Archivos diarios: 22/06/22

548 El Alborotador


548 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

447a En Cafarnaúm unas palabras de Jesús sobre la misericordia y el perdón no encuentran eco.  

En la sinagoga de Cafarnaúm Jesús está enseñando…

Dice:

–             Pásame un rollo, Jairo.

Voy a explicarles lo que Dios quiera.

Jairo va adonde están apilados los rollos…

Y toma al azar uno que está en el centro del montón.

Quitándole previamente el polvo, se lo entrega a Jesús, que lo desenrolla y lee:

«Jeremías, capítulo 5.

Caminad por las calles de Jerusalén, mirad, observad, buscad por sus plazas a ver si encontráis un hombre que practique la justicia y quiera ser fiel.

Y Yo tendré misericordia de ella»»…

Jesús, después de leer todo el capítulo, devuelve el volumen a Jairo y se pone a hablar.

–             Hijos míos.

Habéis oído qué tremendos castigos están reservados a Jerusalén, al Israel que no es justo.

Pero no os alegréis de ello.

Es nuestra Patria.

No os alegréis pensando: «Quizás ya no estaremos».

En todo caso está llena de hermanos vuestros.

No digáis: «Le está bien empleado, porque es cruel con el Señor»

Las desventuras de la Patria, los dolores de los convecinos deben afligir siempre a los justos.

No midáis como miden los demás, sino como Dios mide…

O sea, con misericordia.

¿Qué debéis hacer entonces, para con esta Patria, para con estos compatriotas,

bien sea que por Patria y compatriotas se entiendan la gran Patria y sus habitantes, toda la Palestina.

O bien sea que se entienda esta pequeña que es Cafarnaúm, ciudad vuestra.

Bien sea que se entiendan todos los hebreos o estos pocos enemigos míos,

en esta pequeña ciudad de Galilea?

Debéis hacer obras de amor.

Hacer lo posible por salvar Patria y compatriotas.

¿Cómo?

¿Quizás con la violencia?

¿Con el desprecio?

No.

Con el amor, con el paciente amor para convertirlos a Dios.

Habéis oído:

«Si encuentro un hombre que practique la justicia, usaré con aquélla misericordia».

Trabajad pues, para que los corazones se acerquen a la justicia y se hagan justos.

Verdaderamente en su injusticia, dicen de Mí: «No es Él»

Y por eso creen que por perseguirme no les vendrá ningún mal.

Verdaderamente dicen:

«Estas cosas no sucederán nunca.

Los profetas han hablado al azar».

Y tratarán de llevaros también a vosotros a que digáis lo mismo que ellos.

Los que estáis aquí presentes sois fieles.

Pero ¿Dónde está Cafarnaúm?

¿Es ésta toda Cafarnaúm?

¿Dónde están los que otras veces veía agolparse alrededor de Mí?

¿Entonces la levadura, fermentada la última vez que estuve aquí,

ha obrado la destrucción en muchos corazones?

¿Dónde está Alfeo?

¿Dónde, José con sus tres hijos?

¿Dónde, Ageo de Malaquías?

¿Dónde, José y Noemí?

¿Dónde, Leví, Abel, Saúl y Zacarías?

¿Ha sido olvidado a causa de palabras engañosas el claro beneficio recibido?

¿Pero pueden las palabras destruir los hechos?

¡Ya veis!

Es sólo un pequeño lugar.

En este lugar, donde los agraciados son los más numerosos…

El odio ha podido devastar la fe en Mí.

Sólo veo reunidos aquí a los perfectos en la Fe.

¿Podéis pretender que una serie de hechos lejanos y lejanas palabras

puedan mantener a todo Israel fiel a Dios?

Así debería ser, porque la fe debe ser fe, aún sin el soporte de los hechos.

Pero no es así.

Y cuanto más grande es la ciencia, más baja es la fe;

porque los doctos se creen dispensados de la fe simple y franca,

que cree por la fuerza del amor y no por el auxilio de la ciencia.

Lo que hay que trasmitir y encender es el amor.

