522 La Oración de María


522 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

433a Curación de Áurea.

Han llegado a Nazareth, hasta la casa de Jesús…

Pero, cuando la puerta se entreabre y aparece el dulce rostro de la Virgen,

Jesús dice sólo la más dulce de las palabras, abriendo los brazos para recibirla:

–            ¡Mamá!

María responde:

–            ¡Oh, Hijo mío!

¡Bendito!

Entra.

¡La paz y el amor estén contigo!

–            A mi Madre, a la casa y a quien en ella está.

Dice Jesús entrando, seguido por los otros.

Después del saludo recíproco con los apóstoles y sobrinos,

María dice:

–         Allí está vuestra madre.

Señalando a las dos discípulas están con el pan y la colada…

Y éstos discretos se retiran, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

Jesús dice:

–           Aquí me tienes, Madre mía.

Estaremos juntos bastante…

Qué dulce es el regreso…

la casa y sobre todo tú, Madre…

Después de tanto camino en medio de los hombres…

–         Que cada vez te conocen más…

Y por este conocimiento, se dividen en dos ramas:

Los que te aman…

Y los que te odian…

Y la rama más gruesa es la última…

–         El Mal siente que pronto va a ser vencido y está furioso…

Y hace enfurecer…

¿Cómo está la niña?

–         Levemente mejor…

Pero estuvo a punto de morir…

Y sus palabras ahora que no delira, corresponden aunque más reservadas,

a las que le salían en el delirio.

Sería mentir decir que no hemos reconstruido su historia…

¡Pobrecilla!…

–           Sí.

Pero la Providencia veló por ella.

–           ¿Y ahora?…

–          Y ahora…

No sé.

Áurea la niña, no me pertenece como tal.

Su alma es mía…

Su cuerpo, de Valeria.

Por ahora estará aquí, para olvidar…

–          Mirta la querría.

–          Lo sé…

Pero no tengo el derecho a actuar sin el permiso de la romana.

Tampoco sé si la adquirieron con dinero o si usaron sólo el arma de las promesas…

Cuando la romana la solicite…

–        Iré yo por ti, Hijo mío.

Es mejor que no vayas Tú…

Déjalo en manos de tu Mamá.

Nosotras mujeres…

Seres ínfimos para Israel, no somos tan observadas, si vamos a hablar con los gentiles.

¡Y tu Mamá es tan desconocida para el mundo!

Nadie advertirá la presencia de una hebrea lugareña, que envuelta en su manto,

va por las calles de Tiberíades y llama a la casa de una dama romana…

–        Podrías ir a casa de Juana…

Y allí hablar con la dama…

–          Lo haré así, Hijo mío.

¡Que tu corazón halle alivio, Jesús mío!…

Estás muy afligido…

Lo comprendo…

Y quisiera hacer más por ti…

–            Y mucho haces, Mamá.

Gracias por todo lo que haces…

–        ¡Oh!

¡Muy pobre ayuda soy, Hijo mío!

Porque no consigo que te amen, ni darte… dicha…

Mientras se te concede tener un poco de dicha…

¿Qué soy, entonces?

Una muy pobre discípula…

–           ¡Mamá!

¡Mamá!

¡No digas eso!

Mi fuerza me viene de tus oraciones.

Pensando en ti descansa mi mente.

Y ahora el corazón halla fortaleza estando así;

con mi cabeza en tu corazón bendito…

¡Mamá mía!…

Jesús, sentado en el arquibanco que está junto a la pared,

ha arrimado hacia sí a su Madre, erguida al lado de Él.

Y apoya la frente sobre el pecho de María;

la cual, levemente acaricia sus cabellos…

Sigue una pausa que es todo amor.

Luego Jesús levantando la cabeza, se pone de pie.

Dice:

–          Vamos donde los otros.

Y donde está la niña…

Y sale con su Madre al huerto.

Las tres discípulas,

en el umbral de la habitación donde está la joven enferma,

hablan a ritmo rápido con los apóstoles.

Pero cuando ven a Jesús se callan y se arrodillan.

Jesús las saluda,

diciendo:

–           La paz a ti, María de Alfeo.

Y a vosotras, Mirta y Noemí.

¿La niña duerme?

Mirta responde:

–           Sí.

Persiste la fiebre, que la aturde y la consume.

Si sigue así, morirá.

María de Alfeo,

agrega:

–            Su tierno cuerpo no resiste la enfermedad.

Y la mente se turba por los recuerdos.

Mirta confirma:

–           Sí…

Y no reacciona porque dice que quiere morirse para no volver a ver romanos…

Noemí agrega:

–          Un dolor para nosotras que ya la queremos…

Jesús responde:

–             ¡No temáis!

Mientras se acerca a la entrada de la pequeña habitación.

Y levanta la cortina…

En el lecho que está pegado a la pared, frente a la puerta,

se ve la carita enflaquecida, sepultada bajo la masa de los largos cabellos dorados.

Una carita de nieve, excepto en los pómulos, que presentan un color rojo encendido.

Duerme con fatiga, profiriendo entre dientes palabras balbucientes, incomprensibles…

Mientras con la mano relajada encima de la cubrecama,

hace de vez en cuando, un gesto como para rechazar algo.

Jesús no entra.

La mira con mucha compasión.

Luego llama fuerte:

–            ¡Áurea!

¡Ven!

¡Está aquí tu Salvador!

La niña se sienta bruscamente en el lecho.

Lo ve…

Emitiendo un grito, baja y corre, vestida con una larga y suelta túnica, descalza;

hacia Jesús.

Y se arroja a sus pies,

diciendo:

–           ¡Señor!

¡Ahora sí que me has liberado!

Jesús declara:

–             Está curada.

¿Veis?

No podía morir…

porque antes debe conocer la Verdad.

Y a la niña, que le besa los pies,

le dice:

–            ¡Levántate!

Y vive en paz.

Le pone la mano encima de la cabeza, que ya no tiene fiebre.

Áurea, con su larga túnica de lino, quizás una de la Virgen;

tan larga que le forma cola.

Con los cabellos sueltos como un manto sobre su esbelto cuerpo,

con los ojos verde-azules brillantes todavía por la fiebre que acaba de desaparecer.

Y por la alegría que acaba de nacer, parece un ángel.

El Maestro dice:

–          Hasta pronto.

Nos retiramos al taller,

mientras vosotras os ocupáis de la niña y de la casa…

Y seguido por los cuatro, entra en el viejo taller de José.

Se sienta con los suyos en los bancos de carpintero,

que llevan tiempo sin ser usados…

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