496 Zacarías el Leproso


496 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 417 Historia de Zacarías el leproso 

Es una vasta plaza – parece un mercado – rica en sombra de palmeras.

Y donde hay otros árboles más bajos y frondosos.

Las palmeras crecen, acá o allá sin orden.

Y cimbrean el penacho de sus hojas, que crepitan con un viento caliente y alto, 

portador de abundante polvo rojizo como si viniera de un desierto

o por lo menos, de lugares agrestes de tierra rojiza.

Los otros árboles forman como una galería a lo largo de los lados de la plaza, una galería de sombra,

bajo la cual están refugiados vendedores y compradores, en medio de un jaleo inquieto y vocinglero.

En un ángulo de la plaza, exactamente en donde termina el camino principal,

hay una primitiva oficina de recaudación de impuestos donde se ven balanzas, medidas y un banco;

tras el cual está sentado un hombre pequeño que vigila, observa y cobra.  

Y con el cual todos hablan como si fuera conocidísimo.

Sé que es Zaqueo el recaudador, porque muchos así lo llaman.

Quién para preguntarle sobre las cosas sucedidas en la ciudad

– son los forasteros -, quién para depositarle sus impuestos.

Muchos se asombran de su preocupación.

En efecto, parece distraído y absorto en algún pensamiento.

Responde con monosílabos y a veces con gestos.

Ello asombra a muchos, porque se ve que habitualmente Zaqueo es locuaz.

Alguno le pregunta si se siente mal o si tiene parientes enfermos.

Pero él lo niega.

Sólo dos veces se interesa vivamente.

La primera, cuando pregunta a dos que vienen de Jerusalén y que hablan del Nazareno;

contando milagros y predicación.

Entonces Zaqueo hace muchas preguntas:

–           ¿Es verdaderamente bueno como dicen que es?

¿Sus palabras corresponden a los hechos?

¿La misericordia que predica la usa realmente?

¿Para todos?

¿Incluso para los publicanos?

¿Es verdad que no rechaza a nadie?

Y escucha, piensa y suspira.

Otra vez, es cuando uno le señala a un hombre de poblada barba, que pasa con su jumento cargado de enseres. 

Y señala diciendo:

–            ¿Ves, Zaqueo?

Aquél es Zacarías el leproso.

Hacía diez años que vivía en un sepulcro.

Ahora que está curado compra de nuevo los enseres para su casa, vaciada por la Ley,

cuando él y los suyos fueron declarados leprosos.

Zaqueo indica:

–            Llamadlo.

Zacarías viene.

Zaqueo pregunta:

–           ¿Tú eras leproso?

Zacarías responde:

–            Lo era.

Y conmigo mi mujer y mis dos hijos.

La enfermedad se apoderó primero de ella y no nos dimos cuenta inmediatamente.

Los niños se contagiaron durmiendo en brazos de su madre y yo acercándome a mi mujer.

¡Todos estábamos leprosos!

Cuando se dieron cuenta, nos echaron del pueblo…

Habrían podido dejarnos en nuestra casa.

Era la última… al final de la calle.

No habríamos creado dificultades…

Ya había dejado crecer mucho el seto, para que ni siquiera fuéramos vistos.

Era ya un sepulcro…

Pero era nuestra casa…

Nos echaron.

Nos echaban.

Ningún pueblo nos aceptaba.

¡Es justo!

¡Ni siquiera el nuestro nos había aceptado!

Nos instalamos cerca de Jerusalén, en un sepulcro vacío.

Allí hay muchos desdichados.

Pero los niños, con el frío de la caverna, murieron.

Enfermedad, frío y hambre los mataron pronto…

Eran dos varones… hermosos antes de la enfermedad.

Fuertes y guapos.

Brunos como dos moras de agosto, de cabellos rizados, despabilados…

Se habían convertido en dos esqueletos cubiertos de llagas…

Sin pelo, cerrados los ojos por las costras, cayéndose en escamas blancas los piececitos y las manos.

