538 La Espada de Judas


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

442a Judas Iscariote en Nazaret en casa de María.

No ha terminado todavía…

Cuando ya la puerta, que desde el comedor introduce en el huerto, se abre.

En el umbral aparece una María muy pálida y triste.  

Los dos exclaman al mismo tiempo:

–           ¡Judas!

–           ¡María!

–           Ahora te abro la puerta.

Alfeo sólo me ha dicho:

«Ve a casa. Hay uno que pregunta por ti»

Y he venido rápidamente.

Porque la pobre anciana ya no me necesita.

Ha terminado de sufrir por un hijo malo…

Judas, mientras habla María, corre por la callejuela…

Y vuelve a la parte delantera de la casa…

María abre.

Lo saluda diciendo:

–            La paz a ti, Judas de Keriot.

Entra.

–            La paz a ti, María.

Judas está un poco titubeante.

María está tranquila, pero seria.

–            He llamado mucho…

Desde esta mañana al amanecer.

–            Ayer noche un hijo ha quebrantado el corazón de una madre…

Y han venido a buscar a Jesús.

Pero Jesús no está.

También te lo digo a ti: Jesús no está.

Has venido tarde.

–              Ya sé que no está.

–             ¿Cómo lo sabes?

Acabas de llegar…

–             Madre, quiero ser franco contigo, que eres buena:

Estoy aquí desde ayer…

–             ¿Y por qué no llegaste?

Tus compañeros, en estos sábados, sólo no han venido una vez…

–             ¡Ya lo sé!

He ido a Cafarnaúm y no los he encontrado.

–             No mientas, Judas.

En Cafarnaúm no has estado en todo este tiempo.

Bartolomé ha estado siempre allí y no te ha visto.

Y Bartolomé no ha venido hasta ayer.

Pero tú ayer estabas aquí.

Por tanto…

¿Por qué mientes, Judas?

¿No sabes que la mentira es el primer paso hacia el hurto y el homicidio?…

La pobre Ester ha muerto incluso, matada por el dolor causado por la conducta de su hijo.

Y Samuel su hijo, empezó a ser la vergüenza de Nazaret con pequeñas mentiras,

que cada vez se iban haciendo más grandes…

De ellas pasó a todo lo demás.

¿Quieres imitarlo tú, apóstol del Señor?

¿Quieres hacer morir de dolor a tu madre?

El reproche se verifica con voz baja…

Y lentamente.

¡Pero cómo incide!

Judas no sabe qué replicar.

Se sienta de golpe, con la cabeza entre las manos.

María lo observa.

Luego dice:

–             ¿Entonces?

¿Para qué querías verme?

Mientras asistía a la pobre Ester oraba por tu madre…

Y por ti…

Porque me producís compasión, tanto el uno como la otra, por dos motivos diferentes.

–            Entonces, si sientes compasión, perdóname.

–            Nunca he tenido rencor.

-¿Cómo?…

¿Ni siquiera por…

Aquella mañana de Tiberíades?…

–             Mira, estaba así porque la noche anterior las romanas me habían tratado mal.

Como a un loco y como…

Traidor del Maestro.

Sí, lo confieso.

Hice mal en hablar con Claudia.

Me he equivocado respecto a ella.

Pero lo hago buscando el bien.

He causado dolor al Maestro.

No me lo ha dicho, pero sé que sabe que he hablado.

Seguro que ha sido Juana la que ha avisado.

Juana no me ha podido ver nunca.

Y las romanas me causaron dolor…

Para olvidar bebí…

María reacciona con una expresión de compasión involuntariamente irónica…

Y dice:

–            Pues Jesús…

Por todo el dolor que gusta todos los días, debería estar borracho todas las noches…

–            ¿Se lo has dicho?

–            Yo no aumento la amargura del cáliz a mi Hijo,

con noticias de nuevas defecciones, caídas, pecados, asechanzas…

He callado y callaré.

Judas cae de hinojos, tratando de besar la mano de María;

pero ella se retira sin descortesía.

Sin embargo sí muy decidida a no dejarse besar ni tocar.

–            ¡Gracias, Madre!

Tú me salvas.

Había venido aquí para esto…

Y para que me facilitaras el camino de acercarme al Maestro,

sin reprensiones, ni vergüenza.

–            Yendo a Cafarnaúm para venir con los otros, lo habrías evitado.

Hubiese sido muy sencillo.

–            Es verdad…

Pero los otros no son buenos.

Me han puesto espías para luego amonestarme y acusarme.

–            Judas, no ofendas a tus hermanos.

¡Basta de pecar!

Tú has espiado, aquí, en Nazaret, patria del Cristo, tú…

Judas la interrumpe:

–            ¿Cuándo?

¿El año pasado?

¿Ves?

Han tergiversado mis palabras.

Pero créeme que yo…

–             No sé lo que has dicho ni hecho el año pasado.

Hablo de ayer.

Tú estás aquí desde ayer.

Sabes que Jesús se ha marchado.

Así que has indagado.

Y no en las casas amigas:

Las de Aser, Ismael, Alfeo, ni donde los pocos que aquí aman a Jesús.

Porque, si lo hubieras hecho, habrían venido a decírmelo.

