490 Yo Soy el Cristo


489 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

414a Invectiva contra fariseos y doctores en el convite en casa del Anciano Elquías.

En la casa de Elquías el fariseo, el grupo apostólico ha quedado de pie en el vestíbulo,

a la espera del anfitrión que se retiró, para empezar el banquete.

Pedro dice:

–         Maestro…

¡Apenas si puedo respirar!…

Varios le preguntan:

–         ¿Por qué?

–         ¿Qué te pasa?

–           ¿Te sientes mal?…

Pedro se toca el cuello:

–           No. Pero no a mi gusto.

Siento ahogarme…

Estoy como el que ha caído en una trampa…

Jesús aconseja:

–          No te pongas nervioso.

Procurad todos vosotros ser prudentes.

Siguen en grupo y en pie, hasta que entran los fariseos seguidos de los siervos…

Elquías ordena:

–            Tomemos asiento sin demora alguna.

Tenemos reunión y no podemos perder el tiempo.

Y señala los lugares, en tanto que los siervos trinchan las viandas

Y distribuye los puestos, mientras los criados trinchan las carnes y sirven las viandas.  

Jesús está al lado de Elquías y junto a Él Pedro.

Elquías ofrece lo que van a comer y empieza la comida en medio de un silencio glacial…

Poco a poco empiezan a aflorar las primeras palabras.

Como es natural, se dirigen a Jesús, porque los Doce son tratados como si no estuviesen.

Y empieza el cuestionario capcioso…

Los doctores de la Ley se apuntan y,

Daniel pregunta:

–          Maestro…

¿Estás de veras seguro de ser lo que dices?

Jesús responde:

–          No lo digo Yo por mi propia boca.

Los Profetas lo dijeron antes de que Yo estuviese entre vosotros.

Nahúm, Ismael ben Fabi y Cananías,

casi al unísono exclaman:

–           ¡Los profetas!

–           Tú no quieres admitir que nosotros seamos santos.

–           Puedes pensar que sea cierto si afirmo,;

que nuestros profetas pudieron ser unos hombres exaltados.

Jesús:

–          Los profetas son santos.

Sadoc y Calascebona:

–           Y nosotros, no. ¿No es verdad?

Ten en cuenta que Sofonías pone a los profetas y a los sacerdotes como causa de la condenación de Israel:

“Sus profetas son unos exaltados. Hombres sin fe y sus sacerdotes profanan las cosas santas y violan la Ley”

(Cfr. Sof. Cap. 3)continuamente nos echas en cara esto.

–           Si aceptas al profeta en la segunda parte de lo que dice, debes aceptarlo también en la primera

y reconocer que no hay ninguna base en que apoyes tus palabras; que son de unos exaltados.

Antes de que Jesús pueda responder; Tolmé, el satanista;

pregunta:

–             Rabí de Israel respóndeme: cuando pocas líneas después dice Sofonías:

“Canta y alégrate, hija de Sión. El señor ha retractado su sentencia dictada contra ti…

El Rey de Israel está en medio de Ti…”

¿Acepta tu corazón estas palabras?

Jesús exclama:

–             ¡Esta es mi alegría!

¡Repetirme estas palabras, soñando en ese día!

Eleazar ben Anás:

–             Pero son palabras de un profeta.

De un exaltado. Y por lo tanto…

El doctor de la Ley por un momento se queda sin poder decir palabra alguna…

Viene en su ayuda, la voz de Simón Boetos, un amigo suyo…

–             Nadie puede dudar de que Israel reinará…

Doras:

–             No uno.

Sino todos los profetas y los patriarcas, nos legaron esta promesa de Dios.

Jesús:

–           Y ninguno de los profetas ha dejado de señalarme por lo que Soy.

Sadoc el escriba de Oro,

señala:

–            ¡Eso está bien!

Pero no tenemos las pruebas…

Puedes también ser Tú un exaltado.

¿Qué pruebas nos das de ser el Mesías, el Hijo de Dios?

Dame un punto de apoyo para que pueda decidir.

Jesús lo mira fijamente….

y dice solemne:

–            No te recito mi muerte, que describieron David e Isaías.

¡Pero si te anuncio mi Resurrección!

Daniel lo mira admirado.

Y todos los demás protestan al mismo tiempo:  

–            ¿Tú?

–            ¿Vas a hacer qué?

–            ¡Tú!

–          ¿Cómo?

–          ¡Estás loco!

–          ¿Vas a resucitar Tú?

–           ¿Y Quién lo va a hacer?

–           Ciertamente nosotros, no.

