Archivos diarios: 30/05/22

531 Sacerdote y Pecador


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

438b Encuentro con Judas de Keriot.

María dice:

–           Ven.

Mira…

Ya blanquea el cielo allá en el fondo.

Se puede decir que no hay noche en este mes…

Van, en vez de por el camino de la orilla,

por el que se abre ante ellas que ya no está en penumbra.

Un camino que va por detrás de una fila de casitas modestas.

Cuando están a la mitad del recorrido…

En una casa.

dando vuelta a una esquina sale Judas, visiblemente embriagado…

Un Judas que viene de algún banquete:

Porque está despeinado, sus vestiduras arrugadas y sucias, con el rostro ajado.

María exclama:

–            ¡Judas!

¡¿Tú?!

¿En este estado?

A Judas no le da tiempo a fingir que no la conoce.

Y no puede huir…

La sorpresa y el susto lo despabilan.

Y se queda como enclavado, sin reaccionar…

María se le acerca, venciendo la repugnancia que el apóstol despierta en Ella,

y le dice:

–             Judas…

Desgraciado hijo…

¿Qué estás haciendo?

¿No piensas en Dios?

¿En tu alma?

¿En tu madre?

¿Qué haces, Judas?

¿Por qué quieres ser pecador?

¡Mírame, Judas!

No tienes derecho a matar tu alma…

Y lo toca, tratando de tomarle una mano.

Judas la rechaza, alejándose de Ella,

reclamando:

–                       ¡DÉJAME EN PAZ!

Al fin y al cabo, soy un hombre.

Y soy…

Soy libre de hacer, lo que todos los demás hacen.

Dile al que te envió a espiarme; que no soy todavía todo espíritu…

Y que soy joven.  

Judas con posesión diabólica perfecta.

¡Tengo derecho a vivir!

–            No eres libre de destruirte.

¡Judas, ten piedad de ti mismo!…

No eres libre para arruinarte, Judas.

Actuando así no serás nunca un espíritu santo…

Obrando así, nunca serás un espíritu dichoso…

¡Judas!…

Él no me envió a expiarte.

Él ruega por tí…

Él no hace otra cosa más que esto.

Y también yo con Él.

Judas…

En nombre de tu madre…

–               Déjame en paz.

Pero luego; sintiendo que ha sido maleducado, se corrige:

–            No merezco tu compasión.

¡Adiós!

Y escapa corriendo.

María de Alfeo,

exclama:

–            ¡Qué demonio!…

Se lo voy a decir a Jesús.

¡Tiene razón mi Judas!

María ordena:

–           Tú no dirás nada a nadie.

Orarás por él, eso sí…

–           ¿Lloras?

¿Lloras por él?

¡Oh!…

–            Lloro…

Me sentía feliz de haber salvado a Áurea…

Ahora lloro porque Judas es pecador.

Pero a Jesús, que está muy afligido…

Le llevaremos sólo la noticia hermosa.

Con nuestras penitencias y plegarias…

Arrancaremos de las garras de Satanás al pecador…

¡Como si fuera hijo nuestro, María!

¡Como si fuera hijo nuestro!…

Tú también eres madre…

Y sabes…

Por esa madre infeliz…

Por esta alma pecadora…

Por nuestro Jesús…

–               Sí, oraré…

Pero no creo que él lo merezca…

–               ¡María!

¡María!…

¡María, no hables así!…

Vámonos.

No digas eso…

–           No lo digo.

Pero…

Es así.

¿No vamos a casa de Juana?

–           No.

Iremos pronto a su casa con Jesús…

Ven…

¡Mira!…

¡El Cielo empieza a iluminarse!

Las noches son demasiado cortas…

¡Vámonos!…

Y toman el camino de la ribera…

La virgen está muy cansada, cuando de regreso vuelve a pisar el umbral de su hogar.

Le abre Simón Zelote…

Quién después de saludarle, se retira prudente al taller.

Encuentra a Jesús poniendo la puerta del horno en su  lugar, después de haberla reparado.

Está poniendo aceite en los goznes.

Apenas ve a su Madre, se limpia las manos en su delantal de trabajo…

Y va a su encuentro…

Jesús saluda:

–             La Paz sea contigo, Mamá.

María contesta:

–              La Paz sea contigo, Hijo.

–              Qué cansada debes estar.

Llegaste pronto…

–              Caminamos desde el amanecer hasta el crepúsculo…

Descansé en casa de José.

Si no fuera por este calor tan fuerte…

Me hubiera venido luego para decirte, que te cedieron a Áurea.

–             ¿De veras?

El rostro de Jesús rejuvenece, ante la alegre sorpresa.

Parece un joven de veinte años y se parece más a su Madre…

Que siempre parece una jovencita; tanto en su rostro, como en sus movimientos.

–              De veras, Jesús.

No me costó ningún trabajo conseguirlo.

La mujer consintió enseguida.

Se sintió conmovida al reconocer que tanto ella como sus amigos,

se encuentran en tal estado, que no puede educar a una criatura para Dios.

Un reconocimiento tan humilde; tan sincero;

tan verdadero.

No es muy fácil encontrar a alguien, que sinceramente reconozca tener defectos.

–              Así es.

No es fácil.

En Israel son muy pocos.

Ellas son unas almas hermosas, sepultadas bajo una costra de suciedad.

Pero cuando ésta caiga…

–             ¿Sucederá, Hijo?

–             Estoy seguro de ello.

Instintivamente se dirigen al Bien. terminarán por acercarse a Él.

¿Qué te dijo?

–             ¡Oh!

¡Pocas palabras!…

Nos entenderemos al punto.

¿No sería mejor, llamar a Áurea?

Quiero comunicárselo, si me lo permites.

–             ¡Claro, Mamá!

Mandaremos a Simón.

Y con voz fuerte llama a Zelote.

–             Simón.

Ve a la casa de simón de Alfeo y dile que mi madre ha regresado.

Trae a la niña y a Tomás, que ya debe haber terminado el trabajo que le pidió Salomé…

Simón se inclina y se va.

María le cuenta  a Jesús, todas las peripecias de su viaje…

Menos lo de Judas.

Jesús sonríe:

–             Me has traído la prueba de lo que las romanas sienten por Mí.

Si Juana hubiese intervenido se hubiera podido pensar, que se la cedían a la amiga.

Ahora vamos a esperar hasta el sábado.

Y si Mirta no viene, nos iremos con Áurea.

María dice:

–             ¡Hijo!

Quisiera quedarme…

Jesús contesta:

–              Estás muy cansada, lo veo.

–              No.

No es por eso…

que Judas podría venir aquí.

Cómo no está mal que en Cafarnaúm, haya siempre un amigo que lo hospede.

Tampoco lo está que alguien lo acoja cariñosamente aquí…

–               Gracias Mamá.

Sólo tú comprendes, lo que todavía puede salvarlo…

Y ambos suspiran por el discípulo que les causa dolor…