¡Se fueron deshaciendo ante mis ojos mis niños!…

No tenían ya figura humana aquella mañana en que murieron, a pocas horas de distancia…

Los sepulté como a despojos de animales, debajo de poca tierra y muchas piedras…

Mientras la madre gritaba.

Unos meses después murió la madre…

Y me quedé solo.

Estaba esperando la muerte…

Y no habría tenido ni siquiera una fosa excavada con las manos de los demás…

Estaba casi ciego ya, cuando un día pasó el Nazareno.

Desde mi sepulcro grité:

–          «¡Jesús! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!».

Me había referido un mendigo, que no había tenido miedo de llevarme su pan;

que él había sido curado de su ceguera invocando al Nazareno con aquel grito.

Y decía:

«No me ha dado sólo la vista de los ojos, sino también la del alma.

He visto que es el Hijo de Dios y veo a todos a través de Él.

Por este motivo no huyo de ti, hermano, sino que te traigo pan y fe.

Ve donde el Cristo.

Que haya uno más que lo bendiga».

Ir no podía.

Los pies, llagados hasta el hueso, no me permitían caminar…

Y además… me habrían apedreado, si me hubieran visto.

Estuve atento a cuando pasase…

Lo hacía frecuentemente para ir a Jerusalén.

Un día vi – lo que podía ver – una polvareda en el camino, una muchedumbre de gente…

Y oí voces.

Me arrastré hasta el borde de la colina donde estaban las grutas sepulcrales.

Y cuando me pareció ver una cabeza rubia descubierta que resplandecía entre las otras cabezas cubiertas,

Grité. Fuerte.

Con toda la voz que tenía…

Tres veces grité.

Hasta que le llegó mi grito.

Se volvió. Se detuvo.

Vino hacia Mí.

Solo. Llegó justo debajo del lugar donde yo estaba y me miró.

¡Hermoso, bueno, con dos ojos, una voz, una sonrisa…!

Dijo: «¿Qué quieres que te haga?».

“Quiero quedar limpio». »

¿Crees que puedo hacerlo?

¿Por qué?» me preguntó.

«Porque eres el Hijo de Dios.”

«¿Lo crees?”

«Lo creo» respondí.

«Veo el resplandor de la gloria del Altísimo sobre tu cabeza.

¡Hijo de Dios, ten piedad de mí!».

Él entonces extendió la mano con un rostro que era todo fuego.

Los ojos parecían dos soles azules.

Dijo: «Lo quiero. Queda limpio”

¡Y me bendijo con una sonrisa!…

¡Qué sonrisa!

Sentí que una fuerza entraba en mí.

Como una espada de fuego que corría buscándome el corazón, que corría por las venas.

El corazón, que estaba muy enfermo, volvió a como cuando tenía veinte años;

la sangre helada de mis venas se volvió de nuevo caliente y rápida.

Cesaron el dolor y la debilidad.

Y… ¡Una alegría… una alegría…!

Él me miraba, con esa sonrisa suya que me hacía tan feliz.

Luego dijo:

«Ve, preséntate a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado».

Entonces comprendí que estaba curado.

Miré mis manos y mis piernas.

Ya no estaban las llagas.

Donde antes estaba descubierto el hueso, había entonces carne rosada y fresca.

Corrí a un regato y me miré.

La cara también estaba limpia.

¡Estaba limpio!

¡Estaba limpio después de diez años de asquerosidad!…

¡Ah! ¿Por qué no había pasado antes, en los años en que estaba viva mi mujer y mis niños?

Nos habría curado.

Ahora, ¿Ves?

Compro para mi casa…

¡Pero estoy solo!…

Zaqueo pregunta:

–             ¿No lo has vuelto a ver?

–             No.

Pero sé que está por esta zona y he venido a propósito.

Quisiera bendecirlo una vez más y ser bendecido para tener fuerza en mi soledad.

Zaqueo baja la cabeza y calla.

El grupo se disuelve.

Pasa un tiempo.

La hora se hace calurosa.

La gente desaloja el mercado.

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