Archivos diarios: 4/07/22

556 Fe y Esperanza


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

450 Milagros en el arrabal cercano a Ippo y curación del leproso Juan.

Las barcas apostólicas atracan en un sosegado atardecer

en el pequeño puerto natural formado por el lecho de un torrente que ahora está seco;

aquí, donde en el tramo de unos metros,

ondea la ola cerúlea del lago que no es repelida por el agua del torrente;

hay casas grandes y chicas, de hortelanos y pescadores.

Éstos explotan las aguas ricas en pesca;

aquéllos, la faja de tierra que va desde el litoral hacia el interior,

pingüe y húmeda por las aguas cercanas,

que se extiende más hacia el norte y menos hacia el sur,

para terminar pronto en donde empieza la barrancada que entra casi a pico en el lago

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

y desde la cual se arrojaron a éste, los puercos del milagro hecho a los gerasenos.

Ippo no está en la orilla del lago,

como podría suponerse, al ver las casas que hay en el margen,

casi en el extremo sudeste del lago.

Las palabras de los discípulos parecen confirmarlo.

Este núcleo de casas a la orilla del mar de Galilea,

es la vanguardia de Ippo, que está más hacia el interior.

Como Ostia para Roma o el Lido para Venecia,

representa para la ciudad del interior la salida al lago.

La ciudad se sirve de esta salida como vía lacustre de importación y exportación.

Y también para abreviar los viajes desde esta zona a la orilla opuesta galilea.

Finalmente también es un lugar de recreo para los ociosos de la ciudad,

y de aprovisionamiento del pescado que le procuran los muchos pescadores del arrabal.

Dada la hora que es, los habitantes están en las terrazas o en los huertos, están cenando.

Pero como los huertos tienen setos bajos y también las terrazas tienen pretiles bajos,

pronto los habitantes ven la pequeña flota de barcas que atraca en el pequeño puerto.

Y unos por curiosidad, otros porque conocen a los que llegan,

se levantan y salen a su encuentro.  

Un pescador afirma tajante:

–              Es la barca de Simón de Jonás y las de Zebedeo.

Entonces no puede ser sino el Rabí, que viene aquí con sus discípulos.

Un hortelano a su mujer, la cual tiene el rostro quemado por las lágrimas,

en tono impositivo le dice.

–            Mujer, toma inmediatamente al niño y sígueme.

Quizás es Él.

Él lo curará.

Nos lo trae el ángel de Dios.  

Un hombre mientras camina, le hace propaganda a Jesús,

diciendo:

–                Yo, por mí, creo.

Recuerdo aquel milagro.

¡Vaya que si lo recuerdo!

¡Todos esos cerdos!

Los cerdos que apagan en las aguas,

el fuego del calor de los demonios entrados en ellos…

Gran tormento debía ser, si los cerdos siempre tan desdeñosos de limpieza,

se arrojaron al agua… 

Otro hombre le contesta:

–             ¡Tú lo dices!

Sin duda tenía que ser un tormento.

Estaba también yo y me acuerdo.

Los cuerpos echaban humo y también el agua.

El lago se puso más caliente que las aguas de Hamatha.

Y por donde pasaron corriendo quedó abrasado bosque y hierba.

Un tercero le responde:

–             Yo he ido, pero no he visto nada de particular…

–            ¿Nada?

¡Entonces es que tienes escamas en los ojos!

¡Mira!

Se ve desde aquí.

¿Ves allá? -señala un punto en específico.

¿Allí donde está ese río seco?

Ve con la vista un poco más adelante y mira si…

–             ¡Que no, hombre!

Eso lo destruyeron los soldados de Roma,

cuando buscaban a aquel granuja en las frías noches de Tébet.

Acamparon allí e hicieron fuego.

–            ¿Y quemaron todo un bosque para hacer fuego?

¡Mira cuántos árboles faltan allí!

–            ¡Un bosque!…

¡Son dos o tres encinas!

–            ¿Y te parece poco?

–            No.

Pero ya se sabe.

Para ellos lo nuestro es pajuz.

Ellos son los dominadores y nosotros los oprimidos.

¡Ah! ¿Hasta cuándo…?

La discusión pasa del terreno sobrenatural al político.

Un hombre de unos cuarenta años, tanteando en torno a sí con un bastón,

pide quejumbroso:

–             ¿Quién me lleva donde el Rabí?

¡Piedad de un ciego!

¡Dónde está?