La casa de Ester se ha llenado de mujeres desde el alba, cuando ella ha muerto.

Pero ninguna tenía noticia de ti.

Eran las mejores de entre las mujeres de Nazaret…

Las que me quieren y quieren a Jesús.

Y se esfuerzan en practicar su Doctrina

a pesar de la hostilidad de sus maridos, padres e hijos.

Por tanto, tú has indagado entre los enemigos de mi Jesús.

¿Cómo llamas tú a esto?

Yo no lo digo.

Lo debes decir tú.

A ti mismo…

¿Por qué lo has hecho?

No quiero saberlo.

Te digo sólo esto.

En mi corazón serán clavadas muchas espadas…

Clavadas y vueltas a clavar sin piedad;

por los hombres que causan dolor a mi Jesús y lo odian.

Y una será la tuya…

Y no será desclavada.

Porque el recuerdo de ti Judas, que no te quieres salvar.

De ti que te destruyes.

De ti que me produces miedo…

No miedo por mí misma, sino por tu alma;

no saldrá ya de mi corazón.

Una la clavó en mi corazón el justo Simeón,

mientras llevaba yo en mi pecho a mi Niño, al Corderito mío santo…

La otra…

La otra eres tú…

La punta de tu espada ya me tortura el corazón.

Pero, no sintiéndote satisfecho todavía de producir esta pena en una pobre mujer,

esperas a clavar del todo tu espada de verdugo,

en el corazón de quien no te ha dado sino amor…

¡Pero estúpida soy pretendiendo de ti piedad, que no la has tenido con tu madre!…

Es más, mira: con un solo golpe me atravesarás a mí y a ella…  

¡Oh hijo desgraciado, al que no salvan las oraciones de dos madres!…

María habla llorando.

Y las lágrimas no caen en la cabeza morena de Judas;

porque él se ha quedado en el lugar donde  ha caído de rodillas, separado de María…

Esas lágrimas santas las bebe el enlosado…

Y la escena recuerda a Áglae;

sobre la que por el contrario,

puesto que ella se ceñía a María en un sincero deseo de redención…

Y caían las lágrimas.

–            ¿No encuentras una palabra, Judas?

¿No consigues encontrar en ti la fuerza de un propósito bueno?

¡Oh! ¡Judas!

¡Judas!

Pero, dime: ¿Estás contento de tu vida?

Examínate, Judas.

Sé humilde, sincero contigo mismo lo primero.

Y luego con Dios, para ir a Él con tu saco de piedras quitadas de tu corazón y decirle:

“Mira, me he quitado estos pedruscos por amor a ti”.

–            No tengo…

El valor de confesarme a Jesús.

–            No tienes la humildad para hacerlo.

–            Es verdad.

Ayúdame tú…

–             Ve a Cafarnaúm…

Y espéralo, con humildad.

–              Pero, tú podrías…

–              Lo único que podré,

será decir que se haga lo que mi Hijo hace siempre: tener misericordia.

No soy yo la que adoctrina a Jesús…

Sino que es Jesús quien adoctrina a su discípula.

–             Tú eres su Madre.

–             Eso es para mi corazón.

Pero por derecho suyo, El es mi Maestro.

Ni más ni menos que para todas las otras discípulas.

–             Tú eres perfecta.

–             Él es el Perfectísimo.

Judas calla y guarda silencio.

Luego pregunta:

–            ¿A dónde ha ido el Maestro?

–             A Belén de Galilea.

–            ¿Y después!

–            No lo sé.

–            ¿Pero vuelve aquí?

–            Sí.

–            ¿Cuándo?

–            No lo sé.

–           ¡No me lo quieres decir!

–           No puedo decir lo que no sé.

Tú lo sigues desde hace dos años.

¿Puedes decir que haya tenido siempre un itinerario seguro?

¿Cuántas veces la voluntad de los hombres le ha obligado a cambios?

–           Es verdad.

Me marcharé…

Iré a Cafarnaúm.

–           El sol está demasiado caliente para ir.

Quédate.

Eres un peregrino como todos los demás.

Y Él ha dicho que las discípulas deben atenderlos.

–            Mi presencia te es molesta…

–            ¡Tu no querer sanar me es doloroso!

Sólo eso…

Quítate el manto…

¿Dónde has dormido?

–            No he dormido.

He esperado al alba para verte sola.

–           Entonces estarás cansado.

En la habitación grande hay lechos.

Los han usado Simón y Tomás.

Todavía hay sosiego y frescor allí.

Ve y duerme mientras te preparo de comer.

Judas se marcha sin replicar.

Y María, sin descansar después de la noche pasada en vela…

Va a la cocina a preparar el fuego y al huerto a recoger las verduras.

Lágrimas, lágrimas, lágrimas caen silenciosas…

Mientras se agacha hacia el hogar para colocar la leña.

O hacia la tierra a tomar las verduras.

Mientras las limpia con agua en la palangana y las prepara…

Y lágrimas caen junto con los granos de trigo mientras da la comida a las palomas.

O en la ropa que saca del pilón y tiende al sol…

Las lágrimas de la Madre de Dios…

De Aquella que Sin Culpa, no estuvo exenta del dolor.

Y sufrió más que ninguna otra mujer,

por ser la Corredentora…

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