–           Tampoco el pontífice, ni el monarca; ni las castas, ni el pueblo.

Jesús:

–           Resucitaré por Mí Mismo.

Nahum y Sadoc gritan:

–          ¡No blasfemes, Galileo!

–           ¡No mientas!

Jesús:

–          No hago más que dar Honor a Dios y decir la Verdad.

Con Sofonías te digo: “Espera mi Resurrección”

Hasta ese momento, podrás tener dudas.

Podréis tenerlas todos vosotros.

Y podréis trabajar en inculcarlas entre el Pueblo…

Pero después no lo podréis…

Cuando el Eterno Viviente por Sí Mismo,

después de haber redimido, resucite para no morir más.

Juez Intangible, Rey Perfecto, que con su cetro y su Justicia; gobernará y juzgará hasta el Fin de los Siglos.

Y continuará reinando en los Cielos por toda la Eternidad.

Elquías cuestiona:

–           Pero, ¿No sabes que estás hablando a Doctores y Sinedristas?

Jesús responde:

–          ¿Y qué importa?

Vosotros me habéis preguntado. Yo respondo.

Vosotros manifestáis deseos de saber;

Yo os ilumino con la Verdad.

No querrás que os recuerde la otra maldición del Deuteronomio que no se refiere a las vestiduras, sino a otra cosa…

Y qué dice: “Maldito quién a escondidas, pega a su prójimo” 

–           Yo no te he pegado, te estoy dando de comer.

–           No.

Pero tus preguntas llenas de falacia, son golpes que me das por la espalda.

Ten cuidado, Elquías.

Porque las maldiciones de Dios continúan…

Y después de la que cité, viene otra:

Maldito quién acepta regalos para condenar a muerte a un Inocente…” 

–           En este caso, quién acepta los regalos eres Tú, huésped mío…

–           Yo no condeno ni siquiera a los culpables, si están arrepentidos.

–           Entonces no eres justo.

Daniel, el que desde el atrio se mostrara a favor de Jesús,

dice:

–           No. Justo lo es.

Porque él piensa que el arrepentimiento merece perdón y por esto no condena.

Elquías, ordena:

–          ¡Cállate tú, Daniel!

¿Quieres saber más que nosotros?

¿O acaso te ha seducido uno sobre el que falta, todavía mucho que decidir…

Y que nada hace por ayudarnos a que nos decidamos en su favor?…

Daniel dice:

–          Sé que vosotros sois los sabios…

Y yo un sencillo judío que, ni siquiera sé, por qué queréis que esté frecuentemente entre vosotros…

Elquías exclama:

–           ¡Por qué eres mi pariente!

Es fácil de comprenderse.

Quiero que los parientes míos sean santos y sabios.

No puedo permitir que se ignoren las Escrituras, ni la Ley…

Ni los Halasciot, ni los Midrasciot, ni el Haggada…

¡No puedo soportarlo!

Hay que conocer todo…

Hay que observar todo…

–            Te estoy muy agradecido con los cuidados con los que me rodeas.

Pero yo, humilde campesino, que indignamente me he convertido en pariente tuyo;

de lo único que me he preocupado ha sido de conocer las Escrituras y los Profetas…

Para tener consuelo en mi vida…

Y con la sencillez de un indocto te confieso que reconozco en el Rabí,

al Mesías a quien precedió su Precursor que nos lo indicó…

Y el Espíritu de Dios, no puedes negarlo; se había apoderado de Juan…

No pueden negar que el Bautista hubiese dicho la verdad….

Pero tampoco quieren afirmarlo…

Daniel, el más sencillo de todos y aficionado al Bautista, los ha puesto en su lugar.

Entonces otro dice:

–             Bien…

Digamos que el Precursor es precursor del ángel que Dios envía para preparar el camino del Cristo.

Y… admitamos que en el Galileo hay santidad suficiente para juzgar que Él es ese ángel.

Después de Él vendrá el tiempo del Mesías.

¿No os parece a todos conciliador este pensamiento?

¿Lo aceptas, Elquías?

¿Y vosotros, amigos?

¿Y Tú, Nazareno?

—          ¡No!

–           ¡No! 

–           ¡No!

Los tres noes son seguros.

–          ¿Cómo?

¿Por qué no lo aprobáis?

Elquías calla.

Callan sus amigos.

Solamente Jesús, sincero,

responde:

–          Porque no puedo aprobar un error.

Yo soy más que un ángel.

El ángel fue el Bautista, Precursor del Cristo.

Y el Cristo soy Yo.

Un silencio total invade el salón comedor.

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