Decídmelo.

Lo he buscado en Jerusalén, en Nazaret, en Cafarnaúm.

Siempre había salido antes de llegar yo…

¿Dónde está?

¡Oh! ¡Tened piedad de mí! 

Recoge improperios de los que se llevan el golpe en las piernas o en la espalda,

pero ninguno se mueve a piedad.

Todos chocan contra él al pasar, sin que una mano se tienda para guiarlo.

El pobre ciego se detiene, amedrentado y desconsolado…

–              ¡Ajch-Ajch, il il leee! »

(Es una palabra el grito agudo modulado por las mujeres)

¡Pero es un grito, no una palabra!

Parece más el chillido de ciertas aves que un sonido de palabra humana.

Y luego gritan:

–           ¡El Rabí!

–           ¡El Rabí!

–           ¡Bendecirá a nuestros hijos!

–           Su palabra hará saltar al fruto que llevo en mi seno.

¡Goza, criatura mía!

El Salvador te hablará.

Dice una lozana esposa mientras se acaricia el vientre abultado bajo la suelta túnica.

Una mujer ya ajada, suspira gimiendo:

–          ¡Quizás a mí me lo hace fecundo!

Significaría la alegría y la paz entre yo y Eliseo.

He ido a todos los lugares donde se dice que la mujer consigue la fecundidad.

He bebido el agua del pozo que hay cerca de la tumba de Raquel

y la del arroyuelo de la gruta donde su Madre le dio a luz…

He ido a Hebrón…

A aplicarme durante tres días la tierra del lugar en donde nació Juan el Bautista…

He comido los frutos de la encina de Abraham y he llorado invocando a Abel,

en el lugar en que fue dado a luz y asesinado…

He ensayado todas las cosas santas, todas las cosas milagrosas del suelo y del Cielo.

Médicos, medicinas, votos, oraciones y dádivas…

Pero mi seno no se ha abierto a la semilla.

Y Eliseo apenas si me soporta.

¡Le cuesta no odiarme!

¡Pobre de mí! 

Con una piedad que está mezclada con un leve desprecio…

Y un notorio sentido de triunfo,

las que pasan con su seno henchido de maternidad…

O con los lactantes prendidos de sus pingües senos,

le dicen:

–             ¡Ya eres vieja, Sela!

–             ¡Resígnate!

–             ¡No!

¡No digáis eso!

¡Ha hecho resucitar a los muertos!

¿No va a poder dar vida a mis entrañas?

Un joven que viene sujetando las varas de una improvisada parihuela,

sujeta por el otro lado por una niña muy afligida.

En la camilla hay una mujer todavía joven, aunque reducida a un esqueleto amarillento.

Exclama gritando:

–            ¡Paso!

¡Abran paso!

Dejad paso a mi madre enferma. 

Un hombre añoso que parece influyente, dice: 

–           Habrá que hablarle del pobre Juan.

Enseñarle el lugar donde está.

Es el más infeliz de todos, porque estando leproso no puede ir en busca del Maestro… 

Varios dicen:

–           ¡Antes nosotros!

–            ¡Primero nosotros!

–           Si se adentra hacia Ippo, se acabó.

Los de la ciudad acapararán…

–          Y nosotros nos quedaremos como siempre, atrás.

–          ¿Pero qué pasa allí?

–          ¿Por qué gritan así las mujeres, allí en la orilla?

–           ¡Porque son estúpidas!

–           ¡No»

–           Son gritos festivos.

–           ¡Corramos…!

La calle es un río humano que se encanala hacia el guijarral del lago y del torrente…

Hacia el lugar donde están Jesús y los que le acompañan,

bloqueados por los primeros que han llegado. 

Cuando llegan los que venían conversando llenos de esperanza,

se enteran de las noticias…

–           ¡Milagro!

–           ¡Milagro!

–           ¡Mirad, el hijo de Elisa desahuciado por los médicos, está curado!

El Rabí lo ha curado metiéndole saliva en la garganta.

Los «Ajch-Ajch-il-il-leee» de las mujeres se hacen aún más vibrantes y agudos,

mezclados con los fuertes «hosanna» masculinos.

Jesús, a pesar de su estatura, ha sido literalmente excedido.

Los apóstoles hacen todo lo que pueden para abrirle paso.

¡Vamos, abran paso! ¡Ya! ¡Ya!…

Pero es prácticamente imposible.

La multitud se ha compactado..

Oremos…