Archivos del mes: 31 mayo 2022

532 La Voluntad de Dios


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

439 María Santísima enseña a Áurea a hacer la voluntad de Dios. 

La virgen está muy cansada, cuando de regreso vuelve a pisar el umbral de su hogar.

Le abre Simón, quién después de saludarle, se retira prudente al taller.

Encuentra a Jesús, poniendo la puerta del horno en su  lugar, después de haberla reparado.

La está colocando de nuevo en su sitio, con las últimas luces del día que ya muere,

Jesús, que estaba suavizando con aceite los goznes y los cerrojos;

deja sus herramientas en cuanto ve a su Madre.

Y va hacia Ella limpiándose las manos manchadas de grasa, en su mandil de trabajo.

Su recíproca sonrisa parece hacer luminoso el huerto en que va mermando la luz.

Jesús saluda:

–           La Paz sea contigo, Mamá.

María contesta:

–             La Paz sea contigo, Hijo.

–             Qué cansada debes estar.

Llegaste pronto…

–              Desde el amanecer hasta el crepúsculo, descansé en casa de José.

Si no fuera por este calor tan fuerte…

Me hubiera venido luego para decirte, que te cedieron a Áurea.

–             ¿De veras?

El rostro de Jesús rejuvenece, ante la alegre sorpresa.

Parece un joven de veinte años y se parece más a su Madre,

que siempre parece una jovencita;

tanto en su rostro, como en sus movimientos.

–              De veras, Jesús.

No me costó ningún trabajo conseguirlo.

La mujer consintió enseguida.

Se sintió conmovida al reconocer que tanto ella como sus amigos, se encuentran en tal estado…

que no puede educar a una criatura para Dios.

Un reconocimiento tan humilde;

tan sincero;

tan verdadero.

No es muy fácil encontrar a alguien, que sinceramente reconozca tener defectos.

–              Así es.

No es fácil.

En Israel son muy pocos.

Ellas son unas almas hermosas, sepultadas bajo una costra de suciedad.

Pero cuando ésta caiga…

–              ¿Sucederá, Hijo?

–              Estoy seguro de ello.

Instintivamente se dirigen al Bien…

Terminarán por acercarse a Él.

¿Qué te dijo?

–             ¡Oh!

¡Pocas palabras!…

Nos entendimos al punto.

¿No sería mejor, llamar a Áurea?

Quiero comunicárselo, si me lo permites.

–              ¡Claro, Mamá!

Mandaremos a Simón.

Y con voz fuerte llama a Zelote.

El apóstol acude inmediatamente.

Jesús le indica:

–             Simón.

Ve a la casa de simón de Alfeo y dile que mi madre ha regresado.

Trae a la niña y a Tomás;

que ya debe haber terminado ese trabajito que le pidió hacer Salomé.

Simón se inclina y se va.

–              Cuenta, Mamá…

Tu viaje…

tu coloquio…

¡Pobre Mamá, qué cansada estás por causa mía!

–           ¡Oh, no, Jesús!

Ningún cansancio cuando Tú te sientes feliz…

Y María cuenta las peripecias de su viaje y los miedos de María de Alfeo,

el alto en el camino en casa del barquero, el encuentro con Valeria;

y termina:

«Dado que el Cielo lo permitía, he preferido verla a esa hora.

Más libre ella, más libre yo.

Y María Cleofás consolada antes, porque de estar dos mujeres solas por Tiberíades,

sentía un terror que sólo el amor por ti, el pensamiento de servirte, podía superar…»,

Y María sonríe, recordando las angustias de su cuñada…

Jesús también sonríe.

Dice:

–            ¡Pobrecilla!

Es la verdadera mujer de Israel.

La antigua mujer, reservada toda ella para la casa, la mujer fuerte según los Proverbios.

Pero en la nueva Religión la mujer no será sólo fuerte en la casa…

Serán muchas las que superarán a Judit y a Yael, siendo heroicas en sí,

con un heroísmo propio de la madre de los Macabeos…

Y también lo será nuestra María.

Pero por ahora…

Es todavía así…

¿Has visto a Juana?

María ya no sonríe.

Quizás teme otra pregunta, sobre Judas.

Y responde rápidamente:

–            No he querido imponer más angustias a María.

Hemos estado dentro de casa hasta la mitad entre la nona

y la caída de la tarde descansando…

Y luego hemos partido…

Pensé que pronto la veríamos, en el lago…

Ha relatado todo, menos lo de Judas.

Jesús sonríe:

–             Me has traído la prueba de lo que las romanas sienten por Mí.

Si Juana hubiese intervenido se hubiera podido pensar, que se la cedían a la amiga.

Ahora vamos a esperar hasta el sábado…

Y si Mirta no viene, nos iremos con Áurea.

María dice:

–            ¡Hijo!

Quisiera quedarme…

Jesús contesta:

–           Estás muy cansada, lo veo.

–            No.

No es por eso…

Pienso que Judas podría venir aquí.

Cómo no está mal que en Cafarnaúm, haya siempre un amigo que lo hospede.

Tampoco lo está que alguien lo acoja cariñosamente aquí…

–             Gracias Mamá.

Sólo tú comprendes, lo que todavía puede salvarlo…

Y ambos suspiran por el discípulo que les causa dolor…

Regresan Simón y Tomás;

con áurea que al instante, corre a abrazar a María.

Jesús la deja con su madre y va a adentro con sus apóstoles.

María empieza diciendo:

–         Rezaste mucho, hija.

Y el buen Dios te escuchó…

Pero es interrumpida por un grito de alegría:

–         ¡Me quedo contigo!

Y le echa los brazos al cuello, besándola.

María la besa también.

Y teniéndola abrazada le dice:

–            Cuando uno recibe un gran favor, hay que pagarlo…

¿Oh no?

–            Claro que sí.

Y yo te pagaré amándote mucho.

–            Gracias hija.

Pero Dios es más que yo.

Él es el que te concedió este gran favor.

Esta Gracia inmensa de acogerte entre los hijos de su Pueblo.

De hacerte discípula del Maestro-Salvador.

Yo sólo fui el instrumento de esta gracia que Él el Altísimo, te concedió.

¿Qué darás pues al Altísimo, para decirle que se lo agradeces?

–           No sé.

Dime cómo, Madre…

–           Con amor.

Pero el amor para que sea verdaderamente real, tiene que ir unido con el sacrificio.

Porque cuando algo nos cuesta, es porque tiene valor.

¿O no es verdad?

–           Cierto.

–           Bueno…

Yo diría que Tú, con la misma alegría con qué gritaste: ‘¡Me quedo contigo!’

Tienes qué gritar:

¡Sí, Señor!

Cuando yo, su pobre sierva, te diga lo que Él dispone de ti.

Áurea poniendo su carita seria,

dice:

–           Dímelo, Madre.

–           Dios quiere confiarte a dos buenas mujeres, que son madres.

A Noemí y a Mirta…

Las lágrimas se asoman a los ojos de la niña…

Y le ruedan por sus sonrosadas mejillas.

–          Ellas son buenas.

Mi Jesús y yo las queremos.

Jesús a una de ellas le salvó su hijo.

A la otra, yo le amamanté el suyo.

Tú viste que son buenas.

–           Es cierto.

Pero esperaba quedarme contigo.

–           Hija, no se puede tener todo.

Tú  misma ves que yo no estoy con mi Jesús.

Os lo he entregado.

Estoy separada, muy separada de él;

mientras va caminando por la Palestina para predicar, curar y salvar a niñas…

–            Es verdad.

–            Si lo quisiera para mí sola, a ti no te hubiera salvado…

Y vuestras almas no se salvarían.

Piensa cuán grande es mi sacrificio.

Os doy un Hijo que será Inmolado por vuestras almas.

Por otra parte, tú y yo estaremos siempre unidas;

porque las discípulas están siempre unidas con el Mesías,

formando una Gran Familia, por el amor que tienen hacia Él.

–            Es verdad.

¿Y podré venir aquí?

¿Nos volveremos a ver otra vez?

–            Sin duda alguna.

Hasta que Dios lo quiera.

–             ¿Y rogarás siempre por mí?

–             Lo haré siempre.

–              Y cuando estemos juntas.

¿Me seguirás enseñando muchas cosas?

–               Sí, hija.

–              ¡Ah, yo quiero ser como tú!

¿Lo lograré?

Quiero saber, para ser buena…

–             Noemí es madre de un arquisinagogo que es discípulo del Señor.

Mirta tiene un hijo que mereció la gracia del milagro y es un buen discípulo.

Las dos mujeres son buenas, sabias e inteligentes…

Además de que abrigan en su corazón un gran amor.

–           ¿Me lo aseguras?

–           Te lo aseguro, hija.

–            Entonces bendíceme.

Y que se haga la voluntad del Señor, como dice la Oración de Jesús.

La he dicho tantas veces…

Es justo que se haga ahora lo que dije,

para conseguir que no fuese con los romanos…

–           Eres una buena muchachita.

Dios siempre te ayudará más.

Ven.

Vamos a decirle a Jesús que la discípula más joven,

sabe hacer la Voluntad de Dios…

Y tomándola de la mano, entra a la casa con ella.

531 Sacerdote y Pecador


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

438b Encuentro con Judas de Keriot.

María dice:

–           Ven.

Mira…

Ya blanquea el cielo allá en el fondo.

Se puede decir que no hay noche en este mes…

Van, en vez de por el camino de la orilla,

por el que se abre ante ellas que ya no está en penumbra.

Un camino que va por detrás de una fila de casitas modestas.

Cuando están a la mitad del recorrido…

En una casa.

dando vuelta a una esquina sale Judas, visiblemente embriagado…

Un Judas que viene de algún banquete:

Porque está despeinado, sus vestiduras arrugadas y sucias, con el rostro ajado.

María exclama:

–            ¡Judas!

¡¿Tú?!

¿En este estado?

A Judas no le da tiempo a fingir que no la conoce.

Y no puede huir…

La sorpresa y el susto lo despabilan.

Y se queda como enclavado, sin reaccionar…

María se le acerca, venciendo la repugnancia que el apóstol despierta en Ella,

y le dice:

–             Judas…

Desgraciado hijo…

¿Qué estás haciendo?

¿No piensas en Dios?

¿En tu alma?

¿En tu madre?

¿Qué haces, Judas?

¿Por qué quieres ser pecador?

¡Mírame, Judas!

No tienes derecho a matar tu alma…

Y lo toca, tratando de tomarle una mano.

Judas la rechaza, alejándose de Ella,

reclamando:

–                       ¡DÉJAME EN PAZ!

Al fin y al cabo, soy un hombre.

Y soy…

Soy libre de hacer, lo que todos los demás hacen.

Dile al que te envió a espiarme; que no soy todavía todo espíritu…

Y que soy joven.  

Judas con posesión diabólica perfecta.

¡Tengo derecho a vivir!

–            No eres libre de destruirte.

¡Judas, ten piedad de ti mismo!…

No eres libre para arruinarte, Judas.

Actuando así no serás nunca un espíritu santo…

Obrando así, nunca serás un espíritu dichoso…

¡Judas!…

Él no me envió a expiarte.

Él ruega por tí…

Él no hace otra cosa más que esto.

Y también yo con Él.

Judas…

En nombre de tu madre…

–               Déjame en paz.

