Archivos diarios: 21/04/22

504 Perdón Misericordioso


503 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

423a Partida del Iscariote.

Judas se ha despedido y ha desaparecido en el camino, mientras el alba lentamente avanza y se ilumina la campiña.

El resto de la comitiva apostólica, que lo ha mirado con atención…

Desata una ola de comentarios…

Pedro observa:

–            ¡Mmm! Ya no parece tan cansado…

Nathanael agrega:

–             Sí.

Aquí iba arrastrando las sandalias.

Allá corre como una gacela…

Moviendo la cabeza,

Tadeo sentencia:

–            Tu saludo ha sido santo, Hermano.

Pero, a menos que el Señor lo someta con su voluntad…

De nada servirá la asistencia de Dios para hacerle cumplir buenos pasos y acciones justas.

Jesús lo amonesta:

–             ¡Judas, no porque me seas hermano estás exento de reprensión!

Te reprendo por tanto, tu acritud e intransigencia hacia tu compañero.

El tiene sus culpas.

Pero tú también tienes las tuyas.

Y la primera es el no saber ayudarme a formar esa alma.

Lo exasperas con tus palabras.

Los corazones no se vencen con la violencia.

¿Crees que tienes derecho a censurar todas sus acciones?

¿Te sientes tan perfecto como para poder hacerlo?

Te recuerdo que Yo, tu Maestro, no lo hago.

Porque amo a esa alma informe.

Es la que más piedad me produce de todas…

Precisamente por ser informe.

¿Crees que goza de su estado?

¿Y cómo vas a poder ser mañana maestro de espíritus…

Si no te ejercitas con un compañero en usar la infinita caridad que redime a los pecadores?

Judas de Alfeo agacha la cabeza ya desde las primeras palabras.

Pero al final, hinca en tierra sus rodillas,

Diciendo:

–            Perdóname.

Soy un pecador.

Y repréndeme cuando esté en culpa, porque la corrección es amor…

Y el único que no comprende la gracia de ser corregido por el sabio es el necio.

–            Ya ves que lo hago, por tu bien.

Pero con la reprensión va unido el perdón, porque sé comprender la razón de tu rigor…

Y porque la humildad del corregido desarma al que corrige.

Levántate, Judas.

Y no peques más.

Jesús lo toma de la mano y lo mantiene a su lado con Juan;

quedando así Él enmedio y abrazando a los dos.

Los otros apóstoles hacen comentarios entre sí primero bisbiseando…

Luego más alto, por el hábito que tienen de hablar en voz alta.

Y así se escucha, que están comparando a los dos Judas.

Tomas dice:

–            ¡Si hubiera sido Judas de Keriot el que hubiera oído ese reproche!

¡Habría que haber visto cómo se habría sublevado!

Tu hermano es bueno.

Santiago de Alfeo responde: 

–               Pero… bueno…

No se puede decir que haya hablado mal.

Ha dicho una verdad sobre Judas de Keriot.

Mateo dice con franqueza:

–            ¿Tú crees eso del amigo que va a ver a Judea?

Yo no.

Recordando la escena que no puede olvidar,

Pedro agrega:

–             Serán…

Cuestiones de viñas como en el mercado de Jericó.

Todos ríen.

Felipe observa:

–              Cierto que se necesita el Maestro para compadecerlo tanto… – observa Felipe.

Santiago de Zebedeo,

le rebate:

–            ¿Tanto?

Deberías decir: «Siempre»

Nathanael dice:

–              Si fuera yo, yo no sería tan paciente.

Mateo confirma:

–              Tampoco yo.

La escena de ayer ha sido verdaderamente desagradable.

Tratando de conciliar,

Zelote añade:

–             Ese hombre no debe estar completamente sano de mente.

Pedro agrega:

–             Pero siempre sabe hacer bien sus cosas…

Demasiado bien incluso.

Apostaría mi barca, mis redes, la casa incluso;

con la seguridad de no perder nada…

A que está yendo a ver a algún fariseo mendigando protecciones…

Dándose un manotazo en la frente,

Tomás exclama:

–             ¡Es verdad!

¡Ismael!

¡Ismael está en Meguiddó!

¿Cómo no lo hemos pensado?

