506 Una Conversación Mundana


506 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

425 En Cesárea Marítima. Los romanos mundanos

Desde la cima de las colinas, se ve la costa mediterránea.

Las ciudades marítimas aparecen envueltas en la blancura de sus casas entre el verdor de la floresta y el azul del mar…

En el que se refleja el azul del Cielo.

Acaba de amanecer y después de haberse pintado la aurora de color rosado, la tiñe después de azul.

Y la brisa matinal sacude el rocío con las primeras caricias del sol, esparciendo el aroma de las flores y del mar.

La ciudad de Cesárea se ve recostada en la orilla.

Hermosa como lo son todos aquellos lugares en que la gloria de la cultura romana ha echado raíces.

Termas y palacios de mármol blanquean, como bloques de nieve aprisionada en los barrios más cercanos al mar.

A estos palacios hace guardia una torre blanca, alta, cuadrada, situada en dirección al puerto…

Que parece vigilarlo montando guardia.

Alrededor hay muchas casas más modestas de estilo hebreo, con viñas y jardines colgantes sobre las terrazas.

Y muchos árboles con el follaje cuidadosamente arreglado.  

Cesárea tiene vastos mercados cerca de las plazas, donde forma una imagen calidoscópica de rostros, colores y géneros…

A los que afluyen productos alimenticios finos para las refinadas mesas romanas.

Junto con los alimentos más comunes, traídos de las ubérrimas campiñas que rodean al puerto.

De esta forma se concentran ordenadamente, los almacenes para los alimentos más ricos, importados de todas partes. del mundo.

Bien sea de las distintas colonias romanas o de la distante Italia…

Para hacer menos penosa la ausencia de la lejana Patria.

Y los almacenes de los vinos o de las exquisiteces culinarias traídas de otros lugares, están bajo profundos pórticos.

Porque a los romanos no les gusta que el sol los queme, ni que los mojen las lluvias;

mientras buscan para sus paladares refinados los alimentos que consumirán en los banquetes.

Pues al ser epicúreos en el gusto del paladar…

Ello no debe faltar al respeto a los otros miembros de la sociedad, que tan cuidadosamente custodian.

Así que las sombras de pórticos frescos, arcos protectores para las lluvias que conducen desde el barrio romano…

Pues casi todo está construido en torno al palacio del Procónsul.

Que de esta manera está circundado entre la vía litoral y la plaza de los edificios militares y telonios.

En los almacenes romanos cercanos a los mercados de los judíos.

Hay mucha gente bajo estos pórticos…

Que, si bien no son bonitos en esta parte extrema suya que desemboca en los mercados;

cómodos sí que son;

tanto para transitarlos, como para encontrar lo que el cliente desea.

Se puede ver gente de todos los tipos:

Esclavos y libertos.

Y también algún que otro epicúreo señor circundado de esclavos…

Que dejando su litera en la vía, va indolente de una tienda a otra…

Comprando cosas que los esclavos recogen para llevarlas a casa.

Los mercados de Cesárea están llenos de todo género de artículos y de mercaderías traídas de todas partes del imperio. 

Hay mucha gente en la parte sur de los mercados y en sus cómodos pórticos.  

Son de todas las clases sociales y realizan sus compras con algarabía y disfrutando de todo lo que hay.

De esta manera, se escuchan…

Las consabidas ociosas conversaciones, cuando dos patricios romanos se encuentran:

Hablando del tiempo…

Del aburrimiento de la ciudad, que no ofrece las satisfacciones de la Italia lejana…

Añoranzas de espectáculos grandiosos, programas de festines y conversaciones licenciosas.

Un romano muy elegante a quién preceden unos diez esclavos cargados con bolsas y paquetes…

se encuentra con los dos patricios.

Al aproximarse, hay saludos mutuos:

–             ¡Salve, Ennio!

–             ¡Salve, Floro Tulio Cornelio!

–             ¡Salve, Marco Heracleo Flavio!

–             ¿Cuándo regresaste?

–             Anteayer al amanecer y rendido de cansancio.

El joven llamado Floro le dice con sorna:

–           ¿En qué te has fatigado?

¿Desde cuándo te has puesto a trabajar?

–            No te burles, Floro Tulio Cornelio.

Todavía ahora estoy sudando a causa de mis amigos.

El mayor, llamado Marco Heracleo Flavio,

le replica:

–           ¿Por tus amigos?

No te hemos pedido nada.

¿Por qué somos causantes de tu fatiga?

Ennio contesta:

–            Porque mi corazón está pendiente de vosotros.

¡Qué duros sois conmigo, que me preocupo por vosotros!

Y señalándolos, agrega:

¿Veis vosotros, crueles que os burláis de mí, esta fila de esclavos cargados con mercancías?

Otros los han precedido con otros pesos.

Y todo para vosotros.

Para daros honores.

Los otros antes que ellos, ya se fueron.

Los amigos protestan ruidosamente:

–           ¿Es esto lo que llamas trabajo?

–           ¿Un banquete?…

–           ¿Y por qué razón?

–           ¡Pssst!