Pero luego; sintiendo que ha sido maleducado, se corrige:

–            No merezco tu compasión.

¡Adiós!

Y escapa corriendo.

María de Alfeo,

exclama:

–            ¡Qué demonio!…

Se lo voy a decir a Jesús.

¡Tiene razón mi Judas!

María ordena:

–           Tú no dirás nada a nadie.

Orarás por él, eso sí…

–           ¿Lloras?

¿Lloras por él?

¡Oh!…

–            Lloro…

Me sentía feliz de haber salvado a Áurea…

Ahora lloro porque Judas es pecador.

Pero a Jesús, que está muy afligido…

Le llevaremos sólo la noticia hermosa.

Con nuestras penitencias y plegarias…

Arrancaremos de las garras de Satanás al pecador…

¡Como si fuera hijo nuestro, María!

¡Como si fuera hijo nuestro!…

Tú también eres madre…

Y sabes…

Por esa madre infeliz…

Por esta alma pecadora…

Por nuestro Jesús…

–               Sí, oraré…

Pero no creo que él lo merezca…

–               ¡María!

¡María!…

¡María, no hables así!…

Vámonos.

No digas eso…

–           No lo digo.

Pero…

Es así.

¿No vamos a casa de Juana?

–           No.

Iremos pronto a su casa con Jesús…

Ven…

¡Mira!…

¡El Cielo empieza a iluminarse!

Las noches son demasiado cortas…

¡Vámonos!…

Y toman el camino de la ribera…

La virgen está muy cansada, cuando de regreso vuelve a pisar el umbral de su hogar.

Le abre Simón Zelote…

Quién después de saludarle, se retira prudente al taller.

Encuentra a Jesús poniendo la puerta del horno en su  lugar, después de haberla reparado.

Está poniendo aceite en los goznes.

Apenas ve a su Madre, se limpia las manos en su delantal de trabajo…

Y va a su encuentro…

Jesús saluda:

–             La Paz sea contigo, Mamá.

María contesta:

–              La Paz sea contigo, Hijo.

–              Qué cansada debes estar.

Llegaste pronto…

–              Caminamos desde el amanecer hasta el crepúsculo…

Descansé en casa de José.

Si no fuera por este calor tan fuerte…

Me hubiera venido luego para decirte, que te cedieron a Áurea.

–             ¿De veras?

El rostro de Jesús rejuvenece, ante la alegre sorpresa.

Parece un joven de veinte años y se parece más a su Madre…

Que siempre parece una jovencita; tanto en su rostro, como en sus movimientos.

–              De veras, Jesús.

No me costó ningún trabajo conseguirlo.

La mujer consintió enseguida.

Se sintió conmovida al reconocer que tanto ella como sus amigos,

se encuentran en tal estado, que no puede educar a una criatura para Dios.

Un reconocimiento tan humilde; tan sincero;

tan verdadero.

No es muy fácil encontrar a alguien, que sinceramente reconozca tener defectos.

–              Así es.

No es fácil.

En Israel son muy pocos.

Ellas son unas almas hermosas, sepultadas bajo una costra de suciedad.

Pero cuando ésta caiga…

–             ¿Sucederá, Hijo?

–             Estoy seguro de ello.

Instintivamente se dirigen al Bien. terminarán por acercarse a Él.

¿Qué te dijo?

–             ¡Oh!

¡Pocas palabras!…

Nos entenderemos al punto.

¿No sería mejor, llamar a Áurea?

Quiero comunicárselo, si me lo permites.

–             ¡Claro, Mamá!

Mandaremos a Simón.

Y con voz fuerte llama a Zelote.

–             Simón.

Ve a la casa de simón de Alfeo y dile que mi madre ha regresado.

Trae a la niña y a Tomás, que ya debe haber terminado el trabajo que le pidió Salomé…

Simón se inclina y se va.

María le cuenta  a Jesús, todas las peripecias de su viaje…

Menos lo de Judas.

Jesús sonríe:

–             Me has traído la prueba de lo que las romanas sienten por Mí.

Si Juana hubiese intervenido se hubiera podido pensar, que se la cedían a la amiga.

Ahora vamos a esperar hasta el sábado.

Y si Mirta no viene, nos iremos con Áurea.

María dice:

–             ¡Hijo!

Quisiera quedarme…

Jesús contesta:

–              Estás muy cansada, lo veo.

–              No.

No es por eso…

que Judas podría venir aquí.

Cómo no está mal que en Cafarnaúm, haya siempre un amigo que lo hospede.

Tampoco lo está que alguien lo acoja cariñosamente aquí…

–               Gracias Mamá.

Sólo tú comprendes, lo que todavía puede salvarlo…

Y ambos suspiran por el discípulo que les causa dolor…

530 La Intercesora


496 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

438a María Santísima con María de Alfeo en Tiberíades, donde Valeria.

En Tiberíades, en casa del barquero discípulo que las ha hospedado…

Cuando María se queda sola, se pone de rodillas y ora.

Ora… Ora.

Pero no pierde nunca de vista las barcas que surcan el lago.

Las barcas de los señores, las que navegan llenas de luz, entre flores, cantos e inciensos…

Todas van bogando lentamente.

Van hacia oriente, se hacen pequeñas en la lejanía…

El sonido de los cantos ya no llega. 

Se queda una barca solitaria, que brilla en el espejo luminoso del agua del lago.

Navega lentamente, frente a Tiberíades;

resplandeciente en medio del lago luminoso por la luna menguante.

Navega lentamente, desplazándose hacia arriba y hacia abajo…

María la observa hasta que ve volver la proa hacia la orilla.

Entonces se pone de pie,

y dice:

–              Señor, ayúdame!

Haz que sea…

Desciende ágil la pequeña escalera.

Entrando despacio en una habitación que tiene la puerta entornada…

Al blanco claror de la luna es posible distinguir un lecho.

María se inclina hacia él y llama:

–             ¡María!

¡María!

¡Despiértate!

¡Vamos!

María de Alfeo se despierta.

Y atónita por el sueño…

Pregunta mientras se restriega los ojos:

–              ¿Ya es hora de irnos?

¡Qué pronto amaneció!

Y se levanta somnolienta.

Está tan adormilada, que ni siquiera comprende que no es luz de alba, sino de luna;

la tenue fosforescencia que entra por la puerta abierta.

Sólo cuando salen a la calle, se da cuenta de esto cuando está fuera…

En el pequeño pedazo de tierra cultivada que hay delante de la casa del barquero.

Exclama asombrada:

–               ¡Pero si es de noche!

¡Todavía no amanece!

María responde:

–              Todavía no.

Pero necesitamos irnos cuanto antes.

vamos a acortar el tiempo y a salir antes de esta ciudad…

Al menos eso espero.

–              Pero…

–              ¡Ven!

Por aquí, siguiendo la orilla.

¡Apresúrate!

¡Ven pronto por aquí…

¡Tenemos que llegar, antes de que la barca toque tierra y llegue a la playa!

–             ¿La barca?

¿Qué barca?

Pregunta María mientras corre detrás de la Virgen, que va muy deprisa…

caminando por la orilla desierta, en dirección al pequeño muelle, hacia el que se dirige la barca.

Llegan jadeantes primero que la barca…

María agudiza la mirada.

Exclama:

–               ¡Alabado sea Dios!

¡Son ellas!

¡Bendito sea Dios!

Ahora ven detrás de mí…

Sígueme.

Porque hay que ir a donde vayan ellas…

No sé dónde viven…

–             Pero, María.

Por piedad…

¡Nos tomarán por unas meretrices!

La virgen sacudiendo la cabeza,

dice firmemente:

–                Basta con no serlo.

¡Ven!

Y la jala hacia la penumbra de una casa.

La barca toca tierra.

Mientras hace una maniobra, para atracar…

Se acerca una litera….

Suben a ella dos mujeres y otras dos se quedan en tierra.

Que se pone en movimiento al paso cadencioso de cuatro númidas muy altos;

vestidos con una túnica muy corta y sin mangas; que apenas si cubre la espalda.

Las dos mujeres avanzan, caminando al lado de la litera.

La virgen las sigue a pesar de las protestas que en voz baja hace María de Alfeo.

–              ¡Dos mujeres solas…!

¡Detrás de aquellas!

Van medio desnudos…

¡Válgame Dios!…

¡Oh!…

Avanzan pocos metros de camino y luego la litera se detiene.

Baja una mujer, mientras el guía llama a un portal.

Hay voces femeninas despidiéndose:

–               ¡Salve, Lidia!

–              ¡Salve, Valeria!

Dale un beso a Faustina por mí.

Mañana por la noche volveremos a leer en tranquilidad, mientras los otros juerguean.

El portal se abre.

La litera reanuda la marcha, alejándose a través de la avenida.

Y cuando Valeria con su liberta, está ya para entrar.

María va hacia ella,

diciendo:

–               ¡Señora!

¡Una palabra!

Valeria mira a las dos mujeres envueltas en un manto hebreo, muy sencillo que cubre mucho el rostro…

Y creyendo que son unas mendigas…

Ordena:

–              ¡Bárbara, da el óbolo!

María objeta:

–               No, señora.

No pido dinero.

Soy la Madre de Jesús de Nazaret y ésta es mi pariente.

Vengo en su Nombre para solicitarte una cosa.

Valeria la mira asombrada,

exclamando:

–                ¡Dómina!

Quizás…

Es que persiguen a tu Hijo…

–               No más de lo habitual.

Pero Él querría…

–              Entra, Dómina.

No es digno que te quedes en la calle como una mendiga.

–              No.

Lo digo pronto, si me escuchas en secreto…

Valeria se yergue imperiosa, ante todos sus siervos,

ordenando:

–            ¡Fuera todos vosotros!

Cuando la liberta y los porteros se han alejado,

agrega:

–             Estamos solas.

Valeria la mira sorprendida y se angustia:

–             ¡Domina!…

¿Tu Hijo acaso está… Perseguido?

María responde:

–              No más de lo que suele estar. Él querría…

¿Qué quiere el Maestro?

Yo no he ido por no ser causa de mal para Él en su ciudad.

¿Y Él?

¿No ha venido por no causarme daño ante mi esposo?

–             No.

Por consejo mío.

A mi Hijo lo odian, señora.

–            Lo sé.

–            Encuentra consuelo sólo en su misión.

–            Lo sé.

–            No pide honores ni soldados, no aspira a reinos ni a riquezas.

Pero hace valer su derecho sobre los espíritus.

–             Lo sé.

–             Señora…

Él quisiera devolverte a la jovencita…

Pero no te vayas a enojar si te digo:

Que ella no podría dar cabida a Jesús en su corazón, viviendo en tu entorno.

Tú eres mejor que otras.

Pero a tu alrededor…

Hay mucho fango del mundo…

Aquí ella no podría hacer que su espíritu fuera de Jesús.

–            Es verdad.

¿Y entonces?

–            Tú eres madre…

–            Así es.

¿Y qué quisiera?

–             Tú eres madre.

Mi Hijo tiene sentimientos paternales para cada corazón.

Mi Hijo tiene sentimientos de padre para con todos los espíritus.

¿Soportarías tú que tu hija creciera en medio de quienes podrían causar su ruina?…

–               No.

