518 ¡¿Mi Hermano?!…


 518 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

431 Tomás prepara el encuentro de Jesús con los campesinos de Yocaná.

Han seguido caminando después del incidente, en silencio durante un tiempo.

Pero al llegar a una bifurcación que hay entre los campos,

Santiago de Zebedeo dice:

–            ¡Por aquí se va a donde Miqueas!…

Pero… ¿Vamos a ir ahora?

Ese hombre nos espera en sus propiedades para tratarnos mal…

Judas aconseja:

–            Y para impedirte hablarles a los campesinos.

Santiago tiene razón.

No vayas.

Jesús responde:

–           Me esperan.

He mandado aviso de que voy.

Su corazón está en fiesta.

Soy el Amigo que va para consolarlos…

Encogiéndose de hombros, Judas,

dice:

–           Irás otra vez.

–            Tú no te resignas tan fácilmente cuando se te priva de una cosa con la que contabas.

–            Las mías son cosas serias.

Las de ellos…

–            ¿Y qué más serio, más grande que la formación y el consuelo de un corazón?

Ellos son corazones a los que todo trata de alejar de la paz, de la esperanza…

Y tiene sólo una esperanza:

La de una vida futura.

Y sólo tienen un medio para ir a ella:

Mi ayuda.

No.

Iré a verlos, a costa de que me apedreen.

Juntos Zelote y Santiago de Alfeo,

exclaman:

–           ¡No, Hermano!

–          ¡No, Señor!

Pedro:

–            Serviría sólo para que castigaran a esos pobres siervos.

Tadeo:

–           Tú no oíste, pero Yocaná dijo:

«Hasta ahora he soportado.

Pero ahora ya no soportaré más.

¡Y ay de aquel siervo que vaya a Él o lo reciba!

Es un réprobo, es un demonio.

No quiero corrupciones en mi casa»

Santiago de Zebedeo:

–          Y a un compañero le dijo:

“A costa de matarlos les curaré su endiablamiento por este maldito».

Jesús agacha la cabeza, pensando…

Y sufriendo.

Es visible su dolor…

Los demás se afligen por ello, pero…

¿Qué hacer?

La serenidad práctica de Tomás, es la que resuelve la situación:

–           Hagamos así.

Quedémonos aquí hasta la puesta del sol, para no violar el sábado.

Entretanto uno de nosotros va sin ser notado hasta las casas,

y dice:

«En plena noche, junto a la fuente de fuera de Sefori».

Y nosotros después del ocaso, vamos allí…

Y los esperamos en las arboledas que hay al pie del monte sobre el que está Sefori.

El Maestro habla a esos pobrecitos.

Los consuela.

Con las primeras luces ellos vuelven a sus casas…

Y nosotros, superando el collado, seguimos hasta Nazaret.

Varios concuerdan:

–           Tomás tiene razón.

Pero Felipe observa:

–             ¿Y quién va a avisar?

Nos conoce a todos y nos puede ver…

Inocentemente, el manso Andrés,

propone:

–             Podría ir Judas de Simón.

Conoce bien a los fariseos…

Judas ataca:

–          ¿Qué quieres insinuar?

–            ¿Yo? Nada.

Digo que los conoces porque has estado mucho en el Templo y tienes buenas amistades.

Siempre te glorías de esto.

A un amigo no le harán daño…

–             No estés tan seguro, ¡eh!

Que ninguno lo esté.

Si todavía nos protegiera Claudia, quizás…

Podría yo.

Pero ahora ya no.

Porque ahora en conclusión…

Ya se ha desinteresado, ¿No es verdad, Maestro?

Jesús responde:

–             Claudia sigue admirando al Sabio.

Nunca ha hecho nada distinto, ni mayor que esto.

De esta admiración pasará quizás a la fe en el Dios verdadero.

Pero sólo la fantasía de una mente exaltada, podía creer que ella tuviera otros sentimientos hacia Mí.

Y si los tuviera, Yo no los querría.

Puedo todavía aceptar su paganismo, porque espero cambiarlo en cristianismo.

No puedo aceptar lo que sería su idolatría:

La adoración de un Hombre, pobre ídolo, en un pobre trono humano.

Jesús dice esto con sosiego, como hablando a todos en una lección.

Pero lo dice tan tajantemente, que no deja dudas acerca de su intención…

Y su decisión de reprimir cualquier posible desviación en ese sentido entre sus apóstoles.

Ninguno replica, por tanto, acerca de la realeza humana.

Pero sí preguntan:

–              ¿Entonces qué se hace respecto a los campesinos?

Tomás declara:

–              Voy yo.

Yo lo he propuesto.

Voy yo, si el Maestro lo consiente.

En todo caso, no me van a comer los fariseos…

–           ¡Sí señor, Tomás! – dicen varios.

Jesús concede:

–            Ve si quieres.

Y que tu caridad sea bendecida.

–            ¡Es tan poca cosa, Maestro!…

–             Es una cosa muy grande, Tomás.

Poniendo la mano en la cabeza inclinada ante Él de su apóstol,

Jesús agrega:

Sientes los deseos de tus hermanos…

Los Míos y de los campesinos.

Y te compadeces.

Y tu Hermano en la carne te bendice también por ellos.

Tomás emocionado, susurra:

« ¿Yo… tu… hermano?

Es demasiado honor, mi Señor.

Yo, tu siervo.

Tú, mi Dios…

Esto sí…

Me pongo en marcha».

Tadeo y Pedro al mismo tiempo,

dicen:

–              ¿Vas solo?

–            ¡Voy yo también!

Tomás objeta:

–             No.

Sois demasiado fogosos.

Yo sé cambiar todo en risa…

Que es el mejor medio para desarmar a ciertos… caracteres.

Vosotros os calentáis enseguida…

Voy solo.

Juan y Andrés apoyan:

–            Voy yo.

–            ¡Sí!

Uno de vosotros sí.

Y también uno como Simón Zelote o Santiago de Alfeo.

Andrés insiste:

–              No, no. Yo.

Yo no reacciono mal.

Callo y hago.

–            Ven.

Y se marchan por una parte…

Mientras Jesús prosigue por la otra con los que se han quedado…

 

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