Y para hacer esto, es necesario arder.

Estar convencidos, heroicamente convencidos para convencer.

En vez de los desaires, como respuesta a los insultos, humildad y amor.

E ir con humildad y amor, recordando las palabras del Señor a quien ya no las recuerda:

«Temamos al Señor, que nos da la lluvia de la primera y la última estación».

Varios dicen:

–             ¡No nos comprenderían!

–            Es más, nos ofenderían diciendo que somos unos sacrílegos,

por enseñar sin tener derecho a hacerlo.

–              ¡No ignoras quiénes son los escribas y los fariseos!…

Jesús responde:

–              No, no lo ignoro.

Aunque lo hubiera ignorado, ahora lo sabría.

Pero no importa lo que ellos sean;

importa lo que nosotros somos.

Si ellos y los sacerdotes aplauden a los falsos profetas

que profetizan lo que les proporciona una ganancia,

olvidando que sólo ha de aplaudirse a las obras buenas que el Decálogo ordena,

no por ello mis fieles deben imitarlos.

Y tampoco deben intranquilizarse y ponerse a mirar como gente vencida.

Vosotros debéis trabajar tanto cuanto el Mal trabaja…

Elí el fariseo…  

(el mismo al que Jesús le salvara de la muerte al nietecito, cuando fue mordido por una serpiente)

tratando de entrar en la sinagoga, con su voz cascada de viejo iracundo,

desde el límite con la calle, grita: 

–             ¡Nosotros no somos el Mal!…

¡Nosotros no somos el Mal, alborotador!

A juzgar por lo rápido de su intervención, el centurión que debió estar muy atento, 

le ordena:

–                ¡Tú sí que alborotas!

¡Fuera!

¡Fuera de aquí!

–               ¿Tú?

¿Tú pagano, te atreves a imponerme?…

(El centurión es el mismo que rogó a Jesús por su siervo enfermo)

–             Yo, romano, sí.

¡Fuera!

El Rabí no te molesta a ti.

Tú sí lo molestas a Él.

No puedes hacerlo.

El fariseo, perdiendo toda la compostura,

sigue gritando con odio:

–            Nosotros somos los rabíes, no el carpintero galileo.

–            Uno más, uno menos…

Los tenéis a cientos.

Y todos de mala doctrina.

El único virtuoso es Éste.

Te ordeno que salgas.

–           ¡¿Virtuoso, eh?!

¿Virtuoso uno que trafica con Roma la propia incolumidad?

¡Sacrílego!

¡Impuro!

El centurión lanza un grito militar.

Y el paso pesado de algunos soldados se mezcla con los estridentes insultos de Elí.

El centurión ordena a sus soldados:

–             ¡Prended a ese hombre y arrojadlo afuera!

–            ¿Yo?

¿Paganos me ponen la mano encima?

¡Pies paganos en una sinagoga nuestra!

¡Anatema!

¡Auxilio!

¡Me están profanando! ¡Me…!

Jesús desde donde está, dice:

–             Soldados, os ruego que lo dejéis marcharse.

No entréis.

Respetad este lugar y las canas de este hombre. 

El centurión responde:

–             Como quieras, Rabí.

Elí se burla:

–            ¡Ja! ¡Ja!

¡Embrollón!

Pero lo sabrá el Sanedrín.

¡Tengo la prueba!

¡Tengo la prueba!

Ahora creo en las palabras que nos han sido referidas.

Tengo la prueba.

¡Y sobre ti pesa el anatema!

El centurión ordena con severidad:

–             Y la espada va a pesar sobre ti, si dices una palabra más.

Roma defiende el derecho.

No embrolla, vieja hiena, a nadie.

El Sanedrín sabrá tus mentiras y el Procónsul mi informe.

Voy a redactarlo.

Ve a casa y quédate en ella a disposición de Roma.

El centurión, da una media vuelta perfecta y se marcha.

Seguido de los cuatro soldados, dejando plantado al pálido y tembloroso…

Vilmente tembloroso Elí…