Y he comprendido…

Bueno, pues…

Di a tu Hijo estas palabras:

‘En recuerdo de Faustina a quién salvaste su cuerpo;

Valeria te deja a Áurea, para que salves su espíritu’

Es verdad.

Nos encontramos en medio de la corrupción.

Estamos demasiado pervertidos como para inspirar confianza a un santo…

Domina…

¡Ruega por mí!

Se retira ligera, antes de que la Virgen pueda darle las gracias.

Valeria se ha ido llorando…

María de Alfeo se ha quedado petrificada.

María la invita:

–             Vamos, María…

Mañana al anochecer partimos.

Y al caer de la tarde estaremos en Nazaret…

–               Vamos…

La ha cedido como…

como si fuera una cosa…

–              Para ellos es una cosa.

Para nosotras es un alma.

Ven…

¡Mira!…

¡El Cielo empieza a iluminarse!

Las noches son demasiado cortas…

¡Vámonos!…

Y toman el camino de la ribera…

Ya blanquea el cielo allá en el fondo.

529 Intrépida Misionera


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

438 María Santísima con María de Alfeo en Tiberíades.

Tiberíades está a la vista.

Las dos viajeras cansadas…

Caminan hacia ella en medio del crepúsculo que poco a poco va desapareciendo.

María de Alfeo mirando asustada a su alrededor,

dice:

–               Pronto será de noche…

Dentro de poco estará oscuro y todavía no llegamos.

Estamos aún en medio de los campos.

Dos mujeres solas…

Y cerca de una ciudad grande llena de…

¡Huy, qué miedo!

¡La gente…!

¡Oh, qué gente!…

¡Diablos, la mayor parte diablos!…

Belzebú por muchas partes…

María, tranquilamente responde:

–          No temas, María.

Belcebú no nos hará ningún mal.

Sólo daña a quien lo acoge en su corazón…

–           ¡Pero estos paganos lo tienen!…

–           En Tiberíades no hay sólo paganos.

Y entre los paganos también hay justos.

–           ¡Que no!

¡Que no tienen a nuestro Dios!…

María no replica porque comprende que es inútil.

La buena cuñada sólo es una de las muchas israelitas,

que se creen las únicas depositarias de la virtud…

Por ser hebreas.

Sigue un momento de silencio…

En el que sólo se escucha el roce de las sandalias, que producen los pies cansados y llenos de polvo.

Luego María de Alfeo insiste:

–           Hubiera sido mejor recorrer el camino habitual…

Ése lo conocíamos…

Lo recorre más gente…

Éste… entre huertas….

Es solitario…

Desconocido…

Y su exclamación final lo resume todo:

¡Bueno, que tengo miedo!

María responde tranquilamente:

–             ¡No, María!

Mira.

La ciudad está allá, a unos cuantos pasos.

Aquí hay huertos tranquilos de los cultivadores de Tiberíades.

Y acá, más cercana, está la orilla.

¿Quieres que vayamos por la orilla?

Encontraremos pescadores…

Sólo hay que atravesar estas huertas.

–            ¡No, no!

¡Nos alejamos otra vez de la ciudad!

Y además…

Los barqueros son casi todos griegos, cretenses, árabes, egipcios, romanos…

Pareciera como si nombrara clases infernales con cada una de estas palabras.

María Santísima no puede evitar sonreír tras la sombra de su velo.

Prosiguen.

El camino se transforma en una alameda; por tanto tiene la máxima sombra…

Aumentando el ápice del miedo para María de Alfeo, que invoca a Yeohveh a cada paso que da…

Y es cada vez más lento.

María, que a cada invocación ha respondido:

« ¡Maran Athá!»

la anima diciendo:

–           ¡Vamos, sé fuerte!

¡Rauda, si tienes miedo!

Pero María de Alfeo se detiene del todo…

Y pregunta:

–             ¿Pero por qué has querido venir aquí?

¿Quizás para hablar con Judas de Keriot?

–             No, María.

O por lo menos, no exactamente para eso.

He venido para hablar con la romana Valeria…

María de Alfeo está verdaderamente escandalizada:

–             ¡Misericordia!

¿Vamos a su casa?

¡Ah! ¡No!

¡María!

¡No hagas eso!

¡Yo… yo ya no te acompaño!

¿Pero qué vas a hacer allí?

¡Donde ésas… donde ésas…!

¡Donde esos réprobos!…

María Sanísima cambia su dulce sonrisa por una expresión seria.

Y pregunta:

–            ¿Acaso no recuerdas que Áurea tiene que ser salvada?

Mi Hijo ha comenzado su liberación.

Yo la cumpliré.

¿Así practicas tú el amor hacia las almas?

–            Pero no es de Israel…

–            ¡Verdaderamente no has entendido todavía ni una palabra de la Buena Nueva!

Eres una discípula muy imperfecta…

No trabajas para tu Maestro y me causas mucho dolor.

María de Alfeo agacha la cabeza…

Y su corazón, lleno de los prejuicios de Israel, sí;

pero congénitamente bueno;

prevalece.

Rompe a llorar, abraza a María.

Diciendo:

–              ¡Perdóname!

¡Perdóname!

¡No me digas que te causo dolor y que no sirvo a mi Jesús!

¡Sí, sí!

Soy muy imperfecta, merezco reprensión…

Pero no lo volveré a hacer…

¡Voy, voy!

¡Hasta el mismísimo Infierno…!

¡Si vas tú a él a arrancar un alma para dársela a Jesús…!

Dame un beso, María…

Para decir que me perdonas…

María la besa y vuelven al camino.

Ágiles, alentadas de nuevo por el amor…

Cuando llegan a Tiberíades, se dirigen hacia el pequeño puerto de los pescadores.

Buscan la casita de José, el barquero que también es discípulo…

La encuentran.

Llaman…

Cuando acude el pescador;

las saluda,

exclamando:

–            ¡La Madre de mi Maestro!

¡Entra, Mujer!

Y Dios esté contigo y conmigo que te recibo en mi casa.

Entra también tú y que la paz sea contigo, madre de apóstoles.

Entran.

Mientras la mujer y la jovencita hija del barquero acuden para saludarlas,

seguidas por un grupo de niños más pequeños…

Pronto disponen de la parca comida, preparada para alimentarse.

Más tarde, cuando terminan de cenar,

María de Cleofás cansada, se retira junto con los niños de la casa, a dormir.

En la terraza alta, desde la cual se ve el lago…

Se oye más que escucharse, porque no hay luna todavía;

el suave sonido del agua, chocando en la playa con sus olas…

Quedan en la terraza alta la Virgen María, el barquero y su mujer,

que se esfuerza por ser una buena compañía…

Pero empieza a cabecear de sueño;

arrullada por el sonido de las olas, que rompen en la playa del lago. 

Quedándose finalmente dormida, con la cara inclinada contra su pecho.

José la disculpa:

–            ¡Está cansada!… 

María responde:

–            ¡Pobrecita!

Las mujeres de casa siempre están cansadas al anochecer.

–            Sí…

Porque trabajan…

Señalando a unas barcas iluminadas, que se separan de la orilla entre cantos y gritos de jolgorio.

El barquero con profundo desprecio,

agrega:

No son como aquéllas de allí, entregadas a la diversión…

Ellas salen ahora.

Para ellas empieza ahora la fatiga y la angustia;

nubladas por el hedor de los placeres que ofrece Satanás…

Cuando las buenas personas duermen.

Perjudicando a los que trabajan;

porque van a fingir que pescan a los mejores lugares…

Y nos echan a nosotros, que del lago sacamos el pan para la familia.

–             ¿Quiénes son?

–             Romanas y sus compinches.

Entre ellas están Herodías, su lujuriosa hija Salomé y también otras hebreas.

Porque tenemos muchas iguales a lo que fue María de Mágdala…

Antes de que se arrepintiese…

–               Son unas pobres mujeres que no conocen la felicidad…

–              ¿Qué no la conocen?

Somos nosotros los que no la conocemos;

al no lapidarlas para limpiar a Israel de las que se han corrompido.

Por cuya causa y por sus pecados, Dios nos maldice…

Regresarán al amanecer…

Todos borrachos…

¡Mira!

Allá van las barcas de los patricios más ricos y poderosos de Roma…

Es visiblemente notorio que muchas otras barcas se separan de la orilla, de sus muelles particulares.

Y las luces de los poderosos de Israel rojean en el lago.

José exclama:

–             ¡Percibes qué hedor de resinas!

Primero se embriagan con el humo, luego hacen el resto en los banquetes.

Son capaces de ir a los manantiales calientes de la otra orilla…

En las Termas de allí…

Suceden cosas infernales.

Regresarán al alba, a la aurora…

O quizás más tarde…

Borrachos, tumbados como sacos los unos encima de los otros, hombres y mujeres;

los esclavos los llevarán a sus casas, a que se les pasen los efectos de la orgía…

¡Esta noche bogan todas las barcas más ricas y elegantes, eh!

¡Mira! ¡Mira!…

Pero mi ira es más contra los judíos que se mezclan allí, que no contra ellos.

¡Ellos… ya se sabe!

Animales sin recato.

¡Pero nosotros!…

¡Cómo me enojan los hebreos que se mezclan con ellos…!

Mujer…

¿Sabes que está aquí Judas el apóstol?

María responde:

–                Lo sé.

–               No da buen ejemplo, ¿Sabes?

–              ¿Por qué?

¿Convive con aquéllos?…

–               No… Pero…

Anda con muy malos compañeros…,

Y con una mujer.

Yo no lo he visto…

Ninguno de nosotros lo ha visto así.

Pero algunos Fariseos se burlan de nosotros y nos dicen:

Vuestro apóstol ya cambió de maestro.

Ahora tiene una mujer y está en buena compañía de publicanos».

–             No juzgues por lo que oíste decir, José…

Sabes que los Fariseos no nos quieren.

Y no tributan ninguna alabanza al Maestro.

–            Es verdad esto.

Pero corre la voz…

El rumor circula.

Nos daña y nos causa sinsabor.

Él, que debiera ser santo por estar con el Santo…

Solo es un borracho, pecador y lujurioso…

–             De la misma forma que ha empezado terminará.

Tú no peques contra tu hermano.

¿Sabes en qué casa está?

–              Sí.

En casa de un amigo, creo.

Uno que tiene un almacén de vinos y especias.

Está en el tercer almacén del lado de oriente del mercado, después de la fuente…

–           Yo necesito ver a Valeria, la amiga de Claudia…

¿Son iguales todas las romanas?

–            ¡Oh, más o menos!

Aunque no se dejen ver, causan daño.

–           ¿Quiénes son las que no se dejan ver?

–            Las que fueron a casa de Lázaro en la Pascua.

Se han retirado más…

Quiero decir que casi no asisten a los banquetes.

Pero con una cierta frecuencia, para poder decir que no son unas inmundas.

–            Pero, ¿Lo dices porque estás seguro de ello…?

¿O porque tus prejuicios hebreos te hacen expresarte así?

Examínate de veras.

–           Bueno…

Realmente no lo sé.

No las he visto más en las barcas de esos inmundos…

Pero que vayan en la barca de noche por el lago, Sí.

Aunque están más retiradas…

–            Tú también vas…

–            ¡Claro!

¡Si quiero pescar!

–            El calor es terrible.

