513 Una Intervención Providencial


 513 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427a Bartolomé instruye a Áurea Gala.  

El alba se transforma en aurora.

Y quedándose con Jesús, Bartolomé, Pedro, Simón y Mateo…

Bartolomé advierte:

–           Está mal que la tenga Valeria.

Es pagana.

Jesús contesta:

–          No puedo decirle a Lázaro que la tome.

Mateo sugiere:

–            Está Nique, Maestro.

Pedro agrega:

–             Y Elisa…

Zelote:

–           Y Juana, es amiga de Valeria…

Valeria se la cederá con gusto.

Estaría en una casa buena.

Jesús piensa y calla.

Bartolomé decide:

–           Haz lo que te parezca…

Mientras mira que la niña con frecuencia vuelve atrás su cara.

Y añade:

–            Voy con ella…

Confía en mí, porque ya estoy viejo.

Me gustaría quedarme con ella.

Una hija más…

Da un suspiro profundo,

y agrega:

–           Pero no es de Israel…

Y se va el buen Nathanael, que es demasiado israelita.

Jesús lo mira y sacude su cabeza.

Zelote pregunta:

–              ¿Por qué eso Maestro?

Jesús replica:

–              Porque me causa dolor ver que aún los prudentes;

son esclavos de prejuicios…

Pedro se acuerda de las dificultades que hubo por la griega.

Tiene miedo de complicaciones por la presencia de la paganita entre ellos.

Y dice:

–             Pero, lo digo aquí entre nosotros.

Bartolomé tiene razón…

Y aún más, debe tomar sus providencias.

Acuérdate de lo que pasó con Síntica y Juan.

Y del viaje por el mar grande, para llevarlos a Antioquía.

Para que no suceda algo semejante…

Envíala a donde está Síntica…

Jesús contesta:

–              Dentro de poco, Juan morirá…

Síntica no está del todo instruida, para ser maestra de una niña como Áurea.

Y no es un ambiente apropiado…

Zelote insiste:

–             Y con todo, no puedes tenerla.

Piensa que Judas pronto se reunirá con nosotros.

Y Judas…

Permíteme que te lo diga, maestro…

 Es un lujurioso y un…

Uno que fácilmente habla, cuando puede obtener una ganancia…

 Y tiene demasiados amigos entre los Fariseos…

Pedro exclama:

–             ¡Exacto…!

Simón ha dicho la verdad.

También yo pensaba en lo mismo.

¡Haz lo que dice él, Maestro!

Jesús piensa y calla…

Pasan algunos minutos de silencio…

Luego Jesús los invita:

–             Oremos.

El Padre nos ayudará…

Y todos oran fervorosamente.

Para entonces el alba se ha teñido de colores.

Atraviesan un poblado.

La aurora se transforma en un amanecer esplendoroso.

Y el grupo regresa al camino que va entre los campos…

El sol se hace cada vez más fuerte y calienta mucho más.

Se detienen para comer a la sombra de un gigantesco nogal.

Se sientan a comer.

Y mirando a la niña que come sin ganas,

Jesús le pregunta:

–            ¿Estás cansada?

Dínoslo y nos detendremos.

Áurea responde:

–             No, no…

Vámonos.

Santiago de Alfeo dice:

–             Se lo hemos preguntado varias veces.

Pero siempre dice que no…

Áurea insiste:

–            Puedo.

Todavía tengo fuerzas.

Vámonos lejos…

Reanudan la marcha fatigosamente, por el gran calor, el polvo y la luz cegadora.

Luego empieza la subida a las primeras estribaciones del Carmelo.

Pero, a pesar de que aquí haya más sombra y más frescor…

Áurea va lentamente, tropezando a menudo.

Vuelven a caminar…

Y Áurea se acuerda de algo.

–             Tengo una bolsa.

Las señoras me dijeron:

La darás cuando empiecen los montes.’

Los montes están aquí.

Y la doy.

Jesús se detiene.

Ella busca en la alforja que Livia le dio.

Saca la bolsa y se la entrega al Maestro.

Jesús dice:

–            El óbolo…

No han querido que les diéramos las gracias.

Pedro reflexiona:

           Son mejores que nosotros…

Mirando a sus apóstoles,

Jesús dice:

–          Toma Mateo.

Guarda este dinero.

Nos servirá para hacer limosnas secretas…

Mateo pregunta:

–           ¿Debo decirlo a Judas de Keriot?

Jesús dice tajante:

–             ¡No!

–             Él va a ver a la niña…

Jesús no responde.

Continúan caminando con fatiga, debido al mucho calor, al polvo y al reverbero.

Comienzan a subir el Monte Carmelo.

Aunque aquí hay más sombra y está más fresco…

Áurea va tropezando con más frecuencia.

Bartolomé se acerca a Jesús:

–            Maestro, la niña tiene fiebre y está exhausta.

¿Qué hacemos?

Se consultan.

¿Detenerse?

¿Cargar con ella y seguir?

Sí. No.

Áurea se niega a detenerse.

Está colorada por la fiebre.

Ellos quisieran tomar en brazos a la niña…

Pero ella, heroica en su voluntad de alejarse,

repite su:

« ¡Puedo! ¡Puedo!»

Y quiere caminar por sí sola.

Está roja, tiene ojos febriles, está realmente exhausta.

Pero no cede…

Finalmente acepta que Bartolomé y Felipe le ayuden;

pero continúa caminando…

Al final deciden que es necesario al menos, llegar hasta el camino que va a Sicaminón,

para pedir ayuda a algún viandante que tenga cabalgadura o carro.

