554 Entrañas de Madre


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

449 El pequeño Alfeo desamado de su madre.

En cuanto el sol poniente ha dejado de abrasar tan fuertemente

y ha permitido dejar las casas.

Uno de los primeros de esta ciudad que sale del torpor de las horas llenas de sol…

Es Jesús que erguido en el umbral de la puerta de la casa…

Acaricia a unos niños de Cafarnaúm que han venido a saludar a su gran Amigo,

Jesús ordena:

–            Tomad provisiones y ropa para varios días.

Vamos a Ippo.

Seguiremos de allí a Gamala y Afeq, para bajar a Guerguesa.

Y volver aquí antes del sábado.

Los apóstoles no parecen muy entusiastas de la orden recibida.

Se miran unos a otros y miran al sol, aún tan despiadado.

Tocan los muros de las casas, todavía abrasadores…

Tantean con el pie desnudo el suelo,

dicen:

–            Está caliente como un ladrillo sacado del fuego…

Dando a entender con toda esta pantomima que es de locos ir por los caminos…

Jesús se separa de las jambas en que apoyaba un poco su cuerpo,

y dice:

–           El que no se sienta con fuerzas para venir puede quedarse.

No obligo a nadie.

Pero no quiero dejar a esta región sin la palabra.

Varias voces contestan:

–            Maestro…

–            ¿Cómo se te ocurre eso?

–            Vamos todos.

–            Lo único…

–            Es que nos parecía todavía pronto para estar por ahí…

Jesús explica:

–           Antes de los Tabernáculos, quiero ir hacia el norte y mucho más lejos.

Sin la barca, por los caminos.

Por eso ahora se debe recorrer esta zona, donde el lago ahorra mucho camino.

Pedro dice:

–            Tienes razón.

Voy a preparar las barcas…

Y Simón de Jonás va con Andrés su hermano, con los dos hijos de Zebedeo

y algún otro discípulo a preparar la partida.

Jesús se queda con sus primos,

Mateo, Judas, Zelote, Tomás y los inseparables Felipe y Bartolomé,

que llenan las cantimploras y preparan sus morrales metiendo panes, fruta…

Con todo lo necesario para iniciar la larga travesía anunciada por Jesús.

Un chiquillo gimotea entre las rodillas de Jesús.

Inclinándose a besarlo,

Jesús pregunta:

–           ¿Por qué lloras, Alfeo?

El niño responde:

–           Nada…

Y lanza un lloriqueo más fuerte.

Con tedio,

Judas dice:

–           Ha visto la fruta y la quiere.

Varios apoyan:

–            ¡Pobrecito!

–            ¡Tiene razón!

–           No se debe pasar ciertas cosas delante de los ojos de los niños,

sin darles un poco.

María de Alfeo, arrancando un racimo de un sarmiento,

que ha sido puesto en un cesto con todas las hojas y los racimos todavía prendidos,

Lo da al niño y dice:

–           Ten, hijo.

¡No llores!

Alfeo las rechaza con la manita,

diciendo:

–           No quiero las uvas…

Y llora más fuerte.

Tomás ofrece su odre, diciendo:

–           Lo que quiere es el agua con miel.

A los niños les gusta, y es saludable.

También a mis sobrinitos…

Alfeo lo interrumpe:

–            No quiero tu agua…

Y el llanto aumenta en tono y en intensidad.

Entre severo y molesto,

Tadeo pregunta:

–             ¿Pero qué quiere entonces?

Judas exclama:

–            ¡Dos bofetones, eso es lo que quiere!

Mateo cuestiona:

–           ¿Por qué?

¡Pobre niño!

Fastidiado, Judas insiste:

–             Porque es un pesado.

Muy calmado,

Tomás dice:

–             ¡Si tuviéramos que liarnos a trancazos con todos los pesados…!

¡Deberíamos ocupar toda nuestra vida en repartirlos!

Desde donde se encuentran las discípulas,

María Salomé sentencia:

–            Quizás no se siente bien.

Fruta y agua, agua y fruta…

Hace que duela el cuerpo.

Por la experiencia de recaudador en todas las economías de Cafarnaúm,

Conociendo perfectamente la situación de Alfeo,

Mateo dice:

–            Y ese niño…

Si come pan, agua y fruta, ya es mucho…

¡Son tan pobres!

