543 Necedad y Soberbia


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

445 Dos parábolas durante una tormenta en Tiberíades. 

Jesús llega con los suyos a Tiberíades en una mañana borrascosa.

Arriban cabeceando fuertemente las barcas en el lago, que está muy agitado y gris…

Igual que el cielo en que corretean nubarrones poco prometedores,

por el breve trayecto que une Tariquea a Tiberíades.

Pedro escudriña el cielo y el lago.

Ordena a los mozos que resguarden las barcas asegurándolas.

diciendo:

-Dentro de poco vais a oír qué música.

Dejo de ser Simón el pescador,

si dentro de poco las avalanchas de agua del cielo y del lago no causan daños.

¿Hay alguien en el lago?

Se pregunta a sí mismo, mientras escudriña el agitado mar de Galilea.

Y lo ve desierto, recorrido sólo por fuertes olas,

cada vez más altas bajo la cada vez más amenazadora bóveda del cielo.

Se consuela al verlo vacío, pensando que no causará víctimas humanas.

Y sigue más contento al Maestro, que ya camina contra las embestidas del viento,

tan fuertes que con dificultad avanzan los hombres entre nubes de polvo

y en medio de un gran golpeteo de túnicas.

En esta parte de Tiberíades, la popular…

constituida por familias de pescadores

o de obreros menores dedicados a trabajos inherentes a la pesca,

hay un intenso ajetreo para guardar en las casas aquellas cosas que podría dañar el temporal:

quién corre cargado con las redes, con los remos de las barcas ya puestas en seguro,

quién arrastra hasta las casas los instrumentos de trabajo:

todo entre silbidos de viento, nubes de polvo y portazos.

La otra Tiberíades, la que está más al norte,

la de las construcciones dispuestas a lo largo del lago,

la de los hermosos parques que se ven en el arco de la orilla, duerme ociosa.

Únicamente algunos criados o esclavos -según sean de israelitas o romanos las casas-

se afanan en quitar toldos en lo alto de las terrazas,

en retirar las barcas ligeras de recreo,

los asientos que están desperdigados por los jardines…

Jesús, que ha dirigido sus pasos hacia esta parte,

dice a su primo Judas y a Simón Zelote:

–            Id donde el portero de Juana de Cusa,

a ver si alguno de los nuestros ha preguntado por nosotros.

Yo espero aquí.

Tadeo responde:

–            De acuerdo.

¿Y Juana?

–           La veremos después.

Id y haced esto que digo.

Los dos van sin demora.

Y mientras los otros esperan su regreso

Jesús manda a éstos, a uno acá a otro allá, a conseguir comida:

«para ellos y para las mujeres, porque no es justo cargarlo sobre la familia del discípulo»

dice Jesús.

Y se queda solo,

apoyado en la tapia de un jardín, del que viene un ruido de huracán. 

Tan grande es la lucha que sus altos árboles sostienen contra el viento.

Jesús está recogido dentro de sí mismo.

Sus vestiduras las ha ajustado bien y el manto se lo ha echado sobre la cabeza,

ciñéndolo bien a ella como una capucha,

para defenderse del viento que le mete el pelo en los ojos.

Y así, lleno de polvo;

con el rostro semioculto por los extremos del manto,

apoyado en una tapia que está casi en la esquina de la calle,

que se cruza con una bella arteria que va del lago al centro de la ciudad,

parece un mendigo en espera de limosnas.

Alguno pasa y lo mira.

Pero, dado que Él no dice nada ni pide nada y está así con la cabeza inclinada;

ninguno se detiene a dar nada ni a decir nada.

Y mientras tanto, la borrasca aumenta de intensidad.

Y el rumor del lago crece en violencia, llenando ya toda la ciudad con su mugido.

Un hombre alto, caminando encorvado para defenderse del viento,

también todo arropado en su manto,

que mantiene ceñido bajo la garganta con la mano,

viene desde el camino interior hacia este camino litoral.

Cuando levanta la mirada del suelo para esquivar una fila de burritos

de hortelanos que, dejadas las verduras en los mercados, vuelven a sus huertos,

ve a Jesús…

Es Judas de Keriot. 

Separado por la fila asnal,

desde el otro lado exclama:

–            ¡Oh, Maestro!

Venía precisamente a casa de Juana a buscarte a ti.

He estado en Cafarnaúm buscándote, pero…

El último asno ha pasado…

Judas se apresura a acercarse al Maestro.

Y termina lo que estaba diciendo:

–               …Pero en Cafarnaúm no encontré a nadie.

Esperé algunos días y luego he vuelto aquí.

Y todos los días iba donde José y donde Juana a buscarte…

Jesús lo mira con sus ojos penetrantes.

Y detiene esta avalancha de palabras,

diciendo solamente:

–             La paz sea contigo.

–             ¡Es verdad!

¡Ni siquiera te he saludado!

La paz sea contigo, Maestro.

¡Bueno, pero Tú siempre tienes esta paz!

–            ¿Y tú no?

–             Yo soy un hombre, Maestro.

–            El hombre justo tiene la paz.

Sólo el hombre culpable está turbado.

¿Tal eres tú?