Pasan la colina y llegan al otro lado.

Están todos cansados verdaderamente.

Pero comprenden que es necesario seguir avanzando.

Y lo hacen…

Ya han superado la colina.

La llanura de Esdrelón está allá abajo y más allá…

Las colinas entre las que se encuentra Nazareth…

Continúan caminando y al pie de otra colina.

Ya casi en el llano, ven a un grupo de discípulos.

Están Isaac y Juan de Éfeso con su madre, Abel de Belén con la suya, los pastores Daniel y Benjamín,

el barquero José y muchos otros más.

Para las mujeres hay una carreta de la que tira un fuerte mulo.

Jesús exclama:

–                       ¡Es la Providencia que nos socorre!

Y ordena que todos se detengan.

Mientras va a hablar con ellos y sobre todo con las discípulas.

Las lleva aparte, junto con Isaac.

Y les cuenta algo de lo sucedido con Áurea:

–                       La arrebatamos a un inmundo amo.

Quisiera llevarla a Nazareth para curarla, porque está enferma de miedo y de cansancio.

Pero no tengo vehículo en qué hacerlo.

¿A dónde vais vosotros?

Isaac contesta.

–            A Belén de Galilea.

A la casa de Mirta.

Es imposible tolerar el calor de la llanura…

–           Id primero a Nazareth.

Os lo pido por caridad.

Llevadla a donde está mi Madre y decidle que dentro de tres días, estaré en casa.

La niña tiene fiebre y por eso no debéis hacer caso de sus delirios.

Os lo contaré después…

–                       Sí, Maestro.

Lo que Tú quieras.

Partimos al punto.

¡Pobrecita niña!

¿La azotaba?…

–           Quería profanarla.

–           ¿Cuántos años tiene?

–           Más o menos doce…

Mirta exclama:

–           ¡Un vil!

¡Inmundo!

Nosotros la cuidaremos con cariño.

Somos madres, ¿Verdad Noemí?

Noemí contesta:

–              Por supuesto, Mirta.

Señor, ¿La recibirás como discípula?

Jesús se queda callado por unos momentos.

Y luego dice:

–                       No lo sé todavía…

–             Si la recibes, estamos nosotras.

Yo no volveré a Éfeso.

He mandado a unos amigos para que liquiden todo.

Me quedo con Mirta…

Acuérdate de nosotras para la niña.

Tú nos has salvado a nuestros hijos.

Nosotras queremos salvar a esta niña.

–               Veremos más adelante…

isaac intercede:

–            Maestro, estas dos discípulas dan garantías de santidad…

–             No depende de Mí…

Venid con el carro.

Y Jesús retrocede, seguido por Isaac (que guía el carro) y por las dos mujeres.

La niña está echada en el prado, buscando instintivamente refrigerio entre la hierba,

para la fuerte fiebre…

Las dos discípulas dicen:

–              ¡Pobre criatura!

Pero no morirá, ¿Verdad?

La observan por unos momentos y…

Exclaman:

–             ¡Qué hermosa es!

–             ¡Qué niña más bonita!

Mirta la acaricia,

diciendo:

–            Querida, no tengas miedo.

Soy una mamá, ¿Sabes?

Las dos mujeres se inclinan sobre ella y muestran sus cuidados maternales…

Áurea no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, por la fiebre.

Noemí le dice:

–            Bonita, no temas.

Soy una mamá, ¿sabes?

Ven…

Sujétala, Mirta…

Áurea vacila…

Ayúdanos, Isaac.

Aquí donde hay menos traqueteos.

Poned el talego debajo de la cabeza…

Vamos a meterle debajo nuestros mantos…

Mirta siente su calor,

y exclama:

–            ¡Qué calentura!…

¡Pobre hija!…

Isaac, moja estos paños para ponérselos en la frente…

Y repite llena de compasión:

¡Qué fiebre, pobre hija!…

Las dos mujeres se muestras solícitas y maternales.

Áurea, obnubilada por el febrón, está casi ausente…

Pues realmente ha caído en la niebla de la inconsciencia.

Y entre todos la levantan y la acomodan en la carreta.

Pronto está todo listo…

Jesús dice:

–            Rogad mucho y no digáis nada a nadie.

¿Entendisteis?

A nadie.

Las dos mujeres afirman:

–          Así lo haremos.

Van con el carruaje.

Isaac guía.

Lo siguen Jesús y las mujeres.

Cuando Isaac levanta el látigo para partir,

le dice a Jesús:

–           Maestro, en el puente encontrarás, a Judas de Keriot.

Que te está esperando como un mendigo….

Él fue el que nos dijo que pasarías por aquí.

¡La paz sea contigo, Maestro!

¡Al anochecer estaremos en Nazareth!

El carruaje parte rápido…

Y…

Jesús dice:

–                       ¡Gracias sean dadas al Señor!…

Pedro y Zelote concuerdan:

–            Sí.

Bien para la niña y para Judas…

–            Mejor si no sabe nada…

Jesús indica:

–                Sí, es mejor.

Tanto, que pido a vuestro corazón un sacrificio:

Nos separaremos antes de llegar a Nazaret.

Vosotros, los del lago, iréis con Judas a Cafarnaúm.

Mientras Yo con mis hermanos, Tomás y Simón iremos a Nazaret.

–          Así lo haremos, Maestro.

¿Y a esos que te esperan qué les vas a decir?

–           Que teníamos urgencia de advertir a mi Madre de mi llegada…

Vamos…

Y va donde están los discípulos.

Que están demasiado felices por tener con ellos al Maestro,

que no hacen ninguna pregunta.

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