Y solo si uno está en el lago por la noche, encuentra alivio y descanso.

Fue lo que dijiste cuando cenábamos.

–            Es verdad.

–            Entonces…

¿Por qué no podemos pensar que ellas van al lago por el mismo motivo?

José no responde…

Luego dice:

–             Es tarde.

Las estrellas dicen que es la segunda vigilia.

Me voy a dormir.

¿No vas a descansar y a dormir?

Me voy a retirar, Mujer.

¿No vienes?

–              No.

Me quedo aquí en oración.

Saldré pronto.

No te vayas a sorprender si no me encuentras cuando raye el alba.

–             Eres dueña de hacer lo que quieras.

José se vuelve hacia su esposa,

llamándola:

–            ¡Ana! ¡Ven!

¡Vamos a la cama!

Y menea a su mujer, que duerme profundamente.

Ella se despierta amodorrada y obedece…

Se marchan.

Cuando María se queda sola, se pone de rodillas y ora.

528 Los Dos Salvadores


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

437 Coloquio de Jesús con su Madre.

Es el mismo sábado por la noche.

Ya todos se han retirado a descansar.

Jesús y a María están sentados en el asiento de piedra que hay contra la casa,

cerca de la puerta del comedor,

del que sale el tenue claror de una lámpara de aceite colocada cerca del umbral.

Una lámpara que late en el aire con aumentos y disminuciones de luz,

como si su luminosidad estuviera regulada por un movimiento respiratorio;

es la única luz de esta noche todavía sin Luna.

Un mínimo de claror que sale al huerto,

alumbrando una estrecha franja de terreno delante de la puerta,

para morir en el primer rosal del parterre.

Pero ese mínimo es suficiente para iluminar los perfiles de los Dos,

reunidos en íntimo coloquio en la noche serena…

Llena de perfumes de jazmines y otras flores de verano.

Hablan de los parientes…

De José de Alfeo, siempre testarudo.

De Simón, no muy valiente en su profesión de fe…

Por estar dominado por el primero de los hermanos,

que es autoritario y obstinado en sus ideas como lo era el padre.

El gran dolor de María, que quisiera ver a todos sus sobrinos discípulos de su Jesús…

Jesús la consuela;

habla de la fuerte fe israelita de su primo…

Para disculparlo:

–               Es un obstáculo, ¿Sabes?

Un verdadero obstáculo.

Porque todas las fórmulas y preceptos hacen de barrera,

para la aceptación de la idea mesiánica en su verdad.

Es más fácil convertir a un pagano, si no es un espíritu totalmente pervertido.

El pagano reflexiona y ve la diferencia buena entre su Olimpo y mi Reino.

Pero a Israel…

A Israel en su parte más culta…

Le cuesta trabajo seguir el concepto nuevo…

María responde:

–              ¡Y a pesar de todo es el mismo concepto!

–              Sí.

Es el mismo Decálogo, son las mismas profecías.

Pero han sido profundamente alterados por el hombre…

Que los ha tomado de las esferas sobrenaturales donde estaban…

Y los ha bajado al nivel de la Tierra…

Al ambiente del mundo.

Los ha manipulado con su humanidad.

Y los ha alterado…

El Mesías, Rey espiritual del gran Reino que se llama de Israel;

porque el Mesías nace del tronco de Israel;

pero que es más justo llamarlo de Cristo.

Porque Cristo centra en sí lo mejor de Israel, actual y pasado.

Y lo sublima con su perfección de Dios-Hombre.

El Mesías, para ellos;

no puede ser el hombre manso, pobre, sin aspiraciones al poder y a la riqueza.

Obediente para con los que nos dominan por castigo divino;

porque en la obediencia hay santidad cuando esta obediencia no debilita la Gran Ley.

Y por esto se puede decir que su fe trabaja contra la Fe verdadera.

¿Personas así, tercas y convencidas de ser justas?…

Hay muchas…

En todas las clases…

También entre mis parientes y apóstoles.

Sí, Madre….

Su cerrazón respecto a creer en mi Pasión está en esto.

Sus errores de valoración tienen su origen en esto…

Y también su actitud reacia, que se obstina en considerar idólatras a los gentiles,

mirando al hombre y no al espíritu del hombre.

Ese espíritu que tiene un solo Origen y al cual Dios querría dar un solo Destino:

el Cielo.

Fíjate Bartolomé…

Es un ejemplo.

Es óptimo, sabio;

está dispuesto a todo para darme honor y consuelo…

Pero ante – no digo ya una Áglae o una Síntica,

que es una flor respecto a la pobre Áglae,

a la que solamente la penitencia le hace cambiar de fango a flor.

Ni siquiera ante una jovencita-niña,

una pobre muchacha cuyo sino suscita todas las compasiones…

Y cuyo instintivo pudor induce admiración;

ni siquiera ante ella cae su repugnancia hacia los gentiles.

Y ni siquiera mi ejemplo lo vence,

ni mis palabras sobre que he venido para todos.

–              Tienes razón.

Es más, precisamente los dos más resistentes son Bartolomé y Judas de Keriot;

los dos más doctos.

O por lo menos, el docto Bartolmái.

Y Judas de Keriot, que no sé exactamente en qué clase se puede colocar.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Pero que está embebido, saturado del ambiente del Templo.

Pero… Bartolmái es bueno y su resistencia todavía se puede disculpar.

Judas… No.

Ya has oído lo que ha dicho Mateo, que fue a propósito a Tiberíades…

Y Mateo es experto de la vida, sobre todo de esa vida…

Es apropiada la observación de Santiago de Zebedeo:

«¿Pero quién es el que da tanto dinero a Judas?».

Porque esa vida cuesta…

¡Pobre María de Simón!

Jesús hace su típico gesto con las manos, para decir: «Así es…»

Y suspira.

Luego dice:

–              ¿Has oído?

Las romanas están en Tiberíades…

Valeria no me ha comunicado nada.

Pero Yo, antes de reanudar mi camino, tengo que saber.

Quiero que estés conmigo en Cafarnaúm durante un tiempo, Mamá…

Luego regresas aquí.

Yo iré hacia los confines siro-fenicios.

Luego volveré para saludarte antes de bajar hacia Judea, la oveja terca de Israel…

–                 Hijo, iré mañana por la noche…

Llevaré conmigo a María de Alfeo.

Áurea irá a casa de Simón de Alfeo;

porque no pasaría sin crítica el que se quedara aquí con vosotros varios días…

Así es el mundo…

Y yo iré…

La primera etapa, Caná;

luego al alba,

partiré para la casa de la madre de Salomé de Simón.

Después, al caer de la tarde, reanudo la marcha:

llegaremos, todavía con luz, a Tiberíades.

Iré a la casa del discípulo José, porque quiero ir yo personalmente, a ver a Valeria.

Y si fuera donde Juana, querría ir ella…

No.

Yo, Madre del Salvador;

para Valeria, seré distinta de la discípula del Salvador…

Y no me dirá no.

¡No temas, Hijo mío!

–               No temo.

Pero me aflige tu fatiga.

–                ¡Oh… para salvar a un alma!

¿Qué es esta nada de unas veinte millas recorridas en un buen período?

–               La fatiga será también moral.

Pedir…

Ser quizás, humillada…

–              Poca cosa que pasa.

¡Pero un alma permanece!

–              Serás como una golondrina extraviada en la pervertida Tiberíades…

Lleva contigo a Simón.

–              No, Hijo mío.

Nosotras dos solas, dos pobres mujeres…

No llamaremos la atención.

Pero somos dos madres y dos discípulas;

o sea, dos grandes fuerzas morales…

No me demoraré.

Déjame ir…

Únicamente bendíceme.

–               Sí, Mamá.

Con todo mi corazón de Hijo y con todo mi poder de Dios.

Ve y que los ángeles te escolten por el camino.

–              Gracias, Jesús.

Ahora vamos a entrar.

Me tendré que levantar con el alba para preparar todo:

Para quien parte y para quien se queda.

Di la oración, Hijo…

Jesús se levanta.

También María.

Y juntos dicen el Pater Noster…

Luego entran de nuevo en la casa, cierran la puerta…

La luz desaparece y cesa toda voz humana.

Queda sólo el viento ligero entre las frondas.

Y el gorgoteo ligero del hilo de agua en la pila…

527 Los Redentores


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

436 En el huerto de Nazaret, revelado a apóstoles y discípulas el precio de la Redención.

Y el sábado continúa, propiamente en el sábado.

En la espléndida mañana no pesado aún el aire por el calor, es agradable estar sentados;

reunidos fraternal y pacíficamente debajo de la pérgola llena de sombra.

O donde el manzano que está al lado de la higuera y del almendro proyecta con éstos, manchas de sombra,

prolongando la de la pérgola en que madura la uva.

Es bonito ir y venir paseando por los senderos que hay entre los cuadros…

Yendo de la colmena hasta el palomar, desde éste hasta la pequeña gruta.

Y luego, pasando detrás las mujeres:

María, María Cleofás, la nuera de ésta: Salomé de Simón, Áurea…

Ir hacia los pocos olivos que desde el promontorio se alargan hacia el huerto quieto.

Esto es lo que hacen Jesús y los suyos, María y las otras mujeres.

Jesús adoctrina incluso sin querer.

María adoctrina incluso sin querer.

Los discípulos del primero y las discípulas de la segunda están atentos a las palabras de los Dos Maestros.

Áurea, sentada en su taburete habitual a los pies de María, casi acuclillada;

está con las manos entrelazadas alrededor de las rodillas, la cara levantada;

con los ojos abiertos completamente y fijos en el rostro de María:

parece una niña escuchando un relato maravilloso.

Pero no es una fábula, es una hermosa verdad.

María cuenta las antiguas historias de Israel a la pequeña paganita de ayer.

Y las otras, aunque conozcan las historias patrias, escuchan también con atención.

Porque es muy dulce oír fluir de esos labios la historia de Raquel, la de la hija de Jefté, la de Ana de Elcaná.

Judas Tadeo de Alfeo, se acerca lentamente y escucha sonriendo.

Está detrás de María, que por tanto no lo ve.

Pero la mirada sonriente de María Cleofás a su Judas advierte a María de que alguien está detrás de Ella…

Y se vuelve, diciendo:

–              ¡Oh, Judas!

¿Has dejado a Jesús por escucharme a mí, una pobre mujer?

Tadeo responde:

–              Sí.

Te dejé a ti para ir con Jesús, porque la primera maestra mía fuiste tú.

Pero me es dulce alguna vez dejarlo a Él para venir contigo,

a hacerme niño como cuando era un escolar tuyo.

Continúa, te lo ruego…

–               Áurea quiere su premio todos los sábados.

El premio es narrarle aquello que más impresión le haya causado de nuestra Historia…

(yo se la voy explicando un poco cada día mientras trabajamos).

También los otros se han acercado…

Judas Tadeo, mirando a Áurea,

le pregunta:

–               ¿Y qué te gusta, niña?

Áurea responde:

–               Muchas cosas…

Todo, podría decir…

Pero, mucho mucho, Raquel…

Y Ana de Elcaná, Rut…

Y luego…

¡Ah!, es muy bonito Tobit y Tobías con el Ángel, con la esposa que ora para ser liberada…. –

¿Y Moisés no?