María de Cleofás se arrodilla al lado del niño,

preguntando:

–           ¿Qué te sucede, hijito?

¿Te duele aquí?…

Pues no está más caliente de la cuenta…

Después de tocarlo, examinándolo con mano experta,

agrega:

Al parecer tampoco está enfermo…

Tadeo exclama:

–            ¡Pero mamá, que es un capricho!…

¿No lo ves?

Tú mimarías a todos.

–            ¡Yo no te he mimado, Judas mío; te he querido.

Y no dabas crédito a tus ojos al ver que te quería,

hasta el punto de protegerte contra la severidad de Alfeo…

–            Es verdad, mamá…

Te he regañado injustamente.

–            No pasa nada, hijo.

Pero si quieres ser apóstol, debes saber tener entrañas de madre hacía los fieles.

Ten en cuenta que son como niños…

Se necesita paciencia y amor hacia ellos…

Jesús aprueba:

–           ¡Bien dicho, María!

Judas murmura:

–             Acabaremos siendo instruidos por las mujeres.

Y quizás hasta por mujeres paganas…

Jesús confirma:

–            Sin duda.

Os superarán con mucho, si seguís siendo lo que sois.

Tú más que los demás, Judas.

Ciertamente te superarán todos:

Los niños, los mendigos, los ignorantes, las mujeres, los gentiles…

Riendo con su risita biliosa,

Judas dice:

–              Acabarías antes si dijeras que seré el aborto del mundo.

Bartolomé para cortar esta escena que hace sufrir a todos de distinto modo,

dice:

–              Están volviendo los otros…

¿convendrá partir, no?

El llanto del niño toca el punto máximo.

Y agresivo, descargando su enojo sobre el inocente.

Dándole un rudo meneo, para separarlo de las rodillas de Jesús…

A las que el niñito se ha aferrado;

Judas le dice:

–             ¡Pero bueno!

¿Qué quieres?

¿Qué te pasa?

Entrecortado por los sollozos,

Alfeo finalmente responde:

–             ¡Contigo, Jesús!

¡Contigo!…

Te vas…

Y palos, palos, palos…

La mujer de José el dueño de la casa,

que parece conocer bien los hechos y a sus protagonistas…   

Explica:

–            ¡Ah!…

¡Oh, pobre niño!

¡Es verdad!

Desde que se ha vuelto a casar;

los hijos del primer marido…

Son como pordioseros,…

Como sí no hubieran nacido de ella…

Los manda a la calle como mendigos y…

¡Oh! para ellos no hay pan…

Haría falta alguien que adoptara a estos tres abandonados…

Mateo dice:

–            No le digas eso a Simón de Jonás, mujer.

Te atraerías un odio mortal de su suegra,

que está más irritada que nunca contra él y contra todos nosotros.

Esta mañana una vez más, ha cubierto de insolencias a Simón, a Margziam…

Y a mí que estaba con ellos…

–            No se lo diré a Simón…

Pero es así…

Mirándola fijamente,

Jesús dice:

–            ¿Y tú no los tomarías contigo?

No tienes hijos…

–           Yo…

¡Oh! me gustaría…

Pero somos pobres…

Y además…

Tomás en ese caso, tiene sobrinos…

Y yo también… y… y…

–            Y te falta sobre todo…

La voluntad de hacer el bien a tus semejantes…

Mujer, ayer criticabas como duros de corazón a los fariseos de aquí.

Criticabas como insensibles a mi palabra a los habitantes de la ciudad…

Pero tú, que hace más de dos años me conoces,

¿En qué te diferencias?…

La mujer agacha la cabeza mientras arrebuja la túnica con sus manos…

Pero no dice una palabra en favor del pequeñuelo, que sigue llorando.

Llega Pedro gritando:

–              ¡Estamos preparados, Maestro!

Jesús suspira profundamente,

diciendo:

–              ¡Oh, ser pobre!…

¡Y perseguido!…

Levanta los brazos, moviéndolos con gesto de desconsuelo…

María, que hasta ese momento había guardado silencio,

trata de confortarlo:

–           ¡Hijo mío!…

Y basta esa palabra para consolar a Jesús

Oremos… 

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