–           ¿Yo?…

No, no, Maestro.

Al menos…

Bueno, si he de decir la verdad, estar lejos de Ti no me ponía feliz…

Pero eso no era todavía estar sin paz.

Era nostalgia de Ti, por el afecto que te tengo…

Pero la paz es otra cosa, ¿No es verdad?…

–             Sí.

Es otra cosa.

Las separaciones no lesionan la paz del corazón;

si el corazón del ausente no hace cosas,

que su conciencia le dice que entristecerían al amado si las supiera.

–             Pero los ausentes no saben…

A menos que haya alguien que lo informe.

Jesús lo mira y calla.

–            ¿Estás solo, Maestro?

Pregunta Judas, tratando de desviar la conversación hacia argumentos más banales.

–            Estoy esperando a los que he enviado a casa de Juana,

para preguntar si mi Madre ha venido de Nazaret.

–           ¿Tu Madre?

¿Traes aquí a tu Madre?

–            Sí.

Voy a estar con ella en Cafarnaún durante toda esta luna.

Iré con las barcas por los pueblos de la ribera;

pero volviendo todos los días a Cafarnaúm.

Debe haber muchos discípulos en esta zona…

–            Sí…

Muchos…

Judas ha perdido la parlería.

Está pensativo.

–           ¿No tienes nada que decirme, Judas?

Estamos los dos solos.

¿No te ha sucedido nada en este tiempo de separación?

¿Ningún hecho respecto al cual sientas necesario oír la palabra de tu Jesús?

Jesús lo dice dulcemente,

como para ayudar al discípulo a confesar,

haciéndole sentir todo su misericordioso amor.

–            ¿Y Tú conoces algo en mí que necesite tus palabras?

Si lo conoces…

Yo la verdad es que no sé de nada que pueda merecer esas palabras.

Habla.

Es duro para un hombre el tener que indagar sobre las culpas y los defectos.

Y confesarlos a otro…

–             El que te habla no es otro hombre, sino…

–             No.

Eres Dios. Lo sé.

Por eso mismo, no es ni siquiera necesario que sea yo el que hable.

Tú ya conoces…

 

–              Yo no soy otro hombre, te estaba diciendo;

sino tu amigo más amoroso;

no te digo el Maestro, el superior, sino que te digo: el Amigo…

–             Sigue siendo lo mismo.

Y sigue siendo fastidiosa la indagación sobre lo que se ha hecho en el pasado…

Y cuya confesión podría acarrearle a uno una serie de reproches.

Aunque la verdad es que más que los reproches,

duele el hecho de venir a menos en la estima del amigo…

–            En Nazaret, el último sábado que estuve allí…

Simón Pedro dijo a un compañero sin darse cuenta, una cosa que debía callar.

No era una desobediencia voluntaria, no era maledicencia;

no era algo que pudiera causar daño al prójimo.

Simón Pedro se la había dicho a un corazón honesto y a un hombre serio;

el cual viendo que tenía conocimiento sin voluntad suya ni de Pedro, de una cosa secreta;

juró que no repetiría a otros el secreto.

Simón podía tranquilizarse…

Pero no se tranquilizó hasta que no me confesó la culpa.

Enseguida…

¡Pobre Simón!

¡La llamaba culpa!

Pero si en el corazón de los discípulos hubiera sólo culpas como ésa y mucha,

mucha humildad, mucha confidencia, mucho amor, como tiene Pedro…

¡Debería proclamarme Maestro de una muchedumbre de santos!…

–             Lo que me quieres decir con esto es que Pedro es santo y yo no.

Es verdad.

No soy un santo.

Arrójame de tu presencia entonces…

–              Lo que no eres es humilde, Judas.

La soberbia te destruye.

Y no me conoces todavía…

Termina Jesús tristísimamente.

Judas siente esta pena.

Y susurra:

–               ¡Perdóname, Maestro!…

–              Siempre.

Pero sé bueno, hijo.

¡Sé bueno!

¿Por qué quieres causarte el mal a ti mismo?

Es imposible saber si son verdaderas o falsas…

Pero Judas tiene lágrimas en las pestañas.

Y se refugia entre los brazos de Jesús, llorando encima de su hombro.

Jesús lo acaricia en el pelo,

susurrando:

–               ¡Pobre Judas!

¡Pobre, pobre Judas, que va buscando su paz!

¡Y a quien pueda comprenderlo, en lugares donde no puede encontrarlos!…

–               Sí.

Es verdad.

Tienes razón, Maestro.

La paz está aquí…

Entre tus brazos…

Soy un desdichado…

Sólo Tú me comprendes y me amas…

Sólo Tú…

El necio soy yo…

Perdóname, Maestro.

–             Sí, sé bueno, sé humilde.

Si caes, ven a Mí y te levantaré.

Si te sientes tentado, corre hacia Mí;

te defenderé, de ti mismo, de quien te odie, de todo…

 

 

Pero, quédate erguido.

Vienen los demás…

–              Un beso, Maestro…

Un beso…

Jesús lo besa…,

y Judas recupera su compostura…

Sí, pero la realidad es que no ha confesado en absoluto sus culpas…

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