–              Me da miedo…

Es demasiado grande…

Y en los profetas me gusta Daniel defendiendo a Susana.

Mira a su alrededor y susurra:

–            …También a mí me ha defendido mi Daniel…

Y mira a Jesús.

–             ¡Pero también son bonitos los libros de Moisés!

–             Sí.

Donde enseñan a no hacer las cosas que son feas.

Y también donde hablan de aquella estrella que nacerá de Jacob.

Yo ahora sé su nombre.

Antes no sabía nada.

Mi fortuna es mayor que la de aquel profeta, porque yo la veo…

Y además de cerca.

Mirando a maría con mucho amor, agrega:

Ella me ha dicho todo.

Así que sé también yo – termina con un cierto aire triunfal.

–             ¿Y la Pascua no te gusta?

–              Sí… pero…

También los hijos de los demás tienen mamá.

¿Por qué matarlos?

Yo entre el Dios que salva y el que mata, prefiero al primero…

Santiago de Alfeo, señalando al Señor, que escucha y calla…

Dice a Áurea:

–            Tienes razón…

Y mirando a la madre,

pregunta:

–             María…

¿No le has contado todavía nada de su Nacimiento?

Ella responde:

–              Todavía no.

Quiero que conozca bien el pasado, antes del presente.

Para comprender este presente, que tiene su razón de ser en el pasado.

Cuando lo conozca, verá que el Dios que le produce miedo…

el Dios del Sinaí, es un Dios de amor severo;

pero en todo caso amor.

Áurea suplica:

–             ¡Oh, Madre, dímelo ahora!

¡Porque me costará menos esfuerzo comprender el pasado cuando sepa el presente;

que por lo que yo sé de Él, es muy bonito…

Y hace amar a Dios sin miedo!

¡Yo necesito no tener miedo!

Jesús interviene diciendo:

–              La niña tiene razón.

Recordad siempre todos esta verdad cuando evangelicéis.

Las almas necesitan no tener miedo para ir a Dios con toda confianza.

Es lo que Yo me esfuerzo en hacer…

Y más aún cuando por ignorancia o por culpas, están sujetos a temer mucho a Dios.

Pero Dios, incluso el Dios que castigó a los egipcios y que te produce miedo, Áurea;

es Siempre Bueno.

Mira: cuando quitó la vida a los hijos de los egipcios crueles, tuvo piedad con ellos…

Los cuales, no creciendo, no se hicieron pecadores como sus padres.

Y dio tiempo de arrepentirse a sus padres del mal cometido.

Así pues, fue una severa bondad.

Hay que saber distinguir la verdadera bondad de lo que es sólo debilidad de educación.

Cuando Yo era un pequeño infante, fueron asesinados muchos pequeñuelos en el pecho mismo de sus madres.

Y el mundo gritó de horror.

Pero, cuando el Tiempo ya no exista ni para los individuos ni para la Humanidad entera;

comprenderéis, una y mil veces, que fueron afortunados, benditos en Israel,

en la Israel de los tiempos de Cristo,

aquellos que, por haber sido exterminados en la infancia, fueron preservados del mayor de los pecados:

el de ser cómplices de la Muerte del Salvador.

–          ¡Jesús!

Grita María de Alfeo poniéndose en pie, asustada;

mirando a su alrededor como si temiera ver salir a los deicidas de detrás de los setos,

y de los troncos del huerto.

–            ¡Jesús!

Repite mirándolo con pena.

Jesús le pregunta:

–           ¿Es que ya no conoces las Escrituras, que tanto te asombras de esto que digo?

Su tía mueve la cabeza,

balbuceando:

–             Pero… Pero…

No es posible…

No debes permitirlo…

Tu Madre…

–            Es Salvadora conmigo.

Y sabe.

Mírala e imítala.

María, en efecto, está austera.

Regia con su palidez, que es intensa…

E inmóvil.

Tiene las manos apoyadas en su regazo;

apretadas, como en oración;

alta la cabeza, la mirada fija en el vacío…

María de Alfeo la mira.

Luego se dirige de nuevo a Jesús:

–               ¡Pero, de todas formas, no debes hablar de este horrendo futuro!

Le clavas una espada en el corazón.

–               Hace treinta y dos años que está esta espada en su corazón.

–               ¡Nooo!

¡No es posible!

María… siempre tan serena…

María…

–             Pregúntaselo a Ella, si no crees en lo que digo.

–            ¡Sí que se lo pregunto!

¿Es verdad, María?

¿Sabes esto?…

Y María, pálida como la cera, con voz firme, dice:

–               Es verdad.

Tenía Él cuarenta días cuando me lo dijo un santo…

Pero incluso antes…

¡Oh!

¡Cuando el Ángel me dijo que sin dejar de ser la Virgen, concebiría un Hijo,

que por su concepción divina sería llamado Hijo de Dios, lo que realmente ES!

Cuando se me dijo esto.

Y que en el seno de Isabel estéril estaba formado un fruto por milagro del Eterno,

no me fue difícil recordar las palabras de Isaías:

«La Virgen dará a luz un hijo que será llamado Emmanuel»…

¡Todo, todo Isaías!

Y donde habla del Precursor…

Y donde habla del Varón de dolores rojo, rojo de sangre, irreconocible…

Un leproso…

Por nuestros pecados…

La espada está en el corazón desde entonces.

Y todo ha servido para hincarla más:

El cantar de los ángeles y las palabras de Simeón.

La venida de los Reyes de Oriente.

Todo, todo…

–            ¿Pero por qué todo?

¿Qué otras cosas, María mía?

Jesús triunfa.

Jesús hace prodigios,.

Le siguen turbas cada vez más numerosas…

¿No es, acaso, verdad?

Pregunta María de Alfeo.

Y María, siguiendo en la misma postura,

dice a cada pregunta:

«¡Sí! ¡Sí!, ¡Sí!»

Sin congoja, sin alegría,.

Solamente asiente con serenidad, porque así es…

–              ¿Y entonces?

¿Qué otro todo te clava la espada en el corazón?

–             ¡Oh!… Todo…

–            ¿Y estás tan serena?

¡Tan serena?

Siempre igual que cuando llegaste aquí, casada, hace treinta y tres años.

Y me parece ayer todo este cúmulo de recuerdos…

¿Pero cómo tienes esta fuerza?…

Yo… yo estaría como loca…

Yo haría…

No sé lo que haría…

Yo…

¡Bueno, que no, que no es posible que una madre sepa esto y esté serena!

–             Antes de ser Madre, soy hija y sierva de Dios…

Mi serenidad…

¿Dónde la encuentro?

En hacer la voluntad de Dios.

Mi serenidad…

¿De qué me viene?

De hacer esta voluntad.

Si hiciera la voluntad de un hombre, podría sentirme turbada.

Porque un hombre, aun el más sabio, siempre puede imponer una voluntad errada.

¡Pero la de Dios!…

Si Él ha querido que sea Madre de su Cristo…

¿Deberé acaso pensar que es un hecho cruel?

¿Y perder en este pensamiento mi serenidad?

¿Saber lo que será la Redención para Él?

¿Y para mí?

También para mí…

¿Deberá turbarme con el pensamiento de cómo voy a superar ese momento?

¡Oh! será tremenda…

Y María sufre un involuntario sobresalto, como un escalofrío improviso.

Y cierra las manos como para impedirles temblar, como para orar más ardientemente…

Mientras que su cara se pone aún más blanca.

Y los párpados sutiles, con un parpadeo de angustia, se cierran sobre sus dulces ojos garzos.

Pero, después de un profundo suspiro de congoja, reafirma su voz y termina:

«Pero Él, Aquel que me ha impuesto su voluntad y a quien sirvo con amor confiado,

me dará la ayuda para ese momento.

A mí, a Él…

Porque no puede el Padre dictar designios demasiado fuertes para las fuerzas del hombre…

Y socorre… siempre…

Y nos socorrerá, Hijo mío…

Nos socorrerá…

Él nos socorrerá…

Y sólo podrá ser Él, que tiene medios infinitos, el que nos socorra…

Jesús confirma:

–             Sí, Madre.

El Amor nos socorrerá.

Y en el amor nos socorreremos recíprocamente.

Y en el amor redimiremos…

Jesús se ha puesto al lado de su Madre y ahora le pone una mano en el hombro.

Ella levanta la cara para mirar a su hermoso y sano Jesús;

destinado a quedar desfigurado por las tortura…

Muerto con mil heridas…

Y dice:

–            En el amor y en el dolor…

Sí. Y juntos…

Ya nadie dice nada…

En círculo, alrededor de los dos Protagonistas principales de la futura tragedia del Gólgota…

Apóstoles y discípulas parecen estatuas pensativas…

Áurea se ha quedado petrificada en su taburete…

Pero es la primera que se recobra.

Y sin ponerse en pie, se arrodilla, de forma que se encuentra justo contra María;

le abraza las rodillas inclinando su cabeza, la apoya en su regazo;

diciendo:

–               ¡También por mí todo esto!…

¡Cuánto cuesto y cuánto os amo por lo que os cuesto!

¡Oh, Madre de Mi Dios, bendíceme para que no os cueste sin fruto…

–              Sí, hija mía.

No temas.

Dios también te ayudará a ti, si aceptas siempre su Voluntad.

Le acaricia los cabellos y las mejillas.

Sintiendo éstas empapadas de llanto.

–              ¡No llores!

Del Cristo lo primero que has conocido ha sido el destino de dolor, el final de su misión de Hombre.

No es justo que, habiendo conocido esto, ignores los momentos primeros de su vida en el mundo.

Escucha…

A todos les gustará salir de la contemplación amarga, tenebrosa;

evocando el dulce momento, todo luz, todo canto, todo hosanna, de su Nacimiento…

Escucha…

Y María, explicando la razón del viaje a Belén de Judá, ciudad anunciada como ciudad natal del Salvador,

dulcemente narra la noche del Nacimiento de Cristo.

 

526 Tercer Sábado en Nazareth


525 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

435 Comienzo del tercer sábado en Nazaret y llegada de Pedro con otros apóstoles.

El sábado es el descanso.

Ya se sabe.

Descansan los hombres y las herramientas, cubiertas o guardadas con buen orden en sus sitios.

Ahora que el ocaso rojo de un viernes de verano está para cumplirse,

María, sentada a la sombra del gran manzano ante su telar más pequeño;

se levanta, tapa el telar…

Y con la ayuda de Tomás lo devuelve a la casa, a su sitio en su habitación, bendecida con la Anunciación.

Áurea que estando sentada en un pequeño taburete a sus pies,

está cosiendo con mano desmañada, los vestidos que le dieran las romanas.

Y que María ha adaptado a su tamaño.

Después de guardar su telar, regresa al huerto;

dirigiéndose a Áurea…

La invita a doblar el trabajo con orden y a poner todo encima de la repisa de su habitación.

Mientras Áurea lleva a cabo esto.

La Madre entra con Tomás en el taller de carpintería, donde Jesús y el Zelote,

se apresuran en guardar de nuevo en sus sitios:

sierras, cepillos, destornilladores, martillos, botes de barniz y de cola.

Para finalmente barrer el aserrín, las virutas de los bancos y del suelo.

