 

Agregando:

–          Tenemos pan para nosotros…

Vamos a dar el don de Dios a quien carece de él.

Y démoselo sin temor.

El hielo tardío podía habernos destruido los cereales…

Y no se ha perdido ni una sola semilla.

Devolvamos a Dios su pan dándoselo a sus hijos infelices.

Y os aseguro que la cosecha del año que viene será aún más fructífera,

el mil por ciento, porque Él lo ha dicho:

“A quien dé, le será dada una medida rebosante».

Los campesinos, deferentes y contentos, escuchan al amo con gesto de asentimiento.

Y Nicodemo, de una parcela a otra, de una fila a otra, va repitiendo su orden buena.

Jesús, semi-oculto por una cortina de cañas que hay en una zanja

divisoria, aprueba y sonríe

Y aumenta su sonrisa a medida que Nicodemo se va acercando y

va siendo inminente el encuentro y la sorpresa.

Ya está saltando la pequeña zanja para pasar a las otras parcelas…

Y se queda petrificado frente a Jesús, que tiende a él los brazos.

Finalmente le vuelve la palabra: 

–           Maestro santo, ¿Cómo has venido Tú bendito, a mí?

–           Para conocerte…

Si hubiera necesidad;

por las palabras de los testigos más verdaderos:

Las personas a las que favoreces…

Nicodemo está de rodillas, profundamente prosternado hasta tocar el suelo;

también están de rodillas los discípulos

capitaneados por Esteban y José de la Emaús montana.

Los campesinos intuyen;

Intuyen los pobres.

Y todos están de rodillas con devotísimo estupor.  

Jesús dice:

–         Levantaos.

Hasta hace poco era el Viandante que inspira confianza…

Seguidme viendo todavía así.

Y amadme sin miedos.

Nicodemo, he mandado a tu casa a los diez que faltan…

–          He pasado la noche fuera;

para cuidar de que se cumpliera una orden…

–           Sí. Una orden por la que Dios te bendice.

¿Qué voz te ha dicho que éste es un año de gracia…

y no el año que viene, por ejemplo?

–        …No lo sé…

Y sí que lo sé…

No soy profeta, pero tampoco estúpido.

A mi inteligencia se ha unido una luz del Cielo.

Maestro mío… quería que los pobres gozaran de los dones de Dios, 

mientras Dios está todavía en medio de los pobres..

Y no me atrevía a esperar tenerte aquí;

a dar sabor delicado y potencia santificadora a estos cereales…

A mis aceitunas, a las viñas y pomares,

que serán para los pobres hijos de Dios: mis hermanos…

Pero ahora que estás aquí, levanta tu bendita mano y bendice

para que, junto con el alimento para la carne,

descienda a los que lo coman la santidad que de Ti emana.

–          Sí, Nicodemo.

Justo deseo que el Cielo aprueba.

Y Jesús abre los brazos para bendecir.

–         ¡Espera!…

Que voy a llamar a los campesinos….

Y con un silbato silba tres veces;

un silbido agudo que se expande por el aire quieto…

Y provoca una carrera de segadores, espigadores, curiosos, de todas las partes.

Una pequeña muchedumbre…

Jesús abre los brazos y dice:

–          Por la fuerza del Señor, por el deseo de su siervo

la gracia de la salud del espíritu y de la carne descienda a cada uno de los granos,

a cada uva, aceituna o fruto;

Favorezca y santifique a los que lo coman con espíritu bueno,

libre de concupiscencias y de odios… Deseoso de servir al Señor

con la obediencia a su divina y perfecta Voluntad.

–          Así sea.

Responden Nicodemo, Andrés, Santiago, Esteban y los otros discípulos…

–           Así sea. 

Repite la pequeña muchedumbre.

Y se levantan, porque se habían arrodillado para ser bendecidos.

–            Suspende las labores, amigo.

Quiero hablarles.

–           Don sobre don.

¡Gracias por ellos, Maestro!

Van a la sombra de un espeso huerto…

Y esperan a que se unan a ellos los diez que han sido enviados a la casa.

Estos llegan jadeantes…

Y desilusionados de no haber encontrado a Nicodemo.

Luego Jesús habla:

–          La paz sea con vosotros.

Os voy a proponer, a todos vosotros que estáis alrededor de Mí,

una parábola.

Y que cada uno coja la enseñanza y la parte que más sintonice con él.

Oíd.

Un hombre tenía dos hijos.

Se acercó al primero y dijo: «Hijo mío, ven a trabajar hoy en la viña de tu padre».

¡Gran signo de honor este del padre!

