Archivos diarios: 6/05/22

515 El Alma y el Libre Albedrío


515 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

428a Parábola de la viña y del viñador, figuras del alma y del libre albedrío.  

En un tupido bosque….

Disfrutando la sombra y la frescura de los árboles;

para escapar de la tórrida temperatura que prevalece en la llanura del Esdrelón;

están sentados los discípulos y los apóstoles, alrededor del Amado Maestro.

En el diálogo que generó la parábola de la Viña y los viñadores…

El discípulo Cleofás dice a Jesús:

–          Pero yo estoy hablando sin parar y no te dejo hablar a ti…

Nos has prometido una parábola…

Jesús responde:

–         Verdaderamente ya la has dicho tú.

Bastaría con aplicar tu conclusión y decir que las almas son como las vides…

–           ¡No, Maestro!

Habla Tú.

Yo… he dicho simplezas.

Y no podemos hacer por nosotros mismos la labor de aplicarlo…

–            De acuerdo.

Oíd.

Llegado el momento en que tuvimos una carne animal en el seno de nuestra madre,

Dios, en los Cielos, creó el alma para hacer a semejanza de Él al futuro hombre.

Y la puso en esa carne en formación en un seno materno.

Y el hombre, llegado su tiempo de nacer, nació con su alma,

la cual, hasta el uso de razón, fue como una tierra no cultivada por su dueño.

Pero, llegada la edad de la razón,

el hombre empezó a razonar y a distinguir el Bien y el Mal.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía una viña,

para cultivarla como él quisiera.

Y se dio cuenta de que tenía a un viñador encargado de esa viña:

Su libre arbitrio.

En efecto:

la libertad de guiarse, que Dios ha dejado al hombre hijo suyo,

es como un siervo idóneo dado por Dios al hombre hijo suyo,

para que le ayude a hacer fértil la viña, o sea, el alma.

Si el hombre no debiera trabajar con sus propias manos para hacerse rico,

para construirse un futuro eterno de prosperidad sobrenatural;

si hubiese tenido que recibir todo de Dios.

¿Qué mérito tendría por restaurarse de nuevo en santidad,

después de que Lucifer corrompió la santidad inicial,

dada gratuitamente por Dios a los primeros hombres?

Mucho es ya el que Dios conceda a las criaturas caídas por la herencia de la culpa

merecer el premio y ser santas,

LIBERTAD PELIGROSA que nos permite ejercer nuestra voluntad y ejercer el PAGANISMO, lejos de nuestro Padre y Creador.

volviendo, por voluntad propia,

a aquella naturaleza inicial de criaturas perfectas

que el Creador había dado a Adán y Eva, y a sus descendientes

si sus progenitores se hubieran conservado inmunes de la culpa original.

El hombre caído debe volver a ser hombre elegido, por su libre voluntad.

Ahora bien, ¿Qué sucede en las almas?

Esto:

El hombre confía su alma a su voluntad, a su libre arbitrio,

que se pone a trabajar la viña

que hasta entonces había sido un terreno sin plantas, bueno;

pero sin plantas duraderas.

Sólo gráciles hierbas y florecillas caducas habían estado esparcidas en aquélla:

Las bondades instintivas del niño que es bueno,

porque es todavía un ángel desconocedor del Bien y del Mal.

Diréis: «¿Durante cuánto tiempo permanece así?».

Generalmente se dice: durante los primeros seis años.

Pero verdad es que hay razones precoces,

siendo así que tenemos niños responsables de sus acciones antes de los seis años.

Tenemos niños responsables de sus acciones incluso a los tres o cuatro años;

responsables porque saben que eso es Bueno, y que eso es Malo,

y quieren libremente esto o aquello.

Cuando una criatura sabe distinguir la mala acción de la buena acción

ya es responsable.

No antes.

Por tanto, un subnormal, incluso a los cien años, es irresponsable;

pero se asumen su responsabilidad sus tutores, que deben velar amorosamente por él

y por el prójimo que puede sufrir daño por parte del subnormal o del loco,

a fin de que éste no se haga daño a sí mismo ni se lo haga a otros.

Pero Dios no imputa al subnormal o al loco culpa alguna,

porque, desgraciadamente para él, está privado de la razón.

Pero nosotros hablamos de seres inteligentes y sanos de mente y cuerpo.

Así pues, el hombre confía su viña sin cultivar a su trabajador: el libre arbitrio.

Y éste empieza a cultivarla.

El alma, la viña…

Tiene, no obstante voz, y se la hace oír al arbitrio.

