488 El Verbo


488 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

413a  Disputa con los doctores del Templo.

Cuando se restablece el orden en el Templo, en la fiesta de Pentecostés;  

un fariseo pomposamente vestido, seguido de otros semejantes a él y de algunos doctores de la Ley,

Con un almíbar lleno de hipocresía, dice: 

–            Os equivocáis,

Os equivocáis.

No debéis creer que toda una casta sea como algunos de sus componentes.

¡En todos los árboles hay parte buena y parte mala!

En medio de la multitud, alguien le responde: 

–           Sí.

Efectivamente, los higos en general son dulces.

Pero, si todavía no están maduros o lo están demasiado, son ásperos o ácidos.

Vosotros, ácidos.

Como los del pésimo cesto del profeta Jeremías.  

El fariseo Elquías encaja el golpe sin mover un sólo músculo, de su rostro severo y majestuoso…

Al parecer todos lo conocen muy bien  y debe ser influyente además, porque muchos se hacen señas.

Y el fariseo encaja el golpe sin reaccionar.

No sólo eso, sino que, aún más almibarado, se dirige al Maestro,

y le dice:

–             Espléndido tema para tu sabiduría.

Háblanos, Rabí, sobre este tema.

Tus explicaciones son tan… nuevas… tan… doctas…

Las saboreamos con ávida hambre.

Jesús mira fijamente a este ejemplo farisaico…

Y le responde:

–            Tienes también otra hambre, no confesada, Elquías.

Y también tus amigos.

Pero recibiréis también ese alimento…

Y más ácido que los higos.

Y corromperá vuestro interior como los higos acedados corrompen las entrañas.

–            No. Maestro.

¡Te juro en nombre del Dios vivo que ni yo ni mis amigos tenemos otra hambre aparte de la de oírte hablar!…

Dios ve si nosotros…

–              Basta así…

El honesto no necesita juramentos.

Sus obras son juramentos y testimonios.

Pero no voy a hablar de los higos óptimos y de los higos estropeados…

–           ¿Por qué, Maestro?

¿Temes que los hechos contradigan tus explicaciones?

–           ¡No, no! Es más…

–           ¿Entonces es que prevés para nosotros aflicciones y oprobios, espada, peste y hambre?

–            Eso y más.

–            ¿Más todavía?

¿Y qué es? ¿Es que ya no nos ama Dios?

–             Os ama tanto, que ha cumplido la promesa.

–             ¿Tú? ¿Porque Tú eres la promesa?

–             Lo soy.

–            ¿Y entonces cuándo vas a fundar tu Reino?

–            Ya están echados los cimientos.

–            ¿Dónde? ¿Dónde?

–            En el corazón de los buenos.

–            ¡Pero eso no es un reino!

¡Es una enseñanza!

–             Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus.

Y los espíritus no tienen necesidad de palacios, casas, guardias, muros;

sino de conocer la Palabra de Dios y ponerla en práctica:

lo que se está produciendo en los buenos.

–              ¿Tú puedes decir esta Palabra?

¿Quién te autoriza?

–               La propiedad.

–               ¿Qué propiedad?

–              La propiedad de la Palabra.

Doy lo que soy.

Uno que tiene vida puede dar la vida.

Uno que tiene dinero puede dar dinero.

Yo tengo, por mi eterna Naturaleza la Palabra que traduce el divino Pensamiento.

Y doy la Palabra; pues el Amor me mueve a este don de dar a conocer el Pensamiento del Altísimo, que es mi Padre.

–            ¡Cuidado con lo que dices!

¡Es un modo audaz de hablar!

¡Podría perjudicarte!

–             Más me perjudicaría mentir;

porque sería desnaturalizar mi Naturaleza y renegar de Aquel de quien procedo.

–            ¿Entonces eres Dios, el Verbo de Dios?

–            Lo soy.

–           ¿Y lo dices así?

¿En presencia de tantos testigos que podrían denunciarte?

–             La Verdad no miente.

La Verdad no hace cálculos.

La Verdad es heroica.

