507 El Tiempo y la Libertad


507 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

425a Parábola de los hijos con destinos distintos.

Jesús sigue caminando.

Triste, porque oyó las últimas palabras de Ennio.

Y desde lo alto de su estatura, mira con infinita compasión a los esclavos que corren bajo sus pesos.

Se vuelve en torno a sí, busca otras caras de esclavos de romanos…

Ve algunas, mezcladas entre la turba que le aprieta, temblorosas de pavor.

Porque los esclavos tienen miedo a ser sorprendidos por los encargados u obligados por los hebreos a marcharse.

Y deteniéndose, dice:

–             ¿No hay entre vosotros alguno de aquella casa?

Los esclavos responden:

–            No, Señor.

–           Pero los conocemos.

Jesús se vuelve hacia su apóstol:

–           Mateo, dales abundante limosna.

Lo repartirán con sus compañeros, para que sepan que hay quien los quiere.

Y vosotros sabed…

Y decídselo a los otros, que con la vida cesa el dolor sólo para los que fueron buenos y honestos en sus cadenas.

Y con el dolor cesa la diferencia entre ricos y pobres, esclavos y libres.

Después hay un único y justo Dios para todos.

El Cual, sin tener en cuenta riquezas ni cadenas, dará premio a los buenos y castigo a los no buenos.

Recordadlo.

Un anciano, al que todos escuchan como jefe,

dice:

–             Sí, Señor.

Pero nosotros los de las casas de Claudia y Plautina vivimos bastante felices, como también los de Livia y Valeria.

Y te bendecimos porque has mejorado nuestra condición.

–             Para mostrarme que me estáis agradecidos, sed cada vez más buenos.

Y tendréis al verdadero Dios como vuestro eterno Amigo.

Jesús levanta la mano como para despedirse y bendecir.

Luego se pone junto a una columna y empieza a hablar, en medio del atento silencio de la muchedumbre.

Y ya no se marchan los esclavos, sino que se quedan a escuchar las palabras que salen de la boca divina.

–              Oíd.

Un padre que tenía muchos hijos dio a cada uno de ellos, ya adultos, dos monedas de mucho valor,.

Y les dijo: «No pienso seguir trabajando para cada uno de vosotros.

Ya estáis en la edad de ganaros la vida.

Por tanto os doy a cada uno una cantidad igual de dinero,

para que la empleéis como más os plazca y para vuestro interés.

Yo estaré esperando aquí, dispuesto a aconsejaros;

dispuesto también a ayudaros,

si por una involuntaria calamidad perdierais todo el dinero que ahora os doy o parte de él.

Pero recordad bien que seré intransigente con el que lo disipe con malicia voluntaria

y con los holgazanes que lo gasten o lo dejen como está, con el ocio o con los vicios.

A todos os he mostrado el Bien y el Mal.

Así que no podéis decir que vais ignorantes al encuentro de la vida.

A todos os he dado ejemplo de laboriosidad sabia y justa y de vida honesta.

Por tanto, no podéis decir que os haya pervertido el espíritu con mi mal ejemplo.

He cumplido con mi deber.

Cumplid vosotros ahora con el vuestro,

que ni sois tontos ni estáis sin la necesaria preparación ni sois analfabetos. Idos»

Se despidió de ellos y se quedó solo, a la espera, en su casa.

Los hijos se dispersaron por el mundo.

Tenían todos las mismas cosas:

dos monedas de gran valor, de las que podían libremente disponer,…

Y un tesoro mayor de salud, energía, conocimientos y ejemplos paternos.

Por tanto, habrían debido llegar todos de la misma forma a un resultado positivo.

Pero ¿Qué sucedió?

Que entre los hijos hubo quien hizo buen uso de las monedas y consiguió pronto un grande

y honesto tesoro con el trabajo asiduo y honesto.

Y una vida moderada, conformada a las enseñanzas del padre.

Hubo quien al principio se enriqueció honestamente, pero luego despilfarró la fortuna con el ocio y las orgías.

Hubo quien hizo dinero con usura y comercio indigno.

Y hubo quien no hizo nada, porque fue pasivo, perezoso, vacilante…

Y acabó las monedas de mucho valor sin haber podido encontrar todavía una ocupación cualquiera.

Después de un tiempo,

el padre de familia mandó servidores a todas las partes donde sabía que estaban sus hijos.

Y dijo a los servidores:

«Diréis a mis hijos que se reúnan en mi casa.

Quiero que rindan cuentas de lo que han hecho en este tiempo…

Y hacerme idea directa de sus condiciones».

Y los servidores fueron por todos los lugares.

Encontraron a los hijos de su señor;

transmitieron el mensaje y cada uno de ellos regresó con el hijo de su señor encontrado.

El padre de familia los recibió con mucha solemnidad.

Como padre, pero también como juez.

Y todos los parientes de la familia estaban presentes.