Finalmente del trabajo realizado hasta ese momento, sólo quedan dos tablas dispuestas en ángulo;

apretadas en el torno para que se solidifique la cola, en las junturas de un futuro cajón…

Y un taburete barnizado a la mitad;

además de quedar el olor agudo de los barnices todavía frescos.

Entra también Áurea.

Va hacia el trabajo de buril de Tomás, se inclina hacia él, admirándolo…

curiosa pregunta que para qué sirve…

Y también, instintivamente coqueta, pregunta que si a ella le quedaría bien.

Tomás le dice:

–           Te quedaría bien, pero te queda mejor el ser buena.

Éstos son adornos que sólo hacen más hermoso el cuerpo, pero no sirven para el espíritu;

es más, cultivando la coquetería, perjudican al espíritu.

Con mucha lógica,

Áurea pregunta:

–              ¿Y entonces por qué lo haces?

¿Es que quieres perjudicar a un espíritu?

Tomás, siempre afable, sonríe ante esta observación,

y dice:

–              Perjudica lo superfluo, a un espíritu débil.

Pero, para un espíritu fuerte, el adorno se queda en lo que es, ni más ni menos:

un alfiler necesario para tener sujeta la túnica.

–            ¿Para quién lo haces?

¿Para tu mujer?

–            Yo no tengo mujer ni la tendré nunca.

–            Entonces para tu hermana.

–            Tiene más de los que necesita.

–             Entonces para tu madre.

–             ¡Pobre anciana!

¿Y qué hace con él?

–             Pero es para una mujer…

–             Sí.

Pero que no eres tú.

–             ¡Ni siquiera lo pienso!…

Y además, ahora que has dicho que estas cosas perjudican al espíritu débil, no lo querría.

Voy a quitar también esas guarniciones a los vestidos.

¡No quiero perjudicar a lo que es de mi Salvador!

–           ¡Eres una niña como se debe!

Fíjate, tú con esta voluntad tuya, has hecho un trabajo más bonito que el mío.

–            Lo dices porque eres bueno…

–            Lo digo porque es verdad.

Mira: yo he cogido este bloque de plata, lo he reducido a hojas a medida que iba siendo necesario;

luego con los instrumentos, lo he doblado así.

Pero todavía tengo que hacer la parte mayor.

Juntar las partes y de forma natural.

Por ahora completas sólo están estas dos hojitas con su florecita unida.

Y Tomás levanta entre sus gruesos dedos un liviano escapo de muguete,

recogido en una hoja que imita a la perfección las naturales.

Hace un cierto efecto ver esa cosita, que resplandece con el brillo blanco de la plata pura,

entre los dedos fuertes y bronceados del orfebre.

–           Oh! ¡Qué bonito!

Había muchos de éstos en la isla y nos dejaban cogerlos antes de que el Sol saliera.

Porque las rubias no debíamos nunca tomar el sol para valer más…

A las morenas, sin embargo, las hacían estar fuera, al sol, hasta sentirse incluso mal,

para que fueran más morenas.

Las…

¿Cómo se dice vender una cosa diciendo que es una cuando en realidad es otra?…

–           Pues…

Con engaño…

Con trampa…

No lo sé.

–             Las engañaban diciendo que eran árabes o de dónde nace el alto Nilo.

A una la vendieron como descendiente de la reina de Saba.

–             ¡Nada menos!

Pero no las engañaban a ellas, sino a los compradores.

Se dice entonces que timaban.

¡Qué gentuza!

Una buena sorpresa para el comprador, cuando haya visto descolorirse la… falsa etíope!

¿Estás oyendo, Maestro?

¡Cuántas cosas que nosotros ignoramos! …

–           Estoy oyendo.

Pero lo más triste no está en el timo al comprador…

Sino en el destino de esas muchachas…

–           Es verdad.

Almas profanadas para siempre.

Perdidas…

–           No.

Dios puede siempre intervenir…

Volviéndose hacia el Señor con su mirada clara, serena,

Áurea dice:

–           Respecto a mí lo ha hecho.

¡Tú me has salvado!…

Y termina:

« ¡Y yo soy muy feliz!»

Y no pudiendo ir a abrazar a Jesús, va a ceñir a María con un brazo

apoyando su rubia cabeza en el hombro de la Virgen en un gesto de confiado amor.

Las dos cabezas rubias resaltan, con sus distintas coloraciones, contra la pared oscura:

Formando un dúo dulcísimo.

Pero María se acuerda de la cena.

Se sueltan y se van.

Tras la puerta del taller que da a la calle se escucha la voz un poco ronca de Pedro,

que dice:

–             ¡Simón!

¡Abrid!

¿Se puede entrar?

Riendo, mientras se apresura a abrir,

Tomás dice:

–            ¡Simón!

¡No ha sabido estar separado!

Sonriendo el Zelote,

dice:

–               ¡Simón!

Era previsible…

Pero no es sólo el rostro de Pedro el que se enmarca en el cuadro de la puerta;

son todos los apóstoles del lago;

todos, menos Bartolomé y Judas de Keriot.

Y con ellos están ya Judas y Santiago de Alfeo.

Jesús los saluda,

diciendo:

–              ¡La paz a vosotros!

¿Pero, por qué habéis venido con este calor?

Pedro responde:

–             Porque…

Ya no podíamos estar separados.

Han pasado dos semanas y media, ¿Sabes?

¿Comprendes?

¡Dos semanas y media que no te vemos!

Pedro parece decir:

¡Dos siglos! ¡Una enormidad!

–                Pero os había dicho que esperarais a Judas todos los sábados.

–                Sí.

Pero no ha venido dos sábados…

Y al tercero venimos nosotros.

Allá se ha quedado Nathanael, que no está demasiado bien.

Si Judas va, lo recibirá…

Pero ciertamente no irá…

Benjamín y Daniel nos dijeron que lo habían visto en Tiberíades.

Pasando por Tiberíades para venir donde nosotros, antes de ir hacia el Hermón grande, y…

Bueno, ya te diré después…

Dice Pedro, cuya palabra ha sido cortada por un tirón en la túnica por parte de su hermano.

–               De acuerdo.

Luego me dirás…

¡Pero, deseabais tanto descansar!

¡Y ahora cómo podéis reposar, si os pegáis estas carreras!…

¿Cuándo habéis salido?

–              Ayer al caer de la tarde.

Con un lago que era un espejo.

Hemos desembarcado en Tariquea para evitar Tiberíades para…

Para no encontrar a Judas…

–             ¿Por qué?

–              Porque, Maestro, queríamos gozar de Tí en paz.

–              ¡Sois egoístas!

–              No.

El ya tiene sus alegrías…

La Paz es el distintivo de la Presencia de Dios. La ANGUSTIOSA ANSIEDAD, es la presencia se Satanás, que nuestra alma NO soporta…

¡En fin!

No sé quién le da tanto dinero para gozárselo con…

Sí, comprendido, Andrés.

Pero deja de tirarme tan fuerte de la túnica.

Ya sabes que sólo tengo ésta.

¿Quieres que me vaya con la túnica rasgada?

Andrés se pone colorado.

Los otros se ríen.

Jesús sonríe.

Pedro prosigue:

–               Bien.

Hemos bajado a Tariquea también porque…

Bueno no me regañes…

Será el calor, será que lejos de Ti me hago malo.

Será que pensar que él se ha separado de ti para unirse a…

¡Pero bueno, deja ya de arrancarme la manga!

¡Ya ves que sé detenerme a tiempo!…

En fin, Maestro, será por muchas cosas…

Yo no quería pecar…

Y si veía a Judas lo hacía.

Así que me he dirigido a Tariquea.

Al alba nos hemos puesto en camino.

–              ¿Habéis pasado por Caná?

–              No.

No queríamos alargar el viaje…

Pero ha sido muy largo de todas formas.

Y el pescado se ponía malo…

Se lo dimos a la gente de una casa, en cambio de alojamiento durante algunas horas, las más calurosas.

Y hemos partido de allí a mitad de tiempo de después de la nona…

¡Un horno!…

–               Os lo podíais haber ahorrado.

Yo habría ido pronto…

–                  ¿Cuándo?

–                  Cuando el sol hubiera salido del León.

–                  ¿Y Tú crees que podíamos estar tanto sin Tí?

¡Hombre, desafiamos a mil calores semejantes pero venimos a verte!

¡Nuestro Maestro!

¡Nuestro adorado Maestro!

Pedro se abraza a su Tesoro de nuevo hallado.

–                 Y pensar que cuando estamos juntos no hacéis otra cosa sino quejaros del tiempo.

De lo largo que es el camino…

–                  Porque somos unos necios.

Porque, mientras estamos juntos, no comprendemos bien lo que Tú eres para nosotros…

Pero aquí nos tienes.

Ya tenemos lugares.

Quién en casa de María de Alfeo, quién con Simón de Alfeo, quién con Ismael, quién con Aser…

Y quién con Alfeo, que está aquí cerca.

Ahora descansamos y mañana al caer de la tarde, otra vez en marcha, más contentos.

Tomás dice:

–              El sábado pasado hemos tenido aquí a Mirta y a Noemí;

que habían venido para ver otra vez a la niña.

–              ¿Ves como quien tiene la posibilidad de venir, en cuanto puede viene aquí?

–               Sí, Pedro.

Y vosotros ¿Qué habéis hecho en este tiempo?

–              Hemos pescado…

Hemos barnizado barcas…

Reparado redes…

Ahora Margziam sale frecuentemente con los mozos.

Cosa que hace disminuir los improperios de mi suegra contra

«el holgazán que hace morir de hambre a su mujer después de traerle un bastardo».

¡Y pensar que Porfiria no ha estado nunca tan bien como ahora,

que tiene a Margziam, por el corazón y por todo lo demás!

Las ovejas, de tres, han pasado a cinco.

Y pronto serán más…

¡No es poco útil esto para una pequeña familia como la nuestra!

Y Margziam con la pesca suple a lo que yo no hago sino muy raramente.

Pero esa mujer tiene lengua viperina…

a pesar de que su hija la tiene de paloma…

Veo que tú también has trabajado…

–              Sí, Simón.

Hemos trabajado.

Todos.

Mis hermanos en su casa, Yo con éstos en la mía;

para procurar satisfacción y descanso a nuestras madres.

Los hijos de Zebedeo,

dicen:
–                 ¡Hombre, también nosotros!

Felipe agrega:

–                Y yo a mi mujer, trabajando en colmenas y viñas.

–                ¿Y tú, Mateo?

–                Yo no tengo a quién hacer feliz…

Ahora me he hecho feliz a mí mismo, escribiendo las cosas que más me gusta recordar…

Zelote le replica:

–               Entonces te vamos a referir la parábola del barniz.

La he provocado yo, muy inexperto pintor…

Tadeo observa:

–                Pero has aprendido pronto el oficio.

¡Fijaos qué bien ha dejado esta silla!

El acuerdo entre ellos es perfecto.

Y Jesús, cuyo rostro aparece más descansado desde que está en su casa,

resplandece de alegría por tener en torno a sí a sus queridos apóstoles.

Entra Áurea y se queda sorprendida en el umbral de la puerta.

–                 ¡Ah, ahí está!

¡Fíjate qué bien está!

Pasa por una pequeña hebrea, vestida así.

Áurea se pone roja como la púrpura y no sabe qué decir.

