Archivos diarios: 6/06/22

536 Doctrina de Fuego


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

441a Un incendio de brezos durante el viaje viene a ser el tema de una parábola.

Mientras tanto los peregrinos van siguiendo su camino hacia el sudoeste.

Adelante van las mujeres, montadas en sus burritos…

Los cuales, bien alimentados y descansados, van con un trote alegre,

obligando a Margziam y a Abel, a ir casi corriendo. 

Pues por prudencia se han quedado a los lados de Áurea, que monta en silla por primera vez.

Y si bien la cosa es fatigosa, ello sirve para distraer a la joven del dolor,

por haberse separado de María.

De vez en cuando, para dejar un momento de respiro a los dos jovencitos,

Mirta detiene a su burrito ordenando el alto.

Y no se vuelve a poner en movimiento sino cuando las alcanza el grupo apostólico.

En las paradas Áurea, al dejar de estar distraída por las peripecias de la equitación,

vuelve a ponerse triste…

Margziam, experto en sus dolorosas, dilatadas vicisitudes de huerfanito,

recogido por caridad por una madre adoptiva después de haber conocido a María,

la consuela diciéndole cómo después uno le coge cariño a la madre adoptiva:

«exactamente igual que si fuera nuestra mamá»

Le cuenta sus impresiones.

También relata cómo María y Matías son muy felices con Juana.

Y Anastática con Elisa.

Áurea escucha estas narraciones.

Y cuando Margziam termina con estas palabras:

«Créeme que todas las discípulas son buenas.

Y Jesús sabe a quién confiar a los pobrecillos como nosotros»

Abel remata:

«No debes desconfiar de mi madre, que está muy contenta de tenerte.

Y ha orado mucho en estos días para conseguirte de las manos de Dios»,

Áurea dice:

–            Lo creo.

Y la quiero…

Pero María es María…

Y debéis comprender…

–           Sí.

Pero es que nos duele el verte triste…

–            ¡Pero ya no estoy triste como en casa del romano!

¡Ni como en las primeras horas de la liberación!…

Me siento sólo…

Desorientada.

Yo hacía años que no recibía caricias…

Nadie hasta María, me había vuelto a hacer caricias;

después de tantos años de amos…

Mirtha exclama:

–              ¡Alma mía!

¡Pero si yo estoy aquí para hacerte caricias!

Seré una segunda María para ti.

Ven aquí, cerca…

Si fueras más pequeña, te llevaría en mi silla;

como hacía con mi Abel cuando era niño…

Pero ya eres una mujer…

Acercándose y tomándole una mano, 

agrega:

–          Una mujercita para mí, a la que voy a enseñar muchas cosas…

Y cuando Abel se marche lejos, a evangelizar;

yo y tú acogeremos a los peregrinos…

Como dice el Señor, haremos mucho bien en su Nombre.

Eres joven, me ayudarás…

Santiago de Zebedeo, que les ha dado alcance,

los interrumpe exclamando:

–             ¡Mirad qué luz hay allí, detrás de aquella loma!

Todos se preguntan:

–             ¿Se está quemando un bosque?

–            ¿O un pueblo?

–            Vamos corriendo a ver…

Ya ninguno está cansado, porque la curiosidad anula cualquier otra sensación.

Jesús los sigue benévolo;

dejando el camino para tomar una vereda que sube por una loma.

Pronto llegan a la cima…

No es ni un bosque ni un pueblo lo que arde,

sino una vasta depresión entre dos elevaciones poblada de brezos, que resecos por el verano,

han prendido fuego quizás por alguna chispa proveniente de los leñadores,

que han estado trabajando más arriba, talando árboles.

Y ahora es lo que arde:

Una alfombra de llamas bajas pero vivas, que se desplaza,

después de haber devastado los lugares en que ha prendido primero…

en busca de nuevos brezos que quemar.

Los leñadores intentan apagarlo, luchando contra el fuego.

Pero es inútil.

Son pocos y si trabajan en un lado, el fuego se extiende por otro.

Felipe sentencia:

–           Si llega al bosque será un desastre.

Hay muchos árboles de resinas.

Jesús, con los brazos cruzados, erguido en el límite de la loma;

mira y sonríe mientras piensa…

El contraste entre la luz blanca de la Luna al oriente…

Y la roja de las llamas al occidente, es muy vivo.

Mientras que las espaldas de los que miran se presentan llenas de blancura por los rayos lunares…

Sus rostros se ven intensamente rojos por el reflejo de las llamas, las cuales corren;

corren como agua que crece, se desborda y se extiende por todas partes…

Está a pocos metros del bosque el incendio…

Ya ilumina las pilas de leña colocadas en su límite.