Y con los parientes los amigos, los conocidos, los criados, los convecinos y los de los lugares limítrofes.

Una reunión solemne.

El padre estaba en su sitial de cabeza de familia.

En torno, en semicírculo, todos los parientes, amigos, conocidos, servidores,

convecinos y habitantes de zonas limítrofes.

Enfrente, alineados, los hijos.

Incluso sin preguntas, su diverso aspecto daba respuesta acerca de la verdad:

Los que habían sido laboriosos, honrados, morigerados…

Y habían construido una santa fortuna;

tenían el aspecto lozano, pacífico y holgado propio de quien tiene abundantes medios,

buena salud y serenidad de conciencia.

Miraban a su padre con una sonrisa buena, agradecida, humilde pero al mismo tiempo triunfadora;

esplendorosa por la alegría de haber honrado al padre y a la familia.

Y por haber sido buenos hijos, buenos ciudadanos y buenos fieles.

Los que habían derrochado sus haberes en la negligencia o en el vicio;

estaban apesadumbrados, mustios, deslucidos la cara y el vestido, con las señales de las orgías

o del hambre claramente imprimidas en todos ellos.

Los que se habían enriquecido con maniobras delictivas tenían la agresividad, la dureza, en su rostro,

la mirada cruel y turbada de fieras que temen al domador y se preparan a reaccionar…

El padre empezó el interrogatorio por estos últimos:

«¿Cómo es que vosotros, que teníais un aspecto tan sereno cuando os marchasteis…

ahora parecéis fieras preparadas a despedazar?

¿De dónde os viene ese aspecto?».

Los hijos malos, respondieron:

«Nos lo ha dado la vida.

Y tu dureza de mandarnos fuera de casa.

Tú nos pusiste en contacto con el mundo».

«.Bien.

¿Y qué habéis hecho en el mundo?»

«Lo que hemos podido para obedecer a tu orden de ganarnos la vida con la nada que nos diste.”

«Bien.

Poneos en aquel rincón…

Luego miró a los holgazanes, diciendo:

Y ahora a vosotros, delgados, enfermos y mal vestidos.

¿Qué habéis hecho para acabar así?

Cuando os marchasteis estabais sanos y bien vestidos».

«En diez años la ropa se deteriora…» objetaron los holgazanes.

«¿Es que ya no hay telares en el mundo que hagan telas para los indumentos de los hombres?».

«Sí… Pero se necesita dinero para comprar estas cosas…».

«Lo teníais.”

«En diez años… se terminaron.

Todo lo que tiene principio tiene fin».

«Sí, si se saca sin meter.

Pero, ¿Porqué habéis sólo sacado?

Si hubierais trabajado, podíais meter y sacar sin que se terminara el dinero;

es más, consiguiendo que aumentara.

¿Habéis estado enfermos?».

«No, padre».

«¿Y entonces?».

«Nos sentimos desorientados…

sin saber qué hacer, sin saber qué fuera lo bueno…

Temíamos actuar mal, y para no actuar mal no hicimos nada'».

«¿Y no estaba vuestro padre a quien dirigirse para ser aconsejados?

¿Es que he sido alguna vez un padre intransigente, amedrentador?».

«¡Oh, no!

Pero nos avergonzábamos de decirte:

No somos capaces de tomar iniciativas’.

¡Tú has sido siempre tan activo!…

Nos hemos escondido por vergüenza».

«Bien. Id al centro de la estancia. 

El padre miró a otro grupo:

¡A vosotros!

¿Qué me decís vosotros, vosotros que al aspecto del hambre unís el de la enfermedad?

¿Quizás os ha enfermado el excesivo trabajo?

Sed sinceros y no os regañaré».

Algunos de los interpelados se hincaron de rodillas golpeándose el pecho y diciendo:

«¡Perdónanos, padre!

Ya Dios nos ha castigado…

Y nos lo merecemos.

Pero tú, que eres nuestro padre, perdónanos…

Habíamos empezado bien, pero no perseveramos.

Viéndonos fácilmente ricos, dijimos:

`Pues bien, ahora vamos a gozar un poco, como nos sugieren los amigos…

Luego volveremos al trabajo y reconstruiremos lo perdido’.

Y queríamos hacerlo así de verdad.

Volver a las dos monedas y luego volver a hacerlas producir, como por juego.

Y dos veces – dos dicen dos, uno dice tres – lo conseguimos.

Pero luego la suerte nos abandonó…

Y consumimos todo el dinero».

«Pero ¿Por qué no os corregisteis después de la primera vez?”

«Porque el pan condimentado con el vicio corrompe el paladar…

Y ya uno no puede prescindir de él…”

«Estaba vuestro padre…”

«Es verdad.

Y te anhelábamos con añoranza y nostalgia.

Pero te hemos ofendido…

Suplicábamos al Cielo que te inspirara llamarnos para recibir tu reprensión y tu perdón…

Esto pedíamos y pedimos, más que las riquezas que ya no queremos porque nos han extraviado».