Una voz sobrenatural, nutrida de voces sobrenaturales que Dios no niega nunca a las almas:

la del Custodio, la de los espíritus enviados por Dios, la de la Sabiduría;

la de los recuerdos sobrenaturales que toda alma recuerda

aun sin la percepción exacta por parte del hombre entero.

“Dios ha puesto en el hombre la conciencia además de la razón.

Y la conciencia tiene una voz propia que recuerda, advierte o amonesta.

Recuerda aquello que debería hacerse y aquello que no se debe hacer porque está mal.

Advierte que no se haga el mal, porque va contra toda ley natural y sobrenatural.

Amonesta por el mal hecho, moviendo a la reparación y al arrepentimiento.

Hace sentir que el mal obrado en la Tierra, provoca la pérdida de un premio futuro,

la pérdida del Bien supremo.

Esto hace la conciencia, porque, habiendo sido dada por Dios,

no puede sino mantener despierto o suscitar en la criatura el recuerdo de Aquel

que se la dio al hombre como guía.”

Y habla al arbitrio, con voz suave, incluso suplicante,

para rogarle que la adorne con buenas plantas,.

Que sea activo y sabio para no hacer de ella un zarzal agreste, malo, venenoso,

donde aniden serpientes y escorpiones.

Hagan su madriguera la zorra, la garduña y otros cuadrúpedos malos.

El libre albedrío no siempre es un buen cultivador;

no siempre vigila la viña y la defiende con un seto infranqueable…

O sea, con una voluntad firme y buena,

en actitud de defender al alma de ladrones y parásitos.

Y de todas las cosas perniciosas…

De los vientos violentos que podrían hacer caer las florecillas

de las buenas resoluciones apenas formadas en el deseo.

¡Oh, qué alto y fuerte deberá ser el seto,

que hay que levantar en torno al corazón para salvarlo del mal!

¡Qué atención hay que tener para que no sea forzado,

para que no abran en él grandes aberturas – puerta para disipaciones -,

ni encubiertas y pequeñas aberturas en su base,

por las que se introduzcan las víboras:

Los siete pecados capitales!

¡Cómo hay que escardar, quemar las malas hierbas, podar, mullir el terreno,

abonar con la mortificación, cuidar con el amor a Dios y al prójimo, la propia alma!

Vigilar con ojo abierto y luminoso…

Y con mente despierta, para que los majuelos que podían parecer buenos

no se manifiesten luego dañinos;.

Y si sucede esto, arrancarlos sin piedad:

mejor es una planta sola pero perfecta, que no muchas inútiles y dañinas.

Tenemos corazones, tenemos por tanto viñas siempre trabajadas,

plantadas de nuevas plantas por un desordenado cultivador

que hacina nuevas plantas:

Este trabajo, aquella idea, aquel deseo;

incluso no malos, pero que luego se dejan sin cuidar y se hacen malos;

caen al suelo, se degeneran, mueren…

¡Cuántas virtudes perecen por estar mezcladas con las sensualidades,

por falta de cultivo, por…

En conclusión, por no estar sostenido por el amor el libre arbitrio!

¡Cuántos ladrones entran a robar, a profanar, a devastar,

porque la conciencia duerme en vez de velar,

porque la voluntad se enerva y se corrompe.

porque el arbitrio se deja seducir.

Y siendo libre, se hace esclavo del Mal.

¡Fijaos, Dios lo deja libre!

¡Y el arbitrio se hace esclavo de las pasiones, del pecado…

de las concupiscencias;

en definitiva, del Mal!

Soberbia, ira, avaricia, lujuria, primero mezcladas,

luego triunfadoras sobre las plantas buenas…

¡Un desastre!

¡Cuánto ardor que reseca las plantas por no existir ya la oración

que es unión con Dios, y, por tanto,

rocío de benéfica linfa en el alma!

¡Cuánto hielo que destruye las raíces con la falta de amor a Dios y al prójimo!

¡Cuánta pobreza del terreno

por rechazar el abono de la mortificación, de la humildad!

¡Qué maraña inextricable de ramas buenas y no buenas,

por no tener el valor de sufrir por amputarse lo que es nocivo!

Éste es el estado de un alma que tiene como custodio y cultivador

un arbitrio desordenado y vuelto hacia el Mal.

Mientras que el alma que tiene un arbitrio que vive en el orden,

y por tanto en la obediencia de la Ley,

Que ha sido dada para que el hombre sepa lo que es el orden,

cómo es el orden y cómo se conserva.

Y que es heroicamente fiel al Bien….