Pero Pedro se muestra tan afable y paternal, que en seguida se recobra,

y dice:

–              Me esfuerzo en serlo y…

Con mi Maestra espero serlo pronto…

Maestro, voy a decir a tu Madre que están ellos…

Y se retira ágil.

Zelote declara:

–                  Es una buena muchacha.

Tomás comenta:

–                  Sí.

Quisiera que se quedara con nosotros israelitas.

Bartolomé, rechazándola, ha perdido una buena ocasión y una alegría…

Felipe tratando de disculparlo,

añade:
–                  Bartolomé está muy ligado a las… fórmulas.

Jesús observa:

–                  Es su único defecto.

Entra María…

Los que han venido de Cafarnaúm,

la saludan:

–              La paz a ti, María.

María responde:

–             La paz a vosotros…

No sabía que estabais aquí.

Enseguida me ocupo de vosotros…

Entretanto venid…

Santiago de Alfeo se apresura,

diciendo:
–              De casa vendrá nuestra madre con bastante comida.

Y también Salomé.

No te preocupes, María.

Jesús dice:

–              Vamos al huerto…

Se está levantando el viento de la noche y se está bien allí…

Y entran en el huerto.

Se sientan acá o allá, dónde más les gusta.

Hablan fraternalmente, mientras las palomas zurean disputándose la última comida,

que Áurea esparce por el suelo…

Luego es el riego de los cuadros florecidos.

Del huerto con útiles y bonitas verduras tan necesarias para el hombre.

Quieren hacerlo los apóstoles, alegremente.

Mientras María de Alfeo que ha llegado en ese momento, con Áurea y María;

preparan la cena para los llegados.

Y el olor de los alimentos que chirrían, se mezcla con el de la tierra regada,

de la misma forma que el gorjeo de los pájaros,

que se disputan un buen sitio entre las tupidas frondas del huerto…

se mezclan con las voces profundas o agudas de los apóstoles…

525 Áurea Gala


525 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

434b Trabajos manuales en Nazaret 

Jesús está hablando en el huerto de Nazareth…

…  Y no temáis corromperos tocando con vuestra túnica lo bajo, lo material,

de aquellos cuyo espíritu cuidáis.

Con prudencia, para no ser causa de ruina en vez de causa de edificación.

Vivid recogidos en vuestro yo nutrido de Dios, envuelto en virtud;

moveos con delicadeza,

especialmente cuando tengáis que ocuparos del sensibilísimo «yo espiritual» de los demás:

ciertamente lograréis hacer seres dignos del Cielo incluso de los seres más despreciables.

Zelote dice:

–           ¡Qué parábola más hermosa nos has expuesto!

Voy a escribirla para Margziam.

Lentamente, buscando las palabras;

Áurea que descalza, está desde hace un poco de tiempo

erguida en la puerta que da al huerto…

Y su voz se escucha cantarina:

–           Y para mí, que debo ser hecha toda hermosa para el Señor.       

Jesús dice:

–            ¡Oh! ¡Áurea!

¿Nos estabas escuchando?

La niña responde:

–           Te estaba escuchando.

¡Es tan bonito!

¿He hecho mal?

–             No, niña.

¿Hace mucho que estás aquí?

–             No.

Y lo siento, porque no sé lo que has dicho antes.

Me ha mandado aquí tu Madre para decirte que dentro de poco es la hora de la comida.

Se va a sacar de un momento a otro el pan del horno.

He aprendido a hacerlo yo…

¡Qué bonito!

También he aprendido a blanquear la tela,

Sobre el pan y la tela tu Madre me ha dicho otras dos parábolas.

–            ¿Ah, sí?

¿Qué ha dicho?

–             Que yo soy como una harina todavía con el salvado,

pero tu bondad me depura,

tu Gracia trabaja en mí y tu apostolado me forma,

tu amor me cuece.

Y de harina fea mezclada con mucho salvado pasaré a ser,

si dejo que trabajes en mí, harina de hostia…

Harina y pan de sacrificio, que sirve para el altar.

Y en la tela, que era oscura, oleosa, áspera.

Que después de mucha jabonera y muchos golpes se ha limpiado y se ha hecho suave,

ahora el Sol va a meter sus rayos.

Será blanca…

Y me dijo que lo mismo hará de mí el Sol de Dios,

si yo estoy siempre bajo el Sol y acepto lavaduras y mortificaciones para llegar a ser digna,

del Rey de los reyes, de Ti, mi Señor.

¡Qué cosas más bonitas aprendo!…

Me parece un sueño…

¡Bonito! ¡Bonito!

¡Bonito!

¡Aquí todo es bonito…

¡No me mandes a otro sitio, Señor!

–             ¿No irías con gusto con Mirta y Noemí?

–             Preferiría aquí…

También con ellas.

Pero con romanos no.

No, Señor…

Poniendo su mano en sus cabellos color rubio-miel,

Jesús dice:

–           ¡Ora, niña!

¿Has aprendido la oración?

–           ¡Oh! ¡Sí!

¡Es tan bonito decir: «^Padre mío!»

Y pensar en el Cielo…

Pero…

La Voluntad de Dios me da un poco de miedo…

Porque no sé si Dios quiere lo que yo quiero…

–            Dios quiere tu bien.

–           ¿Sí?

¿Dices eso Tú?

Entonces ya no tengo miedo…

Siento que me quedaré en Israel…

A conocer cada vez más a este Padre mío… Y…

A ser la primera discípula de Galia.

¡Oh mi Señor!

–          Tu fe será escuchada porque es buena.

Vamos…

Y salen todos.

Van a lavarse a la pila que está debajo del manantial.

Mientras Áurea corre ligera hacia donde está María.

Y se oyen dos voces femeninas:

De palabra ágil la de María;

titubeante, como de quien busca las palabras, la otra.

Y risitas agudas por algún error lingüístico que María corrige dulcemente…

Tomás observa:

–           Aprende pronto y bien la niña.

–           Sí.

Es buena y voluntariosa.

Zelote dice:

–           ¡Y, además, tu Madre es maestra!…

¡Ni Satanás le opondría resistencia!…

Jesús suspira pero no habla…

–           ¿Por qué suspiras así, Maestro?

¿No es como he dicho?

–           Lo has dicho muy bien.

Pero hay hombres más resistentes que Satanás, que al menos huye de la presencia de María.

Hay hombres que están a su lado y que,

aun siendo adoctrinados por ella, no mejoran…

Tomás dice:

–          ¿Pero no nosotros, no?

–          No vosotros…

Vamos…

Entran en casa y todo termina.

 

524 Parábola de la Madera


524 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

434a Trabajos manuales en Nazaret 

Vuelven después de un poco de tiempo.

Jesús señala la escalera de hortelano,

diciendo:

–         Pásale el barniz a ésa.

El barniz hace impenetrable la madera y la conserva más;

además de hacerla más bonita.

Es como la defensa y embellecimiento de las virtudes en el corazón humano.

Puede ser agreste, tosco…

Pero, en cuanto las virtudes lo visten, se hace hermoso, agradable.

Mira, para obtener una tinta bonita y un servicio real de ella,

es necesario tener en cuenta muchas cosas.

La primera:

Tomar con atención lo que se necesita para hacerla.

O sea, un recipiente que no tenga tierra o residuos de otras tintas anteriores;

aceites buenos y buenos colores.

Y con paciencia mezclar, trabajar,

hacer un líquido que no sea demasiado denso ni demasiado líquido.

No cansarse de trabajar mientras no esté disuelto hasta el más pequeño grumo.

Una vez hecho esto, hay que tomar un pincel que no pierda las cerdas,

que no las tenga ni excesivamente duras ni excesivamente blandas,

que esté limpio de cualquier tinte precedente.

Antes de aplicar el barniz, hay que quitar las asperezas de la madera,

los viejos barnices descascarillados, el barro y todo.

Luego, así con orden, hay que tener mano segura en ir siempre en una dirección,

extender con paciencia, mucha paciencia, el barniz.

Porque en una misma tabla hay distintas resistencias.

En los nudos por ejemplo, el barniz queda más liso, es verdad;

pero en ellos la tintura se fija mal, como si la materia leñosa la rechazara.

Al contrario, en las partes blandas de la madera el barniz se fija enseguida,

pero las partes blandas generalmente son poco lisas…

Entonces pueden formarse pequeñas bolsas, o estrías…

Estos casos se deben solucionar extendiendo el color con mano constante.

Luego hay en los muebles viejos, partes nuevas, como este peldaño, por ejemplo.

Y para que no se vea que la pobre escalera está apañada pero que es muy vieja,

hay que arreglárselas para que tanto el peldaño nuevo como los viejos resulten iguales…

¡Mira, así!

Jesús, agachado al pie de la escalera, mientras habla trabaja…

Tomás, que ha dejado sus buriles para ir a ver,

pregunta:

–           ¿Por qué has empezado por la parte de abajo en vez de por la de arriba?

¿No era mejor hacer lo contrario?

–          Parecería mejor, pero no lo es.

Porque la parte de abajo es la que está más deteriorada…

Y la que está destinada a deteriorarse más, porque apoya en el suelo.

Por ese motivo debe trabajarse varias veces abajo.

Una primera mano, luego una segunda…

Y una tercera si es necesario…

Para no estar ociosos esperando a que la parte de abajo se seque,

para poder dar una nueva mano…

Hay que barnizar mientras tanto la parte alta, luego el centro de la escalera.

Zelote observa:

–          Pero al hacerlo uno se puede manchar la túnica…

Y estropear las partes barnizadas antes.

–          Haciéndolo con cuidado, uno no se mancha y no se estropea nada.

¿Ves?

Se hace así.

Jesús se recoge la túnica y se mantiene separado.

No por asco de la tintura,

sino para no dañar la tintura que por haber sido aplicada poco antes, es delicada.

Con los brazos elevados, barniza ahora la parte superior de la escalera.

Y sigue hablando.

–           Así se hace con las almas.

He dicho al principio,

que el barniz es como el embellecimiento de las virtudes en los corazones humanos.

Embellecimiento y preservación de la madera contra la carcoma, las lluvias y el sol intenso.

¡Mal le irá al dueño de casa que no tenga cuidado de las cosas barnizadas

y las deje deteriorarse!

Cuando se ve que la madera pierde su barniz,

sin perder tiempo, hay que poner barniz nuevo.

Refrescar la pintura…

También las virtudes, puestas en un primer momento de impulso hacia la justicia,

pueden deteriorarse o desaparecer del todo, si el amo de la casa no vigila;

la carne y el espíritu desnudos, a merced de la intemperie y de los parásitos…

O sea de las pasiones y de las disipaciones;

pueden sufrir el asalto de estos elementos,

perder la túnica que los embellece, terminar siendo…

válidos sólo para el fuego.

Por tanto bien sea en nosotros,

bien sea en aquellos a quienes amamos como discípulos nuestros,

cuando se notan agrietamientos, decoloraciones,

en las virtudes colocadas como defensa en nuestro yo,

es necesario, enseguida poner remedio con un trabajo asiduo, paciente,

hasta el final de la vida,

para que uno pueda dormirse en la muerte con una carne y un espíritu

dignos de la resurrección gloriosa.

Y para que las virtudes sean verdaderas, buenas,

hay que empezarlas con una intención pura, valiente,

que elimina todo detrito, todo resto de tierra.