–             ¿Y esto es una verdad?

–             La Verdad es el que os habla.

Porque el Verbo de Dios traduce Pensamiento de Dios.

Y Dios es Verdad.

La gente escucha concentrada, en medio de un silencio atento, para seguir la disputa,

la cual, de todas formas, se desarrolla sin asperezas.

Otros, desde otros lugares, han ido allí.

El patio está lleno, abarrotado de gente.

Centenares de caras dirigidas hacia un solo punto.

Y por los desembocaderos que conducen de otros patios a éste se asoman muchas caras,

alargando el cuello para ver y oír…

El Anciano Elquías y sus amigos se miran…

Una verdadera telefonía de miradas.

Pero se contienen.

No sólo eso, sino que un viejo doctor pregunta todo amable:

–           ¿Y para evitar los castigos que prevés, qué tendríamos que hacer?

–           Seguirme.

Y, sobre todo, creerme.

Y más aún, amarme.

–           ¿Eres una especie de mascota?

–          No. Soy el Salvador.

–           Pero no tienes ejércitos…

–            Me tengo a Mí mismo.

Recordad, recordad, por vuestro bien, por piedad hacia vuestras almas,

recordad las palabras del Señor a Moisés y a Aarón, cuando estaban todavía en la tierra de Egipto:

«Cada miembro del pueblo de Dios tome un cordero sin mancha, macho, de un año.

Uno por cada casa.

Y, si no basta el número de los miembros de la familia para acabar el cordero, que llame a los vecinos.

Lo inmolaréis el día decimocuarto de Abid, que ahora se llama Nisán.

Y con la sangre del inmolado untaréis las jambas y el dintel de la puerta de vuestras casas.

Esa misma noche comeréis su carne asada al fuego, con pan sin levadura y hierbas silvestres.

Y lo que pudiera sobrar destruidlo con el fuego.

Comeréis así: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies, el bastón en la mano.

Comeréis deprisa, porque pasa el Señor.

Y esa noche pasaré hiriendo a todos los primogénitos de hombre o de animal

que se encuentren en las casas no señaladas con la sangre del cordero». (Éxodo 12, 1-13)

Al presente, ahora que pasa de nuevo Dios…

– el más verdadero paso porque realmente Dios pasa visible entre vosotros, reconocible por sus signos -,

la salvación se detendrá en aquellos que estén señalados con la señal salvífica de la Sangre del Cordero.

Porque, en verdad, todos seréis señalados por ella, pero sólo los que aman al Cordero y amen su Signo

obtendrán de esa Sangre salvación.

Para los otros será la marca de Caín.

Y ya sabéis que Caín no mereció volver a ver el rostro del Señor.

Y que jamás conoció descanso. 

Y, con el peso a sus espaldas del remordimiento, del castigo y de Satanás, su cruel rey,

fue errante y fugitivo por la Tierra mientras tuvo vida.

Gran figura, grande, del Pueblo que agredirá al nuevo Abel…

–            También Ezequiel (9, 4-6) habla de la Tau…

¿Tú crees que tu Signo es la Tau de Ezequiel?

–             Es ése.

–            ¿Entonces nos estás acusando de que en Jerusalén haya abominaciones?

–           Quisiera no poder hacerlo.

Pero es así.

–           ¿Y entre los signados con la Tau no hay pecadores?

¿Puedes jurarlo?

–            Yo no juro nada.

Pero digo que, si entre los signados hay pecadores, su castigo será aún más tremendo,

porque los adúlteros del espíritu, los apóstatas,

los que después de haber sido seguidores de Dios sean sus asesinos serán los más grandes en el Infierno.

–            Pero los que no pueden creer que Tú seas Dios no tendrán pecado.

Serán justificados…

–             No.

Si no me hubierais conocido, si no hubierais podido constatar mis obras,

si no hubierais podido verificar mis palabras, no tendríais culpa.

Si no fuerais doctores en Israel, no tendríais culpa.

Pero vosotros conocéis las Escrituras y veis mis obras.

Podéis confrontarlas.