Porque el Bien eleva al hombre y lo hace símil a Dios,

Amando como el Padre nos ama…

mientras que el Mal lo afea y lo hace símil al demonio.

Es una viña regada por las aguas puras, abundantes, útiles, de la fe

Y adecuadamente sombreada por los árboles de la esperanza,

y calentada por el sol de la caridad,

corregida por la voluntad, abonada por la mortificación, ligada con la obediencia,

podada por la fortaleza,

conducida por la justicia, vigilada por la prudencia y por la conciencia.

Y la gracia crece, ayudada por tantas cosas,

crece la santidad, y la viña viene a ser un maravilloso jardín al que baja Dios

a gustar sus delicias hasta que, conservándose la misma viña

siempre como jardín perfecto, hasta la muerte de la criatura;

Dios manda a sus ángeles que lleven este trabajo

de un libre arbitrio voluntarioso y bueno.

al grande y eterno jardín de los Cielos.

Ciertamente, vosotros queréis este destino.

Pues entonces velad para que el Demonio, el Mundo, la Carne

no seduzcan a vuestro albedrío y devasten vuestra alma.

Velad porque en vosotros haya amor, y no amor propio, que apaga el amor

y arroja al alma a merced de las distintas sensualidades y del desorden.

Velad hasta el final.

Y las tempestades podrán mojaros pero no dañaros.

Y cargados de frutos, iréis a vuestro Señor para el premio eterno.

He terminado.

Ahora meditad y descansad hasta el ocaso,

mientras Yo me retiro a orar.

Pedro dice:

–            No, Maestro.

No debemos tardar en ponernos en camino para llegar a las casas.

Varios protestan:

–         ¿Pero por qué?

–         ¡Falta tiempo hasta la puesta del Sol!

Pedro explica:

–         No estoy pensando ni en la puesta del sol, ni en el sábado.

Pienso que no pasará una hora sin que venga una furiosa tempestad.

¿Veis aquellas lenguas negras que aparecen lentamente por las montañas de Samaria?

¿Y aquellas tan blancas que vienen veloces galopando desde Occidente?

Un viento alto empuja a éstas.

Uno bajo, a las otras.

Pero, cuando estén aquí encima, el viento alto cederá al siroco.

Las nubes negras, cargadas de granizo, descenderán

y chocarán contra las blancas, cargadas de rayos…

¡Y ya oiréis la música!

¡Vamos, rápidos!

¡Soy pescador y leo el cielo!

Jesús es el primero en obedecer.

Y diligentes, todos se ponen a caminar hacia las alquerías del llano…

En el puente se encuentran con Judas,

que grita:

–           ¡Maestro mío!

¡Cómo he sufrido sin ti!

¡Alabado sea Dios, que ha premiado mi constancia esperándote aquí!

¿Cómo les ha ido por Cesárea?

Jesús responde brevemente:

–         Paz a ti, Judas.

Y añade:

«Hablaremos en las casas.

Ven, que la tormenta amenaza inminente».

Efectivamente, ya empiezan las oleadas de viento,

que levantan nubes de polvo por los caminos resecos:

El cielo ya se cubre de nubes de todas las formas y colores;

el aire se pone amarillo y cárdeno…

Ya empiezan a caer las primeras, escasas gotazas calientes;

ya surcan el cielo, que se ha puesto casi nocturno…

Los primeros relámpagos…

Se echan a correr.

Sólo sus buenas piernas,

estimuladas por el deseo de no quedar empapados por un aguacero,

les hace llegar a la primera casa cuando un diluvio de agua mezclada con granizo,

entre un estampido de saeta que cae poco lejos,

se abate sobre la zona, en medio de un gran olor a tierra mojada

y a ozono liberado por los relámpagos sin pausa…

Entran.

Por suerte, es una casa provista de pórticos

y habitada por campesinos que creen en el Mesías.

Con veneración invitan al Maestro a alojarse con sus compañeros:

«como si la casa fuera tuya.

Pero levanta tu mano para alejar el pedrisco, por piedad de nuestro trabajo»

Dicen arremolinándose alrededor de Jesús.

Jesús levanta la mano y señala los cuatro puntos cardinales…

Y del cielo baja sólo agua…

Para dar de beber a los huertos, a los viñedos, a los prados…

Y para purificar esa atmósfera tan cargada.

El cabeza de familia,

dice:

–               ¡Bendito seas, Señor!

¡Entra, mi Señor!

Y mientras sigue el chaparrón…

Jesús entra en una habitación grandísima, que parece ser un almacén.

Y se sienta cansado…

Rodeado de los suyos.