¡Qué gritería entre nobles patricios!

¡Chist!

¡No es correcto un alboroto como éste entre nobles senadores!

Os parecéis a la plebe de esta ciudad donde nos consumimos en…

Marco replica:

–            Orgías y ocio.

Que no hacemos sino eso.

Todavía me pregunto:

¿Para qué estamos aquí?

¿Qué misiones tenemos?

Entre sí respectivamente se responden:

–            Morir de aburrimiento es una.

–            Enseñar a vivir a estas plañideras quejumbrosas es otra.

–            Y…

Sembrar a Roma en los sagrados senos de las mujeres hebreas es otra más.

–             Y otra es gozar aquí como en otras partes, de nuestra riqueza y poder;

al cual todo le está permitido.

Los tres se alternan como por una letanía….

Y ríen finalizando: 

–           Os parecéis a esta gente…

Sólo en que todos morimos.

–          Orgías y descanso que son nuestros compañeros inseparables.  

–           Todavía me pregunto,

¿Por qué estamos aquí?

¿Qué es lo que debemos hacer?

–            Una de las cosas que tenemos que hacer es morir de fastidio.

–             Porque enseñar a vivir a estas lloronas, es otra cosa muy distinta.

–           Y gozar aquí como en cualquier otra parte de nuestras rentas;

de nuestro poder al que todo se permite, es cosa muy diversa.

Los tres se entrelazan en  una conversación llena de intención y de picardías…

De la que brota la carcajada abierta…

De pronto, el joven Floro deja de reír.

Se pone serio.

Y frunciendo el ceño, su expresión se oscurece,

mientras dice:

–           Hace ya algunos meses que una sombra ha caído sobre la alegre corte de Pilatos.

Las mujeres más hermosas, parecen castas vestales.

Y sus maridos las secundan en su caprichosa extravagancia;

lo que roba demasiado placer a nuestras holganzas.

Ello quita mucho a las habituales fiestas…

–            ¡Ya!

Ennio dice:

–         Es cierto…

Y todo por seguir el capricho de ese burdo campesino Galileo…

Pero pronto se les pasará…

Marco responde:

–           Te engañas Ennio.

Tengo entendido que también Claudia ha caído en sus redes.

Y por eso…

Una estrambótica moderación de costumbres se ha apoderado de su palacio.

Pareciera que ha revivido la austera Roma Republicana…

–             ¡Ufff!

¡Qué aburrimiento!

–            Sí, una verdadera desgracia.

–            ¿Pero desde cuándo?

Floro contesta:

–          Desde el dulce Abril, propicio a los amores.

Tú no lo sabes, estabas ausente.

Nuestras damas regresaron tan fúnebres, como las plañideras de las urnas cinerarias.

Y nosotros los pobrecitos hombres, tenemos que buscar en otras partes, muchos consuelos…

Que ni siquiera se nos permiten en presencia de las que se han vuelto tan púdicas.

–          Una razón más para que os socorra.

Esta noche haré una gran cena…

Y además tendremos una grandiosa orgía en mi casa.

Estuve en Cintium y allí encontré delicias que estos apestosos tienen por inmundas:

Pavos reales, perdices, grullas y zancudas de todas clases.

Jabalís pequeños para nuestros gustos refinados…

La madre cazada y ellos cogidos vivos y criados para nuestras cenas.

Y ¡Tantos vinos!…

Vinos exquisitos de las colonias romanas.

¡De mis posesiones en las playas asoleadas de Aciri!…

Perfumados vinos de Quío y de la isla de la que Cintium es la piedra preciosa.

Vinos generosos de Iberia, tan buenos para poner fuego en las venas, para cuando llega la hora culminante…

¡Ah, delicados, preciosos vinos de las colinas romanas, de mis cálidas pendientes de Liternum!

También aromáticos vinos de Quío y de la isla en que Cintium es la gema.

¡Sin que falten los embriagadores vinos de Iberia, propicios para encender la sensualidad para el goce final….!

¡Oh, tiene que ser una gran fiesta!

Para sacudirnos el aburrimiento de este exilio.

¡Para sentir que estamos vivos!

Para persuadirnos de que somos todavía viriles…

Marco pregunta:

–             ¿Habrá también mujeres’?

–              ¡Bastantes!…  

Entre los que vienen mujeres bellas y blancas, como las azucenas…

Y mucho más bonitas que las rosas.   

Hermosas mujeres de todos los colores y… sabores.

Un tesoro me ha costado adquirir todas las mercancías.

¡Oh!

Y entre ellas las hembras…

¡Porque soy generoso para los amigos…!

Acabo de hacer aquí las últimas compras;

que no hice antes, para que no se echaran a perder en el viaje. 

¡Después del banquete…!

¡Ah! Nosotros nos deleitaremos con el el amor!…

–             ¿Has tenido buena navegación?

–             Magnífica.

Venus marina me fue propicia.

Por lo demás es a ella a quién dedico el rito de esta noche…

–           ¡Oh!