!Hay que decírselo al Maestro!

Zelote declara:

–               Es inútil.

El Maestro lo seguiría disculpando y a nosotros nos reprendería.

Santiago de Zebedeo insiste:

–              De todas formas…

Vamos a probar.

Ve tú, Santiago.

Te ama, eres su pariente…

Santiago de Alfeo responde:

–            Para Él somos todos iguales.

Aquí, en nosotros no ve parientes o amigos;

ve solamente apóstoles.

Y es imparcial.

Pero por complaceros voy.

Y acelera el paso…

Separándose de los compañeros, para alcanzar a Jesús.

El siempre prudente Andrés,

comenta:

–          Pensáis que ha ido a ver a un fariseo.

A uno o a otro, poco importa…

Pero yo pienso que lo ha hecho por no venir a Cesárea.

No va allí de buena gana… 

Tomás agrega:

–             De un tiempo a esta parte, da la impresión de que siente repulsa por las romanas.

Zelote observa:

–            Y, a pesar de todo…

Mientras vosotros ibais a Engadí y yo a casa de Lázaro con él;

estaba lleno de alegría por hablar con Claudia…

Pedro masculla:

–               Sí… pero…

Precisamente entonces hizo alguna de sus fechorías.

Y yo creo que Juana lo sabe y que llamó a Jesús por eso.

Y…

Señalándose la cabeza,

Finaliza diciendo:

Y…

Hay muchas cosas que me trituro aquí dentro, desde que Judas se enfureció tanto en Betsur…

Curioso, Mateo pregunta:

–            ¿Qué dices…?

–             Pues…

No sé… Ideas…

Veremos…

Con tono de ruego, Andrés dice:

–            ¡No pensemos mal!

El Maestro no quiere.

Y no tenemos ninguna prueba de que haya hecho algo malo.

Pedro exclama:

–            ¡Sólo esto faltaba!

¡No me querrás decir que hace bien causando dolor al Maestro, faltándole al respeto!

¡Provocando malos ánimos entre nosotros…!

Zelote le dice:

–              ¡Tranquilo, Simón!

Te aseguro que está un poco loco…

–              Será así.

Pero es uno que peca contra la bondad de nuestro Señor.

Yo, aunque me escupiera en la cara, aunque me abofeteara;

lo soportaría por ofrecérselo a Dios por su redención.

Me he metido en la cabeza hacer todo tipo de sacrificio por esto.

Y para dominarme, me muerdo la lengua;

me hinco las uñas en las palmas cuando se comporta como un loco.

Pero lo que no puedo perdonar es que sea malo con nuestro Maestro.

El pecado que comete contra Él es como si me lo hiciera a mí,.

Y no lo perdono.

¡Además… si fuera de vez en cuando!

¡Qué va!

¡Está siempre detrás!

¡No consigo hacer que se me pase la rabia que me hierve dentro, por alguna escena suya!

¡Cuando ya arma otra!

Una, dos, tres…

¡Hay un límite!

Pedro habla casi gritando y gesticulando lleno de enojo.

La sombra blanca como se ve a Jesús en la obscuridad de la noche,

porque va unos diez metros por delante, se vuelve…

Diciendo:

–               No hay límite para el amor y el perdón.

No lo hay.

Ni en Dios ni en los verdaderos hijos de Dios.

Mientras hay vida no hay límite.

La única barrera que es obstáculo para que descienda el perdón y el amor;

es la resistencia impenitente del pecador.

Pero, si éste se arrepiente, se le ha de perdonar siempre.

Aunque pecase no una, dos, tres veces al día, sino muchas más.

Vosotros también pecáis y queréis perdón de Dios…

Y a Él vais y decís:

«¡He pecado! ¡Perdóname!».

Y os es dulce el perdón, de la misma forma que a Dios le es dulce perdonar.

Y vosotros no sois dioses.

Por eso, es menos grave la ofensa que un semejante vuestro os hace;

que la que hace a Aquel que no es semejante de ningún otro.

¿No os parece?

Y sin embargo, Dios perdona.

Haced también vosotros lo mismo.

¡Estad atentos a vosotros!

Estad atentos a que vuestra intransigencia no se transforme en daño,

provocando intransigencia de Dios hacia vosotros.