«Bien.

Poneos también junto a los de antes, en el centro de la estancia.

¿Y vosotros, enfermos y pobres como éstos, pero que estáis silenciosos y no mostráis dolor, qué decís?».

«Lo que han dicho los primeros.

Que te odiamos porque con tu imprudente modo de actuar nos has causado la ruina.

Tú, que nos conocías, no debías lanzarnos a las tentaciones.

Nos has odiado y te odiamos.

Nos has preparado esta trampa para librarte de nosotros.

¡Maldito seas!».

Bien.

Id junto a los primeros a aquel rincón.

Y ahora a vosotros, de lozano aspecto:

serenos, ricos hijos míos.

Decid.

¿Cómo habéis alcanzado esto?».

«Poniendo en práctica tus enseñanzas, ejemplos, consejos, órdenes, todo.

Resistiendo a los tentadores por amor a ti, padre bendito que nos has dado la vida y los conocimientos».

«Bien.

Venid a mi derecha.

Y oíd todos mi juicio y mi defensa.

Yo he dado a todos igual en dinero, ejemplo y conocimientos;

mis hijos han respondido de formas diferentes.

De un padre trabajador, honrado, morigerado, han salido algunos semejantes a él.

Luego ociosos, luego débiles que con facilidad caen en tentación.

Que han sido crueles,.

Que odian a su padre, a sus hermanos y al prójimo, contra quien – aunque no lo digan, lo sé –

han ejercitado usura y han cometido delitos.

Y en los débiles y los ociosos están los arrepentidos y los impenitentes.

Ahora juzgo.

Los perfectos ya están a mi derecha, a mi nivel en la gloria como en las obras.

Los arrepentidos estarán de nuevo sujetos, como niños que han de instruirse todavía;

hasta que alcancen el grado de capacidad que los haga de nuevo adultos.

Los impenitentes y culpables, que sean arrojados fuera de mis fronteras

y perseguidos por la maldición de quien ya no es su padre,

porque su odio a mí anula las relaciones de paternidad y filiación entre nosotros.

Y recuerdo a todos que cada uno se ha construido su destino,

porque yo he dado a todos las mismas cosas,

que, en los que las han recibido, han producido cuatro desenlaces distintos.

Y no puedo ser acusado de haber querido su mal».

La parábola ha terminado.

¡Oh vosotros que habéis escuchado!

Ahora os doy sus equivalencias.

El Padre de los Cielos está oculto en el padre de familia numerosa.

Las dos monedas dadas por el padre a todos los hijos antes de mandarlos al mundo,

son el tiempo y la libre voluntad, que Dios da a cada uno de los hombres,

para que los use como mejor le parezca,

después de haber sido adoctrinado y edificado con la Ley y los ejemplos de los justos.

A todos, iguales dones.

Pero cada hombre los usa como su voluntad quiere:

Quién atesora el tiempo, los medios, la educación, la riqueza;

todo, en el bien y se mantiene sano y santo,;

rico con una riqueza multiplicada.

Quién empieza bien y luego se cansa y disipa los bienes;

quién no hace nada pretendiendo que sean los demás los que hagan las cosas;

quién acusa al Padre de los propios errores;

quién se arrepiente, dispuesto a ofrecer reparación;

quién no se arrepiente.

Y acusa y maldice, como si su ruina hubiera estado forzada por otros.

Y Dios a los justos les da inmediatamente premio;

a los arrepentidos, misericordia…

Y tiempo de expiar para alcanzar el premio por su arrepentimiento y expiación.

Y da maldición y castigo,

a quien pisotea el amor con la impenitencia después del pecado.

A cada uno le da lo suyo.

No malgastéis nunca las dos monedas:

el tiempo y el libre arbitrio.

Antes bien, usad éstos con justicia, para estar a la derecha del padre.

Y si habéis faltado, arrepentíos y tened fe en el misericordioso Amor.

Idos.

¡La paz esté con vosotros!

Los bendice y los mira mientras se alejan bajo el sol que inunda la plaza y las calles.

Pero los esclavos están todavía allí…

–            ¿Todavía aquí, pobres amigos?

¿Y no os van a castigar?

–             No, Señor…

Si decimos que te hemos estado escuchando a Ti.

Nuestras amas te veneran.

¿A dónde vas ahora, Señor?

Desean verte desde hace mucho…

–           A casa del cordelero del puerto.

Pero me marcho esta noche.

Y vuestras amas estarán en la fiesta…

–             Lo diremos igualmente.

Nos tienen ordenado, desde hace meses y meses, que señalemos todas las veces que pases.

–             De acuerdo.

Marchaos.

Y también vosotros haced buen uso del tiempo y del pensamiento;

que es siempre libre aunque el hombre esté encadenado.

Los esclavos se prosternan y se marchan hacia los barrios romanos.

Jesús y los suyos, por una callecita modesta, van hacia el puerto.

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