535 Flor de Jazmín


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

441 Partida de Nazaret. 

Declina la tarde del verdadero sábado y la vida comienza de nuevo, después del descanso sabático.

Aquí en la casita de Nazaret, comienza después del descanso, con los preparativos para la partida:

Se colocan provisiones.

Se dispone la ropa aprovechando bien el espacio dentro de las alforjas,

que atan fuertemente con apretados nudos.

Se revisan las sandalias:

(si están bien seguras sus correas de cuero y sus hebillas)

Se da de comer y beber a los burritos, cerca del seto del huerto…

Se entrelazan los saludos y las despedidas…

Con algunas lágrimas entre sonrisas y bendiciones.

Promesas de volver a verse pronto…

Y el don inesperado, de Tomás a María:

Una fíbula – nosotros diríamos un broche -, para tener recogida la túnica en el escote,

hecha de tres delgados, livianos, perfectos tallitos de muguete, recogidos en dos hojas,

cuya exactitud respecto a las verdaderas resulta del metal tratado por mano maestra.

Tomás dice.

–           Sé Madre, que no la usarás.

Pero, de todas formas, acéptala.

Deseaba hacer esto, desde que un día mi Señor habló de ti, comparándote a los lirios de los valles…

No he hecho nada para tu casa…

Pero he hecho esto para ti, para que la alabanza de tu Hijo quedara traducida en símbolo…

Para ti que la mereces más que ninguna otra mujer.

Y si no he podido dar al metal la suavidad del tallo vivo y la fragancia de la flor;

que mi sincero amor y respetuoso amor por ti, lleno de veneración,

lo haga muy suave como una caricia…

Y lo perfume con mi devoción hacia ti, Madre de mi Señor.

María responde:

–            ¡Oh, Tomás!

Es verdad, yo no llevo joyas, porque me parecen cosas vanas;

pero esto no es vano:

Esto es amor de mi Jesús y de su apóstol…

Y lo recibo con amor.

Lo miraré todos los días y pensaré en el buen Tomás, que ama tanto a su Maestro,

que retiene no sólo la Doctrina suya, sino también sus más humildes palabras,

sobre las cosas más humildes y sobre las más humildes insignificantes personas.

Gracias, Tomás.

¡No por el valor, sino por tu amor!

Gracias.

Todos observan con admiración la obra perfecta.

Y Tomás muy feliz, saca otra preciosidad:

Tres estrellitas de jazmín en una ramita, con minúsculas hojas unidas en un círculo sutil…

Un par de peinetas y un par de aretes que le hacen juego…

Y se las entrega a Áurea,

diciendo:

una cosita aún más pequeña que ha hecho:

Tres estrellitas de jazmín.

Se lo da a Áurea,

diciendo:

–          Porque no fuiste codiciosa.

Porque no lo has querido con coquetería.

Porque has estado aquí mientras el jazmín florece…

Y para que las estrellitas te recuerden a nuestra Estrella.

Pero, pon atención:

Tú con tus virtudes, debes perfumar a las flores y ser tú misma una flor:

cándida, hermosa, pura, que perfume hacia el Cielo.

Si no lo haces así, pido la restitución del broche.

Ánimo, no llores…

Que todo pasa… y…

Y pronto volveremos a casa de María o Ella vendrá donde nosotros…

Y… .

Áurea los recibe, llorando de felicidad….

Y diciendo:

–           Muchas gracias, Tomás.

No lo olvidaré.

Pero Tomás, ante el aumento de las lágrimas de Áurea,

siente que es mejor no proseguir.

Y sale afligido.

Dice a Pedro:

–               Si hubiera imaginado que…

Se ponía a llorar más, no le hubiera dado nada…

Ese broche lo he hecho precisamente para consolarla en este momento…

No he acertado…

Y Pedro con la confusión del momento, pierde el control,

y dice:

–             Siempre es así en las despedidas…

Si hubieras visto a Síntica enton…

Se da cuenta de que ha hablado de más, quiere recobrarse, se pone lívido…

Pero ya no tiene solución…

Tomás comprende…

Y con bondad, le echa un brazo alrededor del cuello, 

diciéndole:

–             No te aflijas, Simón.