Y el claror que cada vez es más vivo,

muestra las casitas de un poblado que está situado en la cima de la loma por la que sube el fuego.  

Varios de los presentes, llenos de consternación,

dicen:

–            ¡Pobre gente!

–            ¡Van a perderlo todo!

Y miran a Jesús, que no habla y sonríe…

Pero luego…

Jesús abre los brazos, lleno majestad, ordena con imperio,

gritando:

–              ¡Detente!

¡Muere!

Lo quiero.

Y como si un moyo de grandes dimensiones bajase a sofocar las llamas,

prodigiosamente el fuego deja de llamear…

La  viva y ágil danza de las lenguas de fuego, se transforma en carbones rojos,

encendidos pero sin llamas.

Luego el rojo se hace violáceo, gris rojo…

Hay algún zig-zagueo todavía entre la ceniza…

Y luego no queda más que la Luna con su plata para dar luz a la floresta.

Al nítido claror, se ve a los leñadores reunirse gesticulando, mirando a su alrededor, hacia arriba…

Buscando al ángel del milagro…  

Jesús dice:

–           Vamos a bajar.

Voy a labrar esas almas con este inesperado motivo que me han proporcionado.

Nos detendremos en el pueblo en vez de en la ciudad.

Partiremos al alba.

Tendrán un sitio para las mujeres.

Para nosotros es suficiente el bosque..

Y baja veloz, seguido por los demás. 

Pedro pregunta:

–            ¿Pero por qué sonreías así?

¡Parecías dichoso!

Jesús responde:

–           Lo sabrás por mis palabras.

Pronto llegan hasta el baldío que se ha transformado en cenizas,

todavía calientes y crujientes bajo las sandalias.

Lo atraviesan.

Cuando llegan al centro, al lugar en que la Luna incide de lleno, los leñadores los ven.

Un leñador grita:

–           ¡Como decía yo!

¡El único que podía haber hecho esto era Él!

Vamos a correr a venerarlo.

Y lo hace arrojándose entre las cenizas a los pies de Jesús.  

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué crees que he podido hacerlo?

–           Porque sólo el Mesías puede esto.

–           ¿Y cómo sabes que Yo soy el Mesías?

¿Es que me conoces?

–            No.

Pero sólo el Bueno que ama a los pobres puede haber tenido piedad.

Y sólo el Santo de Dios puede haber mandado al fuego y ser obedecido.

¡Bendito sea el Altísimo, que nos ha enviado a su Mesías!

¡Y el Mesías, que ha llegado a tiempo de salvarnos las casas!

–            Deberíais tener más apremio por salvaros el alma.

–           El alma se salva creyendo en Ti y tratando de hacer lo que enseñas.

Pero como puedes comprender, Señor;

la desolación de ser despojados de todo puede hacer débiles a nuestras débiles almas…

Y llevarlas a dudar de la Providencia.

–           ¿Quién os ha instruido acerca de mí?

–           Algunos discípulos tuyos…

Ahí están nuestras familias…

Temiendo que todo el collado prendiese fuego, habíamos dicho que los despertaran…

–           Acercaos…

–            Luego enviamos a otro hombre para que dijera que había un milagro y que vinieran a ver.

Aquí están, Señor.

Ésta es la mía.

La de Jacob.

Ésta es la de Jonatán;

ésta, la de Marco;

ésta, la de mi hermano Tobías;

y ésta, la de Eleazar.

Y luego las otras, de los que son pastores…

Y que ahora están en los altos montes, en los pastos…

Es un grupo de unas doscientas cincuenta personas como mucho,

comprendidos los numerosos niños, todavía lactantes o poco ha separados del pecho,

que lloriquean despertados a la mitad del sueño…

o que duermen, desconocedores del peligro que han corrido.

Jesús dice:

–             La paz a vosotros todos.

El ángel de Dios os ha salvado.

Alabemos juntos al Señor.

Muchas mujeres dicen:

–            ¡Nos has salvado Tú!

–            ¡Tú, que siempre estás presente donde hay fieles que creen en ti!

Y los hombres asienten con gravedad.

–              Sí.

Donde hay fe en Mí, está presente la Providencia.

De todas formas, tanto en las cosas del espíritu como en las de la materia,

es necesario actuar con continua prudencia.

¿Qué es lo que ha encendido los brezos?

Probablemente una chispa que se ha escapado de vuestros fuegos,

una ramita que haya querido encender en el fuego uno de los niños,

para divertirse en agitarla y lanzarla hacia abajo con la despreocupación de su edad.

En efecto, es bonito ver una flecha de fuego surcar el aire que oscurece.

Pero, ¡Ya veis lo que puede causar una imprudencia!

Puede causar graves desastres.