¡Será una gran fiesta para ahuyentar el fastidio de este destierro!…

–           ¡Para convencernos de que todavía somos viriles!…

Los tres ríen alegremente gustando por anticipado sus sensuales fantasías…

Floro pregunta:

–          ¿Por qué motivo harás esta fiesta tan extraordinaria?

–           Por tres motivos:

Mi amado nieto se pondrá en estos días la toga viril y debo dar solemnidad a este acontecimiento.

Y luego festejarlo cómo es meritorio. 

Una obediencia al presagio que me decía que Cesárea se transformaría en dolorosa morada…

Y había que conjurar el hado con un rito a Venus, para disipar la tristeza.  

El tercero…

Os lo diré en voz baja:

Estoy de bodas…

Los dos amigos dicen al mismo tiempo:

–           ¿Tú?

–           ¡Eres un mentiroso!

Ennio hace un gesto de deleite anticipado,

y afirma:

–           De veras.

Está uno de bodas cuando se da el primer sorbo a un ánfora cerrada.

Esta noche lo haré.

He pagado por ella veinte mil sextercios o, si lo preferís, doscientos áureos.

Porque en realidad es lo que he terminado por desembolsar entre intermediarios y… similares. 

La compré con doscientas monedas de oro.  

Pero no la habría encontrado más hermosa y pura;

ni aunque la hubiera dado a luz Venus en una aurora de Abril.

Y la hubiera hecho de espumas y rayos de oro.  

Un capullo, un verdadero capullo cerrado…

¡Ah, y yo soy su dueño! 

Ni Venus hubiera sido capaz de parir tal preciosidad:

Es bella como la aurora.

Blanca y de cabellos rubios como el oro.

Pura y hermosa como ninguna.

¡Es un botón!

Un capullo cerrado.

¡Ah!

¡Y  yo soy su dichoso dueño!…

Marco Heracleo dice bromeando:

–           ¡Profanador! 

–           ¡No la hagas de censor, que eres igual que yo…!

Cuando se fue Valeriano aquí languidecíamos de aburrimiento.

Todos nos moríamos de fastidio y de cansancio.

Yo entro ahora en su lugar

Los tesoros de los antepasados están para esto.

Y no voy a ser como él;

tan necio que espere a que la más rubia que la miel, Gala Ciprina, la he llamado así…

Sea corrompida por las melancolías y filosofías de los enervados que no saben gozar de la vida…

Los tesoros de nuestros antepasados para esto sirven:

Para disfrutarlos.

No esperaré a que ese capullo de Alhelí, se me muera de nostalgia…

Floro exclama:

–            ¡Bravo!

Pero…

La esclava de Valeriano era docta y…

Ennio lo interrumpe:

–          ¡Y estaba desquiciada con la lectura de sus filósofos!

Pero, ¿Quién piensa en el alma, en la otra vida y en virtudes?…

¡Vivir es gozar!…

Y aquí se vive.  

Y nosotros estamos vivos.

Ayer eché al fuego, todos esos funestos rollos.

Y bajo pena de muerte he ordenado a los esclavos, que no vuelvan a acordarse de míseros filósofos y galileos.

Ese capullo tan solo me conocerá a mí…

–            ¿Dónde la encontraste?

–            Hubo alguien sagaz que compró esclavos después de las guerras gálicas.

Los eligió con perfección y los usó tan solo como reproductores;

alimentándolos bien y tratándolos mejor.

Lo único que tenían que hacer era procrear flores nuevas de suprema belleza…

Y Gala es una de éstas.

Ya es púber.  

El dueño me la vendió…

Y yo la compré…

¡Ja, Ja, Ja!…

–            ¡Libidinoso!

–             Si no la compraba yo, otro la hubiera comprado…

Por eso no debió haber sido mujer…

–          Si te oyese…

De pronto el patricio se interrumpe y…

Marco exclama:

–           ¡Oh! ¡Míralo!

Enio pregunta:

–           ¿A quién?

–            El Nazareno que ha hechizado a nuestras damas.

Está detrás de ti…

Ennio se vuelve como si en la espalda tuviese un áspid.

Mira a Jesús, que avanza lentamente entre la gente que se apiña alrededor de Él. 

Gente pobre en la que hay también esclavos romanos.  

Y riendo maliciosamente, lanza una sarcástica carcajada…

Enio pregunta:

–          ¿Ese andrajoso?

Las mujeres son unas depravadas.

Pero vámonos antes de que nos hechice también a nosotros.

Y volviéndose a por fin a sus pobres esclavos, que han estado todo el tiempo bajo sus cargas;

semejantes a cariátides para las cuales no hay piedad,

agrega:

–            Vosotros habéis estado perdiendo el tiempo hasta ahora…

¡Raudos!  

Que los preparadores están esperando las especias y los perfumes. 

Daos prisa.

¡Corriendo!

Acordaos que está el látigo, si no está todo listo para el crepúsculo.

Los esclavos se van a la carrera.

Y con toda lentitud, los siguen los tres patricios.

Jesús, que oyó las últimas palabras de Ennio; 

sigue caminando triste…

Viendo con infinita compasión a los esclavos, que corren con su carga. 

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