Archivos diarios: 10/05/22

517 El Nido Caído


 517 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

430 El nido caído y el escriba cruel. La letra y el espíritu de la Ley.

Jesús va por un caminito boscoso,

en el que a una parte y a otra hay árboles y arbustos,

vestido de blanco, con su manto azul oscuro echado sobre los hombros.

Y una serie de senderillos corta la maraña verde.

Pero no debe ser un lugar solitario y lejano de alguna zona habitada,

porque a menudo se ven otras personas.

Se diría que es un camino que une dos pueblos cercanos…

Y que atraviesa las propiedades agrícolas de sus habitantes.

El lugar es llano, a lo lejos se ven unos montes.

Jesús, que iba hablando con los discípulos, se detiene y escucha con atención…

Y vuelve la mirada en torno a sí.

Luego toma una vereda del bosque.

Y camina hacia una espesura formada por pequeños árboles y arbustos.

Se agacha buscando algo…

Y encuentra.

En la hierba hay un nido quizá derribado por la tormenta…

Como hace pensar el hecho de que el suelo esté húmedo,

y las ramas aún goteen todavía, gotas de lluvia…

O tal vez agredido por mano de hombre y luego abandonado allí,

para evitar el ser sorprendido con la nidada en la mano.

Lo único que se puede observar es un pequeño nido hecho de heno entrelazado.

Y lleno de hojitas secas, de pelusas de árboles y de lana;

entre las cuales se mueven piando, cinco pajaritos de pocos días:

rojos, pelados, feos, con los ojos saltones

y sus picos abiertos totalmente.

Arriba en el árbol, chillan desesperados los que encobaban.

Jesús recoge con cuidado el nidito.

Lo mantiene en el cuenco de una mano y busca con la mirada el lugar donde estaba…

O donde lo puede poner seguro.

Encuentra unas ramas de zarza trenzadas, tan bien unidas, que parecen una cestita.

Y seguras por estar muy adentro en el follaje.

Primero da el nido a Pedro.

Y el apóstol de edad madura, tan ancho y robusto de constitución;

resulta muy curioso de ver con ese nidito en sus cortas y callosas manos.  

Jesús se recoge las anchas y largas mangas.

Y se afana en hacer todavía más defendido y cóncavo el trenzado de las zarzas…

Sin preocuparse de las espinas que le arañan los brazos.

¡Ya está!

Toma otra vez el nido y lo pone allí, en el medio.

Y lo asegura arrancando hilos de largas hierbas cilíndricas que parecen delgadísimos juncos.

Ahora está seguro.

Se separa y sonríe.

Luego pide un trozo de pan a un discípulo, que lleva una bolsa en bandolera.

Y desmigaja un poco de pan en el suelo, encima de una piedra.

Jesús ahora está contento.

Se vuelve para regresar al camino principal;

mientras los que encobaban, con chillidos de alegría,

se lanzan hacia el nido salvado.

Un pequeño grupo de hombres está parado al margen del camino.

Jesús se los encuentra delante.

Los mira.

Se borra la sonrisa de su rostro, que se pone muy severo y casi sombrío.

Mientras que cuando recogía el nido, era un rostro lleno de compasión…

y pleno de felicidad al verlo colocado.

Jesús se detiene a mirar a sus inesperados testigos;

pareciera mirar su corazón y sus pensamientos escondidos.

No puede seguir adelante, porque el grupito tapa el sendero.

Pero calla.

No así Pedro,

que dice:

–          Dejad pasar al Maestro.

Uno del grupo responde:

–          Calla galileo.

¿Tu Maestro cómo se ha permitido entrar en mi bosque y realizar una obra manual en sábado?

Jesús lo mira directamente con una expresión extraña.

Es y no es sonrisa.

Y si es sonrisa, no es ciertamente de aprobación.

Pedro está para replicar…

Pero Jesús toma la palabra:

–            Quién eres?

–            El amo de este sitio:

Yocaná ben Zaccái, Ilustre escriba.

–           ¿Y qué me echas en cara?

–            Haber violado el sábado.

–               Yocaná ben Zaccái…

¿Conoces el Deuteronomio?

–            ¿Me lo preguntas a mí?

¿A mí, que soy un verdadero rabí de Israel?

–            Sé lo que quieres decirme:

«Que Yo, porque no soy escriba, sino un pobre galileo, no puedo ser «rabí».

Pero, te pregunto otra vez:

«¿Conoces el Deuteronomio?»

–           Mejor que Tú ciertamente.

–            Respecto a la letra…

Ciertamente, si así quieres creerlo.

Pero, ¿Lo conoces en su verdadero significado?

–           Lo que está escrito está escrito.

No hay más que un significado.

–            En efecto, no hay más que un significado.

Y es de amor.

De misericordia, si no quieres llamarlo amor.

O también, si te repele llamarlo así, pues llámalo humanidad.

Y el Deuteronomio dice:

«Si ves que se pierde la oveja o el buey de tu hermano, aunque no sea vecino tuyo;

no pasarás de largo.