Una chispa o una ramita caída entre los brezos secos, ha sido suficiente par hacer arder un valle.

Y si el Eterno no me hubiera enviado,

todo el bosque se habría transformado en un brasero,

que habría consumido en medio de una mordaza de fuego vuestros bienes y vuestras vidas.

Lo mismo con las cosas del espíritu.

Hay que estar continua y prudentemente atentos,

para que una flecha de fuego, una chispa, no prendan en vuestra fe y la destruyan,

después de un proceso inadvertido de incubación en el corazón,

con un fuego deseado por los que me odian y provocado para hacerme pobre en fieles.

Aquí, el fuego detenido a tiempo, se ha transformado de maléfico en benéfico,

destruyendo el baldío inútil, que habíais dejado prosperar en el valle.

Y preparándoos, con su destrucción y con el abono que supone las cenizas,

un terreno que, si sois trabajadores, podréis explotar con útiles cultivos.

¡Pero en los corazones lo que sucede es muy distinto,

cuando se os destruye todo el Bien, ya nada más puede brotar ahí,

a excepción de zarzas para cama de demonios.

Recordad esto y vigilad contra las insinuaciones de mis enemigos;

que, como chispas infernales, serán lanzadas a vuestros corazones.

Cuando llegue, estad preparados para el contrafuego.

¿Y cuál es este contrafuego?

Es una fe cada vez más fuerte.

Una voluntad inquebrantable de ser de Dios.

Es un pertenecer al Fuego santo.

Porque el fuego no se come al fuego.

Ahora bien, si sois fuego de amor al Dios verdadero,

el fuego del odio a Dios no podrá perjudicaros.

El Fuego del amor vence a cualquier otro fuego.

Mi Doctrina es amor.

Quien la recoge entra en el Fuego de la Caridad:

Y ya no puede ser torturado por el fuego del Demonio.

Desde lo alto de aquella loma, mientras veía arder los brezos

y oía las palabras que vuestros espíritus dirigían al Señor Dios vuestro…

Más aún que ver vuestras acciones orientadas a apagar las llamas…

Yo sonreía.

Y un apóstol mío me ha dicho: «¿Por qué sonríes?».

Le he prometido:

«Te lo diré hablando a los salvados».

Lo hago.

Sonreía pensando en que,

de la misma forma que las llamas se extendían entre los brezos del valle,

en vano agredidos por vuestras maniobras,

así se va a extender mi Doctrina por el mundo,

en vano perseguida por quien no quiere la Luz.

Y habrá luz, purificación y bonificación.

¡Cuántas pequeñas serpientes han perecido entre estas cenizas!

¡Y con ellas otros seres dañinos!

Vosotros teníais miedo a este valle porque en él había demasiados áspides.

Pues podéis ver que ni uno sólo se ha salvado.

Igualmente el mundo será liberado de muchas herejías,

de muchos pecados, de muchos dolores,

cuando me haya conocido y haya sido purificado por el fuego de mi Doctrina.

Limpiado y liberado de las plantas inútiles,

capacitado para recibir la semilla, enriquecido en frutos santos.

Por esto sonreía…

Veía en el fuego que avanzaba un símbolo de la extensión de mi Doctrina por el mundo…

Luego la caridad hacia el prójimo, que no ha de separarse nunca de la caridad hacia el Señor,

ha devuelto mi pensamiento a vuestras necesidades.

Y he bajado la mirada mental desde la contemplación de los intereses de Dios,

hasta la de los intereses de los hermanos.

Y he detenido el fuego para que en medio de vuestro júbilo, alabaseis al Señor.

Veis, pues, que mi pensamiento ha subido a Dios,

de Él ha bajado, más poderoso aún…

porque el ensimismamiento con Dios aumenta siempre nuestras facultades.

Y ha vuelto a subir después, junto con el vuestro, a Dios.

De esta forma, por la caridad,

he realizado conjuntamente los intereses del Padre y de mis hermanos.

Actuad también vosotros de modo semejante en el futuro de vuestra vida.

Y ahora para estas mujeres, os pido un lugar para pasar la noche.

La Luna se está poniendo y el incendio ha retardado nuestro camino.

Así que no podemos proseguir hasta la ciudad cercana.  

Todos gritan:

–              ¡Venid!

–             ¡Venid!

–              Hay sitio para todos.

–             ¡Podíamos estar nosotros sin techo!

–              Nuestras casas son vuestras.

–              Son casas de pobres, pero están limpias.

–              ¡Venid!

–              ¡Venid y quedarán bendecidas!- gritan todos.

Y lentamente suben la ladera, más bien empinada;

hasta llegar al poblado que milagrosamente se ha salvado de la destrucción;

para desaparecer después cada uno con quien le da alojamiento…