Y, si lo hacéis con honestidad, me veréis a Mí en las palabras de la Escritura…

Y veréis las palabras de la Escritura traducidas en obras en Mí.

Por eso no seréis justificados de no reconocerMe y de odiarMe.

Demasiadas abominaciones, demasiados ídolos, demasiadas fornicaciones, donde sólo Dios debería estar.

Y en todos los lugares donde estáis vosotros.

La salvación está en repudiar estas cosas y en acoger a la Verdad que os habla.

Por eso, donde matáis o tratáis de matar seréis muertos.

Y por eso seréis juzgados en las fronteras de Israel, donde todo poder humano viene a menos

y solamente el Eterno es Juez de sus criaturas.

–             ¿Por qué hablas así, Señor?

Te muestras severo.

–            Me muestro veraz.

Yo soy la Luz.

La Luz ha sido enviada para iluminar las Tinieblas.

Y la Luz debe resplandecer libremente.

Sería inútil el que el Altísimo hubiera enviado su Luz, si luego la hubiera cubierto con el moyo.

No hacen eso los hombres cuando encienden una luz, porque habría sido inútil encenderla.

Si la encienden es para que ilumine y que el que entre en la casa vea.

Yo vengo a dar Luz a la entenebrecida casa terrena de mi Padre, para que los que la habitan vean.

Y la Luz brilla.

Bendecidla si con su rayo purísimo os descubre reptiles, escorpiones, trampas, telas de araña, grietas en las paredes.

Os hace esto por amor.

Para daros la manera de conoceros, limpiaros, arrojar los animales perjudiciales

las pasiones, los pecados… 

Para daros la manera de reconstruiros antes de que sea demasiado tarde;

para daros la manera de ver dónde ponéis el pie – en la trampa de Satanás – antes de que os hundáis.

Pero para ver, además de la luz nítida, es necesario tener el ojo limpio.

A través de un ojo cubierto de materia por una enfermedad, no pasa la luz.

Limpiad vuestros ojos.

Limpiad vuestro espíritu para que la Luz pueda descender y entrar en vosotros.

¿Por qué perecer en las Tinieblas, cuando el Bonísimo os envía la Luz y la Medicina para curaros?

No es todavía demasiado tarde.

Venid, en el tiempo que os queda, venid a la Luz, a la Verdad, a la Vida.

Venid al Salvador vuestro, que os abre los brazos,

que os abre el corazón, que os suplica que lo acojáis para vuestro eterno bien.

Jesús se muestra verdaderamente suplicante, amorosamente suplicante,

despojado de cualquier otra cosa que no sea amor…

Hasta las fieras más obstinadas, más ebrias de odio, lo sienten.

Y sus armas se sienten vencidas, sus rencores no tienen fuerza de escupir su ácido.

Se miran.

Luego Elquías habla por todos:

–            ¡Has hablado bien Maestro!

Te ruego que aceptes el convite que ofrezco en tu honor.

–           No pido ningún honor aparte del de conquistar vuestras almas.

Déjame en mi pobreza…

–           ¿No querrás ofenderme negándote a aceptar?

–           No hay ninguna ofensa.

Te ruego que me dejes con mis amigos.

–           ¡También ellos!

¿Quién puede dudarlo?

Ellos también contigo ¡Gran honor para mi casa!…

¡Gran honor!…

Vas también a la casa de otros grandes.

¿Por qué no a la casa de Elquías?

–           Bien, voy a ir.

Pero cree que no podré decirte en el secreto de la casa palabras distintas de las que te he dicho aquí delante del pueblo.

–          ¡Tampoco yo!

¡Y tampoco mis amigos!

¿Lo dudas acaso?…

Jesús lo mira muy fijamente.

Dice:

–           No dudo sino de lo que ignoro.

Pero no ignoro el pensamiento de los hombres.

Vamos a tu casa…

La paz a los que me han escuchado.

Y al lado de Elquías se dirige hacia la salida del Templo,

seguido de la fila de sus apóstoles, mezclados – no van entusiastas de ello – con los amigos de Elquías.  

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