Antes bien los llevarás a él, o los tendrás contigo hasta que él venga por ellos».

Dice: «Si ves que se cae el asno o el buey de tu hermano, no hagas como si no hubieras visto;

antes bien ayúdale a levantarlos».

Dice: «Si encuentras en un árbol o por el suelo un nido con la madre encobando a los pequeñuelos

o a los huevos,

no tomarás a la madre (porque es sagrada para la procreación),

sino que tomarás sólo a los pequeñuelos». (Deuteronomio 22, 1-4 y 6-7)

Yo he visto en el suelo un nido.

Y a una madre que lloraba por él.

He sentido compasión porque era una madre.

Y le he restituido los pequeñuelos.

No he creído violar el sábado por haber consolado a una madre.

No se debe permitir que se pierda la oveja del hermano,

no dice la Ley si es culpa alzar a un asno en sábado;

dice sólo que usemos misericordia con el hermano y humanidad con el asno, criatura de Dios.

He pensado que Dios había creado a esa madre para que procreara.

Que ella había obedecido a la orden de Dios.

Y que impedirle criar a su prole, era poner obstáculo a su obediencia a una orden divina.

Pero tú, esto no lo comprendes.

Tú y los tuyos miráis a la letra y no al espíritu.

Tú y los tuyos no pensáis que violáis dos veces el sábado…

Es más, tres veces, rebajando la Palabra divina a la pequeñez de la mentalidad humana,

obstaculizando una orden de Dios y faltando de misericordia para con el prójimo.

Para herir con el reproche, no juzgáis que mover la lengua sin necesidad, está mal hecho.

Eso, que también es un trabajo…

Además inútil e innecesario y no bueno;

no os parece violación del sábado.

Yocaná ben Zaccái, escúchame.

De la misma forma que hoy no tienes piedad de una curruca.

Y por la práctica farisaica la harías morir de dolor…

Dejando morir de congoja a su prole, abandonada al alcance del áspid y del hombre perverso…

Así mañana no tendrás piedad de una madre y la harás morir de congoja,

haciendo que le maten a su prole, diciendo que es una cosa buena por respeto a tu ley.

A la tuya.

No a la de Dios.

A la que tú y los que son como tú os habéis dictado para oprimir a los débiles…

Y triunfar vosotros, los fuertes.

Pero, como puedes ver, los débiles encuentran siempre un salvador…

Mientras que los soberbios, los fuertes según la ley del mundo;

serán aplastados por el peso de su misma pesada ley.

Adiós, Yocaná ben Zaccái.

Recuerda esta hora y pon cuidado en no violar tú otro sábado…

Con la complacencia por un delito cumplido.

Y Jesús, fulminando las pupilas en el rostro encendido de ira del viejo iracundo.

Mirando al escriba desde arriba, porque éste es bajo y gordo;

mientras que Jesús parece una palma respecto a él.

Pasa pisando la hierba,

porque el escriba no se aparta…

Dice Jesús:

         He querido levantaros el espíritu con una visión verdadera, aunque no la contemplen los Evangelios.

Para vosotros que me leéis en este momento

la enseñanza es ésta:

Que siento mucha compasión de los pajarillos sin nido,

aunque en vez de llevar por nombre curruca, lleven por nombre María o Juan.

Y me preocupo de darles de nuevo un nido cuando un hecho los ha despojado de él.

Demasiados conocen las palabras de la Ley

(demasiados aun siendo pocos, porque todos deberían saberlas).

Pero únicamente conocen las “palabras».

No las viven.

Éste es el error.

El Deuteronomio prescribe leyes de humanidad porque los hombres,

entonces, eran, por puericia espiritual, inhumanos, semillas silvestres.

Había que llevarlos de la mano por los floridos senderos de la piedad, del respeto,

del amor hacia el hermano que pierde un animal,

hacia el animal que se cae, hacia el pájaro que encoba;

para enseñarles a ascender a piedad, respeto y amor más altos.

Pero, cuando vine Yo, perfeccioné las normas mosaicas y abrí horizontes más vastos.

La letra ya no era «el todo».

El espíritu pasó a ser «el todo».

Más allá del pequeño acto humano, respecto a un nido y a sus habitantes,

es necesario ver el significado que puse en mi gesto:

Inclinarme Yo, el Hijo del Creador, ante la obra del Creador.

Aquella nidada era también obra suya.

¡Oh, dichosos aquellos que en todas las cosas saben ver a Dios

y servirle con espíritu de amor reverente!

¡Ay de aquellos que, como la serpiente, no saben levantar la cabeza de su fango,

y no pudiendo entonar un canto de alabanza para Dios

manifestado en las obras de los hermanos,

muerden a éstos por un exceso de veneno que los ahoga!

Demasiados hay que torturan a los mejores,

diciendo como justificación de su perversidad

que está bien actuar así por respeto a la ley.

Ley suya. No de Dios,

que si no puede impedir sus obras malvadas, sabe vengar a sus «pequeñuelos».

Y esto es para aquellos a quienes hay que decírselo.

Mi Paz que vela, esté con vosotros.