Ya lo he dicho, pero lo repito otra vez:

Sed misericordiosos para obtener misericordia.

Ninguno está tan sin pecado, que pueda ser intransigente con el pecador.

Mirad vuestros pesos, antes de los que gravan el corazón ajeno;

quitad primero de vuestro espíritu los vuestros,.

Luego ocupaos de los ajenos, para mostrar a los demás no rigor que condena sino amor que enseña.

Y ayuda a ser liberados del Mal.

Para poder decir, sin que el pecador te haga callar…

Para poder decir: «Has pecado respecto a Dios y respecto al prójimo», es necesario no haber pecado.

O al menos, haber expiado el pecado.

Para poder decir a quien se siente abatido por haber pecado:

«Ten fe, que Dios perdona a quien se arrepiente»

Como ministros, como siervos de este Dios que perdona a quien se arrepiente…

Debéis perdonar mostrando mucha misericordia.

Entonces podréis decir:

«¿Ves, pecador arrepentido?

Yo perdono tus culpas una y mil veces…

Porque soy siervo de Aquel que perdona innumerables veces;

a quien otras tantas veces se arrepiente de sus pecados.

Piensa entonces cómo te perdona el Perfecto, si yo, sólo porque lo sirvo, sé perdonar.

¡Ten fe!».

Esto debéis poder decir.

Y decirlo con la acción, no con las palabras.

Decir perdonando.

Por eso, si vuestro hermano peca, reprendedlo con amor y si se arrepiente, perdonadlo.

Y si al cabo del día ha pecado siete veces y siete veces os dice: «Me arrepiento»,

otras tantas veces perdonadlo.

¿Habéis comprendido?

¿Me prometéis que lo haréis?

Mientras está lejos…

¿Me prometéis que tendréis compasión de él?

¿Me prometéis ayudarme a curarlo, con vuestro sacrificio de conteneros cuando yerra?

¿No queréis ayudarme a salvarlo?

Es un hermano vuestro de espíritu, al venir de un único Padre;

de raza, al venir de un único pueblo;

de misión, al ser apóstol como vosotros.

Tres veces debéis amarlo pues.

Si en vuestra familia tuvierais un hermano que diera dolor a vuestro padre…

y diera de sí motivo de críticas.

¿No trataríais de corregirlo para que vuestro padre no sufriera más

y el pueblo no hablase mal de vuestra familia?

Y entonces?

¿No es la vuestra una más grande y santa familia cuyo Padre es Dios, cuyo Primogénito soy Yo?

¿Por qué, entonces, no queréis consolarnos al Padre y a Mí,…?

¿Y ayudarnos a hacer bueno al pobre hermano que – creedme – no es feliz de ser así?…

Jesús, angustiadamente, suplica por el apóstol tan lleno de faltas…

Y termina:

–                Yo soy el gran Mendigo.

Y os pido el óbolo más preciado:

OS PIDO ALMAS.

Las voy buscando.

Pero vosotros me tenéis que ayudar…

Saciad el hambre de mi Corazón, que busca amor y no lo encuentra sino en demasiado pocos.

Porque los que no tienden a la perfección, para Mí son como panes arrebatados a mi hambre espiritual.

Dad almas a vuestro Maestro, afligido de ser aborrecido e incomprendido…

Los apóstoles están conmovidos…

Muchas cosas quisieran decir.

Y todas las palabras les parecen demasiado mezquinas…

Se arriman al Maestro, todos quieren acariciarlo para hacerle sentir que lo quieren.

Finalmente, es el manso Andrés,

el que dice:

–               Sí, Señor.

Con paciencia y silencio y sacrificio, las armas que convierten, te daremos almas.

También ésa…

si Dios nos ayuda…

Los demás lo apoyan diciendo:

–             Sí, Señor.

–            Y Tú ayúdanos con tu oración.

–            Sí, amigos.

Entretanto, vamos a orar juntos por el compañero que se ha marchado.

«Padre nuestro que estás en el Cielo…».

La voz perfecta de Jesús dice las palabras del Pater articulándolas clara y lentamente.

Los otros le hacen coro en tono bajo.

Y orando, se alejan en la noche…