Consideraba al hijo capaz de trabajar en donde, hasta ese momento,

el padre había trabajado.

Señal de que veía en su hijo buena voluntad, constancia, aptitud,

experiencia y amor hacia su padre.

Pero el hijo, un poco distraído por cosas del mundo,

temiendo aparecer externamente como un siervo…

Satanás usa estos espejismos para alejar del Bien.

Temiendo burlas y quizás incluso represalias de enemigos de su padre,

que contra éste no se atrevían a levantar la mano;

pero que tendrían menos consideraciones con su hijo, respondió:

«No voy. No tengo ganas».

El padre fue entonces al otro hijo y le dijo lo mismo que había dicho al primero;

Y el segundo hijo respondió enseguida:

«Sí, padre. Voy inmediatamente».

¿Pero qué sucedió?

Pues que el primer hijo, siendo de ánimo recto, después de un primer

momento de debilidad en la tentación y de rebelión,

arrepentido de haber disgustado a su padre, fue a la viña sin decir nada.

Y estuvo trabajando todo el día aprovechando hasta la anochecida

luego volvió satisfecho a su casa, con la paz en el corazón por el deber cumplido.

El segundo por el contrario, mentiroso y débil, salió de casa, sí…

Pero luego se entretuvo a vagabundear por el pueblo, haciendo

inútiles visitas a amigos influyentes, de los cuales esperaba obtener alguna ventaja.

Y decía en su corazón: «Mi padre es viejo y no sale de casa.

Le diré que le he obedecido y se lo creerá…».

Pero, llegado el anochecer también para él y habiendo regresado a casa, 

su aspecto cansado de ocioso, las vestiduras sin arrugas y el saludo inseguro

a su padre, que lo observaba y lo comparaba con el primero…

Que había vuelto cansado, sucio, despeinado, pero jovial y con una

mirada humilde, sincera, buena;

que, sin querer jactarse del deber cumplido, quería decir al padre:

«Te amo. Te amo de verdad.

Tanto que, para complacerte, he vencido la tentación»

Hablaron claramente al intelecto del padre, el cual, abrazando al hijo cansado,

dijo: «¡Bendito tú, porque has comprendido el amor!».

Efectivamente, ¿Qué os parece?

¿Cuál de los dos había amado?

Sin duda decís: «El que había hecho la voluntad del padre suyo».

¿Y quién la había hecho?

¿El primero o el segundo hijo?

–          El primero – responde la gente con unanimidad.

–          El primero. Sí.

También en Israel, y vosotros os quejáis de ello,

no son los que dicen: “¡Señor! ¡Señor!»,

dándose golpes de pecho sin tener en su corazón el verdadero arrepentimiento de sus pecados.

Tanto es así, que cada vez se hacen más duros de corazón…

No son los que ostentan devotos ritos para que los llamen santos.

Y luego, privadamente, se comportan sin caridad ni justicia;

no son éstos, que se rebelan en verdad contra la voluntad de Dios,

que me envía y la impugnan como si fuera voluntad de Satanás.

Y esto no será perdonado. 

No son éstos los que son santos a los ojos de Dios;

sino que lo son los que, reconociendo que Dios todo lo que hace lo hace bien,

acogen al Enviado de Dios y  escuchan su palabra para saber hacer mejor,

cada vez mejor, lo que el Padre quiere; son éstos los que son santos y amados para el Altísimo.

En verdad os digo:

los ignorantes, los pobres, los publicanos, las meretrices; 

precederán a muchos que son llamados «maestros», «poderosos», «santos»,

Y entrarán en el Reino de Dios.

Y será justo.

Porque vino Juan a Israel para guiarlo por los caminos de la Justicia,

y demasiado Israel no lo creyó:

el Israel que a sí mismo se llama «docto y santo»,

mientras que los publicanos y las meretrices lo creyeron.

Y he venido Yo,

los doctos y santos no me creen…

Y sin embargo, creen en Mí los pobres, los ignorantes, los pecadores.

He hecho milagros…  y ni siquiera se ha creído en ellos.

Y tampoco viene arrepentimiento de no creer en Mí,

al contrario, se desata el odio contra Mí y contra los que me aman.

Pues bien, digo:

«Benditos los que saben creer en Mí y hacer esta voluntad del Señor en que hay salud eterna».

Aumentad vuestra fe y sed constantes.

Poseeréis el Cielo, porque habréis sabido amar la Verdad.

Podéis marcharos.

Dios esté siempre con vosotros.

Los bendice y se despide de ellos.

Luego, al lado de Nicodemo, se dirige hacia la casa del discípulo,

para estar en ella mientras el sol abrasa…