Sé callar.

Y comprendo por qué habéis callado…

Por Judas de Simón.

Yo, por el Dios de nuestros padres, te juro que lo que involuntariamente he sabido está olvidado.

¡No sufras, Simón!…

–             Es que el Maestro no quería…

–             Sin duda tenía todas las razones para hacerlo.

No lo tomo a mal.

–            Ya lo sé.

Pero ¿Qué dirá?…

–           Nada, porque no sabrá nada.

Fíate de mí.

–           ¡Ah, no!

Yo al Maestro no le ando con ningún subterfugio.

He errado, merezco reprensión.

Y además inmediatamente.

No voy a tener paz si no le confieso mi error.

Tomás, sé bueno, ve a llamarlo…

Voy al taller.

Ve y vuelve con Él.

Yo estoy demasiado turbado para hacerlo y los otros lo notarían.

Tomás lo mira con admirada compasión.

Y vuelve a la casa para llamar a Jesús:

–              Maestro, ven un momento.

Tengo que decirte una cosa.

Jesús, que estaba saludando a María de Alfeo, lo sigue sin dilación,

preguntando mientras camina a su lado:

–            ¿Qué quieres?

– pregunta mientras camina a su lado.

–            Yo nada.

Es Simón el que tiene que decirte algo.

Ahí está…

–           ¡Simón!

¿Qué te pasa que estás tan turbado?

Pedro se arroja a los pies de Jesús,

gimiendo:

–            ¡He pecado!

¡Absuélveme!

–            ¿Pecado?

¿En qué?

Estabas con nosotros, contento, tranquilo…

–             ¡Maestro, te he desobedecido!

He hecho mención de Síntica a Tomás…

Estaba turbado por las lágrimas; él lo estaba más que yo y creía que las había aumentado él…

Para consolarlo, he dicho:

«Siempre sucede esto en las despedidas…

Si hubieras visto a Síntica…»,

¡Y él ha comprendido!…

Pedro levanta su desencajada cara;

su mirada está llena de humillación, de desolación.

Jesús dice con alivio:

–             … ¡Alabado sea Dios, mi Simón!

Creía que hubieras hecho cosas mucho más graves que ésta.

Y tu sinceridad anula incluso esta cosa.

Has hablado sin malicia, has hablado a un compañero tuyo.

Tomás es bueno y no divulgará…

–             Sí, me lo ha jurado…

Pero, ¿Ves?

Ahora tengo miedo de ser demasiado necio y de no saber custodiar un secreto.

–              Hasta ahora lo has hecho.

–             Sí, pero fíjate…

¡Jamás ni una palabra a Felipe y Natanael!

Y ahora…

–              ¡Vamos, levántate!

El hombre es siempre imperfecto.

Pero cuando lo es sin malicia no comete pecado.

Vigílate.

Pero no te aflijas más.

Tu Jesús tiene para ti un beso.

Y ninguna otra cosa.

Tomás, ven aquí.

Tomás se acerca inmediatamente.

Jesús le dice:

–            Sin duda has comprendido las razones del silencio, ¿No?

Tomás responde:

–           Sí, Maestro.

Y he jurado respetarlo por mi parte y según mi capacidad.

Ya se lo he dicho a Simón…

–            Al necio Simón – suspira Pedro.

–            No, amigo.

Me has edificado por tu humildad y sinceridad perfectas.

Me has dado una gran lección y la recordaré.

No puedo darla a conocer, por prudencia.

Y ello me duele, porque pocos de entre nosotros tienen y tendrían la justicia que tú has tenido…

Pero, nos están llamando.

Vamos.

En efecto, muchos están ya en la calle.

Las tres mujeres – Noemí, Mirta y Aurea – están ya subidas a los burros.

María está con su cuñada al lado de Áurea.