Trabajar para no dejar imperfecciones en la formación virtuosa…

Luego tomar una actitud que no sea demasiado dura ni demasiado indulgente,

porque tanto la intransigencia como la excesiva indulgencia perjudican.

Y el pincel: la voluntad.

Debe estar limpio de las preexistentes tendencias humanas,

que podrían hacer vetas en la tintura espiritual con rayas materiales.

Uno se debe preparar a sí mismo o preparar a otros,

con oportunas operaciones trabajosas, es verdad,

pero necesarias, para limpiar al viejo yo de toda vieja lepra,

para tenerlo limpio, en orden a recibir la virtud.

Porque no se puede mezclar lo viejo con lo nuevo.

Luego empezar el trabajo, con orden, con reflexión.

No saltar acá o allá sin un serio motivo.

No ir un poco en un sentido y un poco en otro.

Uno se cansaría menos, es verdad.

Pero el barniz quedaría irregular.

Como sucede en las almas desordenadas.

Presentan lugares perfectos, pero al lado de éstos se ven errores, color distinto…

Insistir en los puntos resistentes a la tinta,

en los nudos, maraña de la materia o de pasiones desordenadas,

que están mortificados, sí, por la voluntad…

(la cual, como un cepillo, los ha alisado fatigosamente)

Pero que siguen oponiendo resistencia como un nudo tajado pero no destruido.

Y a veces engañan, porque parecen ya bien revestidos de virtud,

cuando en realidad tienen sólo un velo ligero que cae inmediatamente.

Estar atentos a los nudos de las concupiscencias.

Haced que encima de ellos, una y otra vez, sea puesta la virtud,

para que no reemerjan y afeen el yo nuevo.

Y en las partes blandas, en las partes tendentes a deformarse

que reciben con demasiada facilidad el barniz,

pero que lo reciben según su tendencia, con bolsas y rayas,

hay que insistir en lijar con la piel de pescado.

Lijar, lijar, para dar una o más manos de barniz;

para que esas partes queden lisas como un esmalte compacto.

Y atentos a no sobrecargar.

Pretender excesivamente en las virtudes hace que la persona se rebele,

se agite y salte al primer choque.

No.

No demasiado ni demasiado poco.

Justicia en el trabajo con uno mismo y con las criaturas hechas de carne y alma.

Y si, como en la mayor parte de los casos,

porque las personas como Áurea son excepciones y no regla;

hay partes nuevas mezcladas con las viejas…

Y las tienen los israelitas, que de Moisés pasan al Cristo.

Los paganos con su mosaico de creencias, que no podrán ser anuladas de repente.

Y emergerán con nostalgias y recuerdos, al menos en las cosas más puras;

entonces son necesarios todavía más ojo y tacto.

E insistir hasta que lo viejo se homogeneice con lo nuevo,

haciendo uso de las cosas preexistentes para completar las nuevas virtudes.

Por ejemplo, en los romanos hay mucho espíritu patriótico y valor viril.

Estas dos cosas son casi mitos.

Pues bien, no tratéis de destruirlas, sino inculcad un espíritu nuevo al espíritu patrio:

el espíritu de hacer grande también espiritualmente a Roma

como centro de cristiandad…

Usando la virilidad romana para hacer fuertes en la Fe,

a quienes son fuertes en la batalla.

Otro ejemplo: Áurea.

El asco de una revelación brutal la impulsa a amar lo puro y a odiar lo impuro.

Pues bien, usad estas dos cosas para conducirla a una perfecta pureza,

odiando la corrupción como si fuera el romano brutal.

¿Me entendéis?

Y haced de las costumbres medios para entrar.

No destruyáis brutalmente.

No tendríais a mano inmediatamente con qué edificar…

Substituid más bien poco a poco, lo que no debe seguir existiendo en un convertido,

con caridad, paciencia, tenacidad.

Puesto que la materia, especialmente en los paganos, predomina.

Ellos, aunque estén convertidos, estarán siempre apoyados en el mundo pagano,

pues en él viven.

Insistid mucho en que se preserven de la carnalidad.

Detrás de la sensualidad entra todo lo demás.

Vigilad en los paganos la exasperación de la sensualidad;

la cual confesémoslo, también está vivísima entre nosotros.

Y cuando veáis que el contacto con el mundo abre el barniz que preserva;

no sigáis dando pinceladas en lo alto, sino volved a la parte de abajo,

manteniendo en equilibrio el espíritu y la carne, lo alto y lo bajo.

Pero empezad siempre por la carne, por el vicio material,

para preparar a recibir al Huésped que no inhabita en cuerpos impuros,

con espíritus malolientes por corrupciones carnales…

¿Me entendéis?

Y no temáis corromperos tocando con vuestra túnica lo bajo, lo material,

de aquellos cuyo espíritu cuidáis.

Con prudencia, para no ser causa de ruina en vez de causa de edificación.

Vivid recogidos en vuestro yo nutrido de Dios, envuelto en virtud.

Moveos con delicadeza;

especialmente cuando tengáis que ocuparos

del sensibilísimo yo espiritual de los demás:

ciertamente lograréis hacer seres dignos del Cielo

incluso de los seres más despreciables.

Zelote dice:

–            ¡Qué parábola más hermosa nos has expuesto!

Voy a escribirla para Margziam.

523 El Apóstol Orfebre


523 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

434 Trabajos manuales en Nazaret 

El tosco hogar del taller está encendido, después de tanto tiempo de inactividad,

y el olor de la cola hirviendo en un recipiente;

se mezcla con el típico olor del serrín y las virutas recién sacados.

que están saliendo, al pie de uno de los bancos de carpintero.

Jesús trabaja con ahínco unas tablas de madera,

que, con la ayuda de la sierra y del cepillo,

se transforman en patas de sillas, cajones, etc.

Los modestos muebles de la casita de Nazaret, han sido llevados al taller:

la mesa para amasar el pan, para repararla;

uno de los telares de María;

dos taburetes; una escalera de hortelano; un pequeño arquibanco;

y la puerta del horno, que está corroída en la parte de abajo, quizás por los ratones.

Jesús trabaja en arreglar lo que el uso y el tiempo han consumido.

Tomás por su parte, con todo un equipo de pequeños instrumentos de orfebre,

sacados de su talego, que yace encima de su lecho

(colocado, como el del Zelote, contra la pared),

trabaja con mano ligera unas láminas de plata.

Y el golpeteo de su martillito en el buril…

Que da sonido de plata…

se funde con el vigoroso ruido de los instrumentos de trabajo usados por Jesús.

De vez en cuando intercambian algunas palabras.

Tomás está tan contento de estar allí con el Maestro y en su trabajo de orfebre;

que efectivamente, lo dice.

Durante las pausas del diálogo, silba entre dientes muy bajo.

De vez en cuando levanta los ojos y piensa…

Fijando su mirada absorto, en la pared ahumada de la espaciosa habitación.

Jesús advierte esto,

y dice:

–          ¿Sacas la inspiración de aquella pared negra, Tomás?

Verdad es que así la ha puesto el largo trabajo de un justo;

pero no me parece que pueda dar motivos a un orfebre…

Tomás responde:

–           No, Maestro.

Un orfebre efectivamente, no puede representar con el rico metal,

la poesía de la santa pobreza…

Pero sí puede, con su metal, representar cosas bellas de la naturaleza.

Ennoblecer así el oro y la plata, imitando con ellos las flores, las hojas, que hay en la Creación.

Pienso en esas flores, en esas hojas…

Y para recordar exactamente su aspecto, miro fijamente así con los ojos a la pared.

Pero en realidad veo los bosques y los prados de nuestra Patria;

las hojas livianas, las flores que parecen copas o estrellas,

la compostura de escapos y frondas…

–          Eres un poeta, entonces.

Un poeta que canta en el metal lo que otro canta en el pergamino con la tinta.

–          Sí.

Efectivamente, el orfebre es un poeta que escribe en el metal,

las bellezas de la Naturaleza.

Pero nuestra obra, de arte y bella, no vale cuanto la tuya, humilde y santa;

porque la nuestra sirve para la vanidad de los ricos,

mientras que la tuya sirve para la santidad de la casa y la utilidad del pobre.

Zelote, que se ha asomado a la puerta que da al huerto,

con la túnica ceñida, remangado,

con un viejo mandil delante y en la mano un recipiente con barniz.

Dice:

–          Es como dices, Tomás.

Jesús y Tomás se vuelven a mirarlo, sonriendo.

Y Tomás responde:

–          Sí, es como digo.

Pero quiero que al menos en alguna ocasión,

el trabajo del orfebre sirva para adornar una…

Una cosa buena, santa…

–          ¿Qué?

–          Es un secreto mío.

Hace mucho que pienso esto.

Y desde que fuimos a Ramá, llevo conmigo un pequeño equipo de orfebre,

esperando este momento.

¿Y tu trabajo, Simón?

–           ¡Yo no soy un artífice perfecto como tú eres, Toma!

Es la primera vez que tengo el pincel en la mano.

Y mis tinturas son desiguales, a pesar de que ponga toda mi buena voluntad.

Por eso he empezado por las partes más… humildes…

Para agarrar algo de práctica…

Y te aseguro que mi impericia le ha hecho a la niña reírse con ganas.

¡Pero eso me hace feliz!

Cada hora que pasa renace a una vida serena.

Es lo que se requiere para borrar el pasado y hacerla completamente nueva…

Para ti, Maestro.

Tomás dice:

–          Ya, pero quizás Valeria no cede…

–           ¿Y qué crees que le puede importar el tenerla o no tenerla?

Si la tenía consigo, era sólo para no dejarla sola por el mundo.

Y la verdad es que sería una buena cosa el que la niña estuviera a salvo para siempre…

En todo, en el espíritu sobre todo.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús responde:

–             Es verdad.

Hay que orar mucho por esto.

La criatura es sencilla y buena realmente.

Y educada en la Verdad podría dar mucho.

Tiende instintivamente a la Luz.

–            ¡Claro!

No tiene consuelos en la Tierra…

La pobrecita los busca en el Cielo.

Yo creo que, cuando tu Buena Nueva pueda ser predicada por el mundo,

los primeros que la acogerán…

Y los más numerosos, van a ser precisamente los esclavos;

los que no tienen ningún consuelo humano…

Y se refugiarán en tus promesas para tenerlos…

Yo digo que si me toca precisamente este honor de predicarte,

tendré un especial amor por estos desdichados…

Jesús dice:

–           Harás bien, Tomás.

–           Sí, pero…

¿Cómo vas a tener contacto con ellos?

–            Seré orfebre para las damas y…

Maestro para sus esclavos.

Un orfebre entra en las casas.

O a su casa vienen los siervos de los ricos…

Trabajaré…

Dos metales:

Los de la Tierra para los ricos…

Los de los espíritus para los esclavos.

–          Que Dios te bendiga por estos propósitos, Tomás.

Persevera en ellos…

–           Sí, Maestro.

Zelote dice:

–           Bueno…

Ahora que ya has respondido a Tomás, ven conmigo, Maestro…

A ver mi trabajo y a decirme qué es lo que debo barnizar ahora.

Cosas humildes todavía, porque soy un obrero con muy poca habilidad.

–          Vamos, Simón…

Jesús deja sus herramientas y sale con Simón el Zelote…