La besan de nuevo…

Y cuando ven venir a Jesús, besan a las dos condiscípulas;

como última cosa, saludan a Jesús, que las bendice antes de ponerse en camino…

María y María Cleofás vuelven a la casa…

A la casa en que quedan, como recuerdo de lo que poco antes había;

sillas  movidas, vajilla sin recoger…

El desorden que sigue a una partida.

María, distraídamente acaricia el pequeño telar en que enseñaba a Áurea a trabajar…

Tiene los ojos brillantes por el llanto contenido.

María Cleofás le dice:

–            ¡Estás sufriendo, María!

Que llora sin poner esfuerzo por no hacerlo.

¡Le habías tomado cariño!…

Viene aquí…

Luego se van…

Y nosotras sufrimos…

–            Es nuestra vida de discípulas.

Ya has oído lo que decía hoy Jesús:

«Así haréis en el futuro; viendo en todas las criaturas almas fraternas, seréis hospitalarias.

Sobrenaturalmente hospitalarias, sintiéndoos más peregrinas vosotras mismas,

que a los que acogéis los acogéis como peregrinos.

Ayudaréis, ofreceréis descanso, consejo.

Y luego dejaréis que los hermanos vayan hacia sus destinos

sin retenerlos con amor celoso,

seguras de que más allá de la muerte os volveréis a encontrar con ellos.

Vendrán las persecuciones y muchos os dejarán para ir al martirio.

No seáis cobardes ni aconsejéis la cobardía.

Quedaos en oración en las casas vacías para sostener el coraje de los mártires.

Serenas para fortalecer a los más débiles;

fuertes para estar preparadas a imitar a los héroes.

Habituaos a las separaciones, a los heroísmos,

al apostolado de la caridad fraterna, ya desde ahora…».

Y nosotras lo hacemos.

Sufriendo,…

¡Es verdad!

Somos criaturas de carne…

Pero el espíritu goza con una alegría espiritual suya,

que es hacer la voluntad del Señor y cooperar a su gloria.

Y además…

Yo soy la Madre de todos…

Y no debo serlo de uno solo.

No soy exclusivamente ni siquiera de Jesús…

Ya ves que lo dejo marcharse sin retenerlo…

Quisiera estar con Él, eso sí.

Pero El juzga que debo quedarme aquí hasta que me diga: «Ven».

Y me quedo aquí.

¿Sus estancias aquí?:

Mis alegrías de Madre.

¿Mis peregrinaciones con Él?:

Mis alegrías de discípula.

¿Mis soledades aquí?:

Mis alegrías de fiel que hace la Voluntad de su Señor.

–            El Señor es tu Hijo, María…

–            Sí.

Pero no deja de ser mi Señor…

¿Vas a estar aquí conmigo María?

–            Sí, si me dejas…

¡Está tan triste mi casa las primeras horas en que está vacía de mis hijos!…

Mañana ya es otra cosa…

Y  esta vez…

Bueno, esta vez lloraría más…

–             ¿Por qué, María?

–            Porque ya desde ayer estoy llena de llanto…

Soy un aljibe, un aljibe en tiempo de lluvias.

–           ¿Pero por qué, María?

–           Por José… ayer…

¡Oh! No sé si ir y reprenderle severamente porque, al fin y al cabo…

Porque este seno lo ha llevado y estos pechos lo han amamantado.

Y no hay primogenitura que sea superior a una madre,…

O si no volver a hablarle, jamás, a este bastardo que me nació…

Que ofende a mi Jesús y a ti y…

–             No harás nada de eso.

Serás para él siempre «la mamá».

La mamá que se compadece del hijo obstinado, enfermo, descarriado.

Y lo amansa con la bondad llevándolo a Dios con la oración y la paciencia…

¡Vamos ánimo, no llores!…

Más bien, ven conmigo.

Vamos a orar por él en mi habitación;

por los que se marchan, por la joven, para que sufra poco y se forme santamente…

Ven, ven, María mía.

Y la lleva consigo…

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